En las elecciones alemanas de 2025, el partido socialista Die Linke cerró
filas, desafió los pronósticos que auguraban su desaparición y duplicó su
militancia. Sin embargo, los preparativos para el congreso partidario
demuestran que muchos de los cuadros más antiguos siguen aferrados a los peores
vicios de la izquierda alemana.
Die Linke es una fuerza opositora
clave en Alemania, pero se encuentra muy rezagada frente al avance de la
extrema derecha. Frenar el crecimiento de Alternativa para Alemania requiere
llegar a nuevos votantes y no limitarse a disputar el espacio ya consolidado.
Escrito por Loren
Balhorn
Traducción:
Natalia López
Hace casi dos
años que Jan van Aken e Ines Schwerdtner —exeditora de la edición alemana de Jacobin— asumieron la copresidencia del partido de
izquierda de Alemania Die Linke.
La dupla obtuvo una amplia mayoría en el congreso del partido en octubre de
2024, lo que posiblemente reflejaba menos un apoyo universal que la situación
desesperada del partido en ese momento. Con una intención de voto estancada en
torno al 3% y la formación rupturista Alianza Sahra Wagenknecht (BSW) aparentemente lista para dejar al
partido fuera del parlamento, nadie más parecía dispuesto a aceptar el cargo.
Cuando pocas semanas después se anunciaron elecciones anticipadas, su destino
parecía sellado.
Hoy, de cara
al congreso de Die Linke de
este fin de semana en Potsdam, las cosas no podrían parecer más diferentes. Con
un renovado énfasis en el populismo económico, una comunicación en redes
sociales enormemente mejorada y una agresiva campaña puerta a puerta, el
partido desafió las expectativas en las elecciones federales de febrero de 2025
al recuperar varios bastiones tanto históricos como nuevos, al tiempo que
duplicó con creces su número de afiliados. Su camada de dirigentes jóvenes y
carismáticos, como Heidi Reichinnek y Schwerdtner, se convirtieron en figuras
destacadas en internet, ayudando a consolidar al partido como la fuerza más
popular entre los votantes jóvenes.
Este giro
representa un rayo de esperanza en un clima político que, por lo demás, es
sombrío, tal como lo refleja el eslogan «organizar la esperanza». Pero la
esperanza solo te lleva hasta cierto punto. Aunque Die Linke sigue rondando el 11% (lo que no es un
logro menor para un partido que estaba en su lecho de muerte hace dos años), en
las recientes elecciones estatales no logró superar el umbral del 5%, lo que
supuso su primer revés electoral desde los comicios federales y un alarmante
recordatorio de su seguidilla de derrotas en el oeste de Alemania a principios
de la década de 2010. Por si fuera poco, aunque los socialdemócratas (SPD)
siguen perdiendo apoyo tras sumarse a otro gobierno encabezado por los
demócrata-cristianos (CDU), su declive solo ha servido para catapultar a la
extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD) al primer puesto en la
mayoría de las encuestas nacionales.
Sin embargo,
si Die
Linke se está estancando,
lo hace en un nivel considerablemente más alto que antes. A pesar de ello, tras
un año de paz interna, surgieron varias voces que se oponen de hecho a
Schwerdtner, quien se postula a la reelección junto al diputado Luigi Pantisano
luego de que van Aken retirara su candidatura por motivos de salud. Las
críticas van desde una retórica supuestamente simplista o presuntos errores en
política exterior hasta acusaciones más amplias de estar consolidando una
estructura verticalista que pasa por encima del debate democrático. Aunque
provienen de distintos sectores, los críticos tienen algo en común: ninguno
presenta una alternativa integral, algo que se simboliza en la ausencia de
candidatos opositores para el congreso de este fin de semana. Entonces, ¿a qué
viene tanto revuelo?
A mitad de
camino con Jan van Aken
No se puede
negar que el camino que Die Linke emprendió
a finales de 2024 —centrado en campañas activas sobre temas sensibles como el
control de los alquileres y un renovado enfoque en la construcción de la
organización partidaria desde las bases— ha dado resultados. Un enfoque
implacable en el costo de vida y el uso hábil de las redes sociales (a veces
criticado por ser unidimensional) han instalado al partido como una piedra en
el zapato para el gobierno y le han permitido adueñarse de esa agenda. El
despliegue de campañas de agitación puerta a puerta tras las elecciones,
también enfocadas en la economía familiar, ha ayudado a orientar la actividad
local hacia afuera, aunque posiblemente a costa de una formación política que
se necesita con urgencia.
