En «Un mal salvaje», Coetzee y Siccardi lanzan una tremenda acusación en contra de los procesos de colonización y la expansión amparada en la ideología del progreso
Escrito por Fernando García Ramírez
¿Es el racismo algo connatural al
ser humano o se trata de una construcción cultural para justificar el abuso?
Podemos suponer que los miembros de un grupo humano primitivo distinguían a los
suyos de los de otros grupos. Se sabían diferentes a ellos, quizá mejores. Se
defendían, si los invadían, acababan con ellos. Los seres humanos salieron de
África y se dispersaron por la tierra. Los distintos lugares que los acogieron
determinaron sus características físicas. Pelearon entre sí por los recursos
escasos. Más tarde lucharon entre sí por sus creencias. Unos grupos invadían a
otros para arrebatarles sus posesiones. Cada grupo humano se creía superior a
los otros, por sus dioses o por sus armas. Mucho más tarde por el color de su
piel.
Los seres humanos siempre han
combatido a los diferentes. Forma parte de su naturaleza. Lo que es una
construcción cultural es lo contrario: la fraternidad, la cooperación, el amor
al prójimo, la solidaridad, la empatía, el cosmopolitismo.
El genocidio (actos
cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo
nacional, étnico, racial o religioso) no es un fenómeno nuevo en la historia
humana. Los israelitas intentaron exterminar a los cananeos siguiendo órdenes
divinas. La gran Atenas conquistó y ejecutó a la población masculina de Melos
de acuerdo a la lógica de “el fuerte hace lo que puede y el débil sufre lo que
debe”. Roma aniquiló a los cartagineses. Hay teorías que indican que los
neandertales fueron perseguidos y eliminados por los homo sapiens. Hasta
nuestros días prevalece esa tentación destructiva. Recientemente, el hombre más
poderoso de la tierra amenazó con acabar con una civilización entera.
La conciencia del horror que
representa el genocidio es reciente. J. M. Coetzee afirma que el clima
intelectual cambió cuando los alemanes fueron obligados a visitar los campos de
concentración y las escenas recogidas en estos se exhibieron en documentales
que detallaban la barbarie nazi. Por vez primera los europeos pudieron ver las
consecuencias de un genocidio. En 1945 nació la conciencia de este crimen de
lesa humanidad. Dos años después, en 1947, ocurrieron dos hechos
trascendentales. El primero, la creación del Estado de Israel, un Estado que
nació con el Holocausto (un genocidio) como mito fundacional. El segundo fue el
establecimiento, en el marco de la ONU, de la Convención para la Prevención y
la Sanción del Delito de Genocidio. La idea era clara: no se volvería a
tolerar que se persiguiera a un grupo minoritario por motivos étnicos,
racionales o religiosos. Lo cual no quiere decir que se hayan acabado los
genocidios.
Lo anterior viene a cuento por la
aparición de Un mal salvaje, de J.M. Coetzee y F.M.
Siccardi, en el cual abordan diferentes acciones genocidas –en la Patagonia, en
Sudáfrica, en Namibia y en Australia– como resultado de la expansión colonial
y, en el caso de Argentina, del establecimiento de su Estado nacional.
Este cambio de sensibilidad en
nuestra época ha arrojado una extensa y densa sombra sobre el pasado de algunas
naciones y sus procesos coloniales. Actualmente puede decirse que se ha
extendido y es mayoritaria una visión crítica sobre el colonialismo y sus
excesos. Vivimos, señala Coetzee, un momento de inversión fundamental de cómo
pensábamos nuestro pasado, y de la relación de nuestro pasado con nuestro
presente. Se ha vuelto urgente encontrar respuestas adecuadas a preguntas
básicas: ¿cómo pudimos hacer eso?, ¿cómo pudimos tolerar que pasara?, ¿qué
podemos hacer para enmendarlo? Podemos decir, claro, que no se puede hacer
nada, que ya pasó mucho tiempo. Por eso Coetzee recuerda a Faulkner, quien
escribió: “El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado”. Siguen
ocurriendo en nuestros días genocidios y masacres. No han desaparecido, ni hay
señales de que en el futuro desaparezcan, los prejuicios raciales.
