En España hay más hogares con perros que con niños pequeños. Aunque el
paraíso perruno es Tel Aviv: no hay una ciudad en el mundo con más chuchos per
cápita
Corren buenos tiempos para
ser perro. En el patio de vecinos es más fácil oír un ladrido que una
barraquera de bebé. La explicación es numérica: en el 35% de los hogares
españoles vive un perro o un gato y solo en el 22% vive un niño menor de 12
años.
Nielsen descubrió hace un tiempo
que había más casas con animales que con bebés. No era una
extravagancia de aquel momento; era un aviso para el futuro y desde entonces
suenan más guau, guau que gu, gu. Este instituto de investigación no sabe poner
la fecha exacta en que se produjo. Ángeles Zabaleta, responsable del área del
consumidor, dice que «no ocurrió de la noche a la mañana. Es una tendencia
paulatina que descubrimos por el desarrollo tan sofisticado que se ha producido
en el mercado de alimentación para mascotas».
Zabaleta lo encaja dentro
de «una tendencia demográfica actual: cada vez nacen menos niños y, a la vez,
hay más mascotas. En el 25% de los hogares españoles tienen un perro;
en el 15%, un gato; y en un 5%, un perro y un gato», indica. «Lo vemos, sobre
todo, en parejas jóvenes sin hijos. Pero también hay muchos hogares con niños
pequeños que tienen un perro como complemento a la familia».
La elección de perro o gato
depende del estilo de vida del dueño. Las parejas jóvenes y las familias
formadas por padres e hijos suelen optar por un can. El single que
vive solo prefiere un gato porque es más autosuficiente y necesita
menos atención.
Zabaleta no tiene una
respuesta científica, pero cree que el aumento de animales en las casas «puede
obedecer a la necesidad de cuidar y tener compañía». Aunque hay un dato que le
sorprende: «Pensaba que las personas mayores que viven solas tendrían más
perros, pero no es así. En la mayoría de hogares con perro viven parejas
jóvenes y familias con niños pequeños».
Las perritas Wifi y Faba
Madrid
Mónica Quintana: «Ya soy tan feliz con mis bichillos que me pregunto: ¿para qué más?»
Hagamos de un paseo la escala de
medir.
Hagamos estadística del azar.
En diez minutos andando por
calles peatonales del barrio madrileño de Lavapiés, un viernes por la tarde,
hay cinco perros y ni un solo niño.
La cita es en un café dog friendly (hay
muchos en este barrio). Entra la consultora especializada en innovación de
futuro Mónica Quintana con Wifi y Faba:
la madre y las dos hijas perritas (es la familia que ha querido formar junto a
su pareja y sin hijos humanos). Nosotras hablamos junto a la ventana y ellas
juguetean bajo la mesa.
Le pregunto por qué algunas
personas, como ella, prefieren tener un perro a un hijo y la respuesta es tan
erudita, tan lección magistral, que no tiene sentido romperle el discurso con
preguntas de periodista. Dejo
que hable. Mientras, Wifi revolotea y Faba se acurruca.
Pienso que ha habido una
mistificación de la maternidad como proyecto vital de las mujeres. Hasta el
punto de decir (pone voz grandilocuente):
«Uun matrimonio sin hijos…
es como un áárbol sin frutos».
A mí me lleva a la cuestión
etimológica de familia. Esta palabra viene de famulus. En Roma designaba el conjunto de
propiedades del pater (de ahí viene patriarcado y patrimonio).
La famulus era el conjunto de propiedades, mujer, hijos,
animales y esclavos. Pero a las mujeres contemporáneas ese modelo de familia no
nos viene bien.
¿Cómo se constituye el
patriarcado? Instituyendo la monogamia, el control de la sexualidad y la
creación de una cultura en la que se mistifica la maternidad. Y, de hecho, creo
que ahora se está produciendo una remistificación. Hubo una oleada de feminismo
que nos dijo a las mujeres: «Sed igual que los hombres, salid a trabajar
fuera…». Eso, en algunos aspectos, fue un fiasco y ha surgido una suerte de
feminismo, a veces ligado al ecofeminismo, que dice: «Aquí la lucha contra el
capitalismo la vamos a hacer con un retorno a lo rural, teniendo muchos hijos
(preferiblemente, en casa) y dándoles de mamar hasta los no sé cuántos años».
Quintana ha arrancado desde el
pasado romano para explicar el hoy. Y ahora habla de un caso actual: el suyo.
Nunca he sentido un fuerte impulso por la crianza. De pequeña, cuando otras niñas jugaban a las muñecas, yo leía libros. Y, por cierto, me machacaron bastante por eso: me llamaban marimacho.
