El feminismo, como cualquier doctrina, es una moneda con dos caras: la
de la teoría y la cruz de la práctica. Tras dos siglos ya largos, en el mundo
occidental, de profundas reflexiones sobre esta corriente de pensamiento, la
teoría del feminismo debía estar ya muy clara. No obstante, no es así, como
vamos a ver enseguida. Por ejemplo, la Real Academia Española, que, desde su
fundación, ha sido y sigue siendo alérgica a la práctica del feminismo, lo ha
definido en su Diccionario con palabras, en la primera acepción de esta voz,
muy poco afortunadas: "Doctrina social favorable a la mujer, a quien
concede capacidad y derechos reservados antes a los hombres". Un adjetivo
tan poco feliz como favorable, que viene de favor, y una frase de esta misma
índole caballeresca a la antigua usanza -concede capacidad - invalidan esta
definición. Una doctrina no tiene poder de conceder capacidad a nadie: la mujer
tiene, previamente, capacidad y, luego, la doctrina, ya sea feminista o
antifeminista, reconoce o niega esta capacidad. La segunda acepción de esta voz
en el Diccionario sí puede suscribirse: "Movimiento que exige para las
mujeres iguales derechos que para los hombres".
Como creo que es de la mayor necesidad aclarar el concepto de
feminismo, para que hagamos un buen uso de este término, y luego intentemos
llevar la teoría a la práctica, sin alejarnos, de momento, de la sombra, con
estirado chicle, de la Academia, veamos esta definición de feminismo que muchas
alumnas y alumnos de bachillerato leerán en el manual Lengua y literatura
castellana. Bachillerato 2 (Anaya, 2000), firmado por Fernando Lázaro Carreter,
ex director de la Real Academia Española: "Movimiento, hoy muy pujante,
que comenzó en América y Europa a fines de siglo XVIII, y cuyo objetivo es
conseguir la igualdad política, social, cultural y económica con los hombres,
cuyo predominio a lo largo de la historia ha sido absoluto y, muchas veces,
abusivo".
No hay aquí espacio para analizar a fondo esta definición, que podemos
dar como relativamente aceptable, aunque la igualdad económica es mencionada en
cuarto lugar, incluso después de la igualdad cultural (los subrayados son
míos), pues, a los ya 101 años dálmatas del nacimiento de Brecht, sigue todavía
muy vigente el brechtiano "el pan, primero, la moral después",
sentencia que obliga a situar la economía por delante de la política, de la
sociedad y de la cultura. En un régimen político salvajemente antifeminista -y,
por desgracia, hay muchos: sin ir muy lejos históricamente, el mismo régimen
preconstitucional de la España anterior a 1978- es obvio que una mujer con
independencia económica tiene un nivel de libertades muy superior al de una
mujer económicamente dependiente.
Pero reparemos en una errata de la mencionada definición, o despiste
inconsciente de su autor, que, cuando se habla de la mujer, ese ser
históricamente invisible, suele ser bastante frecuente. Como el norteamericano
de la célebre película de Gavras, la mujer, una vez más, está missing en la
definición de feminismo de este manual de bachillerato: o ha desaparecido por
arte de la fantástica Paz Padilla en el programa televisivo Ala... Dina.
Reléase despacio este texto: "... la igualdad política, social, cultural y
económica con los hombres, cuyo predominio...". Detrás de económica
debería decir, inexcusablemente, de la mujer, incluso en este caso en que a la
definición preceden las palabras "el feminismo, movimiento... " que,
al menos, ayudan a que el texto no sea confuso. Sólo un mal lector se
confundirá y podrá pensar que aquí no se habla de los derechos de la mujer,
sino de los derechos de una nave espacial, de una zanahoria o de una cabra.
El análisis de voces como feminismo y, como vamos a ver, del
sustantivo y adjetivo feminista revela lo que ocurre en la crudísima realidad:
aunque los derechos de la mujer van ganando, día a día, batallas, que durante
muchos siglos fueron batallas no ya perdidas, sino ni siquiera entabladas, la
implicación de los varones en la lucha por la igualdad de derechos de los dos
sexos es todavía muy superficial, como bien demuestran las estadísticas sobre
su participación en los trabajos domésticos, crianza de los hijos y, sobre
todo, de atención de familiares enfermos, eventualidad en la que el olfato del
varón para escabullirse es de auténtico ornitorrinco. Salvo las excepciones,
que nunca cuentan, un varón no cuida a un familiar enfermo ni aunque su mujer
le ate la polla a la pata de la cama del paciente.
Esta inhibición de tantos varones en la práctica de la igualdad de
derechos para los dos sexos queda patente en el uso actual de la voz feminista,
un sustantivo y adjetivo de género común -el feminista, la feminista:
partidario/a del feminismo- que se utiliza, casi exclusivamente, para referirse
a mujeres: "Lidia Falcón es feminista", "las feministas han
declarado...". ¿Por qué, si decimos "los cervantistas, los turistas,
los marmolistas..., que engloba a los dos géneros, no decimos los feministas
sino las feministas? Por una simple razón: porque el varón, sin duda, ha
estudiado con fervor a Cervantes, ha viajado muchísimo, ha tallado con
exquisitez todo tipo de mármoles... pero, ay, hay que insistir en lo mismo, a
la hora de poner en práctica el feminismo, ni siquiera con su miembro más
querido amarrado a la pata de una cama ha sido capaz de darle un último sorbo
de agua a un familiar agonizante.
Una expresión como los feministas -e incluso los feministas españoles-
sólo aparece en algún que otro manual de feminismo. Por ejemplo, en la
excelente Antología del feminismo (Alianza Editorial), de Amalia Martín-Gamero:
"Intencionadamente no se ha hecho un capítulo aparte con los feministas
españoles (y conviene señalar, llegado este punto, que, de no especificarse, el
empleo del masculino incluye a personas de uno y otro sexo)...". Es, pues,
feminista cualquier persona partidaria de la igualdad de derechos y deberes
para los dos sexos. Y, en este terreno, los partidarios de la desigualdad son
obcecadas alimañas de bellota que -lo sepan o no- llevan injertado un
dictadorzuelo en la entrepierna. El feminismo es, simplemente, la democracia
llevada a sus últimas consecuencias. ¿Se puede decir "soy un poco
demócrata" sin hacer el ridículo? Pues tampoco se puede decir "soy
algo feminista". Se es feminista o antifeminista, como se es demócrata o
antidemócrata.
Por Ramón Irigoyen
[Fuente: www.elpais.com]
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