- La traductora al castellano de la novela sueca ‘Kallocaína’, premio Nacional de Traducción 2013, alerta de los riesgos que supone el creciente “rechazo a la cultura” en nuestro país
- “El espíritu crítico es la mejor arma para afrontar una crisis y formar ciudadanos libres”, sostiene la profesora y humanista andaluza
Por Miguel A. Ortega Lucas
Los límites entre la realidad y la ficción suelen
ser difusos; en ocasiones, una mera cuestión de perspectiva. Y, en el
caso de lo que llamamos los clásicos, a menudo sólo cabe esperar a
que la vida acabe imitando al arte, y no al contrario, para terminar de
cerrar ciertos círculos. Carmen Montes Cano, gaditana de Granada,
humanista y profesora de lengua y cultura suecas, ganó el pasado mes de
octubre el Premio Nacional a la Mejor Traducción 2013 por su versión en
castellano de Kallocaína [ed. Gallo
Nero, 2012]. Obra maestra de Karin Boye, escrita en 1939 tras el impacto
que supusieron para esta autora sueca sus visitas a la Unión Soviética y
a la Alemania en plena efervescencia nazi, la obra narra el delirio
totalitario de un Estado omnisciente, “como una metáfora de Dios”, en el
que todo el mundo es sospechoso de disidencia al tiempo que potencial
delator de sus amigos, de sus vecinos… de su familia.
Ironías: mientras Montes comienza a hablar de vigilancias, leyes de seguridad ciudadana
y atentados contra el sentido común, la camarera de la terraza en la
que se desarrolla esta entrevista nos interrumpe, medio avergonzada,
para advertirnos de que no se puede fumar (ha llegado una inspectora de
Sanidad), al estar echados tres de los toldos de plástico que protegen
del frío.
¿Qué es Kallocaína?
Kallocaína es una obra escrita nueve años antes del 1984 de
Orwell –y, en mi opinión, mejor que ésta–, de una prosa elegantísima,
que en cierta manera completa el mapa de las distopías literarias. Un
libro muy actual, que es lo que les sucede siempre a los clásicos; da
igual que sus autores lleven mil años muertos: siempre hablan de
nosotros. Está narrada en primera persona por Leo Kall, el hombre que
inventó un suero de la verdad (la Kallocaína) para ese Estado todopoderoso
que prohíbe hasta los sentimientos, por supuesto las diferencias
individuales, y por el cual vive y muere todo el mundo. Lo único que da
sentido a la vida de los ciudadanos es servir a ese Estado; una especie
de divinidad que vigila constantemente la posible traición. ¿En qué
consiste la traición? En que la gente sea como es. Es un círculo
vicioso, inane, que sólo tiene sentido en sí mismo. Kall inventa
ese suero como servicio al Estado para que afloren las dudas, los
sentimientos… Porque al principio él es muy buen conmílite
[neologismo que concibió Carmen para poder verter bien el sentido del
original]… hasta el punto de acabar inyectándole el suero a su mujer;
precisamente la que más parecía entregada a esa vida mecánica, pero que
acaba respondiendo con uno de los monólogos femeninos más
espectaculares, en mi opinión, de la historia de la literatura. Aunque
la novela está escrita con una distancia deliberada que hace aún más
escalofriante esa descripción de los totalitarismos de cualquier signo.
Antonio Gala, hace bastantes años, ya hablaba de este sistema como de “una organización que necesita esclavos para mantener a la propia organización que necesita esclavos…”.
No parece que esté tan lejos esa definición de lo que describe la
novela. ¿Percibe usted similitudes entre la obra y lo que estamos
viviendo?
