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Escrito por ÁLEX GRIJELMO
El genio del idioma ofrece el aspecto de los luchadores de sumo. Se le ve premioso en sus reacciones, hasta el punto de que su lentitud nos exaspera muchas veces. Sin embargo, tiene pisada de elefante: cuando decide moverse, sus pasos resuenan como una fila de tambores.
A menudo pululan alrededor de este genio, que nos representa a todos los
hispanohablantes, algunas palabras extrañas llegadas desde otras lenguas. Él
las mira, las analiza con ojos de entomólogo y decide entre dos opciones:
aceptar que el término ajeno se incorpore al uso general mediante una escritura
acorde con la morfología del español (por ejemplo “fútbol”) –lo cual le permite
progresar en el sistema: “futbolista”, “futbolístico”, “futbolero”… –; o bien
rechazarlo a cambio de una alternativa creada con los propios recursos del
idioma español.
La decisión, eso sí, se hace esperar. Pero de ese modo la
palabra “árbitro” sustituyó al anglicismo referee que
se leía en las crónicas futbolìsticas de principios del siglo XX, en las que
también se encontraba a cada rato la grafía footballístico. El “locutor” desplazó al speaker, y de igual manera estamos viendo con nuestros
propios ojos de hoy que “pincho” empieza a pelearle el espacio a pendrive. Y también observamos cómo el genio ya ha
determinado que el antes habitual vocablo de origen francés “pose” deje su
espacio a “postureo”.
“Pose” no salía del antiguo “posar” (que procede del
latín pausare: tomar descanso, parar; y de ahí “posada”), verbo
que desde antiguo significa en castellano “descansar” o “ponerse en un sitio”
(“el pájaro se posó sobre la rama”), sino que deriva de poser en francés y equivale en este caso a “permanecer en
determinada postura para servir de modelo a un pintor o escultor” (convendría
añadir al fotógrafo, por cierto). En esos posados se adoptaba una actitud
forzada, rígida, ciertamente antinatural. Y por eso se empezó a decir que
alguien “adopta una pose” cuando finge algo.
Esta locución triunfó desde principios del siglo XX, y la
palabra “pose” fue acogida bajo el manto académico en 1927, con esta
definición: “Galicismo por ‘posición’, ‘postura’, ‘actitud”. En 1985 se agregó
la precisión de que se refiere a una “postura afectada para producir un
determinado efecto”. Y con el destilado de todo ese proceso, el Diccionario actual define ya “pose” como “postura poco natural
y, por extensión, afectación en la manera de hablar y comportarse” (definición
inalterada desde 1992).
Y resulta que “postureo” equivale precisamente en
muchísimos contextos a esa vieja “pose” galicista.
La flamante definición de “postureo” incorporada
en 2014 expresa lo mismo
que la aplicada antes a “pose” en sentido figurado, aunque con distintas
palabras: “Actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o
presunción”. (Donde “postura afectada” significa “falta de sencillez y
naturalidad”, “extravagancia presuntuosa en la manera de ser, de hablar, de
actuar, de escribir, etcétera”).
Así, al galicismo “pose” y a su origen en el verbo
francés poser le hemos opuesto “postureo” y su formación a partir
de “postura” y del verbo “posturear” (en el que se aplica correctamente el
sufijo -ear, capaz de formar verbos a partir de sustantivos).
El genio del idioma (ese ser imaginario que alentamos
entre todos) ha hecho un buen trabajo aquí aplicando sus propias herramientas. Aunque
siga reaccionando con tanta lentitud. Es su carácter.
[Foto: PETER NICHOLLS REUTERS - fuente: www.elpais.com]

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