El 27 de octubre, los electores israelíes acudirán a las urnas para renovar su Parlamento. Más allá de la cuestión del futuro político del primer ministro saliente, Benjamín Netanyahu, en estos comicios está en juego la confirmación, o no, del auge del sionismo religioso. Partidaria de la anexión de los territorios palestinos, esta corriente contribuye a una polarización extrema de la sociedad.
KHALEDHOURANI. — Rolling Pin (‘rodillo de amasar’),
2026
Escrito por Ilan Pappé
(LE
MONDE DIPLOMATIQUE)
La puesta en práctica del proyecto sionista se prolongó durante décadas
antes del nacimiento de Israel. La situación actual debe plantear interrogantes
sobre el futuro de este Estado, al menos en su forma actual. Sin tratar de
suscitar temores ni formular profecías. Su posible derrumbe no sería cosa de un
día. Pero una grieta de gran tamaño socava sus cimientos: el creciente poder de
lo que conviene llamar el Estado de Judea, por oposición al Estado de Israel.
Dicho de otro modo: la incontenible aparición de un movimiento que fusiona
sionismo religioso y judaísmo ortodoxo, y cuyos partidarios aspiran a un Estado
teocrático. Una forma de sionismo racista y supremacista moldea su proyecto
radical de creación de un “Gran Israel” extendido a toda la Palestina
histórica. Si esta fuerza política se convirtiera en hegemónica, la situación
de los palestinos empeoraría aún más, pero también la padecerían los ciudadanos
judíos deseosos de vivir en un Estado liberal, democrático y pluralista.
Al buscar el núcleo ideológico del Estado de Judea, nos encontramos con los
colonos religiosos de Cisjordania, muchos de ellos discípulos de los rabinos
Kook, padre e hijo. El padre, Abraham Isaac Kook (1865-1935), nacido en
Letonia, en el Imperio ruso, fue el fundador del sionismo religioso. En 1904,
tras llegar a Palestina, se convirtió en la principal figura rabínica que
cuestionaba el punto de vista judío ortodoxo, según el cual el sionismo es un
intento desde el laicismo de interferir con la voluntad de Dios, incapaz, por
consiguiente, de recabar el apoyo de los judíos practicantes (1). Kook se ganó el favor de una parte de la
comunidad ortodoxa. Su principal legado para la causa fue el centro de estudios
Merkaz HaRav (“Centro del Rabino”), hogar de la forma más extrema del sionismo:
una mezcla de ideas mesiánicas, racismo descarado hacia los palestinos y
desprecio por el judaísmo reformista y laico.
Su hijo, Zvi Yehuda Kook (1891-1982), fue, por su parte, el padre
espiritual del movimiento mesiánico Gush Emunim, fundado en 1974. Tras la
victoria de 1967 sobre los ejércitos árabes, este “Bloque de los Creyentes”
judaizó la Cisjordania ocupada y la Franja de Gaza. Con el paso de los años,
fue abandonando los márgenes del sistema político israelí hasta alojarse en su
centro. Kook hijo defendió durante toda su vida la colonización, a la que
consideraba un imperativo religioso destinado a acelerar la redención del
pueblo judío. Su voz quedó acaso un tanto ahogada entre 1967 y 1977, cuando
ocupó el poder un Partido Laborista que también se mostraba inclinado a la
judaización, en especial en las regiones palestinas rurales, que son también
las de menor densidad poblacional. Pero los discípulos de Kook no se conformaban
con algo así: querían implantarse en las ciudades bíblicas de Cisjordania,
donde por entonces vivía gran número de palestinos.
El “precio a pagar”
Pero una política de Estado acabó por reunir a las dos ramas favorables al
acaparamiento de Cisjordania —una basada en consideraciones de seguridad y otra
impulsada por las aspiraciones religiosas de Gush Emunim— cuando, en 1977, el
Likud llegó al poder y Menájem Beguín ocupó el cargo de primer ministro.
Durante este primer gobierno de derechas de la historia de Israel, Kook hijo se
impuso como líder ideológico de los judíos que colonizaban grandes áreas de
Cisjordania, construyendo sus puestos avanzados en el corazón de regiones
densamente pobladas por palestinos. Estos colonizadores consideraban que esta
colonización agresiva habría de acelerar la “desarabización” de Cisjordania al
volver más difícil el acceso de los habitantes palestinos a recursos esenciales
como la tierra, el agua e incluso el empleo.
Esta estrategia despiadada se pone en práctica día tras día bajo la atenta
mirada del Ejército israelí, cuando no con su ayuda. Los palestinos sufren un
acoso continuo. A veces los colonos los hieren o matan. Y aunque los sucesivos
Gobiernos israelíes condenan formalmente la violencia y fingen ignorar lo que
sucede sobre el terreno, las fuerzas armadas destacadas en Cisjordania apoyan a
los colonos religiosos que, en sustitución de sus dirigentes, están creando una
nueva realidad: la de un Israel ampliado.
