segunda-feira, 11 de novembro de 2013

Gigante con pies de papel

Por Antonio Ortuño


Uno de los problemas de ser lector consumado y tener amigos que viajan es que, a su regreso, en vez de traernos una maleta llena de libros interesantísimos nos torturan con historias sobre las librerías fabulosas que se toparon a lo largo de sus periplos. “Cuando vayas a Ámsterdam, no te olvides de acercarte a la calle Tulipanes Negros, que es la segunda (¿o la quinta?) pasando la Zona Roja, si vas desde el río. Allí, hay un turco que te vende una primera edición de Hemingway por lo que aquí te cuesta una cena”. O, peor: “En Buenos Aires, vete directo hacia el estadio del Boca Juniors. Por esas callecitas hay una tienda mínima, sin letreros ni escaparate, que atiende un señor de bigotes blancos, que tiene servilletas firmadas por Borges”.  

En Nueva York hay librerías de cuatro pisos; en Praga, estanterías de roble del siglo XII, en donde pareciera que todos los volúmenes fueran inéditos de Kafka. Y qué decir de Londres, paraíso de los bibliófilos, con una calle entera de especialistas en títulos raros, descontinuados, desaparecidos y hasta recobrados de los archivos de la KGB. Luego de escuchar relatos sobre lomos de cuero con el sello de un conde duque en sobredorado y páginas leídas en locales instalados en las ruinas de un castillo templario, un teatro griego o el interior de un autobús calcinado por los nazis, voltea uno y se topa con la oferta de libros de su ciudad como quien se sueña en brazos de la princesa encantada y despierta luego, en un vagón del tren ligero, recostado sobre el hombro de un policía bancario.  

Ahora bien: que uno se pase la vida perdiéndose una serie de paseos por santuarios del libro construidos en torno a un baobab milenario en el barrio de los brujos de Oporto o al pie de la sección más antigua de la Muralla China significa, la verdad, muy poco en términos de procesos intelectuales. Cualquier página de libros gratis en la red tiene más y mejores textos que los que uno pueda conseguir por millones de dólares en esos tendajones hermosos y redundantes. Confundir el fetichismo editorial con el interés por las letras sólo puede llevarlo a uno a la depresión o al patético deporte de pagar dos mil pesos por una primera edición de Paz encontrada en un bazar de Coyoacán y que se podría haber bajado de la web del FCE por cien pesos.  

Nadie niega la belleza de una buena edición ni el placer de encontrarla. Pero en un medio paupérrimo, como el mexicano (y el latinoamericano, en general), lo lógico será darle prioridad a la disponibilidad de títulos en red. El mayor surtido con las mayores facilidades de descarga y el menor precio posible para alcanzar la mayor circulación. ¿Que no todos tienen internet? Pues muchos menos van a las librerías. A estas alturas, todo editor que ignore eso está condenado. 

[Fuente: www.informador.com.mx]

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