Pasolini, antídotos contra el vaciamiento de un intelectual indócil
Escrito por Paolo Desogus
¿Quién fue Pier Paolo Pasolini? La pregunta podría parecer poco apropiada, si no provocadora incluso, dado que se refiere a uno de los escritores italianos entre los más más citados y debatidos. Sin embargo, son precisamente los numerosos libros y artículos, a los que hay que añadir documentales, cómics, sitios digitales, exposiciones, conferencias e incluso murales y canciones, los que corren el riesgo de eludir esta pregunta. Hasta las mejores obras, que no son pocas, tienen dificultades para encontrar su lugar, abrumadas por la sobreexposición del que se ha convertido ya en un mito posmoderno.
Como han observado desde hace tiempo muchos especialistas, el nombre de Pasolini ya no remite a la obra o a la experiencia intelectual de uno de los autores más significativos del siglo XX, sino a un personaje de ficción, a una figura opaca que ha dejado de ser fuente de sentido, espacio de interrogación.
La función de su legado es, en efecto, como mucho, la de pantalla, es decir, la de catalizador de las identidades ajenas, la de espacio de enmascaramiento de significados dispares y contradictorios que mezclan viejas frustraciones políticas y nuevos tabúes intelectuales. A esta forma de vaciamiento han contribuido sin duda las aproximaciones de aquellos intérpretes que han encontrado en la trayectoria política e intelectual de Pasolini algún pretexto para lanzar polémicas pasajeras o falsas primicias.
Ya no sorprende siquiera que a esta práctica se hayan prestado no solo periodistas y especialistas académicos faltos de ideas, sino también algunos rostros conocidos del mundo del espectáculo, la política e incluso la magistratura, a menudo instigados por improvisados operadores culturales que se enfrentan a iniciativas que pretenden ser divulgativas, pero que, salvo algunas excepciones, solo ofrecen al público una nueva masticación de discursos trillados. Si en el pasado el recurso al autor de Scritti corsari [Escritos corsarios] y Lettere luterane [Cartas luteranas] evocaba el “escándalo de la conciencia” y ponía en tela de juicio responsabilidades incómodas, hoy asistimos a una especie de inversión. De gran inquisidor de la sociedad de consumo y de la modernidad neocapitalista —para algunos, por tanto, un apocalíptico—, Pasolini se ha transformado en un autor integrado, es más, en el autor que, a pesar de su obra, guía el proceso de normalización de toda tensión dramática entre las artes y la política, entre la búsqueda expresiva y la historia por hacer.
Se diría que es una suerte de venganza de la industria cultural, capaz de transformar al poeta de Le ceneri di Gramsci [Las cenizas de Gramsci] en objeto de entretenimiento privado de sus referencias políticas. El mito posmoderno no solo ha transformado su obra, y sobre todo su poesía, en un apéndice de su figura mediatizada, sino que también ha censurado las referencias más incómodas, como las relacionadas con el marxismo y, precisamente, con Gramsci, dejándolas de lado sin profundizar en ellas ni ir más allá del reconocimiento biográfico. El intelectual italiano elegido como ejemplo ideal del compromiso civil ya no tiene pensamiento. Es “pasión” sin “ideología”, “trashumanar” sin “organizar”.
Prevalecen sobre él las lecturas que lo convierten en un personaje pulsional, físico, gobernado por una irracionalidad que ha transformado su investigación sobre la modernidad en una suma descompuesta de consignas, cuya verdad es solo un hecho estético. Su función política no debe superar nunca de hecho el movimiento genérico de indignación moral por la arrogancia del “Palacio” o por la omnipresencia de la “sociedad de consumo” o incluso por la amenaza de la “mutación antropológica” y el “genocidio cultural”. Es decir, no debe sobrepasar el umbral de la emotividad individual pasajera y debe permanecer dentro de los límites tranquilizadores de un compromiso cada vez más cercano a la mera petición de principio, es decir, al compromiso carente de efectividad histórico-política: exactamente lo contrario de lo que Pasolini había buscado en Gramsci y en el marxismo.
