El poco uso de
la voz española “gayo” dificultó que se le añadiese la nueva connotación de su
palabra hermana
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| Fachada de la real Academia de la Lengua |
Por ÁLEX GRIJELMO
La matanza
perpetrada en Orlando ha aumentado la circulación de la palabra “gay” en estos
días, y por esa lamentable razón se ha podido observar con intensidad el uso de
tal término en los medios: La prensa lo muestra sin cursiva y con el plural
españolizado: gais. Pero en la radio (lo que coincide quizás con el lenguaje
oral común) oímos con más frecuencia la pronunciación guei y gueis, en vez de la correspondiente
naturalización fonética gai y gais. Por tanto, este vocablo está librando
una lucha interior entre su grafía y su sonido. La Academia decidió que la
escritura “gay” marcara la pronunciación en español, pero quién sabe si la
costumbre de los hablantes obligará a seguir algún día el trayecto contrario.
El término
“gay” tiene su origen lejano en el latín gaudium (gozo), de donde pasó como “gai” al
occitano (lengua romance de esplendor medieval en el sur de Francia). En
español, la voz “gai” derivó en “gayo”, con el significado de “alegre” y
“vistoso”. Corominas y Pascual datan esa aparición hacia 1400. Por su parte,
Covarrubias (1611) hace equivaler “gayo” con “alegre” y “apacible”; y tiempo
después el diccionario castellano de Esteban Terreros y Pando (1787) le añadirá
por vez primera al femenino “gaya” la acepción de “mujer pública”. Este sentido
lo incorporó también la Academia (en 1852), pero se desvanecería a principios
del siglo XX (lo borró del Diccionario en 1939).
Mientras
tanto, en las Galias ya se venía usando “gai” como equivalente de “alegre,
amigo de los placeres”. Siglos más tarde nombraría asimismo en francés (tal vez
por esa desnortada idea de la “vida alegre”) a las prostitutas. Según Gregorio
Doval (Palabras con historia, 2002), en los antiguos teatros británicos
el galicismo “gay” (alegre) designaba al personaje femenino promiscuo y
picante. Y como todos los papeles eran representados por hombres (incluidos los
de mujer), se asociaron luego las dos ideas y se fijó su connotación de
homosexual.
Por tanto, los
términos “gayo” y “gaya” funcionaron en nuestro idioma como espejo de las
evoluciones que en inglés y francés afectaron a “gay” y “gai”, excepto en lo
que se refiere a la homosexualidad.
El poco uso de
esa alternativa en castellano dificultó que se le añadiese la nueva acepción de
su palabra hermana; y el español periodístico adoptó “gay” desde el inglés,
para dejar en segundo plano “homosexual”.
Su
consagración en el Diccionario usual se produjo en 2001, con esta definición:
“Gay. Del inglés gay; propiamente ‘alegre’, y este del francés gai, ‘alegre’.
Dicho de una persona, especialmente de un hombre: homosexual. ‘Sus mejores amigos son gais”. Sin embargo, el largo recorrido de esta
palabra no ha concluido. Quince años después de esa bendición académica, la
escribimos en redonda pero todavía la decimos en cursiva.
[Foto: LUIS SEVILLANO – fuente: www.elpais.com]

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