domingo, 8 de dezembro de 2024

Francia desnortada

El capital político de Macron se ha evaporado. Y como no hay una solución racional y razonable de sustitución, nadie sabe hacia quién dirigirse. Francia está en una situación de enorme depresión política


Escrito por Benoît Pellistrandi

El éxito esperado de la moción de censura al Gobierno de Michel Barnier es un acontecimiento histórico. Por primera vez en Francia, desde 1962, un Gobierno cae. El último caso fue el Ejecutivo de Georges Pompidou. El entonces primer ministro cayó no por su culpa, sino por una propuesta constitucional audaz impulsada por el general De Gaulle: la elección directa del presidente de la República mediante sufragio universal. Aquello representaba un giro drástico en la cultura política francesa. La moción de censura era, pues, el reflejo de unos diputados que añoraban el sistema parlamentario propio de la tercera y la cuarta República. La respuesta de De Gaulle fue fulminante: disolvió la Asamblea Nacional y volvió a nombrar a Georges Pompidou. Y ganó tanto el referéndum constitucional como las elecciones legislativas (con mayoría absoluta). Este punto de la historia me parece necesario para darnos cuenta de la intensidad de la actual crisis política francesa.

La caída del Gobierno Barnier era una hipótesis desde su formación. No hay solución a la endiablada ecuación parlamentaria francesa. La izquierda suma 192 escaños y la extrema derecha, 143. Forman así (y acaban de demostrarlo) una mayoría negativa. La coalición que apoyaba el Gobierno Barnier podía contar con menos de 230 diputados sobre el total de 577. La moción de censura era una cuestión de calendario. Y se ha acelerado.

¿Por qué ahora? La razón principal radica en los problemas judiciales de Marine Le Pen. Su partido está acusado de haber desviado fondos del Parlamento Europeo para su financiación. El juicio que empezó en octubre ha concluido con unas requisitorias muy duras. La fiscal pidió la inhabilitación inmediata de Le Pen (es decir, sin esperar al veredicto del juicio en apelación), lo que conllevaría su muerte política. El tribunal dará a conocer su veredicto el 31 de marzo de 2025. A partir de ahí, la estrategia de Reagrupamiento Nacional cambió completamente. Era imprescindible sembrar el caos político para recordar que el culpable de esta situación es el presidente Macron. Barnier cae, pero Macron es la diana.

La realidad es que no hay alternativa política. Los socialistas se ofrecen ahora a proponer un nuevo pacto basado en un acuerdo mutuo de «no censura». Es decir: nosotros tenemos el derecho a censurar, pero de ahora en adelante, hay que formar un Gobierno que, por razones de estabilidad, todos se comprometen a no derribar. Una fórmula barroca que se traduce en el caos de la vida parlamentaria. Los republicanos han alertado: su apoyo al Gobierno Barnier (es decir, una alianza con los macronistas) no se repetirá si el centro de gravedad del nuevo Ejecutivo gira a la izquierda. De modo que, si buscara el apoyo de los socialistas, Macron podría ganar unos 60 diputados, pero perdería los 47 de la derecha republicana. Una ganancia mínima.

La izquierda reivindica el derecho a gobernar por haber ganado las elecciones. Pero todos saben que no las han ganado. Los macronistas rechazan cualquier cambio en la política fiscal, pero olvidan que perdieron 100 diputados en julio y que parte de su castigo tiene como origen la reforma de las pensiones, que produjo un enorme rechazo popular. Y Le Pen sabe que, al disponer de solo 143 diputados, está condenada a vender sus votos o, por lo menos, a base de chantaje, obtener concesiones. Lo consiguió durante el debate presupuestario. Pero, apoyando la moción de censura, acaba de demostrar que es parecida al escorpión que pide a la rana que le ayudara a cruzar el río, prometiéndole que no la picaría, pero que al final la pica y se disculpa diciendo: «Perdóname, es mi naturaleza». Todos saben desde este miércoles lo que vale la palabra de Reagrupamiento Nacional. Es un partido al que le interesa el caos, terreno de donde puede sacar provecho para sus impulsos populistas.

Hasta aquí, un comentario coyuntural, podríamos decir. La verdadera pregunta es: ¿cuándo empezó la crisis política francesa?

