terça-feira, 13 de fevereiro de 2018

Crónica de los gatos y sus escritores crónicos

 
El escritor Mark Twain, cuyo nombre verdadero es Samuel
Langhorne Clemens, con su gato. A sus felinos él les ponía
nombres extraños, como Belcebú, Buffalo Bill y Satán.
Cuando murió Baudelaire, el poeta guayaquileño Medardo Ángel Silva escribió una oración fúnebre en su memoria. No en memoria del gran poeta francés Charles Baudelaire sino en honor a su gato Baudelaire que adoraba, llamado así en homenaje al autor de Las flores del mal.  
Silva, abatido por la muerte de su gato, escribió Elogio a Baudelaire, publicado en la revista Ilustración, el 20 de abril de 1918. El texto comienza expresando: “Baudelaire, mi gato ha muerto; /sea este elogio escrito a su loor,/mi oración fúnebre a su memoria bien querida”. Los gatos y los escritores siempre se han llevado bien. Los gatos en la antigüedad eran adorados como semidioses, siendo el símbolo de lo profano. Son tan libres que no se dejan poseer. Ellos te poseen, te seducen, te marcan.
El poeta Charles Baudelaire escribió sabios poemas en su honor, como el soneto Los gatos: “Los amantes fervientes y los sabios austeros,/ en su madurez, aman a los gatos de raza; los gatos, fuertes, suaves, orgullosos de la casa,/ como ellos sedentarios y como ellos frioleros”.
Torquato Tasso (Italia, 1544-1559) en lo más hondo de su pobreza cuando no disponía ni de una vela, en un soneto, le ruega a su gato que le preste la luz de sus ojos para poder escribir esa noche.
Francesco Petrarca (Italia, 1304-1374) tras la muerte de su amada Laura se retiró a Argua, donde el único consuelo era su gato. En el museo de Padua, entre documentos y objetos del poeta, se exhibe el esqueleto del felino. El francés Michel de Montaigne (1533-1592) adoraba a su félida y escribió: “Cuando juego con mi gata, ¿quién sabe si no me utiliza ella para pasar el rato más que yo a ella?”.
Entre las reflexiones gatunas, el también francés François-René de Chateaubriand (1768-1848) escribió: “Me gusta en el gato este carácter independiente y casi ingrato que no le permite sentir apego por nadie, esta indiferencia con la que pasa de los salones a los tejados. Si le acarician, arquea el lomo, pero lo que experimenta es placer físico, no, como el perro, la satisfacción de amar y ser fiel a su amo que le recompensa con un puntapié”.
Entre otros amantes de los gatos, no hay que olvidar al gran Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893), quien afirmó: “No hay sensación más delicada y más aguda, que la de una caricia a su cálido y vibrante pelaje”.
Asimismo, el francés Teófilo Gautier (1811-1872) convivía con diversos gatos y decía: “A los pachás les gustan los tigres; a mí me gustan los gatos, que son los tigres de los desdichados”.
Cuentan que Charles Dickens (Francia, 1812-1870) tuvo a William al que creía macho hasta que parió, entonces la rebautizó como Williamina.
Mark Twain (EE.UU. 1835-1910) le ponía nombres extraños: Belcebú, Buffalo Bill, Satán y así por el estilo.
El poeta Lord Byron (Inglaterra, 1788-1824) tuvo cinco gatos, uno se llamó Beppo. El argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) que admiraba a Byron, rebautizó a su gato, originalmente llamado Pepo, como Beppo.
Raymond Chandler (EE.UU. 1888-1959), el gran autor de novelas negras, adoraba a Taki, su gata persa que vivió casi 20 años, a quien él llamaba su secretaria. Lo cuenta el libro Chandler por sí mismo, basado en su correspondencia: “...ha estado conmigo desde que empecé a escribir, casi siempre sentada sobre el papel que quería usar o la copia que quería revisar, apoyada a veces contra la máquina de escribir, a veces mirando serenamente por la ventana desde un ángulo de mi escritorio como diciendo: «Lo que estás haciendo no es más que una pérdida de tiempo, compañero»”.
El argentino Osvaldo Soriano (1943-1997) amó a varios gatos, y como admiraba a Chandler, a uno llamó Taki. Soriano aseveraba: “Un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo”. Y aseguraba que sus gatos lo ayudaron a escribir sus novelas.
Julio Cortázar (Argentina, 1914-1984) en un capítulo de Último round cuenta cómo el gato Teodoro W. Adorno entró en su vida.
El cubano Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), en su libro de ensayos O, nos regala la historia de Jaime Diego Jacobo Yago Santiago Offenbach, ese capítulo es una pieza antológica digna de leerse.
El cronista mexicano Carlos Monsiváis (1938-2010) vivió rodeado de gatos a los que llamaba con nombres estrambóticos: Fray Gatolomé de las Bardas, Evasiva, Chocorrol, Posmoderna, Fetiche de Peluche, Monja Desmantecada, Mito Genial, Ansia de Militancia, Miau Tse Tung, Miss Antropía, Caso Omiso, Voto de Castidad y Peligro para México, por ejemplo.
Entre nosotros, no solo Medardo Ángel Silva tuvo a su Baudelaire. Lamentablemente en las biografías de nuestros grandes escritores, no consta el nombre de sus gatos. Pero entre los contemporáneos me consta que el poeta Cristóbal Garcés, quien es amante de los perros, un día adoptó a una gata negra y la bautizó como Celia Cruz. Lo mismo, le ocurrió a la narradora Gilda Holst, que acogió a una pareja de gatas que llegó a su jardín: Michí y Meche. Y desde que murió su perra Coba, las mininas son su compañía.
El escritor Miguel Donoso Gutiérrez siempre ha convivido con gatos, actualmente es con tres, aunque recuerdo al desaparecido Narciso.
La narradora guayaquileña Teresa Gutiérrez, afincada en París, desde hace cuatro años vive con el bello y refunfuñón Sergio Lautaro. No se queda atrás la narradora Ángela Arboleda, quien disfruta de la compañía de Isidora, hija de mi Perla Miranda. Esta última de pelaje negro y ojos verdes, hace 18 años fue rescatada de una tormenta por el pintor Luis Miranda. Pero después de una entrevista que le hice, me la chantó. Es Perla, que deseosa de su almuerzo, de un zarpazo me obliga a ponerle el fin a esta crónica de gatos y sus escritores crónicos.

[Fuente: www.eluniverso.com]
 

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