quarta-feira, 14 de maio de 2014

Sefarad, Sefarad


Para la sociedad española, las ventajas prácticas del retorno de los sefardís serán palpables


Por Salvador Giner

Un real decreto dado desde la granadina Alhambra en 1492 -año en que las naves castellanas llegaban a las Indias occidentales, a la que más tarde se llamaría América, y durante el cual caía el último reducto musulmán de España- mandaba expulsar de nuestra tierra a cuantos judíos no se convirtieran al cristianismo. Desde la perspectiva de este siglo XXI, en que la noción de unos derechos humanos elementales exige unos mínimos de respeto y reconocimiento explícitos a cualquier comunidad religiosa, étnica o cultural, la decisión real fue una violación brutal de tales derechos. Vista desde un entendimiento riguroso del mundo de aquellos tiempos, en los que Europa se preparaba para uno de los peores episodios de su historia, el de las feroces guerras de religión que la ensangrentarían los dos siglos siguientes, la nefasta expulsión cobra otros tintes. Imposible de ser moralmente perdonada, no es posible asumir que la mentalidad ibérica de aquel tiempo -Portugal decretaría su expulsión poco más tarde- fuera muy distinta de la medieval en toda Europa.


INGLATERRA había expulsado a sus hebreos en 1290. Hubo que esperar tres siglos y medio para que el republicano Oliver Cromwell, los readmitiera en 1657. (En cambio, inspiró un verdadero genocio de católicos irlandeses). La expulsión inglesa, como la hispana, es igualmente imperdonable si desde hoy bien se mira. Y sin embargo, es como si el oprobio internacional, hoy, aunque más suavizado, cayera sobre nosostros e hiciera una extraña excepción con los británicos.
Me pregunto cómo explican los guías turísticos a los hebreos que visitan el call o judería de Girona o los restos del call barcelonés, las razones para que fueran desterrados sus correligionarios de la vieja Sefarad. Aquella España que cuenta entre sus grandes poetas castellanos medievales a Ydehuda Halevi, Ibn Gabirol y al rabino Sem Tob.
No es siempre posible juzgar los males morales del pasado con los argumentos éticos que finalmente hemos logrado apenas alcanzar en nuestros días. Solo hay un modo de enmendarlos: actuar para reparar, en la exigua medida de lo factible, el daño causado. Lo demás es palabrería. Ahora hay indicios de que el Gobierno está preparando legislación para conceder la nacionalidad a los actuales y dispersos judíos sefardís que la soliciten. Esta buena nueva viene a reforzar un camino emprendido por gobiernos anteriores, puesto que hoy los judíos sefardís moradores en España pueden solicitar la nacionalización a los dos años de residencia, y no a los 10, como se exige de otros extranjeros. La propuesta ahora en estudio es que la consigan, aunque no residan en el Reino de España, si la solicitan. Tendrán que demostrar que son sefardís, cosa fácil para la mayoría de los más de dos millones que hoy se declaran hijos de Sefarad. Y para los muchísimos de ellos que hablan el hermoso castellano de sus ancestros, el ladino.
Si algo hay seguro es que no se producirá un alud de compatriotas hebreos, puesto que la inmensa mayoría mora en diversos países, desde la India a las Américas. Muchas personalidades eminentes en todos los campos de la ciencia y las artes pertenecen a la diáspora hebrea hispana generada por el decreto de la Alhambra. (Algunos emulan la sabiduría del hebreo cordobés Maimónides o la del holandés Benito de Spinoza, pero como si fuera para probar que de todo hay en todas partes, recordemos que entre ellos hay un jefe de Gobierno autoritario, como es el caso del presidente Nicolás Maduro, en Venezuela). No se trata, pues, de supuestos aludes. Bastante tenemos con lo de Ceuta y Melilla, donde los asaltos a la verja de los desesperados suceden bajo la mirada cínica del Gobierno marroquí. Se trata de acoger a gentes cuyos antepasados no deberían jamás haber sido arrancados de su Sefarad nativa ni obligados por la fuerza a convertirse al cristianismo. ¿Cristianos eran los que forzaron a otros, con indecible crueldad, a dejar de ser ellos mismos?
Esperemos que la extensión de la nacionalidad española a los sefardís que la deseen anime a muchos al retorno a la que debería haber sido su patria. En tal caso las ventajas prácticas para nosotros, como sociedad, serían palpables, puesto que todo incremento en la diversidad cultural, económica y social de un país como éste será benificiosa. (Y no digamos para la ciencia: hay casi una docena de premios Nobel sefardís: cabe esperar razonablemente que cuanto mayor sea el tamaño de la comunidad hebrea en España, mayor será el nivel científico entre nosotros). Quienes loan hoy la bondad de la diversidad, el enriquecimiento que ella supone para la buena convivencia, tendrán ocasión de comprobar la realidad de su teoría. Los que vengais, bienvenidos seais a vuestra casa. Sefarad es vuestra.

[Fuente: www.elperiodico.com]

Sem comentários:

Enviar um comentário