Durante la
década de 1980 las instituciones de Alemania comenzaron a enfrentarse
seriamente al pasado de su país. Para el historiador Enzo Traverso, sus
reacciones a la destrucción de Gaza demuestran que no aprendieron las lecciones
correctas. Gente caminando entre los
escombros al norte de la Franja de Gaza, el 20 de enero de 2025, un día después
de que entrara en vigor un acuerdo de alto el fuego entre Israel y Hamás.
Una entrevista con Enzo Traverso
Traducción: Florencia Oroz
Después de más
de quince meses, la guerra en Palestina finalmente ha alcanzado al menos una
pausa inicial, que se espera sea seguida por un alto el fuego permanente en los
próximos meses. La destrucción en Gaza no tiene precedentes en escala: según un
informe reciente en The Guardian, casi 50 000 habitantes de Gaza,
aproximadamente el 2% de la población, han muerto, más de 100 000 han resultado
heridos, muchos con lesiones debilitantes. Alrededor del 90% de la población ha
sido desplazada y la mayoría no tiene adónde regresar, ya que casi dos tercios
de los edificios de la Franja de Gaza están dañados o destruidos.
A lo largo de
la guerra, dos países en particular se destacaron por su apoyo inquebrantable a
Israel: su más antiguo defensor, Estados Unidos, pero también Alemania. Los
líderes de Berlín han citado a menudo una Staatsräson («razón
de Estado») distintiva, basada en la responsabilidad histórica de los alemanes
por el Holocausto, para negarse a condenar o al menos cesar el apoyo militar a
Israel. Sin embargo, esto, sumado al hecho de que muchos observadores
internacionales creíbles han acusado a Israel de genocidio, ha llevado a
millones de personas en el país y en todo el mundo a preguntarse si el
reconocimiento de Alemania de su propio pasado oscuro fue tan exhaustivo y
significativo como se creía anteriormente.
Enzo Traverso, historiador de la Europa contemporánea, es
conocido por sus investigaciones sobre temas críticos como la guerra, el
fascismo, el genocidio, la revolución y la memoria colectiva. Su último
trabajo, Gaza Faces History, examina la guerra de Gaza como una
combinación de legados coloniales y crisis humanitarias. También critica la
instrumentalización de la memoria del Holocausto, en particular por parte de
Alemania, y analiza su transformación de una lección universal contra la
opresión a una narrativa utilizada para justificar un genocidio actual.
Conversamos con él sobre el comportamiento del Estado alemán desde que comenzó
la guerra en Gaza y las lecciones que extrae para desarrollar una política de
memoria verdaderamente universalista e internacionalista.
El gobierno
alemán reitera a menudo su compromiso con el derecho internacional, pero rara
vez reconoce las violaciones del derecho internacional contra los palestinos, a
pesar de que numerosas organizaciones de derechos humanos como Amnistía
Internacional informan sobre ellas. ¿Cómo explica esta ambivalencia?
La respuesta
del gobierno alemán a la guerra y el genocidio en Gaza no es del todo
sorprendente. Se alinea con las políticas de memoria que Alemania ha seguido durante
muchos años.
En este
contexto, la crisis de Gaza sirve como una prueba reveladora, que pone de
relieve un cambio preocupante en la forma en que se aborda la memoria del
Holocausto en Alemania, lo que socava el trabajo ejemplar que Alemania ha
realizado durante varias décadas para abordar y asimilar su pasado. Digo esto
no como un observador imparcial, sino como italiano, alguien de un país que no
ha logrado reconocer plenamente ni asumir la responsabilidad de su pasado
fascista y colonial. Como italiano, a menudo he mirado a Alemania, no
necesariamente como un modelo perfecto, sino como un país que logró
comprometerse y enfrentarse a su propia historia de una manera que mi propio
país no ha hecho.
