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¿Qué es la
felicidad? Descarto una respuesta retórica sobre un tema que ha suscitado
infinidad de especulaciones filosóficas, más o menos afortunadas. Diré
simplemente que –en mi caso– la felicidad es una tarde de mi niñez con un
nuevo álbum de Tintín entre las manos. No he olvidado el día en que
apareció mi madre con El asunto Tornasol, recién comprado en
una librería del barrio de Argüelles, advirtiéndome que no me permitiría
leerlo hasta que finalizara mis deberes. Pasé una hora angustiosa, deseando
tirar los ejercicios de matemáticas por la ventana, pero cuando al fin
terminé y pude leer la aventura, sentí que había topado con algo prodigioso
y verdaderamente original. Los años transcurridos desde entonces han
corroborado esa impresión. ¿Qué hace tan especial El asunto
Tornasol, para muchos la obra maestra de Hergé? De entrada, el comienzo
atrapa en una sola viñeta todo el encanto y la poesía del cine mudo. El
bueno de Silvestre Tornasol se aleja por un camino de tierra que serpentea
entre los árboles de la apacible y lluviosa campiña belga. Camina de
espaldas, con una maleta y un paraguas. Menudo y esmirriado, no esconde su
parentesco con el vagabundo de Chaplin. Ambos son románticos, valientes,
ingenuos y estrafalarios. No parece el preámbulo de una aventura
trepidante, pero todo el que conoce el universo de Tintín sabe que nada es
lo que aparenta. Tornasol no es un simple profesor, sino un visionario que
se anticipa al futuro. Su mente creativa y chispeante ha llevado al hombre
a la luna y, como se verá más adelante, podría desencadenar un terrorífico
apocalipsis.
Después de
la melancólica y premonitoria viñeta de Tornasol, comienza la acción. El
teléfono suena insistentemente en Moulinsart. Néstor corre malhumorado,
pues ya han llamado varias veces, preguntando por la carnicería Sanzot. Es
un gag recurrente, pero que nunca defrauda. Mientras tanto, Tintín, Haddock
y Milú pasean por el campo. Atardece y el cielo está despejado. El paisaje
parece inmutable. Con americana, chaleco a cuadros, corbata, bastón y
sombrero de ala corta, Haddock tiene aspecto de pequeño aristócrata rural.
Confiesa que está harto de correrías por el mundo. Extiende su brazo para
elogiar el silencio del campo y, en ese mismo instante, un trueno rompe la
calma, malogrando sus expectativas de paz y tranquilidad. La aventura ha
empezado. Hergé solo ha necesitado una plancha para crear una atmósfera
inquietante. Se advierte que los personajes caminan por el filo de algo
imprevisible, a punto de despeñarse por una nueva aventura.
Benoît Peeters
sostiene que El asunto Tornasol es la obra más perfecta de
Hergé. Por su trama llena de suspense. Por sus diálogos, convincentes y
complejos. Por su arte de encuadrar, tan cinematográfico. Por su mensaje
humanista y antibelicista. Hergé articula el guion con brillantes golpes de
efecto. La tormenta que obliga a Tintín, Haddock y Milú a regresar
corriendo a Moulinsart solo es la primera nota de una serie de movimientos
que se suceden con enorme precisión. Un golpe de viento arranca el sombrero
de Haddock. Milú corre detrás de él hasta agarrarlo con los dientes e
inmovilizarlo a base de mordiscos. Cuando se lo devuelve al capitán, está
destrozado. No es un simple gag, sino una revelación. Con el sombrero
mordisqueado, el disfraz de Haddock ya no es creíble. Definitivamente, no
es un anodino aristócrata rural, sino un hombre de acción, cuya verdadera
identidad se manifiesta al enfundarse su traje de marino mercante. La
corbata puede suplantar al jersey de cuello alto, pero no borrar su alma de
viejo lobo de mar. Un elegante bastón de paseo es un complemento perfecto
para un hombre corriente, pero no para el descendiente de una ilustre
familia de marinos que se ha batido con feroces piratas en los océanos más
intratables. Cuando Néstor acude con un paraguas, el viento le da la
vuelta, escarneciendo cualquier simulacro de vida común y anodina.
En manos de
Haddock, el paraguas delata una impostura. En cambio, cuando acompaña a
Tornasol, desprende un aire a melancolía y ensoñación. Es el apéndice de un
hombre tímido, el signo distintivo de un carácter dulce y extravagante. El
paraguas de Tornasol se convertirá en un eficaz Macguffin,
apareciendo y desapareciendo. Milú lo transportará de un lado a otro,
convirtiéndose en su guardián. Su obstinación en un rasgo típico de los
fox terrier, una raza luchadora y tenaz. Durante una persecución, un
pinchazo en la trufa hará que lo pierda. Intentará recuperarlo, pero se
confundirá, arrebatando el paraguas a un lechuguino endomingado.
