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| Un servicio en una iglesia evangélica en Llamahuasi, Ecuador, en junio de 2015. |
Escrito por
Las
iglesias evangélicas protestantes, que por estos días se encuentran en casi
cualquier vecindario en América Latina, están transformando la política como
ninguna otra fuerza. Le están dando a las causas conservadoras —en especial a
los partidos políticos— un nuevo impulso y nuevos votantes.
En
América Latina, el cristianismo se asociaba con el catolicismo romano. La
Iglesia católica tuvo prácticamente el monopolio de la religión hasta la década
de los ochenta. Al catolicismo solo lo desafiaban el anticlericalismo y el
ateísmo. Nunca había habido otra religión. Hasta ahora.
Hoy en
día los evangélicos constituyen casi el 20 por ciento de la población en América
Latina, mucho más que el tres por ciento de hace seis décadas. En algunos
cuantos países centroamericanos, están cerca de ser la mayoría.
La ideología de los pastores evangélicos es variada, pero en términos de
género y sexualidad por lo general sus valores son conservadores, patriarcales
y homofóbicos. Esperan que las mujeres sean totalmente sumisas a sus esposos
evangélicos. En todos los países de la región, sus posturas en contra de los
derechos de las personas homosexuales han sido las más radicales.
El
ascenso de los grupos evangélicos es políticamente inquietante porque están
alimentando una nueva forma de populismo. A los partidos conservadores les
están dando votantes que no pertenecen a la élite, lo cual es bueno para la
democracia, pero estos electores suelen ser intransigentes en asuntos
relacionados con la sexualidad, lo que genera polarización cultural. La inclusión
intolerante, que constituye la fórmula populista clásica en América Latina,
está siendo reinventada por los pastores protestantes.
Brasil es un buen ejemplo del aumento del poder
evangélico en América Latina. La bancada evangélica, los noventa y tantos miembros
evangélicos del congreso, han frustrado acciones legislativas a favor de la
población LGBT, desempeñaron un papel importante en la destitución de la
presidenta Dilma Rousseff y cerraron exposiciones en museos. Un alcalde evangélico fue electo en Río de Janeiro,
una de las ciudades del mundo más abiertas con la comunidad homosexual. Sus éxitos
han sido tan ambiciosos, que los obispos evangélicos de otros países dicen que
quieren imitar el “modelo brasileño”.
Ese
modelo se está esparciendo por la región. Con la ayuda de los católicos, los
evangélicos también han organizado marchas en contra del movimiento LGBT en
Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Perú y México. En Paraguay y Colombia pidieron que los ministerios
de educación prohibieran los libros que abordan la sexualidad. En Colombia
incluso se movilizaron para que se rechazara el acuerdo de paz
con las Farc, el mayor grupo guerrillero en América Latina, con el argumento de
que los acuerdos llevaban muy lejos los derechos feministas y de la comunidad
LGBT.
¿Cómo es
que los grupos evangélicos han adquirido tanto poder político? Después de todo,
incluso en Brasil, las personas que se identifican como evangélicos siguen
siendo una minoría y en la mayoría de los países el ateísmo va en aumento. La
respuesta tiene que ver con sus nuevas tácticas políticas.
Ninguna
de esas estrategias ha sido tan transformadora como la decisión de establecer
alianzas con partidos políticos de derecha.
Históricamente,
los partidos de derecha en América Latina tendían a gravitar hacia la Iglesia
católica y a desdeñar el protestantismo, mientras que los evangélicos se
mantenían al margen de la política. Ya no es así. Los partidos conservadores y
los evangélicos están uniendo fuerzas.
Las
elecciones presidenciales de Chile en 2017 ofrecen un ejemplo claro de esta
unión entre los obispos evangélicos y los partidos. Dos candidatos de derecha,
Sebastián Piñera y José Antonio Kast, buscaron ganarse el favor de los
evangélicos. El ganador de las elecciones, Piñera, tenía cuatro pastores evangélicos como asesores de campaña.
Hay una
razón por la cual los políticos conservadores están abrazando el
evangelicalismo. Los grupos evangélicos están resolviendo la desventaja
política más importante que los partidos de derecha tienen en América Latina:
su falta de arrastre entre los votantes que no pertenecen a las élites. Tal
como señaló el politólogo Ed Gibson, los partidos de derecha obtenían su
electorado principal entre las clases sociales altas. Esto los hacía débiles
electoralmente.
Los
evangélicos están cambiando ese escenario. Están consiguiendo votantes entre
gente de todas las clases sociales, pero principalmente entre los menos
favorecidos. Están logrando convertir a los partidos de derecha en partidos del
pueblo.