A mediados de
la década de 1980, Alemania emprendió un proceso de replanteamiento de su difícil y
doloroso pasado. Durante al menos dos generaciones, el recuerdo de los crímenes
nazis se convirtió en una piedra angular de la conciencia histórica alemana,
algo que consideré un gran paso adelante. Alemania logró redefinir su concepto
de ciudadanía, pasando de una identidad basada en raíces puramente étnicas a
una comunidad política que incluía a todos los ciudadanos, independientemente
de sus orígenes étnicos o creencias. Este notable logro fue posible en gran
medida, si no principalmente, gracias al trabajo de la memoria del Holocausto.
Sin embargo,
con el tiempo, la memoria del Holocausto en Alemania se transformó
progresivamente en una política de apoyo incondicional a Israel. Lo que en su
día fue un ejemplo de reconocimiento histórico se ha convertido en un marco
que, en mi opinión, contribuye a la eliminación de perspectivas críticas y
permite acciones que contradicen los propios principios de justicia y
responsabilidad que esta memoria pretendía defender. El resultado deplorable de
este proceso es que hoy en día se puede transgredir o ignorar el derecho
internacional para apoyar a Israel incondicionalmente.
¿Cuándo
cree que ocurrió este cambio?
En muchos sentidos, estas premisas ya estaban presentes en la creación de la República Federal de Alemania en 1949. Creo que este cambio se produjo de forma progresiva, ya que las semillas de tal cambio estaban incrustadas en la memoria del Holocausto desde el principio. Algunas de las contradicciones inherentes a este desarrollo se remontan a momentos como la crítica de Jürgen Habermas a Ernst Nolte, en la que argumentaba que la integración de Alemania en Occidente se logró a través de la memoria de Auschwitz. Esta alineación de la memoria del Holocausto con los valores occidentales sentó las bases del apoyo inquebrantable de Alemania a Israel.
Estas diferencias no eran muy evidentes en la
década de 1950, durante los debates sobre las leyes de reparación para
compensar a las víctimas judías del régimen nazi, pero las premisas subyacentes
ya estaban presentes. En el momento del punto de inflexión histórico, la
confrontación se produjo entre una Alemania que buscaba reconocer el Holocausto
y los crímenes nazis como piedra angular de la conciencia histórica alemana, y
otra Alemania que claramente favorecía un enfoque apologético del pasado nazi.
En ese contexto, estaba claro que Habermas debía ser apoyado, especialmente frente
a Nolte y al revisionismo alemán.
Durante muchos
años, estos peligros parecieron relativamente contenidos, apareciendo
marginales en comparación con los importantes avances que Alemania había hecho
en la promoción de los derechos democráticos. Ahora, sin embargo, nos
encontramos en una situación paradójica. Alemania, que se ha convertido en una
nación multiétnica, multicultural y multirreligiosa, exige el apoyo
incondicional a Israel por parte de todos sus ciudadanos, incluidos aquellos
con orígenes poscoloniales y palestinos. Este desarrollo podría verse como una
consecuencia sorprendentemente irónica de la alineación anterior de la memoria
del Holocausto con la identidad occidental.
A finales
del año pasado, Alemania expresó sus dudas sobre si ejecutaría la orden de
arresto de la Corte Penal Internacional contra Benjamin Netanyahu en caso de
que visitara el país. ¿Cómo refleja esta vacilación la tensión entre la
responsabilidad histórica de Alemania por el Holocausto y su compromiso con el
derecho internacional?
Creo que la
Alemania de la posguerra, al igual que muchos otros países europeos, desarrolló
una memoria del Holocausto y de los crímenes nazis que a menudo descuidó o
marginó el trabajo necesario para abordar la historia colonial. El enfoque en
el Holocausto, aunque importante, ha eclipsado o minimizado la memoria del
colonialismo, creando una tensión que se hizo más evidente después del 7 de
octubre.
