domingo, 18 de fevereiro de 2018

ADOLFO


Nos conocíamos pero ese era nuestro primer almuerzo a solas. El silencio era el acorde dominante. Las miradas eran cordiales, fugaces, evasivas. Sonrisas tímidas, frases de ocasión, oraciones truncas, interrumpidas cuando la duda ingresaba por asalto e instalaba la sospecha de que se estaba diciendo algo banal, completamente irrelevante.
El deber cívico de sentarse a la mesa para comer acompañado por desconocidos es un compromiso incómodo. El comensal es tomado como rehén por el laberinto de las buenas costumbres, y los mandatos, conocidos e ignotos.
La mesa en su función de soporte de vajilla, menaje y cristalería es la peor de las prisiones. Las puertas siempre están abiertas pero salir sin castigo es imposible porque sentado a ella se es guardia y prisionero al mismo tiempo. Sometido de por vida a esa dualidad torsiva y extorsiva algunos esclavos con conciencia de tales se rebelan y deciden comer de parados el resto de su vida. El aparato digestivo trabaja más relajado y con mejor performance. En su abyecto derrotero la comida no dobla.
Comer con una persona es una estación en el camino del conocimiento. No es lo mismo que hablar por teléfono, al amparo del aparato que convierte a las partes en dos objetos que conversan pared de por medio y con la cabeza envuelta en una frazada. La ceguera, no ver con quien se habla, no registrar las claves que emiten los cambios en el rostro, no sentirse distraído por los objetos que adornan el ambiente; la ceguera da a quien habla un coraje temerario, da impunidad.
Tomar el té también es distinto. Las exigencias son solo las indispensables. El menú menor no crea expectativa sobre lo que el otro va a ordenar, ni incomodidad en quien pide ante la duda sobre qué puede pensar el otro acerca de lo elegido. Compartir un té no obliga a masticar, a cortar, a trinchar, a beber reiteradamente de una copa que amenaza con su fragilidad y desequilibrio, a estar pendiente de las numerosas regulaciones que imponen los modales. Un té es una experiencia gastronómica minimalista que elimina los terrores liberados por la rigidez solemne: un pedazo de carne que se cae al piso, un chorro de salsa que salta del plato y mancha la camisa ajena, un raviol rebelde que aterriza en medio de la mesa. Situaciones embarazosas cuando no conocemos a quien nos acompaña y mucho más comprometedoras cuando queremos dar una buena apariencia, y mucho más todavía cuando se almuerza a solas con Adolfo Bioy Casares.
En eso estábamos, antes yo que él, obviamente. Midiendo los movimientos, operando en cámara lenta, más atento a no decir una imbecilidad inolvidable, o a no voltear con un movimiento torpe la botella de agua mineral, que a proponer una conversación constructiva.
En eso estábamos, hasta que pasó una mujer.
Volvía a su mesa desde el baño. Sentado de frente al pasillo pude ver la figura completa. Adolfo, en cambio, solo pudo ver su espalda. La aparición lo había sorprendido por detrás. Es muy probable que el cambio brusco de la dirección de mi mirada lo haya alertado. O que su inveterada intuición haya activado los radares. O quizás fue el olfato de animal depredador. Como sea, vi cómo la miró y vi cómo me miró, a continuación. Con un latigazo de ojos cambió el objeto mientras bebía un sorbo de agua, como para que la continuidad fuese verosímil. Reacciones que el instinto genera y que se asimilan sin pensar a lo largo de décadas de interacción social. Fue mucho menos de un segundo, un obturador ajustado en 1/250. Los ojos de Adolfo fueron hacia la mujer y volvieron hacia mí conducidos por un pudor instintivo, para saber si lo había visto. Bajé la cabeza y simulé comer. El juego de los ojos fue instantáneo, la sincronización entre su movimiento relámpago buscando mi cara y el mío evitando los suyos fue casi perfecta. Casi, porque se dio cuenta. Entendió que había detectado en su mirada la lujuria abusiva, festiva, del carnívoro adicto. Entendió, como entiende toda persona inteligente, que fingir hubiese sido una tontería inaceptable. Después de todo nos habíamos reunido para pasar un buen rato. Quizás entendió -el verbo es excesivo- que la mujer había provisto la oportunidad perfecta para relajar esa mesa saturada de etiqueta.
¿Has visto ese culo, Gustavo?
Preguntó con voz suave, tono prudente y mirada candorosa, tomando la precaución de utilizar el registro oratorio correcto, el presente perfecto, como para disponer de un canal de salida en caso de que la consulta no fuese bien recibida.
Me animé a decirle: ¿Cómo hacer para no verlo, Adolfo?
Se produjo un gran silencio, necesario para que cada uno absorbiera el cambio. Luego, llegaron las risas, los chistes picantes, las anécdotas secretas y el cuereo despiadado. Estábamos liberados. Ya podíamos derramar líquidos, escupir pedazos de comida y tirarnos algún que otro pedo.
De eso se trata la amistad. GJ

[Fuente: gustavojalife.wordpress.com]

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