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| Saoirse Ronan como el personaje principal de "Lady Bird", película que fue escrita y dirigida por Greta Gerwig |
Escrito por
Christine
McPherson, quien prefiere que le digan Lady Bird –ese es su nombre
dado, insiste, porque “fue dado para mí, por mí”– es estudiante de
último año de un colegio católico. La hermana Sarah Joan (Lois Smith),
directora de la escuela, acaba de leer el ensayo con el que Lady Bird
quiere solicitar su ingreso a una universidad. “Queda claro cuánto amas
Sacramento”, le dice la hermana. Eso es algo sorpresivo, tanto para Lady
Bird como para el público, que a estas alturas de la película ya sabe
que ella está más que frustrada con su ciudad natal.
“Supongo que le pongo atención”, responde Lady Bird, en un intento de no llevar la contraria.
“¿No crees que es lo mismo?”, le pregunta la hermana.
Esa
idea, que la atención es una forma de amor (y viceversa), representa
una perspicacia hermosa y de muchas maneras es la clave detrás de Lady Bird,
la película hermosa y perspicaz de Greta Gerwig. Es el primer filme por
el que la actriz recibe crédito único como guionista y directora (tiene
créditos compartidos con Joe Swanberg y Noah Baumbach en otras
películas).
Gerwig, quien creció en Sacramento y es parte de la
generación admirada por la protagonista de su filme –ambientado durante
2002 y 2003– conoce muy bien a sus personajes y a sus mundos. Su afecto
los llena de gracia, de manera incondicional aunque no por ello sin que
sea crítica hacia ellos. Y si pones la atención correcta a Lady Bird,
con sus frases y paréntesis musicales y melodías, sus fragmentos
corales y sus solos y duetos, sin duda la amarás. Es difícil no hacerlo.
Aunque ese no necesariamente es el caso de Lady Bird, el personaje.
Interpretada
con una precisión imponente e intrépida por Saoirse Ronan (apenas a los
23 años es en la actualidad una de las actrices más formidables), Lady
Bird suele tratar duramente a quienes la rodean (y también a ella
misma). No porque sea problemática o imprudente —Lady Bird para
nada es de esos melodramas sobre jóvenes que se ponen locos—, sino que
insiste en reivindicar su individualidad, incluso cuando ni ella sabe
cuál es.
Lidia
con la cuestión de un proyecto práctico y espiritual de convertirse en
quien quiere ser con una mezcla de exceso de confianza e inseguridad que
es común para los adolescentes sensibles. Es idealista e hipócrita;
generosa y egocéntrica; una rebelde y una conformista; entusiasta y
escéptica. Es decir, una típica adolescente estadounidense, pero también
–por ello– un conjunto único de impulsos contradictorios y confusos.
“Quiero
que seas la mejor versión posible de ti”, le dice su madre
perpetuamente decepcionada y crítica, Marion (interpretada por Laurie
Metcalf).
“¿Y
si esta ya es mi mejor versión?”, le contesta Lady Bird. Es uno de
muchos diálogos picudos y sardónicos, y también una pregunta existencial
angustiada.
Christine
(si usamos el nombre que le dio Marion) quiere satisfacer a su madre,
algo difícil porque sus estándares parecen ser imposiblemente altos y
sujetos a cambiar de un momento a otro. Ella también quiere ser fiel a
sus propios deseos y convicciones, pero es difícil por otras razones.
Mientras que Lady Bird
honra la gravedad de esa lucha, tampoco deja de lado que día a día esta
está llena de absurdidad. La primera escena empieza con lágrimas. Madre
e hija, mientras escuchan el audiolibro de Las uvas de la ira en
la carretera de regreso a casa después de visitar universidades, lloran
al oír el conmovedor último párrafo. Pero su catarsis literaria
compartida da pie rápidamente a un argumento cuyo punto final llega con
un tambaleo de comedia física (uno de varios que hay en el filme).
Al
fin y al cabo, tanto en su tono como en la estructura, esta es una
comedia sobre adolescentes. Logra ser humorística por ese ciclo eterno
del último año del colegio: las fiestas y graduaciones; los exámenes de
matemáticas y las obras escolares; las etapas agonizantes de solicitar
ingreso a una universidad. En el camino Christine también pasa por otros
rituales extracurriculares típicos de crecer. Se enamora por primera
vez y tiene sexo por primera vez. Cambia a su mejor amiga leal y de
muchos años (Beanie Feldstein) por una chica más acaudalada y popular
(Odeya Rush). Se pelea con su madre y con su hermano mayor, Miguel
(Jordan Rodrigues), y recurre al apoyo de su padre, Larry (Tracy Letts),
un hombre agradable que tiene sus propios problemas.
Puede
que pienses que ya has visto todo esto antes. Y probablemente sí, pero
nunca de esta manera. Lo que ha logrado Gerwig –y no es para nada un
logro nimio– es darle a este género de transición a la adultez, de los
más convencionales y color de rosa del cine estadounidense, una
sensación de frescura y sorpresa.
Los
personajes parecen ser los típicos conocidos: el papá triste y la mamá
que desaprueba; el hermano taciturno y su novia gótica (Marielle Scott);
las chicas malas y los profesores divertidos; el novio que es demasiado
bueno (Lucas Hedges) y el que es un desgraciado (Timothée Chalamet).
Pero ninguno es una caricatura y, aunque se burla de todos, Gerwig no
trata a ninguno de ellos con crueldad o desdén (aunque no puede decirse
lo mismo por parte de Lady Bird).
El
guion está excepcionalmente bien escrito, lleno de juegos de palabras y
argumentos vivaces. Cada diálogo suena como algo que una persona real
diría, lo que significa que las actuaciones son excepcionalmente buenas.
No intenta obviar lo abrasiva que puede ser una familia o el ser parte
de cierto estrato socioeconómico. Los McPherson no pueden ser descritos
como pobres, pero es notoria su lucha diaria para seguir siendo parte de
la clase media; queda evidenciada en la melancolía de Larry y el humor
enojadizo de Marion. Son una familia amorosa pero su devoción del uno al
otro no siempre significa que son amables. Son personas reales
interpretadas de manera honesta.
Puede que eso se escuche como que Lady Bird
es una película sosa, pero es todo lo contrario. Ojalá pudiera
transmitirte lo emocionante que es. Me encantaría poder recitar todos
los diálogos y contar de nuevo todas las partes encantadoramente poco
convencionales. Te hablaría sobre el sacerdote triste y sobre el
entrenador de fútbol americano, sobre los retratos de la eucaristía y de
las bienes raíces en Sacramento, sobre los ritmos astutos y vivaces de
la edición, sobre las decisiones de acompañamiento musical
sorpresivamente acertadas y sobre cómo Ronan se tira al piso frente a su
casa cuando recibe una carta importante. Podría incluso catalogar seis
diferentes maneras en las que el final de la película te hace llorar.
Me
contento con enlistar una: el sentimiento agridulce de haber visto a
alguien crecer frente a tus ojos; volverse una versión de sí misma
distinta y, en ciertos aspectos, mejor. En la vida real ese es un
proceso que no tiene fin y es lioso, una razón por la cual necesitamos
de las películas. Para ponerlo de otra manera: Lady Bird nunca será
perfecta, pero Lady Bird lo es.
[Foto: Merie Wallace/A24 - fuente: www.nytimes.com]

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