Por Ferran Calvet
Después de exponer por primera vez los cartones en los que Charles Le Brun esbozó sus intenciones para los espacios del palacio de Versalles, exposición organizada conjuntamente con el Louvre, el CaixaForum de Barcelona presentó el pasado viernes otra imprescindible colección que ningún amante del arte debería perderse.
En este caso es la Phillips Collection de Washington –coincidiendo con su 95º aniversario- quien organiza una muestra de 60 obras de reconocidos artistas desde el S. XIX hasta los expresionistas de bien entrada la segunda mitad del siglo XX, distribuidas en seis ámbitos temáticos con el objetivo de reflejar la evolución de la pintura moderna.
La primera obra que encontramos nos vaticina hacia dónde va a ir esa evolución, si tenemos en cuenta que La pequeña bañista (1826) de Ingres no es una excepción en la creación del francés, dónde la influencia de los ideales clásicos es más que perceptible. Es importante quedarse con esa obra, ya que es el paradigma más claro de lo que nos quiere transmitir esta primera sala: más bien una mirada al pasado que una mirada a la modernidad, la cual se hará completamente efectiva con el paso al siglo XX.
Al avanzar en nuestro recorrido vamos viendo como esta mirada al pasado se diluye y van dejándose ver nuevos conceptos y estilos que miran más hacia una percepción nueva en forma de impresionismo. En mi opinión, la obra que representa este cambio es Autorretrato (1878-1880), de Cézanne, y más adelante, en la misma sala, Bailarinas en la barra (1888), de Edgar Degas, sin prescindir de uno de los últimos paisajes de Van Gogh.
Pero la ruptura total con el pasado se produce con el inicio del siglo XX, cuando Braque y Picasso son los impulsores de una nueva corriente artística que surge en París en 1910, el cubismo. Pero para adentrarnos en ello, se nos presenta La habitación azul (1901) de Picasso, del Período Azul del malagueño -período anterior al cubismo-, donde plasma una sensación de soledad y melancolía debido a su recién llegada a París y a su no adaptación. En este ámbito están presentes los tres máximos exponentes del cubismo; los ya nombrados – Braque y Picasso- y Juan Gris.
Y sin dejar de avanzar en el tiempo, en el cuarto ámbito contemplamos el que para mí es una de las obras maestras de la muestra, Interior con cortina egipcia (1948) de Matisse, que, quizá debido a su vejez, al elaborarla el francés representa la longevidad a través del simbolismo de las granadas. Tampoco en ella pierde su gusto por el color, destacado sobretodo en su cortina egipcia.
Y ya en el penúltimo ámbito nos encontramos con Kandinsky, considerado el comienzo del expresionismo. Desde su Otoño II (1912) la abstracción toma la muestra hasta alcanzar su cumbre en el último ámbito, el del expresionismo americano y europeo de la segunda mitad del siglo XX –período de postguerra- : De Stäel, Guston o Rothko.
Es en esta última sala donde es importante recordar a la bañista de Ingres para entender qué nos quiere transmitir la muestra. Una evolución de los ideales clásicos del francés al abstracto de los expresionistas americanos de postguerra. Aquello que nuestros ojos perciben objetivamente dialogando con aquello que sólo se puede interpretar a través del sujeto. Y es quizás en este sexto ámbito cuando deberíamos sintetizar esa evolución y valorarla como muy considerable por el corto período de tiempo en el que se desarrolla. Pero es imposible entenderla sin situarla en un contexto histórico y social de continuos cambios.
Impressionistes i moderns estará en Barcelona hasta el 19 de junio, cuando será trasladada al CaixaForum de Madrid.
[Fuente: www.culturamas.es]

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