sábado, 10 de março de 2012

"Esperamos más Drexler en Costa Rica, por lo menos cada año bisiesto"

El músico Manuel Monestel reseña el concierto de Jorge Drexler ofrecido este 29 de febrero en el Teatro Melico Salazar.


Manuel Monestel

En el día bisiesto del año 12 del siglo 21, el teatro Melico Salazar se impregnó de música, de lírica y de luces, elementos que combinados con pertinencia, creatividad y buen gusto, generaron un espectáculo de primera línea.

Estamos hablando de Jorge Drexler, el cancionista (como a él le gusta que le llamen) de uruguayo origen, que nos transmitió por un espacio de dos horas una serie de canciones de su autoría a través de las cuales muestra su sapiencia y su tino para componer letras y músicas.

Con extraordinaria actualidad los contenidos de sus canciones expresan temáticas que se mueven desde lo social y político hasta lo sensual y sentimental.

Una combinación equilibrada y sobria de elementos tradicionales con contemporáneos, le da a la propuesta escénica una frescura necesaria en un mundo de repeticiones constantes de esquemas y fórmulas agotadas y desgastadas. Una iluminación creativa sirve de marco visual a la misma.

Los instrumentos propios de la tecnología moderna de la música electrónica alternando con tradicionales como el ukelele o el serrucho ejecutado con arco de violín, le dan al espectáculo una variedad de matices sonoros y tímbricos que oxigenan el ambiente escénico. Por otra parte, la manipulación de tres tipos de guitarra por el mismo Drexler, eléctrica, acústica folk de cuerdas metálicas y la clásica guitarra española de cuerdas de nylon, provocan climas sonoros que favorecen la fluidez y el movimiento en escena.

Drexler carga un bagaje de conocimiento y sabiduría musical combinada con una fuerte herencia cultural que, en su caso oscila entre Sampayo y Zitarrosa hasta Eduardo Mateo, Fernando Cabrera y Leo Masliah, en el plano uruguayo y luego Cartola, Los Beatles y Leonard Cohen, en el plano internacional.

Hombre sobrio, simpático y cortés que logra trascender con su canción la estandarización y los vicios de la trova actual, que repitiendo esquemas ya conocidos no logra alcanzar la fuerza original del oficio de trovador.

Su ojo crítico y su afán indagatorio le permiten ver más allá de la nebulosa cortina comercial y conservadora del ámbito cultural de Costa Rica, para descubrir y valorar talentos de nuestra música nacional como Walter Ferguson, Lenkí o Ulises Grant, en sus composiciones y ejecuciones del calypso criollo.

El público que se hizo presente escuchó, sin ser consciente en muchos casos, una serie de formas musicales del repertorio hispanoamericano como habaneras, zambas cono sureñas, aires de milonga, sambas y bosas, coexistiendo con rasgueos y acordes del folk y el rock del hemisferio norte. Una sabia combinación de formas de acompañamiento musical que sirvieron de plataforma a formas lingüístico-poéticas que señalan la gran cultura general del autor, que sin problema pasaba de métricas que evocaban sonetos, décimas y otras formas de poesía hasta otras que nos recuerdan nuestras tradicionales retahílas o retajilas, seguramente y de alguna forma antecedentes del moderno rap. La improvisación de canciones para comunicarse con el público infundieron gracia y buen humor y hasta funcionaron para lograr la adecuada atención de un público, que en buena medida no entendía el carácter de la propuesta y no propiciaba el clima necesario para poder apreciar en todo su esplendor lo musical y los textos de las canciones.

Además del talento de Drexler, es justo señalar su equipo de trabajo formado por individuos creativos, innovadores y simpáticos.

El bisiesto nos trató muy bien, esperamos más Drexler en Costa Rica, por lo menos cada año bisiesto, sino antes.


[Fuente: www.redcultura.com]

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