Esta política
de memoria «aporética» es la premisa para ignorar la dimensión colonial de la
ocupación israelí de Gaza y Cisjordania. En el discurso alemán y de Europa
occidental, Netanyahu es representado como el representante de los judíos como
víctimas. Por lo tanto, los palestinos no son un pueblo desposeído, sino una
nueva encarnación del antisemitismo. Este es el argumento detrás de la decisión
alemana (seguida por otros líderes occidentales) de no implementar la orden de
arresto de la CPI.
¿Ignorar la
orden de la CPI supone un riesgo de daño a la reputación o incluso
consecuencias legales para estos países, especialmente dada la creciente
presión para que se adhieran al derecho internacional?
No soy un
experto en derecho, pero lo que puedo decir es que, después de Estados Unidos,
que proporciona el principal apoyo financiero y militar, Alemania es el segundo
apoyo militar más importante de Israel. Sin el apoyo de Estados Unidos, Israel
no habría podido llevar a cabo la destrucción en Gaza y la matanza de decenas
de miles de palestinos. Pero después de Estados Unidos, Alemania desempeña un
papel crucial en la prestación de apoyo militar a Israel.
Esto significa
que Alemania es hoy cómplice del genocidio en Gaza, al igual que Francia,
Italia y el Reino Unido. Sin embargo, la implicación de Alemania es
especialmente significativa, tanto por su papel como por su peso simbólico. A
los ojos de la mayor parte de la población mundial, esto significa que la
memoria del Holocausto se ha convertido en una herramienta política de las
políticas coloniales: mientras que las víctimas judías del nazismo deben ser
conmemoradas, las vidas palestinas pueden ser borradas.
Como
historiador italiano que enseña en Estados Unidos, ¿cómo cree que el apoyo
inquebrantable de Alemania a Israel, enmarcado en su Staatsräson,
afecta a su imagen internacional?
En primer
lugar, creo que la imagen internacional de Israel ha cambiado de forma
irreversible. Para la opinión pública del llamado Sur Global, Israel ha
simbolizado durante mucho tiempo la opresión, el colonialismo y ahora el
genocidio. Sin embargo, esa imagen también ha cambiado en Occidente. En la actualidad
existe una clara discrepancia entre la postura oficial de la clase política
occidental y el creciente escepticismo público hacia la política de apoyo
incondicional a Israel.
Alemania, en
cierto modo, admitió la hipocresía de su postura oficial al enmarcarla como una
cuestión de Staatsräson.
El concepto de Staatsräson es
muy ambiguo. En mi ensayo, tracé su genealogía desde la Europa moderna temprana
hasta el presente. Staatsräson revela
una contradicción dentro del estado de derecho: la ley puede ser cuestionada,
negada o transgredida debido a un deber superior: Staatsräson.
En este caso,
ese deber es la defensa incondicional de Israel, incluso si Israel está
cometiendo claramente crímenes de guerra o genocidio. El significado implícito:
sí, Israel está cometiendo crímenes de guerra, oprimiendo a los palestinos y
probablemente perpetrando un genocidio, pero lo aceptamos en nombre de un
interés estatal primordial.
¿Qué
implicancias tienen los acontecimientos del último año y medio para el futuro
de la política de la memoria, tanto en Alemania como en general?
Lo que está
sucediendo hoy en Gaza nos obliga a repensar nuestro enfoque de la política de
la memoria. Necesitamos articular una relación más equilibrada entre las
diferentes dimensiones de la memoria colectiva. Esto es lo que quise decir
antes. Tenemos que incluir no solo la memoria del fascismo, los crímenes nazis
y el Holocausto, sino también la memoria del imperialismo y el colonialismo,
que también son aspectos críticos del pasado de Europa. No podemos permitirnos
centrarnos exclusivamente en un aspecto de la memoria colectiva y descuidar los
demás.
