Recelosos, obsesivos, casi místicos con sus bibliotecas personales, donde aparecen delimitadas sus afinidades literarias y marcas de autor: así se definen como lectores los escritores Alan Pauls y Hernán Ronsino, quienes intercambiaron apreciaciones sobre la lectura y la escritura en una charla realizada esta tarde en Tecnópolis en el marco del Segundo Encuentro Federal de la Palabra.
Por Julieta Grosso
"Cuando pienso en un libro que me gustó mucho, en algún texto que me ha marcado profundamente, no puedo dejar de pensarlo en el contexto y en las condiciones en las que lo leí. He leído mucho en colectivos, en trenes... Ese momento del viaje fue siempre fundamental para conectarme con la lectura", inició el diálogo el autor de "Lumbre".
"El contexto y las condiciones que hacen posibles la lectura son fundamentales. Esta instancia se da en los viajes cotidianos, pero también en los viajes largos. Me pasó con el libro 'Juntacadáveres', de Onetti. Lo tuve muchos años ahí sin poder leerlo y un día durante un viaje al sur logré pasar las cinco primeras páginas que leía siempre sin poder avanzar y así descubrí a un autor que me fascinó", evocó Ronsino.
A su lado, un expectante Pauls esperaba su turno para trazar su personal topografía literaria: " Me resulta muy difícil separar leer de escribir, porque cuando leo soy de los lectores que no leen si un lápiz en la mano. Creo que forma parte de la operación de leer anotar el libro que estoy leyendo y eso requiere estar sentado más o menos cómodo -definió-. Y por otro lado, para mí, el mejor lugar para leer es aquel en el que me sienta atrapado".
El autor de "Historia del pelo" ilustró su apreciación con una anécdota que tiene como protagonista a otro escritor, el autor de "Restos diurnos": "Recuerdo que una vez me encontró con Fogwill en la calle y me comentó 'En una semana voy a caer preso'. Yo le dije 'Uy, qué desastre! Por qué no te escapás? Y él me respondió '¿Estás loco? Si voy a estar preso tres meses, en ningún lugar voy a leer y escribir tanto como en la cárcel'", recordó.
"Me gusta mucho leer en la cama y en el transporte público, pero el lugar donde más gozo leyendo es en el avión, que es lo más parecido a estar en cana en el sentido de que no hay salida, no hay alternativa, y en ese momento esa butaca del avión funciona como esa cápsula que es la experiencia de lectura. Para mí el libro tiene que ver con el encapsulamiento, aunque después derive en un momento de apertura total", señaló Pauls.
La charla entre los dos escritores forma parte del ciclo "¿Cómo leen los escritores?", organizado por la Biblioteca Nacional, que se inició el sábado pasado en Tecnópolis, como parte de las actividades del Encuentro Federal de la Palabra y tiene entre sus convocados a autores como Martín Kohan, Selva Almada, Mariana Enríquez, Iosi Havilio, Florencia Abbate, Diego Erlan, Eduardo Sacheri, Gabriela Cabezón Cámara, Sergio Olguín y Félix Bruzzone, entre otros.
Para Pauls, pocas experiencias resultan inquietantes como la de la lectura: "Hay algo intolerable en esa especie de autoarquía total que tiene quien lee. Alguien que no necesita nada, que no requiere nada de nadie y que lo tiene todo. No es una huida pero sí una especie de atrincheramiento", sostuvo.
"De hecho, los momentos más interesantes de ese trance de leer son aquellos donde uno alza los ojos y conecta lo último que estaba leyendo con una imagen o con un sonido de una conversación que escucha. Esa especie de montaje que hace todo lector al levantar los ojos del libro es uno de los momentos más iluminadores. La lectura siempre es una inversión porosa que se vuelve radiactiva cuando se conecta con un accidente exterior", explicó.
"Hay que robarle retazos a ese momento del día donde hay que hacer otra cosa, ir construyendo espacios para que la lectura sea algo necesario y vital", indicó por su parte Ronsino.
La conversación derivó hacia la relación que cada uno entabla con su biblioteca, un territorio en el que ambos se mostraron recelosos hasta la obsesión: "Yo fui construyendo mi biblioteca de a poco, ya que no heredé casi ningún libro de mi familia -relató el autor de obras como "La descomposición" y "Glaxo"- . Soy bastante obsesivo con los libros, ni siquiera puedo regalar los que tengo repetidos y me cuesta mucho prestar".
