domingo, 21 de fevereiro de 2016

Sarcasmo y desparpajo en los "poemínimos" de Efraín Huerta -

El desenfado, el pastiche, la cápsula poética explosiva que hace uso del retruécano y el sarcasmo, conforman la singularidad de una producción de textos breves que el poeta mexicano Efraí­n Huerta dio a conocer en 1980 y que se acaban de reeditar en el libro "El gran cocodrilo en treinta poemí­nimos", con ilustraciones del Dr. Alderete.

El libro, bellamente ilustrado y publicado por la editorial Fondo Nacional de Cultura, pone de nuevo a circular la voz mordaz de Huerta (1914-1982), que lejos de toda solemnidad lo ubicó junto a Octavio Paz como los poetas de mayor envergadura de su generación y en la poesí­a mexicana contemporánea.

La obra de Huerta "“poeta, periodista de extensa trayectoria, especializado en la crí­tica de cine- se inicia en 1935 con el libro "Absoluto amor" y se continúa con "Los hombres del alba", "Poemas de Viaje", "La Raí­z amarga", "El Tají­n", "Poemas prohibidos y de amor", "Los eróticos y otros poemas" y "Transa poética", entre otros tí­tulos de una de las obra más solicitadas por los lectores de poesí­a de México.

"El gran cocodrilo en treinta poemí­nimos", alude al apelativo por el cual era conoció Huerta, y que se remonta al año 1950 cuando crea junto a otros poetas el "cocodrilismo" "“tomadura de pelo de los "ismos" de las de los movimientos de vanguadia-, una especie de antiescuela que llamaba a darle a la vida un sentido "cocodrilesco", o sea, un no rotundo a la pompa, la autocompasión, la soberbia.

De ese espí­ritu gozador y del estilete de esa ironí­a saldrí­an textos con aire aforí­stico, cuasi greguerí­as que llamó "poemí­nimos" (un libros suyo es, justamente, Estampida de poemí­nimos), apitafios en solfa, pero no tanto: "El que/ sabe/ ser pobre/ sabe/ el/ resto", o "Todas/ las/ cosas/ se parecen/ a/ su/ sueño", o también: "Lo de menos/ es que sea/ el cuarto poder// lo que importa/ es poder/ en el cuarto".

A esa cuerda, también pertenece su "Manifiesto Nalgaí­sta" conjunto de poemas eróticos con un lenguaje que mixtura la imagen, el coloquio, la onomatopeya, el remedo, lo narrativo, las palabras inventadas y el humor: "la dulce nalga que murmura y canta/ la que nos huele a leguas/ la que es ancha y ajena ("¦) como una nalga constelada de estrellas/ para escribir en ella los versos más tristes esta noche" (...) tuérzanle el cuello al ángel/ de engañoso trasero".

Si el eros y el amor son ejes de la poesí­a del mexicano, también lo es la cuestión social. Militante polí­tico "“es uno de sus primeros artí­culo periodí­sticos escribe contra el fascismo- fue un poeta conmocionado por la guerra civil española y la segunda conflagración mundial, llevando a sus libros de poesí­a un sentimiento de fraternidad y solidarizándose con las luchas de liberación de Cuba y Nicaragua.

Otro de sus núcleos es "la ciudad", su destino de Titanic, de mole a la deriva, su contaminación, su vértigo (dice en uno de sus poemí­nimos: "todos/ los lunes/ descubro/ que llegué/ muy tarde/ a mi/ fin/ de/ semana"), la urbe que ama y odia al mismo tiempo como dejará plasmado en muchos de sus poemas.

De modo que si cada ciudad tiene su cantor, Huerta lo fue del Distrito Federal mexicano (sobre todo en el libro Los hombres del alba), como Carl Sandburgt lo fue de Chicago, Evaristo Carriego de Buenos Aires y Baudelaire de Parí­s; para situarse incluso como uno de los cronistas de la rispidez cotidiana y el bullicio de la gran urbe.

Para el poeta y filósofo mexicano Jaime Labastida: "la poesí­a mexicana le debe a Huerta un ritmo, un objeto, un tema, un sentido. Un ritmo: el de la calle, áspero y amargo; el de la vida urbana pues. Un objeto: la ciudad de México. Un tema: el erotismo desnudo, cercano a la carne y al sexo. Un sentido: la polí­tica".

Para el ensayista Carlos Monsiváis, el poeta que exalta la marginalidad, "amaba todo lo que de insólito, de subversivo, de extraño, de canallesco en el mejor sentido, podí­a depararle la ciudad".

Lejos de cualquier pose, el Huerta, frecuentador de cantinas, hincha del club Atlante, admirador de las canciones de José Alfredo Jiménez, fanático de Carlos Gardel y enamorado desde siempre de las actrices Dolores del Rí­o y Marilyn Monroe, captaba el dictado de la calle.

Sus poemí­nimos reafirman su vagabundia y desapego por la arrogancia; escribe: "Cuando/ la cordura/ me aburre/ enloquezco/ la cordura/ siempre/ me/ aburre" y además: "Voy/ aponer/ manos/ a la obra/ comenzaré/ por el/ muslo derecho",

Es sustancial la relación de Huerta con aspectos de la cultura y la vida de Argentina; aunque amigo de sus maestros Pablo Neruda y Rafael Alberti, reconoció en una nota publicada en 1938 en el periódico mexicano El Nacional, que la gran influencia de sus inicios habí­a sido Raúl González Tuñón.

Lector de numerosos escritores argentinos como Ezequiel Martí­nez Estrada y David Viñas; el poeta mexicano fue amigo y compañero de trabajo de Enrique Santos Discépolo, ya que participó como guionista de pelí­culas que el argentino autor del tango "Uno" filmó en México a mediados de los 40.

Y otro argentino es el ilustrador de "El gran cocodrilo en treinta poemí­nimos", el renombrado artista plástico y diseñador Dr. Alderete, ilustrador que conjunta en su estilo el arte pop, la ciencia ficción, los grabados de José Guadalupe Posadas, la lucha libre y el mundo kitsch, todo con una paleta cromática llamativa, estridente.



[Fuente: www.telam.com.ar]

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