Ciertos activistas de izquierda son menospreciados por tomar café de Starbucks y usar Iphone. En este ensayo, el pensador inglés Mark Fisher desestima esas críticas y dice que etiquetas como “radical chic” y “socialismo de diseñador” pueden analizarse de forma positiva. Y que a este tipo de modelo de negocios se lo condena por motivos similares que antes al comunismo: “por su carácter genérico, homogéneo, y su capacidad para erradicar la individualidad”. Fragmento de “Realismo capitalista”, editado por Caja Negra.
Por Mark Fisher
A poco de iniciado el movimiento Occupy London Stock
Exchange, la novelista devenida política conservadora Louise Mensch apareció
en Have I Got News For You?, el programa de la bbc, y comentó con
sarcasmo que la aglomeración en esa zona comercial de la ciudad había producido
“las filas más largas en toda la historia de Starbucks”. Y el problema no era
solamente que los activistas tomaban café de marca: también usaban iPhone. La
línea de su razonamiento era nítida: ser anticapitalista equivale a ser un
anarcohippie primitivo. Por supuesto que los planteos de Mensch fueron
ridiculizados, y hasta en el mismo programa en el que salieron al aire, pero
los problemas que ponen sobre la mesa no se pueden pasar por alto tan
fácilmente. Si la oposición al capital no significa que uno tenga que mantener
una postura antitecnología y antiproducción en serie, ¿entonces, por qué se ha
identificado al anticapitalismo con esta especie de “localismo de la comida
orgánica”, al menos en la caricatura que hacen de él sus oponentes como Mensch,
e incluso en la cabeza de algunos de sus seguidores? Esta perspectiva pasa por
alto el entusiasmo que Lenin sintió por Taylor, el que Gramsci sintió por Ford,
y el empeño tecnológico soviético en el marco de la carrera espacial, entre
otros capítulos de la Historia. No es novedad que el capitalismo ha tratado
siempre de ejercer un derecho natural monopólico sobre el deseo: recordemos el
famoso aviso de Levi’s de la década de 1980 en el que un adolescente ansioso
ingresa de contrabando un par de jeans a través de un puesto de frontera de la
urss. Pero la aparición de los bienes de consumo electrónicos ha permitido al
capital confundir deseo y tecnología al punto tal de que el deseo por un
iPhone se vuelve automáticamente idéntico al deseo de capitalismo a secas.
Inevitable recordar otro aviso: el también célebre “1984” de Apple, en el que
la aparición de la computadora personal quedaba igualada con el fin del
control totalitario.
Mensch no fue la única que se burló de los activistas de
Occupy por su consumo de café de cadena y su empleo de bienes como los
teléfonos móviles. En el Evening Standard de Londres, un
columnista se quejaba porque “son el capitalismo y la globalización los que
produjeron las ropas que usan los que protestan, las carpas en las que duermen,
la comida que comen, los teléfonos en sus bolsillos y las redes sociales que
usan para organizarse”. Pero los argumentos de Mensch y sus compañeros
reaccionarios en respuesta a Occupy no fueron sino versiones de aquellos
argumentos presentes en los extraordinarios textos antimarxistas que Nick Land
escribió en la década de 1990. Las provocaciones de teoría-ficción de Land
partían del supuesto de que el deseo y el comunismo eran fundamentalmente
incompatibles. Y hay al menos tres razones para tomar estos textos en serio y
no como una valentonada antimarxista. En primer lugar, porque en esos escritos
Land mostró crudamente los problemas que la izquierda enfrenta hoy en día.
Land adelanta la película hasta su futuro cercano, es decir, nuestro pasado
inmediato: un futuro cercano en el que el capital se pasea del todo triunfante
y muestra hasta qué punto esta victoria depende de la mecánica libidinal de la
publicidad y las empresas de relaciones públicas, cuyas excrecencias semióticas
parasitan lo que antiguamente fue el espacio público.