"Fui armando la mayor parte de mi biblioteca a partir de un espacio que me fascina y que es el espacio de los libros usados. Allí se puede encontrar aquello que el mercado va echando al olvido... libros que circulan por fuera de la lógica de la novedad y la urgencia editorial -comentó Ronsino-. Me gusta que los libros hayan tenido una vida anterior, que estén marcados, fechados..."
Pauls reconoció que puede trabajar circunstancialmente lejos de su biblioteca, pero que debe superar antes una sensación de orfandad: "Siento que cuando escribo rodeado de los libros con los que armé la biblioteca hay como una especie de respaldo o árbol genealógico -reveló-. En general cuando presto un libro lo hago con la idea de que nunca me lo devuelvan. Siento que lo estoy donando, o sea que el destinatario de ese libro lo tiene que merecer",
La conversación sobre la composición de las bibliotecas confluyó en un intercambio sobre la manera de intervenir los textos -Ronsino asumió que tiene un sistema "caótico y azaroso" a la hora de marcar los tramos interesantes, en tanto que Pauls confesó que puede rastrear las edades en que leyó una obra a partir de los cambios que registra su caligrafía a través del tiempo- y más tarde el tema fueron las lecturas iniciáticas, decisivas para empujarlos a la escritura, pero no necesariamente perdurables a través del tiempo.
"El placer de la lectura lo descubrí de grande, pero a pesar del régimen escolar y de la lectura que durante mucho tiempo fue obligatoria, encontré en algunos libros ciertos chispazos que me provocaron el deseo de leer y de escribir. Uno de esos libros que me provocaron ese deseo fue 'Relato de un náufrago', de García Márquez, luego 'La metamorfosis' de Kafka, y más tarde algunas obras de Marguerite Duras y Samuel Beckett", recordó Ronsino.
"Creo que el cuerpo de un lector es esculpido en cierto sentido por todas las operaciones que hace cuando lee. Hay algo muy lindo también que tiene que ver con el modo en que un lector entra materialmente en el libro -apuntó Pauls-. El libro es muy significativo, además del texto que encierra. Cuando uno lee mucho el cuerpo se va poniendo en ciertas posturas que giran alrededor del objeto. El lector es como un caracol que se ensortija alrededor del libro".
"Yo empecé a leer a partir de la ciencia ficción, no necesariamente la mejor. Comencé a leer la colección Minotauro, donde estaba Bradbury. Los cuentos que escribía a los 12 o 13 años eran como escenas familiares trasplantadas al mundo galáctico de Bradbury. Si tengo que mencionar a los escritores a los que le debo mi pasión por escribir, por ahí no son los mejores", precisó.
Pauls, que entre sus lecturas fundacionales situó a la corriente rioplatense encarnada en Felisberto Hernández, Cortázar, Onetti, Arlt y Borges, postuló una singular teoría acerca de las lecturas nocivas: "Hay que saber apreciar las cosas que te hicieron daño cuando eras chico, cuando no podías defenderte de ellas. Los malos libros, la malas películas", disparó.
"Es muy importante para la formación de un escritor todo aquello que te hace daño. Por eso no hay que tener miedo cuando los niños agarran cualquier cosa para leer. Creo que hay que autorizar en ese sentido las lecturas que a los chicos no le corresponderían por edad, porque ésas son las que más te pegan a largo plazo", enumeró el autor de "El pasado".
"La lectura es una forma de mirar. Para escribir y para leer hay que sacarle punta a esa mirada, hay que entrenarla -analizó Ronsino-. A mí la escritura me lleva a leer de otra manera. En primera instancia, tratando de ver cómo está construido un texto. El proceso de escritura te lleva a ver los signos que se están dispersando sobre los textos, introduce otra mirada sobre la lectura, sin desvirturar el placer de leer".
Finalmente Pauls sostuvo que "leer es siempre articular una relación con otra cosa, con textos que nuevos o bien con los mismos que uno ya leyó pero que desplazados por el espacio-tiempo empiezan a decir cosas diferentes. Cada una de esas relaciones con la lectura conmueven, agitan y resquebrajan todos esos protocolos de lectura que uno fue acumulando por años".
"Siempre se es ingenuo como lector, en el sentido de que siempre hay una porción de desconocido o enigmático en esa relación que se establece con la materia escrita. Leer es una operación de invención muy fuerte", concluyó.
[Fuente: www.telam.com.ar]

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