Este
matrimonio de los pastores con los partidos no es un invento latinoamericano.
Desde la década de los ochenta sucede en Estados Unidos, conforme la derecha
cristiana poco a poco se convirtió en lo que puede llamarse el electorado más
confiable del Partido Republicano. Incluso Donald Trump —a quien muchos
consideran la antítesis de los valores bíblicos— hizo su campaña con una
plataforma evangélica. Escogió a su compañero de fórmula, Mike Pence, por su
evangelicalismo.
No es
accidental que Estados Unidos y América Latina tengan experiencias similares en
cuanto a la política evangélica. Los evangélicos estadounidenses instruyen a
sus contrapartes latinoamericanos sobre cómo coquetear con los partidos,
convertirse en cabilderos y combatir el matrimonio igualitario. Hay muy pocos
grupos de la sociedad civil que tengan vínculos externos tan sólidos.
Además de
establecer alianzas con los partidos, los grupos evangélicos latinoamericanos
han aprendido a hacer las paces con su rival histórico, la Iglesia católica.
Por lo menos en cuanto al tema de la sexualidad, los pastores y los sacerdotes
han encontrado un nuevo terreno común.
El
ejemplo más reciente de cooperación ha sido en el enfoque: el lenguaje que los
actores políticos utilizan para describir sus causas. Para los sociólogos,
mientras más actores logren enfocar un asunto para que resuene entre múltiples
electorados, y no solo el principal, más probable es que influyan en la
política.
En
América Latina, los clérigos tanto católicos como evangélicos han encontrado un
enfoque eficaz para su conservadurismo: la oposición a lo que han bautizado
como “ideología de género”.
Este
término se usa para etiquetar cualquier esfuerzo por promover la aceptación de
la diversidad sexual y de género. Cuando los expertos argumentan que la
diversidad sexual es real y la identidad de género es un constructo, el clero
evangélico y católico dice que no se trata de algo científico, sino de una
ideología.
A los
evangélicos les gusta enfatizar la palabra “ideología” porque les da el derecho,
argumentan, de protegerse a sí mismos —y en especial a sus hijos— de la
exposición a esas ideas. La ideología de género les permite encubrir su
homofobia con un llamado a proteger a los menores.
La
belleza política de la “ideología de género” es que ha dado a los clérigos una
forma de replantear su postura religiosa en términos laicos: como derechos de
los padres. En América Latina, el nuevo lema cristiano es: “Con mis hijos no te metas”. Es uno de los resultados de esta
colaboración entre evangélicos y católicos.
Políticamente,
podríamos ser testigos de una tregua histórica entre los protestantes y los
católicos en la región: mientras que los evangélicos acordaron adoptar la
fuerte condena de la Iglesia católica al aborto, el catolicismo ha adoptado la
fuerte condena de los evangélicos a la diversidad sexual y, juntos, pueden
confrontar la tendencia en aumento hacia la secularización.
Esta
tregua plantea un dilema para el papa Francisco, que está por terminar una gira
por América Latina. Por una parte, ha expresado su rechazo al extremismo y su
deseo de conectar con los grupos más modernos y liberales de la Iglesia. Por la
otra, este papa ha hecho de los “encuentros cristianos” un sello distintivo de
su papado, y él mismo no es del todo alérgico al conservadurismo cultural de
los evangélicos.
Como
actor político, el papa también se preocupa por la decreciente influencia de la
Iglesia en la política, así que una alianza con los evangélicos parece el
antídoto perfecto contra su declive político. Una cuestión apremiante que el
papa necesita ponderar es si está dispuesto a pagar el precio de un mayor
conservadurismo para reavivar el poder cristiano en Latinoamérica.
El
evangelicalismo está transformando a los partidos y posiblemente a la Iglesia
católica. Los partidos políticos se concebían a sí mismos como el freno
esencial de la región en contra del populismo. Ese discurso ya no es creíble.
Los partidos están dándose cuenta de que unirse a los pastores genera emoción
entre los votantes —incluso si es solo entre quienes asisten a los servicios— y
la emoción es equivalente al poder.
Javier Corrales, profesor de Ciencias Políticas en Amherts College, es coautor, junto con Michael Penfold, de “Dragon in the Tropics: The Legacy of Hugo Chávez in Venezuela”, y es articulista regular del The New York Times en Español.
[Foto: Rodrigo Buendia/Agence
France-Presse — Getty Images - fuente: www.nytimes.com]

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