Un mal salvaje está compuesto por cuatro
ensayos de Coetzee (dos sobre Sudáfrica: Karoo y El Cabo; uno sobre Namibia y
otro sobre Australia), dos de Siccardi (sobre la Pampa y la Patagonia), un
diálogo entre ambos y un breve texto de colofón escrito al alimón. El libro,
como todos los de Coetzee, deja un regusto amargo, pero sin quejas, crítico y
autocrítico. Reconoce la dificultad de tratar el tema de la crueldad de los
colonizadores sudafricanos porque estos fueron sus antepasados y él de alguna
manera fue beneficiario del bienestar producto de la colonización.
A diferencia de lo que expone
Siccardi sobre Argentina, los textos de Coetzee están sembrados de dudas. ¿Qué
derecho tengo de juzgar estos hechos? ¿Puedo juzgar el pasado con los puntos de
vista del presente? ¿No les corresponde a las víctimas buscar justicia y no a
mí? A pesar de sus dudas, Coetzee es claro en su condena. Claro y durísimo,
como suele ser Coetzee, que gusta de escarbar en las heridas. Respecto a la
crueldad de sus ancestros, “me encuentro en una posición moral y
psicológicamente conflictiva”. No me identifico con ellos, dice. Se tiende a
romantizar a los san y a los khoi, los grupos aborígenes exterminados por los
colonizadores sudafricanos. Se les ve como “una rama mejor, más sencilla y más
bella de la humanidad”. No vivían en un tiempo histórico sino mítico. Su
desaparición, señala Coetzee, “me provoca una tristeza profunda”. Cuando piensa
que sus ancestros destruyeron esas culturas, “no siento más que repulsión”. “No
puedo comprenderlos”. “No puedo perdonarlos”. “Los veo como personas malvadas.
Los veo como agentes del demonio”.
Y no es para menos. Coetzee detalla
el proceso de colonización en Sudáfrica. Los primeros europeos en el Cabo no
llegaron a asentarse. Crearon en principio un centro de abastecimiento para los
barcos que viajaban a la India. Con el tiempo fue creciendo el asentamiento.
Arribaron colonos holandeses. Comenzaron a criar vacas y ovejas. Para el
pastoreo de los animales fueron expandiéndose, invadiendo y apropiándose de la
tierra de los aborígenes. Comenzaron los conflictos. Crearon escuadrones de la
muerte para aniquilar a las tribus. En el siglo XIX llegaron los colonos
ingleses. Debido a la Revolución industrial la demanda de lana creció
exponencialmente. Los ingleses prohibieron la esclavitud en la colonia, por lo
que a los hombres los mataban mientras que a las mujeres las empleaban de
sirvientas y a los niños los destinaban como apoyo en las estancias. Coetzee
señala que estas dos políticas, el exterminio directo y la separación de
mujeres y niños (para integrarlos a “la civilización”), tenían el mismo efecto
genocida: la extinción de las poblaciones de aborígenes. A los hombres, a
balazos. A las mujeres y niños, mediante la segregación, al mantenerlos lejos
de los hombres cancelaban la posible descendencia. El rifle y la cruz fueron
instrumentos del genocidio. Amparados en la ideología del progreso,
exterminaron a pueblos enteros.
Un proceso semejante al que ocurrió
en Sudáfrica en el siglo XVII se vivió en Namibia (a manos de colonos alemanes)
y en Australia (a manos de los británicos) en el siglo XIX. Los aborígenes
morían por efecto de las balas, por las enfermedades europeas, por el alcohol
que los colonizadores inducían, el hambre o la desesperación. En suma, “por la
decisión tomada en Inglaterra de plantar la bandera británica y abrir nuevos
terrenos a la colonización”.
Presenta muchas similitudes el genocidio en Australia, Namibia y Sudáfrica con el que se llevó a cabo a
finales del siglo XIX en la Patagonia, obra del gobierno argentino presidido
por Julio A. Roca. Los políticos argentinos suelen decir que “los mexicanos
descienden de los aztecas y los argentinos, de los barcos”. Como si a la
llegada de los migrantes europeos no hubiera cientos de miles de aborígenes
locales. Borges mismo, que por momentos no disimula su racismo, dice que no
había mucha población en la pampa. Lo cierto es que sí había. A lo largo del
siglo XIX los migrantes europeos que se habían asentado al norte de Buenos
Aires llegaron a varios acuerdos de convivencia y comercio con los indígenas
que vivían al sur. Juan Manuel Rosas firmó varios tratados con ellos de
cooperación, seguridad y convivencia. Pero a finales del siglo XIX todo cambió.