Todo lo que no pasa directamente por el mercado cae
triturado por la axiomática del capital y queda incrustado holográficamente a
las marcas estigmatizantes de su obsolescencia. Una forma generalizada de
publicidad negativa deslibidiniza todo lo que sea público, tradicional,
piadoso, caritativo, autorizado, prestigioso o serio, en pos de la seducción
suave de la mercancía.
Land está en lo cierto al referirse a esta “forma generalizada
de publicidad negativa”, pero la cuestión está en cómo combatirla. En lugar del
llamado a retirarse de la producción semiótica que hace la activista Naomi
Klein en No logo, ¿por qué no abrazar todos los mecanismos de la
producción semiótica libidinal en nombre de un antibranding poscapitalista?
El estilo radical chic no debería ser un motivo de vergüenza
para la izquierda, bien al contrario: es algo que deberíamos incentivar y
cultivar. ¿No fue justamente el momento del colapso de la izquierda coincidente
con el punto en el que los conceptos de chic y radical dejaron de ser
compatibles? Es hora de que comencemos a valorar y proveer de una connotación
positiva a estos epítetos como radical chic y socialismo
de diseñador, porque justamente fue la homologación del diseño con el modo
de producción capitalista lo que hace parecer al capitalismo como la única
forma de modernidad posible.
La segunda razón por la que son importantes los textos
de Land es porque exponen una contradicción incómoda entre el compromiso
oficial con la revolución de la izquierda radical y su tendencia real al
conservadurismo en el terreno político, estético y formal. La fuerza casi
hidráulica del deseo, en los escritos de Land, se opone al impulso derrotista
hacia la preservación, la protección y la defensiva que resulta típico de la
izquierda. Pero el delirio disolvente de Land es una especie de autonomismo
invertido, en el que el capital asume todas las capacidades improvisacionales y
creativas que Mario Tronti, Michael Hardt y Toni Negri adscriben al
proletariado y la multitud. Al sobrepasar inevitablemente todos los intentos
del “sistema de seguridad humano” para controlarlo, el capital emerge como la
auténtica fuerza revolucionaria capaz de someter todo, incluyendo las
estructuras de la llamada realidad, a un proceso cabal de licuefacción:
“escape, síndrome chino planetario, disolución de la biósfera en la
tecnósfera, crisis terminal de la burbuja especulativa, ultravirus y
revolución privada de toda escatología cristiana o socialista”. ¿Dónde está la
izquierda que pueda hablar con confianza en nombre de un futuro alienígena, que
pueda celebrar y no llorar la desintegración de las sociabilidades y
territorialidades existentes?
La tercera y última razón por la que los textos de Land
valen la pena es porque reconocen el terreno en el que la política hoy en día
opera, o debería operar si ha de ser efectiva: un terreno que nos muestra a la
tecnología totalmente entrelazada en la vida cotidiana y el cuerpo. El diseño y
las relaciones públicas son ubicuas; la abstracción financiera ejerce dominio
sobre el gobierno. La vida y la cultura se subsumen en el ciberespacio. Por eso
mismo el hackeo de datos asume una importancia cada vez mayor. Así podría
parecer que Land, el avatar del capital acelerado, termina confirmando
ampliamente la afirmación de Žižek de que el trabajo de Deleuze y Guattari
funcionaría como una ideología para los flujos desterritorializados del
capitalismo tardío. Pero hay dos problemas con la crítica de Žižek: el primero
es que toma de modo muy literal la promesa del capital, dando por descontadas
sus propias tendencias a la inercia y la reterritorialización; el segundo es que
la posición desde la que Žižek realiza su crítica depende, implícitamente, de
la afirmación del carácter deseable y posible de una vuelta al
leninismo-estalinismo. En el momento más álgido de la decadencia del movimiento
obrero tradicional, fuimos forzados más de una vez a tomar partido por una
dicotomía falsa entre el leninismo ascético y autoritario, que al menos
funcionó bien en su momento (en cuanto pudo tomar el control del Estado y
limitar la esfera de dominio del capital), y los modelos de autoorganización
política que han hecho, efectivamente, muy poco para desafiar en serio la
hegemonía del neoliberalismo. Necesitamos construir aquello que se prometió
tantas veces pero que nunca se hizo efectivo a lo largo de las sucesivas
revoluciones culturales de la década de 1960: una izquierda antiautoritaria
efectiva.