Tampoco hay
duda de que, como resultado, el partido está cambiando. A los ojos de algunos
de sus seguidores más entusiastas, la afluencia de nuevos militantes significa
que Die
Linke ha sido «refundado
de hecho», haciendo que su potencial para convertirse en un partido de masas
sea más palpable que nunca. Sin embargo, detractores como la diputada de Berlín
Katalin Gennburg critican lo que consideran una «revolución cultural desde
arriba» y advierten contra un «dogmatismo estrecho e ideologización a expensas
de una organización de masas renovada y rejuvenecida».
La presencia
de miles de activistas jóvenes, politizados en su mayoría no en la izquierda
tradicional sino en movimientos de protesta (o en TikTok), ha cambiado el tono
de los debates en torno a temas como Palestina o el cambio climático. La vieja
guardia, representada en la campaña del año pasado por los tres Silverlocks («mechones de plata», llamados así por sus
canas) Gregor Gysi, Dietmar Bartsch y Bodo Ramelow, ya no goza de la misma
deferencia por parte de los miembros. Esto es especialmente evidente en la
política exterior, donde el enfoque pragmático del partido en el este del país
choca fuertemente con el antiimperialismo de fuerte carga moral que comparten
muchos de los nuevos militantes.
Más arriba en
la estructura, sin embargo, persiste una mayor continuidad. En lugar de un
golpe de palacio, la elección de Schwerdtner y van Aken representó un verdadero
esfuerzo de equipo, posiblemente el primero en años. Fue gracias a la
estrategia de la nueva copresidencia que la suerte del partido mejoró, pero
todos pudieron adjudicarse parte del mérito. Aunque solo dos de los Silverlocks ganaron en sus distritos, sus rostros
estuvieron fuertemente asociados a la campaña. Los centros de poder existentes
dentro del partido se integraron en la medida de lo posible, lo que sirvió
tanto para cooptarlos como para darles el oxígeno necesario para sostener
futuras disputas internas. Además, como en cualquier aparato político, la
mayoría de los cuadros a tiempo completo son empleados asalariados con
contratos permanentes, lo que significa que se mantienen de una gestión a otra.
Por lo tanto,
aunque Die
Linke se ha vuelto más
dinámico, estructuralmente —y también en términos de personal— es en gran
medida el mismo partido de hace dos años. Esto parece estar volviéndose ahora
en contra de la nueva dirección. Si el partido hubiera tenido menos éxito el
año pasado, el éxodo de cargos electos que comenzó en 2023 probablemente habría
continuado, dándoles una página en blanco más limpia para remodelarlo a su
imagen y semejanza. En cambio, con la supervivencia del partido ahora
asegurada, parece que a más de un funcionario le gustaría volver a la
normalidad de siempre. A medida que sectores del aparato del partido se
resisten a los cambios (bastante modestos) de la dirección y temen perder más
influencia en el futuro, levantan obstáculos de forma desordenada para
frenarlos, al tiempo que se cuidan de no parecer opuestos a las transformaciones
positivas que ya se han producido.
Vino viejo
en botellas nuevas
Debido a esta
renuencia a mostrarse abiertamente opositores, resulta difícil analizar cuáles
son exactamente las críticas de la oposición a la conducción actual. Sin
embargo, empezó a desarrollarse un relato, expresado en términos
particularmente duros por figuras como la mencionada Gennburg, que culpa a la
dirección de Schwerdtner de importar una cultura centralista que prioriza la
disciplina organizativa por sobre las tradiciones supuestamente más pluralistas
de Die
Linke. Sus modelos de conducta
más citados, el Partido Comunista de Austria (KPÖ) y el Partido del Trabajo de
Bélgica (PTB/PVDA), son vistos con sospecha y tildados de reduccionistas
económicos con inclinación al eslogan populista. La Izquierda Democrática, una
nueva corriente surgida del ala pragmática tradicional del partido, va más allá
y se burla de «una retórica en la que el término ‘clase’ es meramente una
palabra clave para el fundamentalismo y la remasculinización».