Esto es
especialmente importante, ya que la Unión Europea se ha convertido en un reino
de inmigración. Millones de inmigrantes, la mayoría de ellos de origen
poscolonial, forman ahora parte de Europa. Esto se aplica a todos los países
europeos, incluida Italia, que históricamente ha sido tanto un país de
emigración como, desde hace décadas, un país de inmigración. En muchos casos,
nuestras políticas de memoria han sido simplemente un corolario de la retórica
de los derechos humanos, sirviendo a menudo como justificación de las políticas
imperiales y neocoloniales. Es hora de poner fin a eso.
¿Es
necesario reconsiderar el concepto de «culpa histórica», dado que a menudo
conduce a la generalización y a la falta de matices?
El concepto de
culpa histórica es valioso si se contextualiza. No existe una culpa eterna,
inmutable y transhistórica. Podríamos referirnos al famoso debate que tuvo
lugar en Alemania en 1945 tras la publicación del ensayo de Karl Jaspers El problema
de la culpa. Jaspers distinguió
entre diferentes tipos de culpa: culpa criminal, culpa política, culpa moral y
culpa metafísica. El concepto de culpa debe matizarse, repensarse y redefinirse.
En lugar de
hablar de culpa histórica, yo hablaría de responsabilidad histórica. Nací más
de veinte años después del genocidio etíope perpetrado por el fascismo italiano
en 1935-1936. No soy culpable de ese genocidio fascista, pero creo que lo sería
si como ciudadano italiano ignorara el pasado de mi país y me negara a asumir
las responsabilidades históricas vinculadas a él. Como ciudadano italiano
responsable, no puedo ignorar los crímenes que pertenecen a la historia de mi
país.
En este
sentido, la relación entre culpa y responsabilidad es dialéctica. Existe una
responsabilidad histórica que debería guiar las políticas exteriores
responsables. Y una política exterior responsable hoy significaría, ante todo,
detener el genocidio en Gaza.
Ha
criticado la equiparación de los palestinos con los nazis, algo habitual en
algunos sectores de la clase política y mediática alemana, tildándola de
revisionismo histórico. Sin embargo, en su libro menciona que algunas acciones
del Ejército israelí (Fuerzas de Defensa de Israel, IDF) le recuerdan a las de
las Schutzstaffel (SS). ¿No son contraproducentes tales descripciones,
reforzando el mismo nudo entre memoria e historia que usted pretende
desenredar?
Escribo en mi
libro que el concepto de genocidio es un concepto jurídico. Es un concepto
legalista. También hago hincapié en que, como historiador, a veces tengo muchas
dudas y debo ser cauto antes de usar este término, ya que no pertenece a las
ciencias sociales ni a la erudición histórica.
Existe una definición
normativa de genocidio, que es una definición legalista y jurídica. Creo que
esta definición se corresponde perfectamente con la situación actual de Gaza.
Sin embargo, los genocidios no son todos equivalentes o intercambiables. Gaza
no es Auschwitz, por su escala, sus motivaciones, su fenomenología, etc., esto
es obvio y muy claro. Mucha gente (especialmente en Alemania) piensa que hablar
del genocidio de Gaza significa «relativizar» el Holocausto. Esto es
vergonzoso. Reivindicar la memoria de un genocidio para justificar otro
genocidio es moral y políticamente inaceptable. La memoria de Auschwitz debe
movilizarse para impedir nuevos genocidios, no para justificarlos.
Las
comparaciones históricas no son homologías históricas; son analogías que nos
ayudan a interpretar el presente. Por supuesto, las imágenes no solo de las SS,
sino también de los soldados de la Wehrmacht perpetrando crímenes en el Frente
Oriental durante la Segunda Guerra Mundial pueden compararse con los crímenes
de guerra cometidos por las FDI hoy en Gaza y Cisjordania. Los cientos de
vídeos y podcasts que muestran a soldados israelíes sonriendo junto a
palestinos humillados, o junto a los cadáveres de víctimas palestinas, o
apuntando a civiles, recuerdan a las imágenes de la guerra y los crímenes
genocidas cometidos por soldados alemanes durante la Segunda Guerra Mundial,
por soldados italianos en Etiopía, los
Balcanes y Grecia, y por el ejército francés en Argelia a finales de la década
de 1950.