En
buena medida, lo que hace que el pensamiento de Deleuze y Guattari siga siendo
válido en la actualidad es que, como el trabajo de los autonomistas italianos
que los inspiraron y a quienes ellos también inspiraron, Deleuze y Guattari se
comprometieron a abordar este problema de una forma específica. Y lo que se
debe hacer ahora no es defender porque sí a Deleuze y Guattari, sino entender
que el problema que ellos reconocieron y trabajaron es el problema crucial que
enfrentamos hoy en día, es decir, la relación del deseo con la política en un
contexto posfordista. El colapso del bloque soviético y el repliegue del
movimiento obrero a escala global no se han debido solo, ni fundamentalmente, a
una falla en la voluntad o en la disciplina de sus cuadros. Al contrario, fue
la desaparición de la economía fordista y de sus estructuras disciplinarias
concomitantes la que nos impide continuar con las viejas instituciones
políticas y los viejos modos de organización social, etc. del campo de las
clases trabajadoras, justamente porque ya no se corresponden, estos modos, con
las formas reales del capitalismo contemporáneo y las subjetividades emergentes
que lo acompañan o le plantean debate. Nadie dudaría de que el lenguaje de los
“flujos” y la “creatividad” se encuentra exhausto precisamente porque las “industrias
creativas” del capitalismo se lo han apropiado. Y sin embargo, la proximidad de
algunas ideas de Deleuze y Guattari con la retórica del capitalismo tardío no
es una marca de su fracaso, sino de su éxito patente al descifrar algunos de
los problemas de la organización política bajo el posfordismo. El giro del
fordismo al posfordismo, o de las sociedades disciplinarias a las sociedades de
control, para usar la terminología de Foucault y Deleuze, por supuesto que
involucra un cambio en el régimen libidinal: concretamente, se intensifica el
deseo por los bienes de consumo, financiados a crédito. Pero esto no significa
que esta reinversión libidinal deba ser combatida mediante la afirmación de la
antigua disciplina de clase. El posfordismo ha llevado a la descomposición de
la vieja clase trabajadora. En el occidente globalizado, cuanto menos, la
clase trabajadora ya no se concentra en los espacios industriales y sus formas
de acción, por lo tanto, ya no son tan efectivas como antes. Al mismo tiempo,
las atracciones libidinales del capitalismo de consumo deben ser enfrentadas
por una especie de contralibido y no simplemente por una deslibidinización
depresiva.
Pero todo esto implica reconocer, desde la
política, la naturaleza fundamentalmente inorgánica de la libido, tal como fue
descripta por Freud y los surrealistas, por Lacan, Althusser y Haraway, por
Deleuze y Guattari, entre otros. La libido inorgánica es lo que Lacan y Land
llaman pulsión de muerte: no se trata del anhelo de morir, de extinguir el
deseo en la muerte (lo que Freud llamaba el principio del Nirvana), sino de una
activa fuerza de muerte definida por la tendencia a desviarse de cualquier
regulación homeostática. Como criaturas deseantes, somos nosotros mismos
quienes rompemos el equilibrio orgánico. Y la novedad de El Anti Edipo. Capitalismo y
esquizofrenia como
obra precursora de un nuevo relato histórico está en su forma de combinar esta
lectura de la libido inorgánica con la noción marxista-hegeliana de que la
historia tiene una dirección. Y una de las consecuencias de este análisis es
que se tornó muy difícil volver a encauzar esta libido inorgánica capaz de
maquinar la historia y dotada de dirección propia una vez que ya se ha escapado
del cauce: si el deseo es una fuerza histórico-maquínica, su emergencia altera
la “realidad” misma. Suprimir el deseo, por su parte, implicaría o bien dar un
masivo y costoso giro de la historia hacia atrás o bien provocar amnesia
colectiva a gran escala, o una combinación de ambas cosas.