En términos
prácticos, las críticas suelen converger en torno al puerta a puerta a gran
escala que se desplegó sucesivamente en la campaña del año pasado y que desde
entonces se integró en el trabajo cotidiano. Nadie niega su papel en la
recuperación del partido, pero insisten en que no se puede limitar la actividad
a golpear puertas. En el acto de lanzamiento de una nueva corriente llamada morgen:rot (Amanecer Rojo), armada con los restos del
ya desaparecido movimiento Movement Left,
uno de los miembros fundadores explicó que el partido no puede limitarse a
tocar puertas, sino que realmente tiene que escuchar. Los diputados
recientemente electos Jan Köstering y Donata Vogtschmidt señalan en la revista
para miembros del partido, Links bewegt,
que «el desparramo puerta a puerta es un método y no todavía una estrategia
política», una afirmación con la que pocos estarían en desacuerdo. «La puerta
no puede ser solo un espacio de movilización», explican, «sino el punto de
partida de la estrategia política».
¿En qué consiste entonces esa estrategia? Ahí es
donde las cosas empiezan a ponerse difusas. Según Köstering y Vogtschmidt, «Un
partido de izquierda… no puede limitarse a formular eslóganes», sino que «debe
tener en todo momento un valor agregado para la gente. Debe ser útil en el
mejor de los sentidos: como un espacio de solidaridad, una herramienta de
autoempoderamiento político, un baluarte contra la atomización, un contrapoder
organizado y una ayuda práctica en la vida cotidiana». La explicación no se
vuelve mucho más concreta que eso, pero en última instancia esboza una práctica
política que parece más o menos limitada a la actividad parlamentaria y a los
horarios de atención al ciudadano.
Así, mientras
critica a la conducción actual por copiar ideas de otros partidos de izquierda,
lo único que ofrece la oposición es lo que el partido viene haciendo desde los
últimos veinte años: un poco de todo sin prioridades claras, todo en nombre del
«pluralismo». El problema es que precisamente ese pluralismo es el que erosionó
la base del partido durante la última década. Se puede ver en Brandeburgo,
donde tras dos mandatos en el gobierno Die Linke ya
no tiene representación en el parlamento, o en Berlín, donde solo los años en
la oposición y un giro hacia el trabajo con otros movimientos sociales le
permitieron salir adelante. Incluso en Turingia, que a menudo se presenta como
un modelo de éxito, Bodo Ramelow gobernó el estado durante diez años con cierto
éxito, pero la actividad del partido terminó completamente marchita al final de
su mandato.
Sin embargo,
este pobre balance no aparece en absoluto en el debate actual. En su lugar,
intelectuales del ala pragmática, como Benjamin-Immanuel Hoff, argumentan en
contra de la visión de un «partido de cuadros de izquierda», contraponiéndola a
la de un «partido popular socialista», cuyos contornos son tan vagos que uno
podría proyectar prácticamente cualquier cosa en él, excepto, obviamente, un
partido de cuadros. En cuanto a los horizontes a mediano plazo, Jan
Schlemermeyer, de la Izquierda Democrática, plantea el objetivo de formar un
gobierno de centroizquierda. Que Die Linke ya
haya hecho campaña con ese tema en 2021 con resultados desastrosos no se
menciona, ni tampoco se nos dice por qué funcionaría mejor esta vez.
La dirección,
por su parte, también esquiva la crítica abierta, presumiblemente para ganarse
a la mayor parte posible del partido. Esto significa que no se produce una
disputa realmente abierta sobre la estrategia correcta. En su lugar, los
debates se llevan a cabo en forma de ataques indirectos desde los márgenes, lo
que quizás se traduzca en algunos compromisos más sobre la redacción de los
documentos en el congreso.
