La sombra de Bergman
Escrito por Enrique Colmena
Joachim Trier, a la chita
callando, se está convirtiendo en uno de los más interesantes cineastas noruegos (aunque naciera accidentalmente en Copenhague) de nuestro tiempo. Su
filmografía como director no es todavía extensa, pero sí muy atractiva: Oslo, 31 de Agosto, El amor es más fuerte que las
bombas, Thelma, La peor persona del mundo, entre otras, dibujan un autor con una
personalidad marcada y un universo propio que, poco a poco, nos va
(re)presentando a través de su obra.
Su cine gira con frecuencia en torno a la familia, o a las relaciones sentimentales, siempre de forma muy diversa,
incluso poliédrica; sus protagonistas, casi paritariamente hombres y mujeres,
son personajes angustiados por problemas familiares o sentimentales, problemas
que, a lo largo de la trama, se irán matizando e incluso, de alguna forma,
resolviendo, o al menos aliviando. Algo (o mucho) de ello hay precisamente en
esta su nueva película, que ya en el título (incluso en el original en noruego,
si el traductor online no nos ha mentido…), Valor sentimental,
expresa su intencionalidad emocional.
La película se ambienta en Oslo. Conocemos a
Nora (sí, como la protagonista de Casa de muñecas, de
Ibsen, detalle nada anecdótico…), una mujer treintañera, y a su hermana algo
menor, Agnes. Acaban de enterrar a su madre, y al funeral (con esos ágapes que
se gastan en estas circunstancias por allí por el norte, como si hubiera que
celebrar que el muerto se haya ídem…) acude el padre de ambas y exesposo de la
difunta, Gustav Borg, famoso director de cine, aunque ahora hace ya bastantes
años que no dirige. La relación entre Gustav y, sobre todo, Nora, no es
precisamente buena: la mujer siente un resentimiento sordo hacia el padre, por
su desafección hacia sus dos hijas cuando se divorció de su madre, siendo ambas
niñas; aquel desapego, unido quizá a los antecedentes de suicidio en la familia
(la madre de Borg, luego abuela de Nora, se quitó la vida ahorcándose en los
años cincuenta), hicieron incluso que la chica se intentara suicidar años
atrás; aunque parece que esa etapa ya está superada, la llegada del padre
remueve en Nora sentimientos que parecían adormecidos. Borg le propone a su
hija que interprete a la protagonista de su nueva película, cuyo guion ha
escrito expresamente para ella, pero Nora no se fía de su padre, que tantas veces la decepcionó…
Si en algunas películas anteriores, como Thelma,
apreciábamos una inspiración más o menos velada en la temática y estética de
Ingmar Bergman, nos parece que aquí ya no es velada sino evidente; por
supuesto, nada que objetar: las influencias, en arte, están a la orden del día,
y son absolutamente legítimas. De hecho, a estas alturas de la historia del ser
humano, ser originales es tarea francamente difícil, por no decir imposible…
Porque nos parece que Trier, en esta interesante Valor
sentimental, de forma más o menos solapada, hace no solo
una película “a la manera de” Bergman, sino incluso que se inspira en su vida,
en sus relaciones sentimentales y paternofiliales. Así, de entrada, el coprotagonista y padre de la protagonista se apellida Borg, un nombre que,
evidentemente, recuerda fonéticamente al de Bergman. Como el cineasta de
Uppsala, también este Borg es un director legendario, y también como él, casó y
divorció en varias ocasiones (o tuvo parejas sin pasar por el altar o juzgado),
y tuvo hijas (más que hijos) a los que, como el grande e inmortal que era, no
atendió demasiado (más bien nada…).
Pero es que además el tema del film, que nos
parece es precisamente la herida psicológica generada en un vástago (a ver para
cuándo la RAE admite “vástaga”…) por la desafección del progenitor, está en
varias películas de Bergman, en ocasiones de forma monográfica, como en Sonata de Otoño, donde el personaje de Liv Ullmann
guardaba un sordo rencor hacia su madre, la famosa concertista de piano
(ejemplarmente interpretada por la gran Ingrid Bergman), que nunca tuvo tiempo
para dedicárselo a su hija.