Para Land, esta cuestión también implica que
“el poscapitalismo no tiene sentido, salvo como fin al motor del cambio”. En
este punto debemos regresar a Louise Mensch y entender que el desafío es
imaginar una forma de poscapitalismo que pueda equipararse con la pulsión de
muerte. De momento, lo que encontramos es que buena parte del anticapitalismo,
por el contrario, se aboca a la búsqueda imposible de un sistema social
orientado a la quiescencia total, al principio del Nirvana, es decir, orientado
a un retorno al equilibrio místico primitivo, sin Starbucks y sin iPhone, de
los que se mofan Mensch y sus camaradas conservadores. Y es evidente que este
retorno sería posible solo si se satisface una de dos condiciones: un
apocalipsis tecnosocial o un retorno del autoritarismo. ¿De qué otra manera
disolver la pulsión? Y si el equilibrio primitivista no es lo que queremos,
fundamentalmente tendríamos que poder articular qué es lo que queremos, lo que
equivaldría a desarticular el meollo que el capital forma con el deseo y la
tecnología de consumo.
Con todo esto en mente, podemos volver a
considerar la pregunta inicial de hasta qué punto el deseo que suscitan
Starbucks y iPhone es finalmente un deseo de abrazar el capitalismo. Es
llamativo ver que lo que se condena tan a menudo en el modelo de negocios de
Starbucks es lo mismo que se le reprochaba típicamente al comunismo: su
carácter genérico, homogéneo, su capacidad de erradicar la individualidad y la
iniciativa de los empleados. Al mismo tiempo, es esta espacialidad genérica,
más que el café caro y mediocre que ofrece, lo que explica buena parte del
éxito de Starbucks. Empieza a parecernos que, más que haber una convergencia
inevitable entre el deseo de Starbucks y el deseo del capitalismo, lo que hace
Starbucks es alimentar deseos que solo puede satisfacer parcial y
provisionalmente. ¿Qué nos impide pensar, en definitiva, que el deseo de
Starbucks es el deseo reprimido de comunismo? ¿Qué es este tercer espacio que
Starbucks ofrece, un espacio que no es el hogar ni el trabajo, sino una
prefiguración degradada del comunismo mismo? En su provocativo ensayo “La
utopía como replicación”, originalmente titulado “Walmart como utopía”, Jameson
se anima a abordar este objeto atacado por la furia anticapitalista:
Como un experimento del pensamiento; no, de
acuerdo con la modalidad cruda pero práctica de Lenin, como una institución de
la que (después de la revolución) podemos “amputar lo que mutila capitalistamente este aparato excelente”,
sino más bien como algo similar a lo que Raymond Williams llamó lo emergente,
en oposición a lo residual: la forma de un futuro utópico acechando a través de
la niebla, un futuro utópico que debemos aferrar como oportunidad de ejercitar
más plenamente la imaginación utópica, antes que como ocasión de hacer juicios
moralizantes o practicar una nostalgia regresiva.
La
ambivalencia dialéctica que Jameson pide respecto de Walmart (“admiración y
juicio positivo […] pero también condena absoluta”) ya es parte de la conducta
de los clientes de cadenas de este tipo, como también Starbucks, muchos de los
cuales se encuentran entre sus más fervorosos críticos, aunque no dejen de
servirse de ellas habitualmente. Este anticapitalismo de los consumidores más
devotos no es sino la contracara de la supuesta complicidad con el capital que
Louise Mensch encuentra entre los militantes anticapitalistas. Para Deleuze y
Guattari, el capitalismo se define por el modo en que simultáneamente engendra
e inhibe los procesos de estratificación. En su célebre fórmula, el capitalismo
desterritorializa y reterritorializa al mismo tiempo; no existe un proceso de
descodificación abstracta sin un proceso recíproco de recodificación a través
de la personalización neurótica (la edipización); de ahí la disyunción típica
de los comienzos del siglo xxi entre el capitalismo financiero tremendamente
abstracto y la cultura de la celebridad edípica. El capitalismo no es más que
un escape del feudalismo que necesariamente fracasa y que, en lugar de destruir
las castas, reconstituye la estratificación social en la estructura de clases.
