Publicado por Josep Lapidario
Me fascinan los músicos que experimentan epifanías religiosas: Nina Hagen pasando del hinduísmo y la ufología al cristianismo, Bob Dylan actuando ante el Papa, Jimmy Page y su pasión por el ocultismo crowleyano, etcétera. El caso de Nick Cave
es algo peculiar: en sus años caóticos de juventud postpunk, drogas y
pinta demoníaca, leía el Antiguo Testamento, atrapado por las sangrientas
historias que le sirvieron de inspiración para sus primeras letras.
Pero a partir de los veintipocos, le impresionó profundamente el Nuevo
Testamento, con su mensaje de perdón y redención, y empezó a añadir
detalles espirituales a sus canciones, a veces explícitamente, como en
la magnífica Foi na cruz. Por suerte, Cave no es proselitista ni
pertenece a ninguna religión organizada: simplemente incluye una
dimensión, digamos, mística en sus letras, traten de asesinatos,
muertes, sexo o enamoramientos.
Pues bien: la tesis que defenderé en esta reseña es que Push the sky away, el muy esperado último disco de Nick Cave and the Bad Seeds,
es uno de los mejores de toda su larga carrera, y en él se alcanza al
fin un equilibrio entre la divinidad iracunda del Antiguo Testamento y
la espiritualidad más amable del Nuevo. Y todo ello sin referencias
directas a la religión, sino explorando qué puede haber de místico en el
sexo, en la femineidad, en la naturaleza, en la juventud… Es un disco
de melodías bellísimas y letras sorprendentemente crueles; como un
guante de seda forjado en hierro, que diría Daniel Clowes.
Está repleto de referencias femeninas y acuáticas: sirenas, playas,
océanos, barcos pesqueros (incluyendo el Mary Stanford, que volcó
matando a muchos pescadores, glups): los fans de Cave ya sabemos que el
mar es hermoso y peligroso a la vez desde The Weeping song.
Tuve la suerte inmensa de asistir, Jot Down
mediante, a uno de los conciertos de presentación del disco, el
celebrado en el Her Majesty’s Theatre de Londres el pasado 10 de
febrero… Reseñando este concierto, uno de los mejores que he visto en mi
vida, espero transmitir qué tiene de especial este Push the sky away y por qué deberíais salir en tromba a comprarlo.
Primera parte: aparta el cielo a empujones
Al
salir Cave al escenario, con su elegante traje a medida, me fijo en que
va completamente afeitado y elevo una rápida plegaria de agradecimiento
por la desaparición del bigote de fontanero italiano. Le acompañan en
el escenario los Bad Seeds, un quinteto de cuerdas, dos coristas, un
coro infantil completo y más de cien elefantes. La expectación es
máxima. Nick carraspea y comenta que en la primera parte del concierto
tocarán las canciones nuevas en el mismo orden que en el disco, porque
“tienen una cierta narrativa”.
Las
canciones de Cave funcionan fantásticamente en directo, especialmente
cuando el concierto es en recintos pequeños con buena acústica: de
hecho, uno de los muchos motivos por los que Mick Harvey
se largó de los Bad Seeds fue por estar harto de arreglos musicales
poco sutiles pensados para estadios de fútbol. La interpretación de We No Who U R,
más rápida y enérgica que en el disco y con un final más abrupto, marca
la pauta del concierto. El tema es un buen ejemplo del equilibrismo
conceptual del disco: música de flauta etérea e hipnótica para acompañar
una letra amenazadora y desasosegante en un entorno natural macabro (el
bosque espectral del videoclip de Gaspar Noé). La naturaleza es hermosa pero cruel: sabemos quién eres, sabemos dónde vives y no hay ninguna necesidad de perdonar, así que cuidadín.
Con Wide Lovely Eyes uno tiene la impresión de que Cave está enviando un guiño a su esposa Susie Bick,
que aparece desnuda en la fabulosa portada del disco… Quizá es un
espejismo del directo, pero le noto al estribillo un cierto aire a Ring of Fire, lo que no sería extraño teniendo en cuenta las corrientes subterráneas de inspiración y admiración mutua entre Johnny Cash y Nick Cave. Ya aparecieron las primeras versiones más guitarreras de esta canción antes de que saliera el disco a la venta…
Al interpretar Water’s Edge, Cave adopta el tono grave, narrativo y malvado que le sienta como
anillo al dedo, dándole un aire de predicador que me recuerda a sus lecturas grabadas de And the ass saw the angel.
La canción habla de adolescentes rurales deslumbrados por los trucos
eróticos de las despiertas chicas de ciudad, y oscila entre una cierta
ternura y una incómoda sensación de catástrofe inminente. Y este choque
de trenes se contempla desde fuera, mientras la vejez se acerca, “and you grow cold and you grow old”…
Jubilee Street es una canción extraña, mi favorita del disco: ya he perdido la cuenta de cuántas veces he visto el videoclip dirigido por John Hillcoat.