Nunca he sentido un fuerte impulso por la crianza. De pequeña, cuando otras niñas jugaban a las muñecas, yo leía libros. Y, por cierto, me machacaron bastante por eso: me llamaban marimacho.
Hubo dos momentos en mi vida en
los que sentí un impulso biológico maternal. A los 27 y a los 33. Veía mujeres
embarazados por todos lados y pensaba: ¿por qué ellas sí y yo no? Pero,
afortunadamente, ninguna de mis parejas de esos momentos quiso tener hijos.
Menos mal. Ahora estoy muy feliz porque tengo una pareja que no me presiona
para tener nenes. Le interesa tan poco como a mí.
En la conversación entra un concepto interesante: «el egoísmo genético». ¿Qué es eso?
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| Wifi |
En la conversación entra un concepto interesante: «el egoísmo genético». ¿Qué es eso?
Estamos en una situación de sobrepoblación absurda. Todavía no hemos resuelto problemas graves de la humanidad: disponer de agua potable, hacer la transición energética que deje atrás los combustibles fósiles, eliminar el plástico de los océanos… A las mujeres siempre nos han vendido que no tener hijos era de un tremendo egoísmo. Yo, al no tenerlos, contamino menos, consumo menos y pago más impuestos que las personas con niños. Entonces me pregunto: ¿estoy siendo la egoísta de la película? ¿Que me hace a mí pensar que yo soy más valiosa que otro ser para reproducirme genéticamente? El egoísmo genético consiste en querer diseminar tu genoma por el mundo. Porque, además, la mayoría quiere que los hijos sean suyos. No vale adoptar los que ya han nacido.
Además, en muchos países, tener hijos sigue
siendo un factor de riesgo para las mujeres. Se duplica la posibilidad de caer
en una situación de exclusión social y hay datos que dicen que las madres
solteras y las mujeres separadas se empobrecen entre un 40% y un 45%. El
momento en el que aumenta la brecha salarial es cuando una mujer tiene hijos.
Es muy paradójico: un hombre con hijos gana
más que uno sin hijos, pero una mujer con hijos gana mucho menos que una sin
hijos. Pero seguimos mistificando la maternidad y nos siguen diciendo que
debemos tener hijos. ¿Por qué no regulamos el flujo migratorio en vez de tener
hijos? ¿O es que, en el fondo, lo que queremos hacer es preservar la raza
ibérica o la aria o la que sea?
En esta pregunta tan necesaria deja
a los «nenes» y pasa a hablar de los «bichos».
Desde pequeña vi la necesidad de cuidar a los animales. Y también a los niños, porque veo a ambos como seres vulnerables. Creo que el desarrollo de una sociedad tiene que ver con hacernos conscientes de lo que siente cualquier tipo de ser: humano o no. Igual que las mujeres y los animales han dejado de ser propiedad del pater (no hace tanto de esto, por cierto), creo que llegará un tiempo en el que seamos más conscientes de los animales. Me parece un signo claro de progreso. Y no eso de volver a la caza y los toros.
Hablamos de dinero. De lo mucho que podemos gastar hoy en un perro: la peluquería, el pienso orgánico, los juguetes, la ropita, los masajes…
Algunas personas acomodadas hoy se gastan más
en sus perros que muchas familias humildes en sus hijos. Es una vergüenza que
los seres vivos pasen calamidades. Puede que esto ocurra porque a veces los
perris son una sublimación de la maternidad.
Muchas mujeres que no tenemos hijos
humanizamos a nuestros perros. Los antropomorfizamos. Yo les pongo vestidos,
las peino, las llevo a la guardería, hablo con ellas todo el rato… No es una
enfermedad mental, pero casi (y se ríe). Estos bichillos llevan miles y miles
de años evolucionando con nosotros y, para mí, mis perris son mi familia.
A veces estoy con otra mujer y me dice: «Me
voy, que tengo que recoger a mis hijos». Y yo digo: «Y yo tengo que sacar a mis
perras». Entonces me contesta: «Pero no me compares a los perros con los
niños». Y yo me pregunto: «¿Por qué? ¿Por qué un ser vivo, por tener ADN de
primate, tiene que ser más valioso que el que tiene ADN de perro? ¿No somos
todos, poco más o menos, lo mismo: átomos y polvo de estrellas?
Vivimos en un mundo antropocéntrico: el ser
humano está en el centro de todo. Es una auténtica vergüenza lo que hacemos con
los animales. España es el país de la UE que más perros abandona: el 50% son
galgos que rechazan los cazadores cuando ya no les sirven. Habría que prestar
atención a una cosa: la gran mayoría de animalistas que conozco son mujeres y
la gran mayoría de maltratadores que encontramos son hombres. A lo mejor hay
algo ahí que reprogramar con la testosterona y la violencia.