Solo considerando esta distinción puede tener sentido la propuesta de Deleuze y
Guattari de “acelerar el proceso”. No significa acelerar el capitalismo o
alguno de sus rasgos sin plan y sin orden, únicamente para ver qué pasa, y con
la esperanza íntima y más bien poco probable de hacerlo colapsar. Más bien,
significa acelerar los procesos de desestratificación que el capitalismo solo
es capaz de obstruir. Una de las virtudes de este modelo es que pone al
capital, y no a sus adversarios, del lado de la resistencia y el control. Los
reaccionarios al capitalismo entienden la modernidad urbana, el ciberespacio y
el fin de la familia solo como una caída desde un estado original comunitario y
mítico. ¿No podemos, en cambio, pensar en la cultura del capitalismo de
consumo, con sus comidas rápidas, sus restaurants autoservicio, sus hoteles
anónimos y su vida familiar desintegrada, como una prefiguración tenue de aquel
campo social que imaginaban los primeros planificadores soviéticos como L.M.
Sabsovich?
En la tradición de los sueños socialistas del
colectivismo doméstico, Sabsovich imaginaba la coordinación de todas las operaciones
en la cadena de producción de alimentos que llevaran de las materias primas a
las comidas terminadas y disponibles a la población en cafeterías, en comedores
populares y en formas envasadas en contenedores térmicos. No sería necesario ya
comprar alimentos, cocinarlos, poner la mesa o tener una cocina. El lavado de
ropa, la costura, la reparación e incluso la limpieza doméstica (gracias a los
electrodomésticos) serían industrializados de la misma forma. De esta manera, cada persona podría
contar con una habitación para vivir y dormir sin tener que ocuparse del
mantenimiento. Rusia se convertiría así en una vasta cadena hotelera sin cargo.
El sistema soviético no logró alcanzar este
sueño, cuya realización quizás compete todavía a nuestro futuro, si es que
aceptamos que no estamos peleando por un retorno a las condiciones
esencialmente reaccionarias de la interacción cara a cara y a una “línea de
campesinos racialmente puros que surcan un mismo pedazo de tierra durante toda
la eternidad”. Eso es lo que Marx y Engels llamaban “la idiotez de la vida
rural”. Deberíamos pelear por algo distinto: por la construcción de una
modernidad alternativa en la que la tecnología, la producción en masa y los
sistemas impersonales del gerenciamiento contribuyan, todos, a la remodelación
de la esfera pública. Y público no significa, en este caso, estatal: el
desafío es imaginar un modelo de propiedad pública que no sea el de la
centralización estatal como la que se dio durante el siglo xx. Algunas pistas
de este modelo pueden encontrarse, tal vez, en las maravillas arquitectónicas
de los últimos años del bloque soviético, fotografiadas por Frédéric Chaubin:
“edificios que se parapetan en el colapso de un mundo con otro, en los que el
futurismo y la ciencia ficción se chocan con el monumentalismo” en una especie
de “cripto-pop casi psicodélico”. Mientras que para Chaubin estos edificios son
la afloración pasajera de un sistema político y social putrefacto, ¿no
podríamos considerarlos reliquias de un futuro poscapitalista que todavía debe
realizarse, en el que el deseo y el comunismo se reconcilian en armonía? “Ni
modernos ni posmodernos, como sueños que flotan libremente, aparecen en el
horizonte, apuntando a la cuarta dimensión”.
[Fuente: www.revistaanfibia.com]







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