Hay muchas similitudes, es verdad, entre eso y lo que pasa hoy. Una, muy sangrante, es que nos encontramos en la novela con un Estado que es el fruto del rechazo a la cultura:
en el mundo de la obra no hay literatura, ni música propiamente dichas,
porque está todo al servicio del Estado. Es sólo propaganda y rendir
cuentas de los éxitos de la maquinaria. Lo mismo con el cine: hay una
escena en que el protagonista se cuela en un cine –porque entra en una
crisis, claro, la novela cuenta ese tránsito de la más firme convicción
del personaje en la bondad del sistema hasta el deterioro y el derrumbe
final de esa visión– y cae, digamos, víctima de la lucidez… Porque en el
cine comprende que es exactamente igual, esa verborrea tremenda de los
políticos, muy adornada y perfectamente vacua… Se va pareciendo nuestro
mundo al de la novela, entre otras cosas, por la ignorancia : los habitantes no conocen su historia, porque está prohibido conocerla. Hay un mensaje claro de que sin saber de dónde venimos no podemos saber adónde vamos.
Sobre esa “verborrea” de la que habla: usted, que tiene al lenguaje
como instrumento fundamental de trabajo, ¿cree que esa demagogia
ambiental nos hace vivir como en el cuento del traje nuevo del
emperador, como si llamando a las cosas de otra forma nos fueran a
convencer de que son de otra forma?
Bueno,
eso sucede a todas horas, constantemente, y se llama corrección
política; algo que nos va a matar algún día, si no de otra cosa, de
aburrimiento… Y no pondré ningún ejemplo por no ofender a nadie… Pero es
efectivamente una manera hipócrita de construir el mundo,
sobre una base falsa. De hecho, se nos cae continuamente. Los
nacionalismos, por ejemplo, son otra manifestación de eso que también
aborda la novela. Diversos actos públicos del libro recuerdan a esa
simbología, a razonamientos decimonónicos que llevan a afirmaciones
ridículas y fundamentalistas… y a que el resto no pueda dar una opinión
distinta, en un sentido u otro, por miedo a que le tilden de retrógrado
recalcitrante: ésa es la perversión. La lengua se deteriora a pasos
agigantados porque no se la conoce, no se la valora y no se fomenta su
estudio ni su cultivo. Un borreguismo al que también contribuyen las redes sociales, a que se sustituya muchas veces la reacción superficial por la acción profunda
sobre los hechos (existe la falacia de que se puede conseguir la
información relevante a golpe de tecla, pero para eso, para buscar,
encontrar, seleccionar y utilizar bien el prodigio de información que
ofrece Internet, es imprescindible saber qué buscas y tener criterio).
Ser dueños de lo que pasa implica un esfuerzo, y no parece que estemos
dispuestos a realizarlo. Porque la honradez en estos casos, hablando o
actuando, es el único campo de acción.
Y la cultura, quizás…
Sí, pero es que eso que siempre se entendió como cultura general
está en peligro; eso que permite que, si no sabes de un tema, sientas
curiosidad por ese tema. La cultura general, o sea, la que debería
permitir a los estudiantes hablar en la misma conversación de los
filósofos presocráticos, de la dodecafonía, de las guerras napoleónicas,
del realismo mágico o del cálculo volumétrico. Cada vez estamos más
lejos de eso. A veces pienso que todo empezó con el desprestigio de la
memoria como herramienta intelectual (decía Aristóteles que el alma
humana se compone de memoria, entendimiento y voluntad), y con el
ostracismo y asesinato de las Humanidades. No descubro ningún
mediterráneo si digo que la enseñanza de hoy es un fracaso: por
un lado, se exige a los profesores un trabajo administrativo abrumador
que trata la labor docente como algo muerto; por otro (y esto es
gravísimo) hay mucha gente enseñando que no tiene vocación para ello. La
docencia no puede desligarse de la emoción; creo que hay que decirle al
alumno: “Mira, esto habla de ti”. Y eso pueden ser las
matemáticas, la física o un cuadro de Boticelli… Pero demasiados alumnos
de secundaria salen tranquilamente, y por la puerta grande, sin conocer
a nuestros clásicos, o la guerra de la Independencia (y a veces sin
ningún pudor de no conocerlo). Cuando la cultura, el espíritu crítico, es la mejor arma para afrontar una crisis y formar ciudadanos libres.
[Fuente: www.eldiario.es]

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