Es fascinante la relación con los animales. Con ellos no nos perdemos en razones ni argumentos. La comunicación con ellos es más primaria, más emocional, más sensorial. Es necesario encontrar una forma de hablar distinta a la que empleamos los humanos: cuenta más una mirada, un olor… Le pregunto cómo lo siente ella.
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| Faba |
Es fascinante la relación con los animales. Con ellos no nos perdemos en razones ni argumentos. La comunicación con ellos es más primaria, más emocional, más sensorial. Es necesario encontrar una forma de hablar distinta a la que empleamos los humanos: cuenta más una mirada, un olor… Le pregunto cómo lo siente ella.
Lo que más me aportan es que me sacan de
mi logos racional. Yo vivo en lo intelectual y en lo
abstracto. Pero cuando veo a mis perras, de manera instantánea, me conectan con
el amor. Y me hacen segregar litros de
oxitocina. Por cierto, leí un artículo que decía que el amor que sentimos las
personas que tenemos mascotas es equivalente al que se siente por los hijos. El
reportaje hablaba de la pérdida: decía que los duelos son iguales a los que se
pasa por los hijos.
Yo tenía una perra llamada Caterina y diez
años después de su muerte seguía soñando con ella. ¡Mira! Lo pienso y me
emociono. Es una conexión superprofunda. Los perros son tan intuitivos y están tan conectados
contigo que saben cosas de ti incluso antes que tú. Porque perciben
microgestos, cambios en el olor… El olfato perruno puede detectar algunos
cánceres.
Advierten cualquier pequeño cambio que te
esté ocurriendo. Wifita siempre sabe si estoy incubando una enfermedad y lo
sabe antes que yo. Cuando lo nota, no se separa de mí y me da muchos mimitos. Y
también tiene una empatía bestial.
No sé qué se siente con un hijo, pero ya soy
tan feliz con mis bichillos que me pregunto: «¿Para qué más?». No necesito más.
Si tuviera una casa más grande, tendría más animales. Es tan intenso el amor
que siento por ellos que uno de los factores que me llevaron a montar mi propia
empresa fue poder decidir cuándo estoy con mis perros y cuándo no.
En mi anterior trabajo puse como condición
sine qua non poder llevar a mi perra. Al principio lo aceptaron pero después me
dijeron que solo la podía llevar los viernes. A mí me partía el corazón dejarla
tantas horas sola en casa. Y eso se convirtió en uno de los acicates para
montar mi empresa: así puedo estar con mis bichos cuando a mí me da la gana y
que no me lo imponga el turbocapitalismo este en el que vivimos.
Faba duerme y Wifi revolotea
bajo la mesa. Se sienta hacia un lado, hacia otro. Llevamos la conversación a
las calles y a las tiendas. ¿Es la ciudad amable con los perros?
Apenas siento limitaciones. Las ciudades han
evolucionado bastante. Mi pareja y yo hemos mapeado los lugares pet-friendly y no
vamos a los que no lo son: «Si tu no quieres mis animales, yo no quiero tu
negocio». Es como una especie de ciudad perruna paralela. Las ciudades tienen
que ser más inclusivas. No solo con los animales; también con los niños, con
los mayores… Que no sean para los hombres ejecutivos en sus cochazos.
Este cambio, poco a poco, se
está produciendo, porque cada vez hay más personas que viven con perros y
gatos. Pero lo más importante para Mónica Quintana es… el
cambio de mentalidad que se está produciendo. Hemos pasado de entender los animales
como meros objetos a verlos como seres con sentimientos. Yo tengo mucha
confianza en los más jóvenes. Esta chica fantástica [Greta Thunberg] representa
a una generación con otro tipo de valores y ahí está el germen de un cambio en
la relación de los humanos con los animales. Una de las señales más claras de
esta evolución es la cantidad de vídeos de animales que vemos en internet. Eso
que hacían nuestros padres de tirar una bolsa de cachorros vivos a un río hoy
nos parece abominable y llegará un momento en el que también nos parecerá
inmoral criar a un cerdo en una jaula minúscula para matarlo.
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| McGyver |
Tel Aviv
Oren Lasry:
«Todos los partidos políticos hablan de los perros»
Es más fácil cruzarse con un gato que con una esquina en Tel Aviv. De
todas partes salen gatos callejeros: bajo un coche, de las alturas de una
tapia, entre las matas de un jardín. Tan dueños son de las calles que hasta los
pintan en grafitis y stencils sobre
muros de la ciudad.
