El
agraviado se llamaba Thadée Tyszkiewicz. La demanda que introdujo en
diciembre de 1853, en nombre del autor, denunciaba un arreglo que se
había hecho de una obra del compositor alemán Carl Maria von Weber
(1786-1826): “un enredo vocal e instrumental sin precedentes en los
anales musicales de los países que había atravesado hasta la fecha”. El
interés de la querella no ha perdido su vigencia: Tyszkiewicz acusaba a
la Ópera de París del perjuicio causado a sus oídos. Su caso nos coloca
nada menos que ante la existencia de un derecho-del-que-escucha.
Quien escucha
música, especialmente el melómano, lo hace con especial conciencia:
quiere desentrañar, descifrar, atrapar el secreto de aquello que lo
conmueve. Un imperativo lo impulsa a compartir con otros
ese-momento-extraordinario, ese acontecimiento sonoro que, a fin de
cuentas, es tan personal: el hallazgo que lo impulsa a apropiarse de
cierta música (el derecho del que escucha ha derivado hacia un derecho
de apropiación). Cuando intenta explicar a otro (hacer
escuchar su propia escucha) experimenta la impotencia de lo que no puede
transmitirse con palabras (todo melómano ha experimentado la
experiencia de lo indecible).
![]() |
| Escucha |
El
arreglista es quien escribe una escucha: su escucha. Aquí se origina el
desafiante debate que Peter Szendy pone en juego: si el arreglo es una
expresión del derecho a escuchar, especialmente cuando responde al gusto
del oyente (del público), o si no es más que una versión o una
distorsión o devaluación del original. Escucha. Una historia del oído melómano
(Ediciones Paidós Ibérica) se desanuda en preguntas: “¿qué lugar asigna
una obra musical a su oyente? ¿Cómo exige que se la escuche? (….) ¿De
qué modo, por su propia construcción o arquitectura, una obra conserva
en su seno posibilidades de apropiación activa, posibilidades de
adaptaciones o arreglos?”.
Las
respuestas a estas preguntas conducen a cuestiones que interrogan sobre
el carácter de la autoría y el vínculo entre obra y escucha, o entre
obra y la apropiación del oyente: la reescritura (que va desde la propia
escucha, pasa por la transcripción, la adaptación y el arreglo de la
obra musical); la copia, el plagio, la cita, el parafraseo y otras
formas de escucha, que insisten en poner de bulto esta cuestión
esencial: la escucha configura, establece una presión sobre lo que se
considera ‘original’ y sobre los derechos de autor, establecidos por
primera vez en el Statute of Anne, en la Inglaterra de 1710.
Szendy
recapitula decenas de casos a lo largo de tres siglos, que abren las
compuertas de la reflexión a las distintas variantes de la problemática
de fondo: si hay ‘invención’ más allá del primer compositor de una obra;
si, entre sus sucesivos arreglistas por ejemplo, hay también legítimas
‘inventio’. Pero más todavía, como nudo de su ensayo (que trae un
prólogo de Jean-Luc Nancy), el propósito que lo anima: que
son las figuras del arreglo y el arreglista, los garantes, no solo de
la difusión de la obra, sino de que la obra se ‘desprenda’ de su formato
original y, justo por ello (no a pesar de ello) logre conservar la
idea. El arreglo no sería una forma de decadencia de la obra original,
sino lo contrario: la escritura de una escucha, la formalización de su
auge y vigencia: “El arreglo se convierte en una ‘obra original’, que no
por ello sustituye al original, sino que se deja oír al lado del
original. El estatuto de arreglo que se dibuja de esta manera es difícil de
nombrar: es el de una obra, ciertamente, que parece destinada a
codearse con la otra, su modelo”. Así, el original no sería sino una
obra que se ofrece a una escritura, a una traducción (Szendy vuelve al
pensamiento de Walter Benjamin sobre la traducción), a un arreglo, que
le otorga un nuevo punto de partida y lo supera. Así, un DJ es un
creador. Y los métodos de reproducción de la música, desde los cilindros
hasta los formatos digitales de nuestro tiempo, elementos indisociables
de la escucha moderna.
Por Nelson Rivera
[Fuente: colofonrevistaliteraria.blogspot.com]

Sem comentários:
Enviar um comentário