A dicha regresión, que también le ha permitido a la derecha incluirlo en su propio panteón, ha contribuido la elevación a mito gestual, a personalidad desvinculada de su contexto histórico, de sus grandes contrastes —entre pasión e ideología— y, sobre todo, de las relaciones, a veces polémicas, con los intelectuales y las formaciones políticas de su época. De su historia se suelen destacar los episodios de enfrentamiento o las polémicas, pero desde una perspectiva antipolítica, que no sabe ver nada más allá del héroe ficticio con el que alinearse a favor o en contra. De método cognoscitivo, medio para interrogar su propia época y someter a verificación sus propias posiciones, el conflicto intelectual se ha convertido en el ingrediente de una narración que ha transformado a Pasolini en solitaria víctima sacrificial, en actor pasivo de una catarsis genérica consoladora y despolitizada.
Ante la pregunta de quién es hoy Pasolini, hay que constatar entonces que el uso de su figura ha abandonado por completo ese espíritu comunitario de ascendencia gramsciana (la “conexión sentimental”) presente en su actividad, en su investigación en el corazón de los subalternos —los campesinos friulanos, los habitantes de los barrios marginales romanos, el sur de Italia y las realidades de África y Oriente Medio— de una percepción del mundo inédita, ajena a las fuerzas hegemónicas, capaz de sobrevivir en los dialectos, las tradiciones y los cuerpos, y de dar materia a la escritura poética y a la indagación política.
La transfiguración postmoderna de Pasolini es, por el contrario, la expresión apagada del objeto de consumo, del producto sometido a los principios neoliberales que han sometido tanto la obra literaria como la política a la lógica de la autopoiesis típica de gran parte de la producción cultural actual. Sometida a la función de pantalla, su obra ya no es el lugar del cuestionamiento y el descubrimiento, sino el espacio de la contemplación narcisista que repudia el conflicto y renuncia a cualquier intento de transformación de las relaciones materiales y simbólicas. El Pasolini despolitizado, sustraído de la historia y entregado al presente, es, en otras palabras, el icono conciliado que disipa el “escándalo de la contradicción”. Es el mito consolador que reduce la experiencia del mundo a una extensión del yo integrado en las formas más avanzadas de la explotación capitalista actual. En lugar de reabrir la dialéctica entre el arte y la vida, entre el individuo y la historia, la falsificación del legado pasoliniano es, por tanto, su disolución.
Franco Fortini, con el que sin duda no faltaron malentendidos e incomprensiones, pero que fue el primero en ver el peligro al que se enfrentaba la figura del amigo poeta, precisamente en las columnas de este diario, al día siguiente de su muerte, afirmó que “la única forma decente de hablar de Pasolini es leerlo”. Con estas palabras denunciaba no solo la imperecedera práctica de hablar de lo que no se conoce, a la que aún hoy se prestan muchos pasolinistas ocasionales, sino también la actitud de reducir su obra a la proyección de las expectativas del propio tiempo.
La neutralización de su escándalo se diría, en efecto, que nace de la incapacidad de aceptar el dato extraño, diferente y no conciliado. Algo de todo esto se encuentra en su problemático apego al campo comunista, en la exploración obsesiva del pasado y las tradiciones, y también en las particulares formas de su homosexualidad, en las elecciones de su experimentalismo estilístico y en el continuo intento de renovar su conexión sentimental con los sujetos sociales en los márgenes de la historia. Se podrían hacer muchas otras referencias. Sin embargo, lo que une a estos primeros ejemplos, tan diferentes y heterogéneos, es el carácter contrastante que expresan con el presente, es su falta de actualidad o, siempre en términos de Fortini, es la manifestación brechtiana de las “equivocaciones” de Pasolini.
“Él estaba equivocado y yo no tenía razón”, escribió Fortini en el inicio de Attraverso Pasolini. Su intención no era, sin embargo, rendirse al orden del presente, sino, por el contrario, substraerse a él junto con su antiguo compañero de poesía y de batallas políticas. Contra su normalización, el único “modo decente” es entonces leer a Pasolini para devolverlo al campo de la “no razón” o, precisamente, de la “equivocación”, que es el terreno del “escándalo de la conciencia”, de la búsqueda de la discontinuidad que genera una lucha real y que rechaza toda pacificación consoladora. Es la lectura que reaviva la chispa de la poesía, la discordia política, el rechazo del presente y de sus falsificaciones: una lectura que, tras la catástrofe de las izquierdas y la euforia postideológica, rechaza el actual orden de la verdad y acepta estar en el lado del error en el intento de reabrir la contradicción y reactivar el conflicto.