Al primer vistazo parece una historia corriente: un personaje público
enamorado de una prostituta ve destruida su vida al ser expuesto. Lo
interesante en el contexto del disco empieza después, cuando solo y
abandonado en una habitación vacía, iluminado por el Sol, el pobre
hombre muta, brilla, se transforma, vuela.”¡Mírame ahora!”, grita, libre
tras perderlo todo. Algunos han dicho ya que el videoclip da una idea
romántica de la prostitución… Tonterías: la muestra como algo a la vez
sórdido y sagrado. En un fotograma bellísimo del vídeo, el actor Ray Winstone
se postra a los pies de la prostituta-diosa, adorándola entre sollozos.
“Yo soy la primera y la última, soy la amada y la odiada, soy la
prostituta y la santa”, se lee en el Nag Hammadi: es este fuego sagrado el que destruye y transforma.
En el concierto, Cave convierte Jubilee Street
en el corazón de la velada. A partir de la mitad de la canción el grupo
empieza a acelerarla, de forma primero muy sutil y cada vez más
evidente: un crescendo aprovechando la naturaleza rítmica y repetitiva del loop
del estribillo para lanzar un trance demente y explosivo. El clímax de
la transformación se alarga varios potentísimos minutos, con Cave
aporreando los cascabeles y gritando “Look at me now!” una y otra
vez… Este inacabable y enérgico paroxismo es lo más parecido a un
orgasmo musical que he experimentado en la vida, lo que convierte el
resto del concierto en un relajado cigarrillo poscoito.
Y como omne animal post coitum triste, resulta apropiado continuar con la tranquilidad melancólica de Mermaids, en la que un desencantado protagonista, que bien podría ser Bunny Munro,
contempla a las jóvenes sirenas que van y vienen más allá de su
alcance. Creo en Dios y también en las sirenas, por qué no: de nuevo la
femineidad y la juventud, atributos de lo divino, esta vez inalcanzables.
“Año tras año me vuelvo más y más triste”, sentencia un Cave pelín
sarcástico, antes de seguir con We Real Cool, una canción sencilla de la que me gusta especialmente el final, con un toque de campana directamente salido de Do you love me? o Red right hand. Me pregunto si Cave tituló así la canción por este poema de Gwendolyn Brooks: en cualquier caso, el aire ominoso de la poesía combina con los versos exasperados y admonitorios de Cave. La posterior Finishing Jubilee Street
es el único tema del concierto con el que no conecto, a pesar de tener
buenos ingredientes: un estribillo pegadizo bien acompañado por el coro
infantil y una letra sugerente y metanarrativa, con Cave hablando
indirectamente de su proceso de creación.
Parece por un momento que a Cave le dé pereza lanzarse con Higgs Boson Blues (“it’s annoyingly long”,
murmura antes de empezar), pero la acaba bordando con lánguido
entusiasmo. Este magnífico blues confuso y alucinado, que mezcla a la
partícula de Dios con Hanna Montana llorando con los delfines y Robert Johnson luchando por su alma contra el diablo, pertenece al muy caveano registro de las larguísimas canciones cuasi recitativas como More news from nowhere o The Carny.
Y
así llegamos a la canción que da nombre al disco, la que ata los cabos
sueltos y lo lleva hacia su conclusión lógica. ¿Cuál es esa “narrativa”
que Nick ha incluido en el disco y por la que toca las canciones en un
determinado orden? Las miguitas de pan que ha ido soltando Cave en cada
canción se corresponden a sus ideas de qué es realmente importante en el
mar de la trivialidad cotidiana: lo trascendente, lo espiritual, lo
divino. La naturaleza (We No Who U R), el amor (Wide Lovely Eyes, We Real Cool), la femineidad (Jubilee Street), la juventud (Mermaids), el sexo (Water’s Edge), el sueño (Finishing Jubilee Street), la ciencia (Higgs Boson Blues)… Y en Push the Sky Away no solo encuentra la trascendencia en la música (“And some people / Say it’s just rock’n roll / Oh, but it gets you / Right down to your soul”), sino
que culmina el proceso con un empujón: “aparta el cielo de un
empellón”, haz lo que consideres importante, independientemente de lo que
oigas, lo que te digan tus amigos, de lo que creas que ya has
conseguido. En cuanto a ti, Nick: sigue, sigue, sigue empujando, sigue
sacando discos en los que haces siempre lo que te da la gana, sigue
componiendo, aunque se largue Blixa Bargeld, aunque Mick Harvey huya
dando un portazo, aunque te enervemos los periodistas y los críticos,
aunque creas que ya has dicho lo que tenías que decir.
En el concierto, Push the sky away arranca con un “look at me now!” no presente en la letra original, una autorreferencia a la canción hermana Jubilee Street, la de la transformación y la mutación. Y continúa con una rapture, una ascensión a los cielos como la que se menciona en Mermaids, una hipnótica plegaria laica acompañada por el repetitivo loop electrónico de Warren Ellis (“el disco es un bebé fantasmal en la incubadora y los loops de Warren su diminuto y tembloroso latido”, dijo Cave). El cielo se abre, sale el Sol (“the sun, the sun, the sun is rising…”) y ya podríamos, al fin, morir en paz.
