terça-feira, 21 de outubro de 2014

Nueva obra, nuevas expectativas

Por Graciela Melgarejo

Si los apreciados miembros de la RAE y las Academias hermanas creyeron que con la aparición pública de la 23» edición del Diccionario de la lengua española iba a haber una fiesta de las palabras y todos contentos, se equivocaron un tanto. Bastó que la bonita edición cobrara vida ante los ojos de los reyes de España y del mundo entero, para que voces críticas levantaran el tono.
Es que a nadie le importan las penitas que seguramente, en los trece años que separaron a la edición 22» de la 23», hayan pasado los académicos. Muchos hispanohablantes habrán de lamentar la ausencia de alguna palabra (por ejemplo, aquellas a las que le dieron "de baja" por desusadas) y, también, la inclusión de otras (porque son españolismos y no los quieren aceptar, o porque son vulgares o porque son extranjerismos, etc.)
Sin embargo, esta discusión -que será eterna, y más si el español sigue creciendo como hasta ahora en número de hablantes y de lugares en donde se habla- es lo que mejor caracteriza a nuestro amado idioma. "¡Estamos vivos!", habría que gritar, alborozados. Vivos y discutidores, porque si algo hemos heredado de la Madre Patria es esa cualidad de discutidores, hasta intolerantes para con el parecer del otro.
Un diccionario lexicográfico es eso, un diccionario lexicográfico. Ni de dudas ni ideológico ni razonado ni parlante, aunque lo mejor sería tener un diccionario parlante. Una especie de aleph borgiano de la lengua, que nos respondiera, con amable voz electrónica, todas las dudas que tenemos y que estuviera a nuestro servicio en todo momento. Un robot, lo cual no está tan lejano. Pero aun así, ¿lo aceptaríamos los hablantes del español, llenos de bravura y desconfianza ibérica y latinoamericana?
El español es único por su historia. Muchos hispanohablantes reniegan de la Academia y desearían que nuestro idioma fuera como el inglés, es decir, sin reglas impuestas por una institución autorizada por decreto. Pero entonces no estaríamos frente a este fenómeno polifónico que es el español, y más todavía el actual español. Si ni siquiera hemos podido ponernos de acuerdo aún en llamarlo "español" o "castellano".
Todo pasa, y pasa muy rápido. También, el cumpleaños número 300 de la Real Academia Española. Mientras tanto, en algún lugar remoto del inmenso universo hispanohablante, un docente -solo y su alma, como están siempre los docentes frente a sus alumnos- tratará de explicar a los niños, por ejemplo, qué significa la palabra "esgunfio" y, para su sorpresa y si tiene a mano el Diccionario de americanismos, encontrará esta definición: "adj. UrAr, obsol. Cansado, aburrido. pop.". Sí, obsol. es 'obsoleto'. No hay acepción para el sustantivo esgunfio, pero sí entrada para esgunfiarse. Una duda razonable: ¿de veras es obsoleto el esgunfio hoy? ¿No sería un buen sinónimo para esplín, que sí está en el diccionario general?
En fin, como escribe el periodista cubano Josean Ramos en www.cafefuerte.com, aunque quizá "los académicos no saben de música" (http://bit.ly/1wo0q3J) y tampoco de esgunfios, hay que felicitarlos por un trabajo que, esperamos, tenga el buen destino que se merece. 
[Fuente: www.lanacion.com.ar]

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