Finalmente, logrará identificarlo en una oficina de objetos perdidos,
proporcionando la pieza necesaria para cerrar la trama. El paraguas no es
un ornamento, sino el centro de una historia que recrea las tensiones de la
Guerra Fría, cuando la humanidad vivía suspendida sobre la amenaza de un
holocausto nuclear. Casi sin pretenderlo, Tornasol ha inventado una máquina
de ultrasonidos que podría proporcionar la hegemonía militar al bando capaz
de apropiarse de los planos y desarrollaros hasta conseguir la eficacia de
un arma de destrucción masiva. El invento se le ha ido de las manos y ahora
solo desea destruirlo para evitar calamidades.
El asunto Tornasol transcurre entre Bélgica, Suiza y
Borduria. Borduria, país imaginario que ya había aparecido en El
cetro de Ottokar (1939), recrea la atmósfera de las dictaduras del
bloque comunista. Szohôd, su capital, está llena de estatuas dedicadas a
Plekszy-Gladz, cuyos enormes bigotes evocan inconfundiblemente al padrecito
Stalin. Su arquitectura responde al moderno funcionalismo, donde se desdeña
el adorno para lograr unos volúmenes de líneas claras y límpidas. La
Kûrvi-Tasch Platz está inspirada en la Alexanderplatz de Berlín oriental,
pero sin las ruinas de la posguerra. Solo los hoteles y los teatros
conservan el estilo neoclásico de tiempos anteriores. La abundante
presencia militar y policial en calles y plazas muestra inequívocamente el
carácter autoritario del gobierno. La población colabora con las
autoridades, delatando cualquier gesto sospechoso. No parece que les mueva
el miedo, sino el fanatismo inculcado mediante la propaganda. La promoción
de la ópera convive con las fortalezas medievales convertidas en prisiones
de alta seguridad. El coronel Sponsz se parece al Erich von Stroheim. Con
su monóculo y su corte de pelo estrictamente militar, transmite una mezcla
de crueldad y refinamiento. Su pasión por el arte de Bianca Castafiore, el
ruiseñor milanés, no estorba a su total falta de escrúpulos para aniquilar
al adversario. Syldavia, el país rival, es una monarquía parlamentaria,
pero sus agentes secretos actúan con la misma brutalidad que los de
Borduria. En el mundo del espionaje, las consideraciones humanitarias solo
garantizan el fracaso.
Hergé viajó
a Suiza para buscar localizaciones que se ajustaran a las exigencias de la
trama. Su intención era encontrar una carretera de las afueras de Ginebra
con un trazado que permitiera dibujar vertiginosas persecuciones en coche.
Era la primera vez que se desplazaba personalmente al extranjero para
recrear un escenario real con exactitud. Esa iniciativa le permitió
incorporar a la historia el aeropuerto de Ginebra-Cointrin, el hotel
Cornavin, la carretera de Cervens y la ciudad de Nyon. No fue la única
novedad. Cambió su método de trabajo. Hasta entonces, dibujaba las escenas
a lápiz, buscando una composición que le resultara convincente. Después,
completaba las imágenes y el texto con tinta china. A partir de ahora,
realizará varios croquis, seleccionará los mejores y los calcará en una
página, delegando en sus colaboradores (Bob de Moor, Jacques Martin) el
trabajo final. Es un método lento y trabajoso, pero más preciso. No es un
procedimiento nuevo. En los talleres del Renacimiento, ya se utilizaban
cartones para trasladar los temas a la tela o a los frescos. Y en los
Estudios Walt Disney hacía tiempo que se trabajaba con esbozos previos
desarrollados más tarde por distintos dibujantes. Mickey Mouse nació en
1928, un año antes que Tintín. Hergé siempre admiró el ingenio y la
creatividad de Disney. Quizás por eso llamará Topolino al especialista en
ultrasonidos que se cartea con Tornasol. En italiano, Topolino significa
ratoncito, y era el nombre con que se conocía al personaje de Disney en
Italia.
El propósito
de verosimilitud de Hergé se extiende a los aspectos científicos. Así como
el cohete de la aventura en la luna imitaba al misil balístico V-2
fabricado por la Alemania nazi, la máquina de ultrasonidos de Tornasol se
basa en un proyecto auspiciado por Albert Speer, ministro de Armamento y
Guerra del Tercer Reich. Nunca se pasó de la fase inicial, pero se
conservan los planos. Se ha dicho que Hergé se deja llevar por su
anticomunismo en El asunto Tornasol. En fin de cuentas, la
primera aventura de Tintín consistió en un viaje a la Unión Soviética,
donde se mostraban las atrocidades de los bolcheviques. Conviene recordar
que el destino lo escogió el padre Norbert Wallez, director del periódico
católico Le Vingtième Siècle y tutor espiritual y
profesional del joven Georges Remi. Corría el año 1929. El asunto
Tornasol se publicó entre 1954 y 1956. Acababa de morir Iósif
Stalin, pero Nikita Jrushchov aún no había denunciado públicamente los
crímenes de su predecesor, al que había secundado en sus medidas
represivas. Hergé, que había sido acusado de colaboracionismo con los nazis
por seguir publicando historietas durante la ocupación de Bélgica, no
esconde su antipatía por los regímenes comunistas, pero la decisión de
Tornasol de destruir los microfilmes que contienen los planos de su arma
secreta reflejan claramente su oposición a la carrera armamentística y a
cualquier forma de totalitarismo.