Fuente: il manifesto, 28 de octubre de 2025
Pasolini y el equívoco hegemónico
Una derecha que lleva tiempo en busca de identidad y todavía desorientada por el gran consenso electoral y el rápido ascenso al poder —de los establos a las estrellas— disfruta del éxito de las jornadas de Atreju [festival cultural de la derecha italiana]. La atención de la prensa, el desfile de estrellas y semiestrellas de la televisión y el periodismo, junto con el efecto mediático de la ofensiva lanzada contra algunas figuras simbólicas de la izquierda —Gramsci y Pasolini— parecen haber dado finalmente a la derecha esa dignidad cultural tanto tiempo ansiada y envidiada. Cuál es el proyecto y cuáles son los objetivos culturales no está, sin embargo, claro. El mismo deseo de “hegemonía” en el que se han detenido tantas veces los responsables melonianos parece frágil, motivado más por una mezcla de deseo de gloria y venganza que por un proyecto político concreto.
Precisamente por eso, nos hace sonreír un poco el exceso de entusiasmo de Giorgia Meloni por la inclusión de la gastronomía italiana en el patrimonio de la Unesco. Más allá de las justas satisfacciones, se obtiene de hecho una idea de cultura estéril, frívola, basada en medallas que exhibir y no en la capacidad de penetrar en la sociedad, de plasmar el sentido común y, en definitiva, de transformar el país. Se ha visto también esto hace unas semanas, con motivo del congreso Pasolini conservador, en el que el escritor corsario fue elevado a trofeo junto a aquellos autores de derecha enumerados penosamente por algunos de los ponentes.
A la derecha italiana le parece, en efecto, que la cultura no es más que esto, un álbum de cromos del que presumir, quizá para dar nombre a calles o escuelas. La idea de que pueda ser un lugar problemático que hay que interrogar, capaz de substraerse a la corrupción del presente, está fuera del horizonte de esta derecha. Y quizás incluso fuera de sus capacidades. Al éxtasis por la atención mediática y por los reconocimientos simbólicos finalmente obtenidos se corresponde, de hecho, una total incapacidad ético-política, una imposibilidad de traducir palabras y pensamientos en realidad concreta.
Se ha visto esto también en el reiterado intento de reclutamiento de Pasolini, de quien también en Atreju se han debatido pasos y tomas de posición con cierta resonancia en la tradición de la derecha. Por lo demás, es difícil negar que en sus escritos hay una profunda crítica a la modernidad. Pero, ¿cómo se traduce esta actitud en la derecha? Pasolini estaba interesado en oponerse a su tiempo. Veía en el pasado una fuerza revolucionaria de la que los marxistas italianos eran herederos. Aun admitiendo algún vínculo con el pensamiento antimoderno, ¿de qué manera pretenden Fratelli d'Italia y los jóvenes de Gioventù retraducir su querella antagonista para batirse contra el presente?
La única idea de conservación que realmente funciona en el partido de Giorgia Meloni es, en realidad, la que defiende las posiciones privilegiadas de las clases más acomodadas, la que cristaliza las relaciones sociales y condena a las clases populares a un destino marcado. Es la idea que se substrae a cualquier acción contra las desigualdades, contra el desmantelamiento de la industria italiana, contra el capital financiero. La paradoja de la hegemonía meloniana, efectivamente arraigada en amplios sectores de la sociedad, es que no es cultural. Es la negación de la cultura entendida como espacio de crecimiento individual y colectivo. No tiene nada realmente gramsciano: orienta los sentimientos, juega con las frustraciones, con el malestar, pero sin ninguna intención de transformar el sentido común en buen sentido.
La hegemonía de la derecha es, de hecho, la que cultiva no la cohesión sino la desintegración, no la mejora sino la conservación, no la nueva civilización sino la destrucción de todos sus proyectos. A la hegemonía política de la derecha, de la que se deriva el éxito electoral de Giorgia Meloni, corresponde, de hecho, la subordinación a los modos de existencia importados de Estados Unidos, es decir, al neoliberalismo más burdo, que ve al ser humano como un objeto de explotación y al Estado como cámara de compensación entre los intereses particulares de las élites nacionales y el capital financiero internacional. La museificación de la cultura, su reducción a un estandarte que arrebatar a la izquierda, es funcional a esta sumisión, a esta regresión del sentido común que ha permitido a la derecha triunfar en un país en descomposición.
Fuente: Il manifesto, 20 de diciembre de 2025

Sem comentários:
Enviar um comentário