“Afroamericano”
es un eufemismo absurdo: intenta ocultar algo que no hay por qué esconder
Escrito por ÁLEX
GRIJELMO
Algunas expresiones inocentes que contienen la
palabra “negro” se están volviendo sospechosas en países hispanohablantes con
riqueza de razas: “lo veo muy negro”, “dinero negro”, “bestia negra”, “tener la
negra”, “leyenda negra”… Hay quien las considera ofensivas para los negros.
Pero las ofensas no residen en las palabras, sino
en la intención con que se pronuncian: los españoles sabemos bien que ciertos
insultos se dicen a veces como expresión de cariño.
En castellano podemos afirmar también que alguien
es “muy diestro” en alguna materia, y no por eso se ofenden los zurdos.
Tampoco implican intenciones aviesas algunos viejos
dichos como “no se queda manco” (para expresar que una persona no se rezaga en
algo) o “no es manco” (usado para elogiar a alguien que no se arredra); porque
un manco puede no quedarse manco y además no ser manco en algo. Y el nuevo
hábito de “lavarse las manos” a cada rato no discrimina a quien sólo tenga una.
Del mismo modo, la palabra “negro” no comunica nada
ofensivo en las referidas locuciones, sino que forma una metáfora sobre la
ausencia de luz.
Esa relación entre la negrura y la falta de
alumbrado se estableció hace miles de años, en el indoeuropeo (nuestra lengua
abuela), de cuya raíz *nekw-t- derivan las distintas
formas de llamar a la oscuridad en los idiomas que luego se desgajaron de aquél
(y que suelen conservar el sonido n inicial). Por
ejemplo, nýchta en griego o noctis en latín
(nuestra lengua madre), término del que nacerá “noche”; y que
coincide con nigrum en designar lo “oscuro”.
El Diccionario nos refuerza esa
pista en la primera acepción de “negro”: “Dicho de un color, semejante al del
carbón o a la oscuridad total”. De nuevo la oscuridad, que nos hace verlo todo
negro. Y esta asociación de ideas es la que ha dado históricamente al vocablo
ese valor: el dinero negro tiene una oscura procedencia; y quien se las ve
negras debe afrontar graves dificultades, como quien se desenvuelva en la
oscuridad. Por el contrario, afirmamos “me queda claro” o “lo veo claro”
(frente a “lo veo oscuro” o “lo tengo negro”), pero no decimos “me queda
blanco” o “lo veo blanco” porque la oposición no es de colores, sino de
iluminaciones.
Por tanto, ninguna de esas expresiones negativas
que incluyen la palabra “negro” tiene nada contra una de las razas humanas,
sino contra la ausencia de luz.
Y conviene aclarar, de paso, que la palabra
“necrológica” no se basa tampoco en un color, sino en el griego nekrós (muerto),
que procede del indoeuropeo *nek, muerte.
Así que, se mire por donde se mire, nada hay de
malo en la palabra “negro”. Y por eso el término estadounidense “afroamericano”
es un eufemismo absurdo: oculta algo que no debe esconderse ni producir
vergüenza; y además discrimina a los negros por su origen. Viene a decir “son
africanos, llegaron de fuera”; una distinción que no se aplica a los blancos,
todos ellos de lejana procedencia también.
En Estados Unidos intentan olvidar con estos giros
su trayectoria de racismo legal, organizado y masivo, un trauma del que
nosotros carecemos. Pero nos sentimos siempre tan acomplejados ante todo lo que
viene de allá, que hasta sus propios complejos copiamos.
[Foto: PACO G – fuente: www.elpais.com]

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