El sonido de las palabras las envuelve con la suavidad de las sedas o la aspereza de las estrazas. Véase si no la diferencia entre sobaco y axila
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| Un inodoro abandonado en una calla de Leucadia (California). |
Escrito por ÁLEX GRIJELMO
Han pasado tal
vez 10 años pero lo recuerdo con precisión. Gemma Nierga le había preguntado a
aquel niño que acababa de interpretar una pieza musical en el programa La ventana, que ella dirigía
entonces: “¿Por qué decidiste tocar el fagot?”. Y el pequeño músico respondió:
“Porque me gustó la palabra”.
La Academia
bendijo “fagot” en 1837, con esa t final que sugiere su origen no
patrimonial. Pero la misma fonología del español que ha asimilado “mamut” o
“robot” se quedó también con este curioso vocablo extranjero.
En francés, fagot equivale a “haz de leña”, idea que se
relacionó con este instrumento porque está formado por distintas secciones de
madera (Corominas y Pascual) a diferencia de su antecesor el “bajón”, de una
sola pieza. Y, en efecto, la palabra suena tan peculiar como su sonido. Por eso
el oído de aquel niño había captado la singularidad del fagot antes incluso de
escuchar su música. Las palabras significan, pero también evocan.
El hecho de que
2.500 millones de personas no dispongan de la taza del cuarto de baño (ni de
cuarto de baño) animó a la ONU a declarar el 19 de noviembre como el World
Toilet Day, que en estas fechas se ha traducido al español en distintos medios
como Día Mundial del Inodoro y Día Mundial del Saneamiento. Los más valientes
han dicho Día Mundial del Retrete; y casi todos han huido de decir Día Mundial
del Váter. Esas cuatro opciones designan lo mismo, pero no se perciben igual.
“Retrete”, vocablo de influencia provenzal, suena
ahora peor que a principios del XIX, cuando pasó de nombrar un lugar retirado
de la casa (en analogía con el “toque de retreta” o de retirada) a ser un
eufemismo del evacuatorio. Pero luego --como suele ocurrir con los eufemismos
al cabo de un tiempo-- quedó contaminado por el concepto que señalaba, y así
vinieron “el excusado”, “el váter” (del inglés water-closet o camarín de agua), “el cuarto de baño”…
El sonido de las palabras las envuelve, a veces
con la suavidad de las sedas y a veces con la aspereza de las estrazas. Eso
influye en la elegancia que otorgamos a unos términos y negamos a otros. Véase
por ejemplo la armonía de “axila” y la rudeza de “sobaco”, aun nombrando ambos
significantes el mismo significado. Seguro que usted ve sobacos en algunas
personas y axilas en otras.
“Sobaco” ya fue empleada en el siglo XIII por
Alfonso X el Sabio, pero es tan vieja que incluso se desconoce su origen.
“Axila” llegó después, hecha un pimpollo con su apariencia científica y su
rastro latino. Se documenta en el siglo XVII.
Para conocer cómo han percibido los hablantes las
diferencias de dos palabras sinónimas suele resultar de utilidad examinar sus
derivados. De “axila” apenas ha salido nada más que “axilar” (“lo relativo o
perteneciente a la axila”, sin más connotación). Sin embargo, a partir de
“sobaco” hemos creado “sobaquina” (sudor de los sobacos) o “sobacuno” (olor
desagradable). Así que para la psicología general de nuestra lengua los sobacos
sudan pero las axilas no.
El sonido de “fagot” y el diferente aroma de
palabras como “sobaco” y “axila”, “retrete” o “inodoro” nos hacen entender que
a veces el significante forma parte del significado. Y que la apariencia de una
palabra adquiere tanta fuerza en nuestros oídos que puede confundir a nuestra
vista, seducir a nuestro gusto y hasta engañar a nuestro olfato.
[Foto: MIKE BLAKE/REUTERS - fuente: www.elpais.com]

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