Partido y Parlamento
Lo que
realmente está en juego en el congreso de este fin de semana se ilustra mejor,
tal vez, en lo que ha resultado ser el debate más polarizante: la propuesta de
poner un tope a los sueldos de los parlamentarios. Schwerdtner y van Aken
predicaron con el ejemplo y anunciaron antes de su elección que no ganarían más
que un trabajador calificado promedio. Al principio, esto generó poca oposición
—después de todo, no parecía que Die Linke fuera
a seguir en el parlamento por mucho tiempo— y sirvió como una buena estrategia
de relaciones públicas. Pero ahora que el partido está de regreso en el
parlamento, varios funcionarios empezaron a expresar sus dudas, sobre todo los
coportavoces parlamentarios Heidi Reichinnek y Sören Pellmann, cuya carta a la
ejecutiva del partido en abril fue citada extensamente hace poco en Der Spiegel. Mientras tanto, Bodo Ramelow ha manifestado
repetidamente su preocupación de que la norma viole la constitución alemana.
Los opositores
al tope salarial se empeñan en insistir en que no se trata de dinero, sino de
alguna otra cuestión vagamente definida. «No conocemos a ningún diputado que
quiera enriquecerse personalmente con su mandato», insisten Köstering y
Vogtschmidt. Reichinnek y Pellmann reafirman al partido que «Ninguno de
nosotros quiere enriquecerse con su mandato». El problema es más bien la falta
de confianza que implica el tope. Como socialista, uno tiene que preguntarse:
¿No debería esperarse eso de los cargos electos en un partido socialista que
aspira a convertirse en la representación política de la clase trabajadora?
Además, el tope salarial propuesto en el próximo congreso del partido ya es
varios cientos de euros superior a los 2850 euros al mes anunciados en 2024, y
contiene una serie de excepciones para los diputados con personas a cargo u
otras circunstancias atenuantes. Incluso con el tope, los diputados ganarían
significativamente más que la mayoría de los trabajadores.
Entonces, si
no es por dinero, ¿por qué es? Parece que para algunos diputados, el tope
simboliza la subordinación del bloque parlamentario a la dirección del partido
elegida democráticamente. Desde su fundación, los diputados de Die Linke han utilizado sus bancas en el parlamento
para presionar en contra de las posiciones que no les gustaban. Nadie lo hizo
de forma tan evidente como Sahra Wagenknecht, que utilizó su puesto como coportavoz
parlamentaria para socavar la conducción de Bernd Riexinger y Katja Kipping y,
en última instancia, fundar su propio partido rupturista; pero no es ni mucho
menos la única. Ramelow y Gysi, en particular, han criticado repetidamente a su
partido en los medios de comunicación a lo largo del último año, especialmente
los intentos de alinear la posición sobre el genocidio en Gaza con la de la
izquierda internacional.
Además, aunque
ser diputado de Die Linke no
te convierta en millonario, sí ofrece numerosas oportunidades para tejer redes
y ascender personalmente. Nadie encarna esto mejor que Andreas Büttner, quien
denunció repetidamente a sus propios compañeros como antisemitas antes de dejar
el partido a principios de este año. Tras no lograr entrar en el parlamento del
estado de Brandeburgo como candidato de los Demócratas Libres (FDP) y trabajar
como director de oficina para el grupo de lobby proisraelí The
European Leadership Network (ELNET),
el antiguo joven conservador se pasó a Die Linke en
2015 justo a tiempo para ser elegido, desempeñarse como secretario de Estado en
un gobierno regional y, finalmente, ser nombrado comisionado contra el
antisemitismo de Brandeburgo, a pesar de no haber estado nunca involucrado de
manera significativa en la política de izquierda.
Büttner puede
ser un ejemplo especialmente flagrante de un actor de mala fe que utilizó a Die Linke para su propio ascenso personal, pero no
hay razones para pensar que será el último. Debido a la falta de una línea
ideológica vinculante en el partido —una herencia de su «ruptura con el
estalinismo como sistema» posterior a 1989—, la dirección dispone de pocos
mecanismos para expulsar a miembros por motivos políticos. Esto hace que el
tope salarial sea tanto más importante, no solo como un acto simbólico sino
como una medida concreta para mantener a raya a los oportunistas burdos. El
hecho de que se apruebe o no será un indicador elocuente de la trayectoria de Die Linke: ¿hacia una fuerza política más unificada,
donde el parlamento y el partido trabajen codo con codo, o de vuelta a la
cacofonía incoherente que casi lo hunde hace unos años?