Todos apuntan al fracaso de la disolución de la Asamblea Nacional en junio pasado. Y todos culpan al presidente de la República de haber malgastado uno de sus poderes, lo cual debilita a las instituciones. Ahora mismo, Macron está incapacitado, pues no puede disolver el Parlamento hasta finales de junio de 2025. Se enfrenta a una Cámara hostil: las fuerzas destructivas (La Francia Insumisa y Reagrupamiento Nacional), que salen airosas de esta moción de censura, van a seguir controlándola. No para legislar, sino para impedirlo.

También podríamos apuntar el error cometido por Macron de cambiar de primer ministro en enero. Los sondeos le auguraban una derrota en las elecciones europeas. Lo racional habría sido exprimir a Elisabeth Borne y hacer una crisis de Gobierno después del 9 de junio. Al haber gastado este recurso, no le quedó otra sorpresa que la de disolver la Asamblea Nacional.

Con todo, en realidad, la raíz de nuestra crisis se remonta más allá. A mi juicio, radica en dos problemas de distinta índole, pero con efectos combinados.

Políticamente, el macronismo es de una ambigüedad nunca esclarecida. Macron fue ministro de Hacienda de un Gobierno socialista. Ha gobernado con una política económica de la oferta, rompiendo con la tradicional política de la demanda abanderada por la izquierda. Sin embargo, en 2017, el electorado de izquierdas le votó. Y en 2024, el frente republicano ha vuelto a funcionar para parar lo que parecía una victoria cantada del partido de Le Pen. Pues bien, los electores de izquierda no saben qué quiere Macron... y los electores de derecha siguen teniendo muchas dudas al respecto. El capital político de Macron se ha evaporado. Y como no hay una solución racional y razonable de sustitución, nadie sabe hacia quién dirigirse. Francia está en una situación de enorme depresión política.

Pero hay otro punto aún más importante: todos los indicadores económicos son malos. Crecimiento flojo, un paro que no baja del 7,5% y sobre todo un déficit público insoportable (el 6,1% del PIB este año), que alimenta una deuda gigantesca de más de 3.300 millones de euros. Si comparamos Francia con un hogar, hablaríamos de una familia que al mes ingresa 3.900 euros y gasta 5.400. Y de eso hace ya más de 30 años.

El euro nos ha salvado de varias crisis monetarias, pero también nos impide recurrir al arma de la devaluación. Eso genera un clima económico degradado. Cada agente económico en Francia lo sufre: desde los agricultores hasta los empresarios, pasando por los funcionarios que asisten, entristecidos, a la caída de la calidad de los servicios públicos.

En cada francés hay un insatisfecho, preocupado tanto por su presente como por su porvenir y el de sus hijos. La crispación en torno a la reforma de las pensiones expresa esta inquietud: queremos asegurarnos, a costa del porvenir, un presente cómodo y confortable. Nadie tiene hoy en Francia una visión a largo plazo. Es un país que ha perdido la esperanza.

Curiosamente, el presidente Macron quiso volver a dar esperanza a los franceses. Su implicación personal en la restauración de la catedral de Notre Dame procede de esta terapia que intenta aplicarnos. Los Juegos Olímpicos de París ya nos han demostrado nuestra capacidad colectiva para volver a hacer soñar al mundo. Hay, por tanto, motivos para justificar esta política voluntarista. Sin embargo, en ella se esconde un error de apreciación. Estos grandes acontecimientos colectivos, por felices que sean, solo generan una emoción pasajera, no duradera. No hay que confundir la fiesta con la alegría de un pueblo; el lustre, con la serenidad de la felicidad.

Francia es un país pesimista que ha perdido el hilo de su relato nacional. Ya no somos una nación universal. Ya no dominamos en Europa. Nuestra identidad nacional está en crisis por los cambios enormes que la inmigración ha producido durante los 50 últimos años. Nuestra sociedad se ha atomizado: cada uno cree poseer una legitimidad por sí mismo y no somos capaces de crear un espacio común. Hace 18 meses, la crisis de los «barrios», como los llamamos, no fue otra cosa que la expresión de esta segregación territorial y social.

Muchos historiadores y ensayistas creen que Francia debe pasar por crisis profundas antes de resurgir. Me temo que aún no hemos caído lo suficiente.

 

Benoît Pellistrandi es historiador e hispanista francés, autor de El laberinto catalán (Arzalia, 2019)

 

[Ilustración: Luis Parejo - fuente: www.elmundo.es]

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