En El
asunto Tornasol aparece por primera vez Serafín Latón (en francés,
Séraphin Lampion). Latoso, inoportuno, bocazas, se dedica a vender seguros
y nunca se da por vencido. Siempre encuentra un motivo para citar los
chistes de su tío Anatolio y aprovecha la ausencia de Haddock para
instalarse en Moulinsart con su insufrible y extensa familia. En sus
entrevistas con Numa Sadoul, Hergé afirma que no es un individuo singular,
sino un tipo bastante común: «Como Latón existen millares de ejemplares: es
el tipo característico del bruselense –y no solamente del bruselense–
satisfecho de sí mismo. ¡Se exportan grandes cantidades!» No son malos,
pero sí cargantes. Suelen llevar al mismo tiempo cinturón y tirantes, pues
quieren tenerlo todo bajo control. Radioaficionado, presidente del Club del
Volante e integrante de un grupo de carnaval, Latón entra y sale de la
trama con una tozuda insistencia, enredando e importunando. Se parece al
trozo de esparadrapo que se pega en los dedos de Haddock y que pasa de un
personaje a otro, sin que le afecten los cambios de escenario. El gag del
esparadrapo es brillante. Parece extraído de una película de Buster Keaton,
donde los gestos revelan todo su potencial expresivo. Hernández y Fernández
aportan su habitual dosis de estulticia, sufriendo toda clase de
accidentes.
Merece la
pena destacar la viñeta en que casi rompen con sus cabezas el techo de su
Citroën 2CV. Los coches desempeñan un papel notable en la historia,
protagonizando persecuciones trepidantes. Arturo Benedetto Giovanni
Giuseppe Pietro Archangelo Alfredo Cartoffoli di Milano, un alocado y
sofisticado conductor italiano, ayudará a Tintín y Haddock, persiguiendo
con su Lancia rojo al Chrysler amarillo que ha secuestrado a Tornasol. La
viñeta que muestra cómo irrumpe en la plaza de un pueblo suizo en un día de
mercado, desatando el caos, produce tanta hilaridad como vértigo. Es un
plano muy cinematográfico, que podría haber sido rodado con una grúa.
Sucede lo mismo con la viñeta donde aparece una multitud concentrada en la
puerta de entrada de Moulinsart, esperando alguna noticia sobre las
misteriosas explosiones que se han producido. Hay familias, policías,
vendedores ambulantes, puestos de churros y helados, globos de colores, cámaras
de televisión y, en la esquina inferior derecha, un autorretrato de Hergé,
con un cigarrillo en la boca y un bloc de notas. En un álbum donde se
aprecia la influencia de Alfred Hitchcock, no podía faltar ese guiño.
Estrenada en 1966, Cortina rasgada (Torn Curtain)
parece un homenaje del director británico al álbum de Hergé, si bien solo
se trata de un parentesco estético apreciable desde el exterior. Quizás
inspirado por la idea de incluir discretamente su autorretrato, Hergé
introduce a su antiguo colaborador Edgar Pierre Jacobs en los carteles
del Fausto de Charles Gounod interpretado por la
Castafiore. Jacobs, un barítono que abandonó la música para dedicarse al
cómic, aparece como Jacobini, una de las voces que acompaña a la soprano en
su papel de Margarita. Se trata de un gesto de amistad, pero también de
malicia, pues Hergé detestaba la ópera. Se ha dicho que Jacobs, con un
temperamento explosivo y propenso a los enfados, inspiró el personaje de
Haddock. No es improbable.
Bianca
Castafiore es toda una diva que no se cansa de elogiar su propia voz. Es
egocéntrica como todos los artistas, pero actúa como una amiga leal y
valiente. No dudará en esconder a Tintín y a Haddock en su camerino,
prestándoles la ayuda necesaria para rescatar a Tornasol. Su sangre fría es
admirable y se muestra generosa con las personas que trabajan para ella,
como su fiel Irma. El asunto Tornasol es una comedia, pero
también una historia de espías. Un relato sobre la amistad y un alegato a
favor de la libertad y la paz. El reflejo de unos años en los que las
dictaduras aún gobernaban en varios países de Europa y se vivía el miedo a
una nueva guerra mundial, en la que los hongos nucleares reducirían las
ciudades a escombros. Una parodia de la estupidez humana y un consistente retrato
de las diferencias entre belgas, suizos, italianos y centroeuropeos. Mitad
cine y mitad novela. ¿Quién ha dicho que el cómic era un género menor?
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