Como cabe la posibilidad de que Trier no
quisiera que se interpretara su film como una especie de biografía libre y
camuflada de Bergman, opta por marcar algunas distancias con el genio sueco,
como el hecho de que Borg, su personaje, exprese reiteradamente su desprecio
por el teatro, cuando es sobradamente conocido que Bergman lo amaba, y dedicó
buena parte de su vida a dirigir obras teatrales, algunas de las cuales, como La
gaviota, de Chéjov, se cita aquí en la película y es interpretada
por la protagonista, Nora, dentro de su carrera como actriz teatral.
En nuestra opinión, Valor
sentimental, a la sombra de Bergman (pero con su propia
personalidad), nos presenta uno de esos densos dramas nórdicos (aunque no solo
nórdicos…) en los que la relación entre progenitores y descendientes viene
marcada por la renuencia sentimental de los primeros hacia los segundos, para
favorecer las carreras profesionales que suponen para ellos su prioridad. Esa
relación está presentada por el director a través de un inteligente guion,
coescrito con su habitual colaborador Eskil Vogt, en el que se va dando entrada
al resentimiento que primordialmente Nora, pero también su hermana Agnes,
tienen hacia su padre, y a través del cual también iremos conociendo algunos de
los momentos que han marcado la vida de ambas, siempre bajo la aplastante
presión de la figura del padre, no lejos tal vez de lo que se conoce en
psicología como “síndrome de Adéle Hugo” (por la hija de Victor Hugo), la
angustia de los hijos de los grandes ante la imposibilidad de alcanzar la
estatura artística de sus progenitores.
Es cierto que la película es demasiado larga: un
recorte de diez o quince minutos habría resultado en una mayor claridad y
sencillez, porque con frecuencia lo que se nos cuenta es redundante. Pero el
conjunto, a pesar de ese reparo, es armónico, interesante, no aburre, más allá
de que se transite más de una vez por el mismo camino.
Un final moderadamente feliz quizá sea
contradictorio con el tono general, melancólico y levemente pesimista, pero nos
parece bien que, en temas en los que el suicidio anda de por medio, el arte
aporte también su granito de esperanza. En ese sentido, la escena final resulta
modélica: sin incurrir en “spoilers”, la ruptura con lo que estaba previsto en
el guion que supuestamente se filma en la película supondrá, simbólicamente, la
apuesta por la vida antes que por la muerte, a la par que recuerda que la
reconciliación, incluso en las más difíciles circunstancias, es no solo
posible, sino también preferible.
Excelente trabajo interpretativo de los cuatro protagonistas, empezando por la estupenda Renate Reinsve, que ha actuado ya
varias veces para Trier, aunque no se pueda decir todavía que sea su
actriz-fetiche; Stellan Skarsgard, quizá el actor sueco más internacional de
nuestro tiempo, clava su personaje, el hombre arrepentido de su desapego como
padre, que intentará, antes de que sea demasiado tarde, recuperar el cariño de
su prole; Elle Fanning, la joven estrella norteamericana, aquí muy entregada a
su personaje, que debería ser la “hija en lugar de la hija” (puesto que Borg
escribió el guion para su hija Nora, y tuvo que ofrecérselo después a la actriz
USA al rechazarla aquella), hasta que se dé cuenta de la imposibilidad de
reproducir en una pantalla una historia tan íntima, tan personal, tan propia de
una mujer que no es ella; e Inga Ibsdotter Lilleaas, la menos conocida de todos
ellos, que se ajusta adecuadamente a su personaje de hija menor, en realidad
menor en todo, incluso en la atención paterna cuando este vuelve intentando
restañar heridas.
[Fuente: www.criticalia.com]

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