El bangladesí Ataur tenía 18 años cuando llegó a Estados
Unidos sin documentos, en 1991. Trabajaba en dos lugares a la vez y
ganaba unos 35 dólares diarios en total.
El chino Vincent ingresó a Estados
Unidos de forma clandestina en 2001. Sus condiciones laborales fueron
incluso peores que las que encontró Ataur 10 años antes. Trabajó en
varios restaurantes chinos, entre 60 y 70 horas semanales, por unos 300
dólares al mes, a un promedio de un dólar por hora.
Ambos pidieron ser identificados solamente con sus nombres de pila.
"En Nueva York, si uno va por la calle y
les pregunta a 10 personas, estoy seguro de que por lo menos cinco o
seis son indocumentadas", dijo Vincent a IPS, tomando un café en el
barrio chino de esta ciudad.
En Estados Unidos viven más de 11
millones de trabajadores indocumentados, y se estima que dos millones
de inmigrantes trabajan en Nueva York.
Son taxistas, trabajadoras domésticas,
empleados en restaurantes, en la construcción y en el comercio
minorista. Cobran menos de los 7,25 dólares por hora que constituyen el
salario mínimo en Nueva York, y a menudo padecen malos tratos de sus
empleadores.
Pero sus vidas pueden cambiar
drásticamente si la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprueba
el proyecto de ley de inmigración, al que el Senado dio luz verde a
fines de junio.
La iniciativa ofrece a los inmigrantes
indocumentados la posibilidad de tramitar la ciudadanía, pero también
refuerza la seguridad fronteriza y permite que las empresas revisen los
números de seguridad social de los trabajadores mediante un programa de
verificación electrónica.
El programa pondrá "a cada persona
indocumentada a un clic de distancia de que la notifiquen o la
deporten", según Monami Maulik, directora ejecutiva de Desis Rising Up and Moving (Drum),
una organización de inmigrantes de bajos ingresos procedentes de Asia
meridional, ubicada en Jackson Heights, Queens, y que cuenta con 2.000
integrantes.
"Nuestros miembros y muchos de otras
comunidades de inmigrantes están realmente desilusionados con esta ley.
Está resultando cada vez más represiva, con medidas más duras", dijo.
"La seguimos muy de cerca", añadió.
Después de los latinoamericanos, los sudasiáticos constituyen el mayor grupo de indocumentados en Nueva York, agregó.
Salarios robados, presión mental y temor
"Los empleadores tienden a decir: 'Te
contrato aunque seas ilegal, así deberías agradecer sin importar cuánto
te pague'", explicó Vincent a IPS.
Como hay tantas personas indocumentadas
dispuestas a trabajar a cambio de salarios extremadamente bajos, otros
trabajadores necesitados sienten la presión de aceptar las mismas
condiciones, independientemente de cuáles sean su estatus inmigratorio y
su nacionalidad.
La hermana de Ataur, Amana, llegó legalmente a Estados Unidos, pero igual cobró por debajo del salario mínimo durante ocho años.
La presión mental en el lugar de
trabajo también es enorme. "Cuando uno llega tarde, lo despiden. Cuando
uno está enfermo, lo despiden. Cuando uno se queja de algo, ellos
pueden despedirlo", dijo Vincent.
Maulik señaló a IPS que, "a menudo, los
patrones pasan una semana, o incluso meses, sin pagarles a sus
trabajadores. En una ocasión estuvieron un año sin pagar. Ellos hacen
cosas como retener los pasaportes (de los empleados) o amenazar con
llamar a Inmigración si reclaman los salarios" adeudados.
En 2009, Drum lanzó las "clínicas de
derechos de los trabajadores", instancias mensuales para ayudar a los
inmigrantes a reclamar los salarios robados y para crear conciencia
sobre sus propios derechos.
En una entrevista telefónica, la
bangladesí Sayma Jun relató a IPS cómo se las arregló para recuperar,
con la ayuda de Drum, 5.000 dólares que le debía su empleador anterior.
De modo similar, en 2008, Vincent,
junto con otros 35 compañeros de trabajo, presentaron una demanda
contra su patrón, en este caso con la ayuda de la Asociación de
Personal y Trabajadores Chinos (CSWA, por sus siglas en inglés), con
sede en el barrio chino de Nueva York.
Pero apenas presentaron la demanda, el
restaurante en el que trabajaban cerró. Reabrió sus puertas un tiempo
después, en un lugar diferente y bajo un nuevo nombre, estrategia
ampliamente utilizada por propietarios chinos para evitar demandas,
según Vincent.
"Según las leyes federales, esto no
debe ocurrir. Incluso los trabajadores indocumentados están protegidos
bajo las leyes laborales estadounidenses en lo relativo a un salario
mínimo", dijo Maulik a IPS.
Para iniciar una investigación en ese
vecindario sobre el respeto a los derechos de los trabajadores, el
Departamento de Trabajo necesita cierta cantidad de denuncias
individuales. Pero a menudo, los empleados son reticentes a presentarlas
por temor a que sus patrones tomen represalias y a que los deporten.
El esposo de Nadera Kashem, una
bangladesí que integra Drum, corre el riesgo de que lo deporten desde
que lo atraparon, el año pasado, durante un operativo policial en la
perfumería en la que trabajaba. Como no tenía documentos, lo enviaron a
un centro de detención de inmigrantes, donde permanece desde hace 17
meses.
En estos casos, "el empleador debe ser
castigado, pero eso siempre significa que el trabajador es el que
recibe el castigo", dijo Maulik.
En el plano local, son los policías
quienes hacen cumplir las normas de inmigración, y las organizaciones
de derechos de los inmigrantes suelen acusarlos de discriminación.
"El mayor temor de una persona
indocumentada es el oficial de policía local, porque es quien lo va a
detener, le pide su identificación y, posiblemente, lo deporte", señaló
Maulik.
En junio, el Concejo de la Ciudad de
Nueva York aprobó dos proyectos de la Ley de Seguridad Comunitaria que
establecen mecanismos de responsabilización para el Departamento de
Policía de esta importante urbe, y que permiten a los ciudadanos
presentar denuncias por mala conducta de sus oficiales.
Alentando a reclamar
"No vemos un futuro. ¿Por qué todavía
trabajamos como esclavos? Es por eso que organicé a mis compañeros de
trabajo. Queríamos mejorar las condiciones laborales, y no solo para
nosotros", dijo Vincent a IPS.
Antes de integrarse a la CSWA, explicó, ni siquiera sabía que existiera un salario mínimo o qué significaba "horas extra".
Kazi Fouzia, una activista comunitaria
nacida en Bangladesh que se unió a Drum en 2010, suele decirles a otros
trabajadores inmigrantes: "Organizarte te protege, nunca te mete en
problemas". Su objetivo es alentarlos a hablar y a plantear sus
reclamos.
Fouzia trabajaba en un comercio de
venta de "saris", en Jackson Heights, Queens. Su empleador tenía tres
locales. Un día le pidió que fuera a buscar algunas prendas al negocio
de enfrente. Mientras cruzaba la calle, un automóvil la atropelló y la
arrojó a casi cuatro metros de distancia.
Su empleador no le permitió llamar al
911 porque no tenía documentos. Sufrió múltiples fracturas en su
hombro, pero no tenía seguro, así que apenas le prescribieron unos
analgésicos. Al día siguiente, descubrió que la habían despedido.
[Foto: de la autora - fuente: www.uypress.net]
[Foto: de la autora - fuente: www.uypress.net]

Sem comentários:
Enviar um comentário