Uno de los problemas de ser lector consumado y tener amigos que viajan
es que, a su regreso, en vez de traernos una maleta llena de libros
interesantísimos nos torturan con historias sobre las librerías
fabulosas que se toparon a lo largo de sus periplos. “Cuando vayas a
Ámsterdam, no te olvides de acercarte a la calle Tulipanes Negros, que
es la segunda (¿o la quinta?) pasando la Zona Roja, si vas desde el río.
Allí, hay un turco que te vende una primera edición de Hemingway por lo
que aquí te cuesta una cena”. O, peor: “En Buenos Aires, vete directo
hacia el estadio del Boca Juniors. Por esas callecitas hay una tienda
mínima, sin letreros ni escaparate, que atiende un señor de bigotes
blancos, que tiene servilletas firmadas por Borges”.
En Nueva York hay librerías de cuatro pisos; en Praga, estanterías de
roble del siglo XII, en donde pareciera que todos los volúmenes fueran
inéditos de Kafka. Y qué decir de Londres, paraíso de los bibliófilos,
con una calle entera de especialistas en títulos raros, descontinuados,
desaparecidos y hasta recobrados de los archivos de la KGB. Luego de
escuchar relatos sobre lomos de cuero con el sello de un conde duque en
sobredorado y páginas leídas en locales instalados en las ruinas de un
castillo templario, un teatro griego o el interior de un autobús
calcinado por los nazis, voltea uno y se topa con la oferta de libros de
su ciudad como quien se sueña en brazos de la princesa encantada y
despierta luego, en un vagón del tren ligero, recostado sobre el hombro
de un policía bancario.
Ahora bien: que uno se pase la vida perdiéndose una serie de paseos por
santuarios del libro construidos en torno a un baobab milenario en el
barrio de los brujos de Oporto o al pie de la sección más antigua de la
Muralla China significa, la verdad, muy poco en términos de procesos
intelectuales. Cualquier página de libros gratis en la red tiene más y
mejores textos que los que uno pueda conseguir por millones de dólares
en esos tendajones hermosos y redundantes. Confundir el fetichismo
editorial con el interés por las letras sólo puede llevarlo a uno a la
depresión o al patético deporte de pagar dos mil pesos por una primera
edición de Paz encontrada en un bazar de Coyoacán y que se podría haber
bajado de la web del FCE por cien pesos.
Nadie niega la belleza de una buena edición ni el placer de
encontrarla. Pero en un medio paupérrimo, como el mexicano (y el
latinoamericano, en general), lo lógico será darle prioridad a la
disponibilidad de títulos en red. El mayor surtido con las mayores
facilidades de descarga y el menor precio posible para alcanzar la mayor
circulación. ¿Que no todos tienen internet? Pues muchos menos van a las
librerías. A estas alturas, todo editor que ignore eso está condenado.
[Fuente: www.informador.com.mx]
Sem comentários:
Enviar um comentário