El
compromiso tiene sus desventajas
El resultado del congreso de Die Linke es
particularmente relevante dadas las circunstancias políticas en las que opera
actualmente el partido. Die Linke languideció
en la década de 2010, mientras muchos de sus partidos hermanos europeos
acumulaban victorias históricas. La década de 2020, sin embargo, viene
demostrando ser un momento mucho más volátil en la política alemana. Las
continuas subas de precios, las amenazas al sector industrial del país y, no
menos importante, los crecientes ataques del canciller Friedrich Merz al Estado
de bienestar están alimentando lo que podría describirse como un momento
populista tardío, unos diez años después de su auge inicial. La confianza en
los partidos tradicionales ha alcanzado mínimos históricos, una situación de la
que suele beneficiarse principalmente la derecha populista. Revertir esa
tendencia es el principal desafío para Die Linke.
Si los experimentos de izquierda populista de la década anterior pueden
ofrecer a Die
Linke alguna lección estratégica,
esta consiste probablemente en lo que no se
debe hacer: a saber, formar prematuramente un gobierno de centroizquierda tras
un golpe de suerte electoral. Ya sea en Grecia, España o Portugal, la izquierda
transformadora —encontrando incluso mejoras reales en los casos en que llegó al
gobierno— vio pronto cómo caía su apoyo, a medida que los votantes regresaban a
la socialdemocracia tradicional o abandonaban por completo a la izquierda. Al
carecer de estructuras duraderas fuera del parlamento, partidos como Syriza y
Podemos se encuentran hoy con respirador artificial en términos organizativos y
son en gran medida irrelevantes en lo electoral.
El destino de los gobiernos de izquierda en Europa sugiere que, al menos
por ahora, el foco principal de la izquierda debería centrarse menos en los
detalles de los procedimientos parlamentarios que en la construcción de un
movimiento de oposición capaz de capitalizar el malestar populista y
canalizarlo en una dirección progresista. El ejemplo tan citado del PTB de Bélgica,
o incluso de la France Insoumise, demuestra que esto es posible. Aunque ninguno
de los dos cuenta con algo parecido a una mayoría popular, han ido construyendo
gradualmente sus fuerzas hasta el punto de representar hoy una verdadera
amenaza para el establishment político.
Los opositores
a la dirección actual tienen razón en una cosa: Die Linke no podrá importar fórmulas ganadoras del
extranjero en su totalidad. Como toda gran organización con cierta antigüedad,
tiene demasiada historia y tradiciones propias que inevitablemente influyen en
su estrategia. También tienen razón cuando dicen que no existen recetas
preestablecidas sobre cómo será el socialismo del futuro. Pero, en realidad,
nadie afirma lo contrario. La copresidencia de Die Linke se
esfuerza constantemente por incluir a las distintas corrientes del partido y
situar sus políticas dentro de las tradiciones de la organización. Por lo
tanto, la opción a la que se enfrenta hoy Die Linke no
es entre un partido de cuadros comunistas y el socialismo democrático, sino más
bien si continuar con la (exitosa) consolidación estratégica del último año y
medio.
Hasta ahora,
la dirección ha logrado llevar adelante esta consolidación sin alienar a
sectores significativos de la vieja guardia. De todas formas, si los debates de
las últimas semanas sirven de indicio, habrá muchas cuestiones polémicas
después del congreso del partido que requerirán respuestas claras. ¿Considera
principalmente al Partido Socialdemócrata (SPD) y a los Verdes como
competidores políticos a los que superar, o como socios en un gobierno
«progresista» o incluso «antifascista»? ¿Se ve a los trabajadores sobre todo
como votantes potenciales o como el núcleo de la construcción del partido?
¿Sobre qué base debe Die Linke formar
políticamente a sus decenas de miles de nuevos miembros y construir una
identidad coherente?
Por el
momento, las respuestas a estas y otras preguntas críticas son, en el mejor de
los casos, esbozos vagos, debido al menos en parte a los compromisos sobre los
que descansa la estrategia actual del partido. Sin embargo, si se quiere que el
camino actual dé frutos a largo plazo, tarde o temprano tendrá que haber un
debate abierto y, sobre todo, una visión más profunda de lo que un partido
socialista puede lograr realmente en una democracia capitalista, y cómo.
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