Muchas veces me han preguntado por qué los españoles dicen tal palabra y no tal otra. No hay respuesta única. Cada palabra tiene su historia y 360 millones de hablantes no van a coincidir en todo, así que en España se emplean muchas palabras distintas. Basta ver el léxico escolar: al tajador le dicen “sacapuntas”, al lapicero, “bolígrafo”, al borrador, “goma”, y a la goma, “pegamento”. Dicen “autobús” a los buses, “calcetines” a las medias, y “patatas” a las papas; “tarta” en lugar de torta, y “torta” en lugar de cachete, “cerillas” a los fósforos, “coche” al carro… Las jergas españolas son igual de abundantes: a la “chamba” se le dice “curro”, al “sobrado”, “chulo”, y “de qué vas”, al que se las da de listillo. Al “cargoso” le dicen “pesado”, y hablar demasiado es “dar la brasa”.
Cualquiera que viaje a España lidia con
esas equivalencias léxicas y muchas más, lo hizo el puneño Juan
Bustamante, quien en su relato “Viaje al viejo mundo” (1845) pondera las
mujeres de la ciudad de Vitoria, en la provincia de Álava, de “muy
guapas, como dicen por bonitas”.
Lo curioso es que no existe un
diccionario de españolismos, como sí ya hay de americanismos, los de
Augusto Malaret (1925), Francisco de Santa María (1942-43), Marcos A.
Morínigo (1966) y Alejandro Neves (1973). El 2010 se presentó el
monumental Diccionario de Americanismos, de la Asociación de Academias
de la Lengua Española, para el que se empleó una década de trabajo
conjunto, haciendo un repertorio lo más completo posible y más preciso
también en información sociolingüística y la pragmática, para saber
incluso a qué grupo social pertenece un término dado y qué piensa una
comunidad con respecto al prestigio o vulgaridad o grosería de la
palabra. “Era una vergüenza para los hispanoamericanos que nos dedicamos
a estas cosas que no hubiese un gran diccionario del español de
América”, reconocía el puertorriqueño, cuando sumaban casi 150
diccionarios los que abarcaban por separado algún país o zona de
América, hasta obtener un corpus definitivo de 60 mil entradas y más de
200 mil acepciones.
¿Por qué no hay un diccionario de
españolismos? ¿No tienen vergüenza los españoles? Está claro que no.
Podríamos argüir que España tuvo mejores y más tempranas escuelas de
lingüística, o ahí se interesan más (en los últimos tiempos) por los
regionalismos que por presentarse como un bloque unitario en el mundo
hispánico, o que los hispanoamericanos no se habían preocupado demasiado
de las palabras de los peninsulares, pues salvo excepciones como
Bustamante, hubo que esperar a las últimas décadas para tener una
migración importante de americanos a España.
Pero en verdad la razón es otra, y es
que el Diccionario que la Real Academia Española respalda desde su
primera edición, en 1726-1739, por más que desde fines del XIX vuelva a
marcar o incorporar acepciones o palabras americanas, siempre fue un
diccionario de españolismos, en el que estos, simplemente, no reciben
marca alguna. Y así, “vereda” es definido como camino angosto o senda
pastoril (acepción que es común a todos) y solo en penúltimo lugar como
“acera de una calle o plaza”, con la marca geográfica de que así se dice
solo en Sudamérica. Lo que falta para que sea de verdad un patrimonio
de todos es que en la entrada de “acera” ponga como significado “vereda o
andén de una calle o plaza” y ponga como marca “España”, pues en este
lado del castellano tal término es tan desconocido como eso de
“bolígrafos” y “sacapuntas”.
Carlos Arrizabalaga Lizárraga
[Fuente: www.castellanoactual.com]

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