Un seguidor de la selección argentina de fútbol en el preludio del partido entre Argentina y Croacia,
el 21 de junio de 2018, durante el Mundial de Rusia.
el 21 de junio de 2018, durante el Mundial de Rusia.
Por
No
falla: cada vez que escribo en estas pantallas sobre la Argentina, amables
compatriotas se encargan de recordarme por qué no vivo allí. Lo hacen
ejerciendo una de sus habilidades más reconocidas: el insulto, la violencia
verbal, la “patoteada”.
El insulto argentino es una artesanía de punta, un bien de exportación global: en el Mundial pasado, por ejemplo, medios de muchos países escribieron sobre él y dos publicistas madrileños generaron una página web –Insultá como un argentino– para celebrarlo y reproducirlo. Así que no debo preocuparme: seré bien servido. Los insultos que me dedican mis compatriotas son variados, altisonantes, imaginativos pero, a fin de cuentas, se concentran en dos líneas principales. Y arman, entrambas, un perfil social.
La línea más trajinada se
sintetiza como “Vos no podés opinar porque no vivís acá”. Quizás alguno de
ellos debería pensar qué pasa cuando se empiezan a poner condiciones para
opinar —para pensar, para decir, para decir lo que se piensa—. Que alguien
tenga su domicilio en tal o cual sitio es una entre tantas. Por el mismo
principio se podrían poner otras: habría que pensar qué pasa si yo digo, por
ejemplo, que para poder opinar tenés que tener título de ingeniero. O haber
publicado por lo menos tres libros. O ser un hombre mayor de 28 o mostrar una
cuenta bancaria con un mínimo de. O tener un lunar en el sobaco izquierdo o
creer que un espíritu hizo el mundo en siete días hace cuatro mil años o
apellidarte Schmidt.
Así se arma el principio de exclusión: consiste en encontrar un rasgo que cierto grupo supuestamente comparte para definir que todos los que no lo comparten no forman parte y, por lo tanto, no tienen derecho a tal o cual. Es el núcleo del nacionalismo, ese gran sistema de exclusiones: este no forma parte porque su padre no nació acá; este no forma parte porque tiene los ojos rasgados; este no forma parte porque no sabe pronunciar la she. Y, por fin: este no forma parte porque no me gusta lo que dice, lo que piensa, lo que ignora. Este no forma parte porque no piensa como yo —que, por supuesto, pienso como nosotros—.
Son,
al fin y al cabo, truquitos para esconderse en un nosotros. Para eso lo primero
es construirlo. Durante milenios ese nosotros estuvo claro: las personas vivían
en unidades pequeñas, una familia grande, un pueblo chico, donde todos se
conocían y se reconocían; era un nosotros —casi— natural. Con el aumento
incontenible de las gentes hubo que crear unidades mayores. Los primeros intentos
—que duraron miles de años— se basaban en un dios común o un rey común: el
nosotros estaba formado por todos los que creían en lo mismo y/o todos los que
obedecían al mismo. Hace un par de siglos —en París, en Londres, en Boston—
muchos empezaron a suponer que no tenían por qué confiar en relatos tan
confusos u obedecer a hombres tan tarados y decidieron armar otra forma de
nosotros.
Ese
nosotros se llamó nación y se define como una unidad compuesta por todos sus
integrantes. Nos dicen que “ser” argentinos o bolivianos o chilenos nos define,
que debemos sentirnos más cerca de un compatriota que vive a 2000 kilómetros
que de un simpatriota que vive a 20, aquicito, del otro lado de la frontera, o
de un semejante muy semejante que vive del otro lado del planeta. Y, para eso,
arman un sistema de símbolos y, sobre todo, un sistema de reconocimientos:
tenemos las mismas referencias. Sufrimos los mismos gobiernos, gritamos
los mismos goles, entendemos y pronunciamos las mismas
palabras, vimos los mismos programas de tevé, comemos —cuando podemos— las
mismas cosas, cantamos —entre otras— las mismas canciones.
Nos
entendemos. Pero nada de eso terminaría de funcionar si no se sostuviera en la
convicción de que reconocernos en ese nosotros significa también reconocer a
los que no son —como— nosotros. Cualquier nacionalidad es un principio de
exclusión: estos somos nosotros, esos son ellos. Y cualquier nacionalismo es una
exacerbación de esa exclusión. Si querés opinar, tenés que cumplir con las
reglas que yo digo. Si querés vivir acá, tenés que ser como a mí me gusta. Y yo
tengo derecho a definirlo porque soy de acá: porque este es mi país. Así que si
no vivís acá…
La segunda
línea de insultos consiste en llamarme zurdo —y ni siquiera son lo bastante
educados como para saber que ser zurdo es ser, antes que nada,
antinacionalista, internacionalista—. Lo dicen, y lo dicen como un insulto
—como el peor que se les ocurre justo antes de decirme puto—, y no consiguen
insultarme. Soy zurdo, por supuesto. Escribo con las dos manos pero sigo
pensándome de izquierda, entendida la izquierda como la convicción de que no
tiene que haber diferencias materiales importantes entre las personas y que
todos deben conseguir lo que necesitan para vivir con dignidad y que el poder
debe estar repartido.
Por
eso me impresiona que me digan zurdo e imaginen que me injurian. Uno de los
errores más antiguos de las izquierdas consiste en creer que lo que creemos es
tan razonable que no se puede —que es muy difícil— creer otra cosa. Nos cuesta
entender, por ejemplo, que alguien pueda aprobar que haya personas que tengan
muchísimo y otras que no tengan lo suficiente, que haya pocos que decidan qué
hay que hacer y muchos que obedezcan porque Dios así lo quiso, porque su
esfuerzo lo justifica, porque sí. Pero claro que pueden, y por supuesto que mi
insistencia en creer lo contrario les parece material para el insulto.
En mi
país sucede demasiado; a veces parece que todo nos parece materia de
improperios y que nos regodeamos componiéndolos; a veces parece que nos
enorgullece que nuestra realidad ofrezca tantas y tan justas razones para
lanzarlos; a veces me parece que esos gritos, esas bravuconadas, son la peor
expresión de la impotencia.
Martín Caparrós es periodista y novelista. Su libro más reciente es la novela "Todo por la patria". Nació en Buenos Aires, vive en Madrid y es colaborador regular de The New York Times en Español.
[Foto: Matthew Childs/Reuters - fuente: www.nytimes.com]

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