Por Richard Webb
Director del Instituto del Perú de la USMP
El quechua es una lengua en peligro de extinción.
En un lapso históricamente corto ha pasado de ser la lengua mayoritaria
del país a ser el idioma de una pequeña minoría. En 1940, dos de cada
tres peruanos lo hablaban. Hoy, apenas quince por ciento de la población
dice haberlo aprendido en su niñez, y con seguridad muchos de ellos han
dejado de practicarlo de adultos.
Según la UNESCO, durante el siglo actual desaparecerá la mitad de las
siete mil lenguas que existen. Este proceso se aceleró durante el siglo
pasado, por efecto de la modernización, el desarrollo económico
y de la creciente globalización. Antes, la población mundial vivía
aislada por la dificultad del movimiento de un lugar a otro y el poco
contacto e intercambio protegía los idiomas. La actual masiva mortalidad
lingüística y cultural es un producto directo de la masificación del contacto humano.
Además de ser una herramienta práctica para la comunicación, el
idioma es el alma de una cultura, depositario de valores, modo de
racionalidad, historia, sentido de humor, y de las poesías de un pueblo.
En cada lengua quedan estampadas, como huella digital
e identificación, las idiosincrasias de un pueblo, las que
continuamente refuerzan el conjunto de creencias y valores que definen
su personalidad. La desaparición de una lengua es mucho más que la
pérdida o sustitución de un instrumento práctico, como sería la
desaparición de un sistema de teléfono
obsoleto, sino más comparable con la de una expresión humana. La
desaparición del quechua significaría la pérdida irrecuperable de una
gran parte de lo que ha sido la vida del pueblo peruano.
Ya en el Perú se considera que de más de trescientos idiomas que alguna vez
se usaron en el territorio, quedan unos noventa. De ellos, dieciséis
estarían al borde de la desaparición y otros treinta en problemas
inminentes. En toda probabilidad, el proceso de
desaparición se está acelerando por efecto de la continua urbanización y
del extraordinario avance de las comunicaciones en el territorio
peruano y con otros países. Pero entender el proceso es ponerse en los
zapatos de la típica familia quechuahablante, cuya empobrecida vida se
ha visto limitada a una pequeña comunidad humana. Es así que la ambición
largamente dominante de esa familia es la de permitir que sus hijos
puedan vivir en un mundo más amplio. Y, salir de ese hueco, en el que se
encuentran entrampados, significa hablar castellano. O inglés.
Los esfuerzos oficiales y de las ONG dedicadas a la protección de la cultura, que levantan la bandera del quechua y ensayan programas de educación
bilingüe, parecen condenados al fracaso por esa poderosa lógica del
quechuahablante. La antropóloga María Elena García documentó esa lógica
con gran claridad. Luego de asistir a una reunión organizada por
activistas de la educación bilingüe en una comunidad del Cusco, una
pareja de campesinos, los supuestos “beneficiarios” de la educación
bilingüe, explicaron por qué habían asistido: “Asistimos porque no
queríamos que nuestros hijos fueran a la escuela para aprender el
quechua. Si permitimos que eso suceda, nuestros hijos seguirán viviendo
en este país sin ser parte de él.”
[Fuente: www.elcomercio.pe]

Sem comentários:
Enviar um comentário