Creo que estas
comparaciones ponen claramente de manifiesto las afinidades fenomenológicas que
existen en todos los crímenes imperiales coloniales y fascistas. Es crucial
hacer estas comparaciones porque sirven de advertencia, y esta advertencia es
saludable.
Algunos
podrían argumentar que sus comparaciones históricas son ofensivas,
especialmente dado el énfasis en la singularidad de las atrocidades del
Holocausto. ¿Cómo respondería a los críticos que encuentran sus comparaciones
inapropiadas o problemáticas?
Debemos ser
muy claros en este punto: no comparo Gaza con el Holocausto. No afirmo que lo
que está sucediendo hoy en Gaza sea una repetición del Holocausto. Simplemente
digo que lo que está sucediendo hoy en Gaza es un genocidio.
El Holocausto
fue un genocidio. El exterminio de los armenios fue un genocidio. El exterminio
de los hereros también fue un genocidio. Los genocidios pueden variar mucho en
su fenomenología, los medios de destrucción y las poblaciones objetivo.
Por supuesto,
tenemos que reconocer la existencia de tropos antisemitas, que afirman que los
judíos siempre se han retratado a sí mismos como víctimas y ahora están
actuando exactamente como los nazis. Este es un argumento antisemita típico,
así como apologético. El genocidio en Gaza, por ejemplo, se utiliza a menudo
para trivializar el nazismo y sus crímenes. Debemos rechazar tal
demagogia.
Sin embargo,
no podemos censurar o pasar por alto el genocidio en Gaza simplemente porque
tememos este tipo de reacción. Esto es inaceptable. No podemos decirles a los
palestinos: «lo lamento, pero no puedo actuar contra la violencia y la opresión
que están sufriendo porque esto podría convertirse en el pretexto para exhumar
viejos tropos antisemitas». La lucha contra el antisemitismo no es incompatible
con la lucha contra la opresión colonial de Palestina.
Israel forma
parte de la comunidad internacional y debe ser juzgado según los mismos
criterios políticos y jurídicos que se aplican a todos los Estados y miembros
de esa comunidad. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de crear una situación
perversa en la que el antisemitismo se legitime indirectamente. Si los
europeos, especialmente los alemanes, sienten que su deber es defender a Israel
incondicionalmente para luchar contra el antisemitismo y el racismo, la
conclusión que muchos podrían sacar es que el antisemitismo no es tan malo. Si
criticar las acciones de Israel en Gaza se etiqueta como antisemitismo, la
consecuencia lógica sería que, para detener un genocidio, uno debe ser
antisemita.
La premisa que
subyace a todo el discurso de apoyo incondicional a Israel, independientemente
de las circunstancias, es totalmente irracional. Es el resultado de una extraña
idea que postula la inocencia ontológica de Israel. En el pasado, un prejuicio
antisemita explicaba que los judíos eran dañinos por naturaleza, no por sus
comportamientos, sino simplemente por su existencia; hoy en día, un discurso
igualmente necio e irresponsable pretende que los judíos son inocentes o
beneficiosos por naturaleza: son víctimas y no pueden convertirse en
perpetradores. Es la versión invertida de un antiguo prejuicio oscurantista.
Usted sostiene que los palestinos están pagando el precio de la culpa
histórica de Europa hacia los judíos. ¿Cómo afecta esta dinámica a la posición
moral de Europa en la actualidad, y qué revela sobre la continuidad —o el
fracaso— de sus compromisos éticos?
He escrito
varios ensayos en los que intento explicar que la forma de racismo más
relevante y significativa en la Europa actual ya no es el antisemitismo, sino
la islamofobia. En Italia, la jefa de Gobierno, Giorgia Meloni, procede de un
movimiento posfascista. Antes de convertirse en primera ministra, estaba orgullosa
de sus raíces políticas en esta tradición, que incluye el régimen fascista que
promulgó leyes antisemitas en 1938. De manera similar, en Francia, Marine Le
Pen representa una herencia política antisemita.