Pero los telavivíes son de perros y se pavonean de ser la ciudad con
mayor número de chuchos per cápita del mundo. En sus guías turísticas, dan,
orgullosos, esta cifra para su población perruna: 40.000 registrados (aunque la
compañía Dogiz cree que hay muchos más).
En Tel Aviv no los ven como animales que sueltan pelos y babas; los
tratan como niños, como parte de la familia y casi todo el tiempo acompañan a
sus dueños. «En muchos casos, un perro es tan importante como un hijo dentro de
la unidad familiar», indica la diseñadora Oren Lasry.
—¿Qué importancia tiene tu perro en tu vida: es como un familiar, como
un juguete…?
—Es como mi hijo —dice ella.
Los telavivíes alardean de vivir en uno de los lugares más dog-friendly del
planeta. Los perros entran a los cafés como Pedro por su casa. Al autobús, a
los taxis, a casi todas las tiendas y restaurantes; a muchos hoteles. En los
jardines, son los amos y señores; hay 70 parques para perros (más de uno por
kilómetro cuadrado). En la ciudad hay un despliegue de servicios perrunos
impresionante: tienen cuartos de baño para ellos y dispensadores de bolsas para
recoger su caca.
Tienen playas para perros y duchas para ellos. Y hasta un festival
propio, apoyado por el ayuntamiento. En el Tel Aviv Dog Festival hay
actuaciones en directo, una zona dedicada al arte y la tecnología punta, y un
menú hípster de huesos orgánicos y gluten free.
Dicen que una ciudad tan caminable resulta muy acogedora a los chuchos.
A los dueños no les da pereza sacarlos de paseo porque a menudo luce el sol y
rara vez hace un tiempo de perros. Dicen que están ocupando el lugar que antes
tenían los niños: los responsables de Dogiz explican que los milenials de Tel
Aviv están más centrados en su carrera profesional que en procrear.
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| McGyver y su primo |
En ese postergar de la maternidad y la
paternidad encaja el perro a la perfección: hace compañía, pero no requiere que
se le entregue media vida. Algunos los consideran un ensayo, «una práctica»,
antes de tener hijos y, por supuesto, hay también «muchas parejas que prefieren
los perros a los niños», según Dogiz. Esta firma entiende muy bien esa opción porque,
en su forma de hablar, no hay distinción entre perros y niños. Al preguntarles
a qué se dedican, responden: «Ayudamos a que los dueños de las mascotas urbanas
puedan cuidarlas mejor y nos aseguramos de que no se quedan 12 horas al día
encerradas en un pequeño apartamento mientras sus padres humanos están
trabajando».
Muchos telavivíes llevan a sus perros a la oficina. Todo el que puede: los empleados de empresas tecnológicas, los profesionales de la clase creativa… El promotor musical Boaz Sachs dice que se siente muy afortunado porque, al trabajar en casa, pasa mucho tiempo con su perro, McGyver (#McGyverTheDog en Instagram), y a veces lo lleva a las reuniones de trabajo. Hay días en que su pareja, Oren Lasry, lleva a McGyver a su estudio de diseño, pero eso le quita algo de concentración en el trabajo.
Eso de «vete, chucho, a dar una vuelta por
ahí» está tan extinguido como el «anda, niño, bájate a la calle a jugar». A
muchos perros de hoy les ocurre lo mismo que a los niños de la Generación Z:
están híperprotegidos. Y en Tel Aviv han alcanzado tal consideración que desde
hace años los políticos hablan de ellos en sus campañas. «En las últimas
campañas tienen más presentes los derechos de los animales», apunta Lasry. «Lo
que más me llama la atención es que todos los partidos, en todo el espectro
político, se ocupan de los perros».
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| McGyver |
LADRIDOS
EN DISTINTOS IDIOMAS:
Español: Guau,
guau
Inglés: Woof, woof!
Hebreo: Hav-hav
Francés: Ouah Ouah
Chino mandarín: Wang Wang
Sueco: Vov Vov
Árabe de Argelia: Haw Haw
Polaco: Hau Hau
Rumano: Ham Ham
Japonés: Wanwan, Kyankyan
Inglés: Woof, woof!
Hebreo: Hav-hav
Francés: Ouah Ouah
Chino mandarín: Wang Wang
Sueco: Vov Vov
Árabe de Argelia: Haw Haw
Polaco: Hau Hau
Rumano: Ham Ham
Japonés: Wanwan, Kyankyan
[Fuente: www.yorokobu.es]







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