Por recomendación zurdesca, he decidido al fin introducirme en la filmografía de Fassbinder, por medio de su Chinesisches Roulette (La Ruleta China ), de 1976.
Impresiones. La película es verdaderamente gélida y teatral, casi dreyeriana en algunos momentos (con esos cruces de primeros planos -y de espejos-). Desde luego, bien poco tiene de mediterránea; todo se rumia interiormente, a escondidas (el espacio de la película también es todo el tiempo un interior), y los personajes se manifiestan parcamente, pero siempre afilados cual cuchillo de cocina noruego.
Me ha traído a la memoria algunas otras películas cuyo desarrollo parte de una reunión de burgueses terminales, especialmente a mi favorita de todas ellas, “La Grande Bouffe ” (que me reveló hace poco una sorprendente e inadvertida carga metafísica al revisarla, imprudentemente, tras un copioso banquete). También recuerda, claro está, a alguna que otra de Buñuel, tipo “El Discreto Encanto de la Burguesía ” o “El Ángel Exterminador”. No he visto ninguna otra película posterior a los setenta que utilice el pretexto de la reunión de burgueses con resultado inesperado; me pregunto si hay alguna. De todas formas se ven pocos burgueses ya en el cine.
La punta del iceberg se descubre al final; en ese sentido me ha recordado también a una novela bastante interesante de Sándor Márai –la única que me ha gustado de entre las suyas que he leído-, otro burgués, este suicidado a una edad ya muy avanzada. La novela se titula “El último encuentro”, y hay como un paralelismo entre el devastador diálogo de los protagonistas (dos viejos amigos heridos por los celos y el rencor), en el que explota al fin todo lo que se nos había estado anticipando, y el juego urdido por la pequeñaja para desquitarse con aquellos que la desprecian. Me encanta la mala hostia de la cría, acechando entre tirabuzones y muñecas siniestras y cuya cara me trae ecos de la Heather Matarazzo de las pelis del Solondz. Su institutriz (Macha Méril), una mudita de melena corta y muy sofisticada, me parece irresistiblemente sexy, y ya me llamó la atención en su fugaz aparición en “Belle de Jour”, donde hace el papel de amiga de Séverine. Como a Hitchcock, siempre me han puesto bastante las institutrices y similares porque dejan mucho espacio para el sueño.
A destacar también el "escritor", que deja adivinar todo un mundo de turbulencias (ese momento de duda con el chico de la gasolinera), y cuyo monólogo en la película anuncia una especie de nuevo orden en un loop corta-y-pega de otros autores.
Me ha gustado, vaya. Sí creo que algunos personajes adolecen de una cierta falta de desarrollo que, en este caso, merma un poco el desenlace final. No habrían sobrado unos cuantos minutos más (la película dura alrededor de 80), pero en cualquier caso es lo suficientemente magnética y enigmática como para pasar mi filtro anti-spam. Creo que seguiré explorando la obra de este Untergeher teutón.

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