terça-feira, 30 de maio de 2017

Los vinos “de garage” de un artista plástico



La cabeza increíble del mendocino Marcelo Mortarotti-Mosso, hijo, nieto y bisnieto de bodegueros mendocinos. Hay que ser artista y estar loco para semejantes creaciones.


Escrito por María Josefina Cerutti

De garaje, biomágico, dadaísta. Tiene uvas cosechadas en luna llena el vino de la bodega “Amortarot”, del artista plástico mendocino Marcelo Mortarotti-Mosso. Hijo, nieto y bisnieto de bodegueros mendocinos. Tataranieto del italiano Giovanni Battista Mosso, pionero en la industria del vino en Mendoza.
Mortorotti fue el primer plástico argentino que en los ‘90 produjo obras con residuales de la industria del vino, como filtros y tapas de bordalesas.
Las uvas son de la finca de la bisabuela Arizu, que la familia conserva en Vistaflores, Valle de Uco. Su bisabuelo Mosso la plantó con viña por primera vez en 1937. Más uvas de La Dama de Vistaflores, de unos amigos españoles que son parte del proyecto.
Mortarotti empezó a hacer vino en 2011 mientras ayudaba a Daniel Pi, enólogo de Trapiche, en el garaje de la casa en Chacras de Coria. Cuando se sintió seguro se lanzó como “vigneron”, o hacedor de vinos, en el garaje del tractor de la finca de Vistaflores. Embotelló por primera vez en 2014. Ya está en el mercado.

"Me puse a hacer vinos como parte de una búsqueda de libertad. Las instituciones del arte están en crisis. En el vino de garaje, como dicen en Francia, encontré un espacio de creatividad a la manera de ‘La poética del espacio’ de G. Bachelard. El filósofo decía que es prioritario preguntarnos cómo habitamos nuestro espacio vital. En Argentina se les dice vinos caseros. La producción no debe ser mayor a 4.000 litros al año, según el INV”.
Mortarotti piensa sus vinos desde la magia. Biomágicos los llama porque promueve que la naturaleza exprese su complejidad. “Casi no intervengo. Es una forma natural y antigua, pero con una visión moderna. Lo llamé ‘método Daniel Pi de vino de garage’. Sin levaduras químicas”, afirma Mortarotti, que aprovecha el ensimismamiento del hacer vino para trabajar en sus obras de arte.

En las 5.300 botellas “se expresan los que trabajan, más la tierra y el clima”, sigue Mortarotti, convencido de que hacer vino es un acto de optimismo. “Una actividad manual artística. Mi raíz. Mi vuelta al pago. Me abstraigo en una actividad preciosa y laboriosa. No me pierdo una vendimia. Estoy cuando llega la uva. La dejo reposar bajo el rocío de una noche porque, para los alquimistas, el rocío era un condensado del espíritu celeste. Con Puchi, mi mujer, la baldeamos a mano y, durante dos días, desgranamos también a mano 500 kilos de uva. Es meditar. Macero la uva un máximo de 45 días que, con buenos corchos, permite más tiempo de guarda. La prensa es manual para que las semillas no suelten aceites. Empujo la prensa, explotan los aromas. Hay delirio”.
Noble, desde el origen, en los climas más diversos, la viña, según Mortarotti, “es un suculento yuyo poderoso. Hacer vino no es un entretenimiento sino un ponerse en movimiento. Entre marzo, abril y mayo me dedico a hacer vino, sin dejar mis esculturas que, a su vez, me permiten replantearme en el espacio. Ponerle el cuerpo a la prensa requiere una presencia física enorme. Una acción que desde hace miles de años hacen los obreros, pero casi nunca los integrantes de las burguesías como nosotros. Hacer vino también es un desafío, un ir más allá”.

Fermenta los vinos en dos huevos de concreto de dos mil litros cada uno. "Los paso a barricas de roble francés y de roble americano durante un año y medio”. Son vinos frutados. Hay que dejarlos abiertos una hora y media como mínimo antes de tomarlos. “Son la expresión de mis aciertos y errores. Agradecimiento a los que trabajan en la finca y a mi familia”.
Hacer vino es explorar esa relación con la naturaleza a la manera dadaísta, dice Mortarotti. “Consciente de mi propia transformación al transformar la materia”. Es un momento estético. “Si no hiciera vino mis obras no serían las mismas”, agrega Marcelo. Más el azar. “Si nos damos el tiempo para sentir, podremos apreciar las variedades de aromas, sabores y texturas de cada botella. Apurado no sirve tomar vino. El vino nos detiene y nos transporta a campos creativos desconocidos. A atmósferas íntimas donde desarrollamos espacios de placer. Soy parte de la tendencia que considera que el alimento es arte, en el sentido manual de la acción. Por supuesto que hablo de alimentos orgánicos. Me asocio a la naturaleza para expresar una estética que se aleja de lo industrial”.

Las etiquetas, impresas con imágenes del alquimismo en el Renacimiento italiano (¡hay un deseo de renacer!, dice Marcelo), se las dedica a los padres. Leone, Malbec con Cabernet Franc, a su padre; y Scorpione, Cabernet Franc con Malbec, a su madre. La tercera es Laberinto, mitad Malbec y mitad Cabernet Franc, “porque vivimos influenciados por la relación con estos dos signos”, dice el artista plástico.
En Mendoza “somos los herederos de los que se animaron a escribir en el desierto”, concluye Mortarotti. “Para leer alcanza caminar el territorio. Debemos cuidar este patrimonio. Es irrepetible aquella sensibilidad que se expresó con los inmigrantes. Tenemos algo al alcance de la mano. Para tocarlo y respirar hay que salir del lugar de confort”.
(*) periodista gastronómica

[Fuente: www.rionegro.com.ar]

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