Segunda parte: acribilla al diablo a balazos
Pero
no morimos, sino que empieza la segunda parte del concierto y se desata
el infierno: la fuerza bruta y desgarradora de la ochentera From Her to Eternity. Ellis se abalanza sobre el quinteto de cuerdas y lo dirige con gestos tremebundos, como un Herbert von Karajan puesto de speed
y anfetaminas. Los violines suenan graves y apocalípticos. Cave aúlla,
gime, salta y se retuerce. Se le ve cómodo con este tema: sabe cuándo
dirigirse al público y cuándo ensimismarse con el aire de romántico
torturado y psicópata que la canción requiere. Terminado este pequeño
clímax, Cave se quita la chaqueta de su traje a medida. “¡Sácate la
camisa!”, le grita una chica desde el público; Nick sonríe y contesta
señalando al coro: “por favor, que hay niños delante… Más tarde”… Y
arranca con Red Right Hand, la demoníaca canción semirrecitativa que ha aparecido en Hellboy, Scream, Expediente X
y quién sabe dónde más. Esta vez añadió una variante que no recuerdo
haber oído en otras ocasiones: Warren Ellis improvisando con la flauta.
Los típicos pelmazos del público que gritan pidiendo canciones obtienen una lapidaria respuesta de Nick: “We could do all that, but we’re not going to”. Y al apagarse las risas, empieza O Children, también conocida (en fin) como “la de Harry Potter”. “Are you ready, kids?”, pregunta Nick dirigiéndose al coro… “YESSSSS!”,
responde una mujer del público. Y es que a esas alturas del concierto
somos ya niños ilusionados en la noche de Reyes, cada uno esperando que
su canción favorita sea la siguiente. Y para muchos así es, ya que le
toca el turno a The Ship Song,
que apostaría un brazo a que ha formado parte de la banda sonora de
unas cuantas bodas. Al coro infantil solo le falta revolotear alrededor
del piano, como en este famoso y algo kitsch videoclip con un Cave más desconcertado que paternal.
Ya con los niños fuera del escenario, llega el momento de los asesinatos y ejecuciones: Jack the Ripper y Deanna. Un frenesí de energía maligna con el barbudo Ellis haciendo headbanging
y tocando el violín como si fuera un banjo: he ahí una imagen que
costará borrar de mi cabeza. El esfuerzo debe dejarlos agotados, ya que
continúan con un calmo interludio: las delicadas Your funeral… My trial y Love letter.
Estamos ya preparados para despedir el concierto con una canción
fetiche, que puede tocarse de mil maneras similares y cada una con su
propia personalidad, como los pitufos: The mercy seat.
El condenado a muerte que medita sobre lo que está a punto de ocurrir
elige esta vez una desesperación apresurada, maligna y rapidísima a la
que hubiera debido prestar más atención… Pero estoy demasiado ocupado
pensando argumentos para estamparle en la cara a un amigo que sostiene absurdamente desde hace años que la versión de Johnny Cash es mejor que la original.
Falta el estúpido trámite de aplaudir hasta que la banda salga a tocar un último tema: Stagger Lee,
en una interpretación llena de matices y variaciones, a pesar de su
estructura rítmica sencilla. En uno de los versos se dice: “you can suck my dick!”
(chúpame el rabo), frase que Cave aúlla haciendo una pausa involuntaria
y quedándose pierniabierto ante el público… Pose acogida con una
femenina carcajada nerviosa, probablemente de la misma chica que le
había pedido antes que se quitara la camisa. Qué diablos, a esas alturas
de un concierto tan magnífico, yo mismo le hubiera hecho un favor a
Nick.
El
otro momento hilarante del bis llega hacia el final, cuando Cave olvida
completamente la letra de la canción, disculpándose entre risas y
empezando a improvisar. En teoría un tal Billy Dilly tenía que entrar
por la puerta del bar en que Stagger Lee asesina impunemente, pero
gracias a la mala memoria de Nick, quien abre la puerta es el diablo: “Here comes the devil / with the tail in his hand / Here comes the devil / ‘I’ve come to take you down’, he says”
(aquí llega el demonio con su cola en la mano, y dice “he venido a
derrotarte”)… Pero Stagger Lee le llena la cabeza de plomo. Una variante
surreal y simbólicamente apropiada: al acabar la primera parte del
concierto, Nick Cave subió a los cielos; al terminar la segunda, asesina
al diablo a balazos.
Le doy vueltas a esta idea al salir a las lluviosas calles de Londres, mientras tarareo el estribillo de una Jubilee Street
llamada a convertirse en un clásico de los Bad Seeds. Tan flipado estoy
con el concierto (solo hubiera podido mejorar con alguna canción de Dig, Lazarus, Dig! o The Boatman’s Call)
que no me doy cuenta de que he bajado las escaleras del metro y llegado
hasta el andén con el paraguas aún abierto sobre mi cabeza: un demente
fugado de un cuadro de Magritte. Termino pues esta crónica
preguntándome por qué no salí volando con el paraguas abierto, como una
Mary Poppins con barba, empujado hacia los cielos por la música a la vez
espiritual y malvada del mejor disco de Nick Cave en muchos años.
[Fuente: www.jotdown.es]


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