Los acuerdos fueron traicionados. El presidente Roca planteó entonces “la
solución final al problema de los indios”. Inició propiamente el genocidio de
los aborígenes, con el fin de apoderarse de gigantescas extensiones de tierra
que prácticamente duplicaron el tamaño del país.
Las conclusiones a las que llega
Siccardi son terribles. Para “blanquear” al país, el gobierno argentino cometió
genocidio contra los aborígenes patagónicos. A cambio de apoyo financiero para
su movimiento político, Roca cedió enormes extensiones de tierras a los
terratenientes para que estos pudieran aumentar su capacidad agrícola
(Argentina se convirtió en “el granero del mundo”) y ganadera (surtió de carne
a Europa durante la Primera Guerra Mundial). A principios del siglo XX,
Argentina fue uno de los países más ricos del mundo, lo que no se dice es que
esa riqueza estaba cimentada en el genocidio de sus aborígenes. Aún hoy hay
quien niega esa herencia indígena, a pesar de que pervive en la genética
argentina.
El proceso que refiere Siccardi es
atroz. La ocupación argentina de la pampa produjo matanzas, violaciones,
saqueos, internamientos en campos de concentración, servidumbre involuntaria de
mujeres y niños, invisibilización de la parte indígena “bajo la ficción de una
Argentina blanca, sin indios”.
Todo proceso de colonización es
violento por naturaleza. A un territorio ocupado por decenas o cientos de miles
de indígenas originarios llega un grupo humano de otro continente, se apropia
de los territorios, masacra a los hombres y esclaviza a las mujeres y a los
niños. Antes de hacerlo, los deshumaniza. A través de la literatura, las artes
y la prensa los reduce a una condición de salvajes. “Siempre es más fácil
cometer crímenes de lesa humanidad en contra de víctimas que han sido
despojadas de su condición humana”, señala Siccardi.
Un mal salvaje contiene una tremenda
acusación en contra de los procesos de colonización y en contra de la expansión
amparada en la ideología del progreso. Detallan Coetzee y Siccardi crímenes de
una oscuridad insondable.
Coetzee, en uno de los mejores
momentos de este libro, ensaya una especie de debate imaginario entre él y los
perpetradores del genocidio contra los aborígenes sudafricanos. “Los actos que
a ustedes en el siglo XXI les parecen terribles a nosotros en el siglo XIX nos
parecían distintos”, le dicen. A lo que Coetzee les responde: “La moral no es
relativa. Cuando mataron a hombres desarmados, cuando violaron a sus mujeres y
esclavizaron a sus hijos, sabían que estaban cometiendo un crimen”. Y le
contestan: “Éramos la vanguardia de un movimiento de la civilización
occidental, debíamos colonizar el desierto, volverlo productivo, tienes que
comprender, ser empático”.
Un mal salvaje es un libro polémico, por momentos muy difícil de leer por las atrocidades que cuenta. Abre muchas
interrogantes. Plantea muchas discusiones morales que se podrían tener sobre
México, por ejemplo. Coetzee se niega a ser juez. Pero no puede perdonar a los
suyos, a sus ancestros.
En Sudáfrica hace décadas un partido de hombres negros ganó democráticamente las elecciones y ahora mismo detenta el
poder. Se celebraron juicios y se emitieron condenas. Alemania pidió perdón por
las atrocidades que cometió en Namibia. Luego del derrumbe de la dictadura, la
Constitución argentina reconoce ahora el derecho de los pueblos originarios. En
Australia se reconoció recientemente el genocidio de los aborígenes pero no
pasó nada, no hubo ningún tipo de reparación del daño.
“El pasado nunca está
muerto”, escribió Faulkner. Un mal salvaje conecta
los traumas del pasado con problemas vigentes del presente: la discriminación,
la marginación y el racismo. El pasado ni siquiera es pasado.~~
[Fuente: www.letraslibres.com]





