Con El barco de los niños (Alfaguara), del que aquí anticipamos en exclusiva su primer capítulo, el Premio Nobel incursiona en la literatura infantil
Érase un viejecillo que cada mañana muy temprano, sentado en una banca de un pequeño parque de Barranco, contemplaba el mar.
Fonchito lo divisaba desde su casa, mientras se alistaba para ir al colegio. Aquel viejecillo lo intrigaba: ¿qué hacía allí, solo, a estas horas, todos los días? Y sentía por él un poco de pena.
Un día, sin poder aguantar más la curiosidad, apenas se levantó y, antes de que pasara el ómnibus del colegio a recogerlo, salió de su casa y fue al parquecito. Se sentó en la misma banca que el anciano y, luego de un momento de vacilación, tomando fuerza murmuró: «Buenos días».
Aquél se volvió a mirarlo. Fonchito advirtió que en la cara llena de arrugas del anciano destellaban unos ojos vivos y todavía jóvenes. Unos ojos tan intensos que parecían haber visto todas las maravillas que hay en el mundo. Sus cabellos eran muy blancos, al igual que sus cejas, y su tez, rasurada con esmero, lucía muy pálida, casi translúcida. Se lo notaba muy frágil; su extremada delgadez le daba un aspecto casi aéreo. Vestía con modestia pero gran corrección, un traje gris, un suéter azul, una corbatita oscura con un nudo pequeñito y unos zapatos negros algo ajados por el tiempo que parecían recién lustrados. Tenía la expresión tranquila y profunda de las personas que saben muchas cosas.
-Hola, jovencito -lo saludó el viejecillo con una voz tan suave que se hubiera dicho el trino de un pajarillo.
-Yo vivo allá -señaló Fonchito el edificio de su casa-. Y lo veo a usted todas las mañanas mientras espero el ómnibus de mi colegio.
El anciano asintió, sonriendo:
-Apuesto que te gustaría saber qué hago aquí todas las mañanas y por qué miro el mar con tanta insistencia. ¿No es así?
Fonchito asintió, moviendo la cabeza varias veces.
-Vengo a ver si aparece el barco de los niños -dijo el señor, señalando el mar con una mano larga y delgadita, en la que se transparentaban unas venas azules.
Fonchito miró, pero en el mar no había barco alguno. Sólo la espuma de algunos tumbos mansos y un par de gaviotas blancas sobrevolando la superficie gris verdosa del agua. Era una mañana plomiza, sin sol, de cielo encapotado de nubes blancas y grisáceas.
-No veo ningún barco, señor -se atrevió a decir.
-Tú no lo ves porque no ha aparecido esta mañana, pero, si apareciera, probablemente tampoco lo verías. Yo, en cambio, lo veo como te estoy viendo a ti -afirmó el viejecillo sonriendo-. Porque no todas las personas merecen verlo. Cuando lo ves, es como si recibieras un premio por algo que has hecho. Un gran sacrificio, por ejemplo.
Fonchito volvió a mirar el mar. No, no había ningún barco, sólo un pequeño botecito de pescadores, meciéndose a lo lejos, en la dirección de las islas. ¿Estaría tomándole el pelo este señor? ¿O era tal vez uno de esos viejecitos decrépitos que ya no saben dónde están ni lo que dicen?
-Si quieres, te puedo contar la historia de ese barco -le oyó decir al anciano-. ¿Te gustaría?
-Claro que me gustaría -respondió Fonchito-. Pero, no tengo mucho tiempo, señor. Sólo hasta que llegue el ómnibus de mi colegio.
-Muy bien, entonces; hoy te contaré el principio; si mi cuento no te aburre, podemos seguir mañana -el anciano hizo una pausa y, antes de continuar, cerró los ojos como para remontarse en el tiempo hasta la época en que sucedió aquello que iba a contar-. Es una historia muy antigua. Comenzó en el siglo XII, figúrate. Hace nada menos que nueve siglos, allá en Europa. En esa época, la religión tenía una importancia tan grande que, sin exageración, se podría decir ocupaba la vida entera de los seres humanos. Hombres y mujeres vivían pendientes de Dios, del Diablo, del pecado y de la muerte.
Misas, retiros, procesiones y rezos ocupaban buena parte de sus días. La preocupación mayor de todo el mundo era saber si, al pasar a la otra vida, sería premiado con el cielo o castigado con el infierno. El mundo cristiano soñaba con rescatar Jerusalén y todos los lugares sagrados relacionados con la vida de Jesucristo que habían caído en poder del Islam. Así nacieron las Cruzadas, unas expediciones militares en las que miles de europeos se enrolaban para partir al Medio Oriente a tratar de arrebatar Jerusalén de manos de los moros. Ese era el ambiente en el que transcurre mi historia. De pronto, y casi al mismo tiempo, en distintos lugares de Europa, en Alemania, en Flandes, en Francia, en Saboya, en Italia, unos niños y niñas de tu edad decidieron imitar a los cruzados. Fue algo extraordinario. ¿Cómo se pusieron de acuerdo viviendo en países tan alejados unos de otros y hablando lenguas tan distintas? Nadie lo supo nunca y, por supuesto, se habló por todas partes de un milagro. Así era entonces. Todo lo inexplicable e incomprensible se atribuía a causas sobrenaturales. En este caso, no era para menos.
En esos tiempos las comunicaciones eran lentas y difíciles. Las gentes vivían incomunicadas. Y, sin embargo, un buen día y casi al mismo tiempo, cien, doscientos, trescientos, miles de niños y niñas, obedeciendo un súbito impulso, decidieron abandonar sus familias, huir de sus hogares y lanzarse a los campos para unirse también ellos a la reconquista de Jerusalén. A diferencia de los cruzados, que partían con escudos, caballos, lanzas, espadas, arcos, porras y toda clase de armas, estos niños querían realizar la hazaña de salvar la ciudad donde murió Cristo solo con sus cantos, súplicas y oraciones. Todos iban vestidos con unas túnicas blancas en las que llevaban bordada una cruz. Tenían en sus manos, también, unas toscas cruces de madera fabricadas por ellos mismos y unos bordones de pastores para abrirse paso en los difíciles senderos cubiertos de maleza y de alimañas. La Europa de entonces estaba llena de selvas, pobladas por animales salvajes, osos, leones, víboras y, además, infectadas por pandillas de bandoleros que desvalijaban a los viajeros. Nadie sabe cuántos de estos niños que querían ser cruzados murieron en esos bosques, destrozados por las fieras o víctimas de las enfermedades, del hambre y los bandidos.
-Lo siento mucho, señor, ahí llega mi ómnibus -lo interrumpió Fonchito, afligido-. Qué lástima que no pueda seguir oyendo su historia.
-No te preocupes -lo tranquilizó el anciano-. Seguiremos mañana, aquí mismo y a la misma hora. Y, si aparece el barco de los niños, tal vez tengas la suerte de verlo. Procura hacer algo que te gane ese privilegio. Adiós, joven amigo.
[Ilustraciones: Zuzanna Celej - fuente: www.lanacion.com.ar]

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