Si reflexionamos sobre el poder de la palabra, podemos pensar que sí se puede lastimar sin derramar sangre.
Por Agustina Boldrini
“Guarango”, en Argentina y en Uruguay, es un adjetivo que significa grosero.
En el Nuevo diccionario de americanismos e indigenismos, Marcos Morínigo señala que la etimología de esta palabra tiene raíces en el vocablo quichua uarancca,
“capitán de mil hombres de guerra”. Este término definía a aquellos
indios que, tras la destrucción del imperio incaico, se habían puesto al
servicio de los conquistadores españoles y, para satisfacerlos, eran
terriblemente crueles con sus pares.
Guaranga es la expresión del
presidente uruguayo, José Mujica, quien durante un acto oficial,
mientras los micrófonos de la transmisión televisiva estaban abiertos,
dijo: “Esta vieja es peor que el tuerto”, en alusión a Cristina
Fernández y a Néstor Kirchner; además, tildó de “terca” a la mandataria
argentina.
Sin sangre. “Creo que el insulto logra arrancarte un pedazo de carne”, sostiene el periodista mejicano Héctor Anaya en su libro El inteligente arte de insultar. Asimismo, enlaza esta idea con El mercader de Venecia, de William Shakespeare.
Este
libro nos cuenta la historia de un veneciano noble, llamado Bassanio,
que ha gastado toda su fortuna y que quiere enamorar a la acaudalada
heredera Porcia. Con este propósito, este joven le pide dinero a su
amigo Antonio, un rico mercader. En ese momento, Antonio no cuenta con
la plata porque la tiene invertida en sus barcos. Sin embargo, en el
afán de ayudarlo, le solicita un préstamo a Shylock, un personaje muy
usurero.
Shylock le da el dinero y no acepta poner intereses
económicos, sino que establece que, si en el plazo fijado, Antonio no
hace la devolución, tendrá que pagar con una libra de su propia carne.
Llegado
el momento, todo se complica y la plata no aparece; entonces, Shylock
exige en la Justicia que se cumpla lo pactado. Porcia se disfraza de
abogado y en la defensa alega que el pagaré no concede una gota de
sangre; sólo una libra de carne.
En el relato de Shakespeare, esto es imposible y la historia se resuelve a favor del mercader.
Ahora bien, si reflexionamos sobre el poder de la palabra, podemos pensar que sí se puede lastimar sin derramar sangre.
“Hablar
es, ante todo, analizar. Este análisis implica una facultad selectiva”,
dice el doctor en Filosofía y Letras Martín Alonso. Del universo de
términos existentes, los hablantes elegimos aquellos que reflejan
nuestro pensamiento. Así de fácil. Con esta actividad, pedimos,
halagamos, agradecemos, herimos.
Las heridas que se hacen con las
palabras no derraman ni una gota de sangre, muchas veces son invisibles a
los ojos de los demás, pero la cicatriz es tan marcada que no se
olvida.
La ofensa del mandatario del país vecino a la presidenta
argentina es un agravio sin altura, es una guarangada y, lo que es peor,
no tiene intención alguna de crítica constructiva.
[Fuente: www.lavoz.com.ar]
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