Sin embargo,
hoy en día, movimientos como el de extrema derecha Alternativa para Alemania
(AfD) no promueven abiertamente el antisemitismo en su retórica oficial, y
mantienen fuertes relaciones con Israel. Al mismo tiempo, no podemos ignorar el
aumento de la islamofobia en el mundo occidental, que se dirige contra los
refugiados e inmigrantes, especialmente los musulmanes, presentándolos como una
amenaza para la identidad «judeocristiana» de Europa.
Este cambio en
la dinámica del racismo significa que el antisemitismo ya no es la principal
forma de racismo en la Europa contemporánea. En el siglo XXI, el racismo se ha
reconfigurado, y centrarse únicamente en el antisemitismo corre el riesgo de
ser utilizado como pretexto para justificar políticas islamófobas y racistas.
Esto es particularmente evidente en Alemania, donde la AfD defiende ferozmente
a Israel mientras impulsa medidas antinmigrantes y antimusulmanas. Aunque hay
que seguir oponiéndose al antisemitismo, está claro que su lucha se está
instrumentalizando cada vez más.
Dado que la
guerra de Gaza forma parte de un conflicto en curso, ¿cómo influye nuestra
percepción actual de los acontecimientos en la cultura de la memoria del
futuro?
Se ha aprobado un alto el fuego, una tregua temporal, pero dista mucho de
ser una solución duradera o pacífica. Esta guerra genocida ha empañado
irreparablemente la imagen global de Israel, transformándolo de una nación que
alguna vez fue vista como una respuesta al Holocausto a un estado colonial
opresivo, que recuerda a la Sudáfrica de la era del apartheid. Hoy en día, la
causa palestina se ha vuelto central para cualquier persona comprometida con
los principios de libertad, justicia e igualdad, incluso si esa causa no puede
identificarse ni con Hamas ni con la completamente desacreditada Autoridad
Palestina.
En el debate alemán, el Holocausto ocupa un lugar central en la política de
la memoria debido a la responsabilidad histórica de Alemania (y Austria),
mientras que la Nakba, aunque fundamental para los palestinos, es en gran
medida ignorada. Esta asimetría también se refleja en las perspectivas, ya que
los israelíes recuerdan el Holocausto y los palestinos la Nakba, a menudo sin
incorporar las experiencias de la otra parte. ¿Cómo podría desarrollarse en el
mundo de habla alemana una política de la memoria que conecte estas
experiencias históricas, haga visible el sufrimiento de ambas partes y permita
el diálogo sin cuestionar las respectivas experiencias de sufrimiento ni
exacerbar las tensiones políticas?
Alemania es
responsable del Holocausto, no de la Nakba. Esta es la razón de la asimetría
que mencionas, y explica por qué en los años de la posguerra la conciencia
histórica y la memoria colectiva de la República Federal de Alemania se
construyeron en torno al Holocausto.
Hoy, sin
embargo, el contexto ha cambiado. Por un lado, porque Alemania se ha convertido
en una sociedad multiétnica y multicultural que incluye a muchos ciudadanos con
orígenes poscoloniales o incluso palestinos; por otro lado, porque Israel
justifica sus políticas opresivas y genocidas invocando el Holocausto y la
lucha contra el antisemitismo. En tal situación, esta asimetría ya no es
aceptable.
No hay
equivalencia entre el Holocausto y la Nakba, pero ambas tragedias deben ser
reconocidas y respetadas. Esta es la premisa necesaria para una política de
memoria fructífera, que requiere igualdad y comprensión mutua. Una lucha contra
el antisemitismo basada en la negación de la Nakba y el sufrimiento palestino
es tan poco ética como ineficaz.
[Foto: Omar al-Qataa / AFP vía Getty Images - fuente: www.jacobinlat.com]
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