Desde su punto de vista, sus agresiones equivalen a una especie de
represalia, el “precio a pagar” (tag meir) por quienes se oponen a la
empresa de colonización. Lo más frecuente es, sin embargo, que se trate de
ataques no provocados y de gran violencia contra poblaciones, granjas,
vehículos, comercios o campos propiedad de palestinos. La presencia en el
Gobierno actual de dos partidos favorables a los colonos —Otzma Yehudit (Fuerza
Judía) y HaTzionout HaDatit (Partido Sionista Religioso)— consolida esta
política. Sus representantes respectivos, Itamar Ben-Gvir (ministro de
Seguridad Nacional) y Bezalel Smotrich (ministro de Finanzas), han tenido un
papel determinante en la actual etapa de aterradores ataques contra los
palestinos de Cisjordania, que se han cobrado más de mil vidas desde octubre de
2023.
Para los partidarios del Estado de Judea, será una teocracia la que habrá
de concluir la tarea que el sionismo laico no ha sabido llevar a buen puerto:
la destrucción del pueblo palestino y la creación de un “Gran Israel” tal y
como se describiría en las Sagradas Escrituras, lo que significa, dicho en
plata, la anexión de territorios vecinos. Cierto es que los sionistas laicos
realizaron el trabajo sucio de crear el Estado de Israel —una empresa de varias
décadas iniciada en 1882, cuando los primeros colonos sionistas llegaron a
Jaffa—, pero ahí acaba su misión histórica. Los judíos religiosos consideran
que a ellos les corresponde ahora convertir su antigua tierra en un verdadero
Estado judío.
Pero no es eso lo que agrieta los cimientos del Estado de Israel: la
mayoría de judíos laicos se aviene con esta transformación a costa de los
palestinos y, en cuestión de territorios, en detrimento de sus vecinos árabes,
sobre todo libaneses y sirios. El verdadero problema atañe a la hostilidad que
manifiestan hacia los judíos laicos las fuerzas que defienden el Estado de
Judea. Más tarde o más temprano, esa hostilidad acabará por socavar lo que
reúne y aglutina a la sociedad israelí. Y la confrontación ya se ha
hecho presente.
El Estado de Judea ganó las elecciones legislativas de noviembre de 2022 y
formó un gobierno de coalición gracias a una estrecha mayoría de 64 diputados
sobre 120 en la Knéset. Su primera decisión fue modificar, en enero de 2023, el
sistema judicial del país con el fin de conformarlo a su ideología y su visión,
al permitir al Gobierno nombrar a los jueces y restringir los poderes del
Tribunal Supremo para pronunciarse sobre la constitucionalidad de las leyes
votadas en el Parlamento. Esta decisión acrecentó las tensiones entre ambos
bandos y llevó a que se organizaran manifestaciones de laicos de unas
dimensiones sin precedentes y cada vez más masivas hasta los ataques del 7 de
octubre de 2023 (2). El pulso reveló el alcance de la división entre
ambos bandos. Se trata, de hecho, de una lucha existencial entre dos proyectos
antagónicos, un duelo a muerte sobre la propia vocación del Estado fundado en
1948.
Los laico-liberales abandonan el país
De momento, únicamente el temor a la desaparición de Israel obliga a ambas
partes a no renunciar a su solidaridad mutua de forma definitiva. Su
denominador común sigue siendo la perpetuación de un sistema que deshumaniza a
los palestinos y niega sus derechos civiles y humanos fundamentales. Sabemos
cómo considera a los palestinos el Estado de Judea. Pero la consideración que
merecen al Estado de Israel apenas es mejor porque, aunque laico, está
compuesto, sobre todo, por descendientes de judíos europeos que desean contar
con los beneficios de una democracia liberal, pero que no han dejado de asentar
su poder en la subordinación de los palestinos. No puede proponerles nada que
no se limite a la retirada de las colonias en ciertas partes de la Cisjordania
ocupada y el levantamiento de algunas de las restricciones impuestas a los
habitantes de la Franja de Gaza. Su visión actual del Estado judío no pone en
tela de juicio las bases del régimen de apartheid en el que se ha
convertido Israel.
KHALEDHOURANI. — Motherhood
Statue (‘estatua de la maternidad'), 2026
Por lo que respecta al Estado de Judea, de
momento se conforma con la favorable posición que ocupa en el tablero político.
Pero, cuanto más terreno gana en el plano electoral, mayor es la amenaza sobre
Israel, ya que la élite tecnológica y financiera sobre la que reposa la
prosperidad del Estado pertenece en su mayoría al bando laico. Si acaba
abandonando el país, la economía y la cohesión social saldrán perjudicadas.
Ahora bien, desde el 7 de octubre de 2023, se calcula que ha emigrado más de
medio millón de miembros del bando laico-liberal. Esto último abre la puerta a
nuevos triunfos electorales de un Estado de Judea que no dispone de la
capacidad económica ni militar, ni siquiera del sentido de la estrategia,
necesarias para la supervivencia de Israel.
Y esta perspectiva
resulta tanto más inquietante cuanto que las instituciones del país ya están
muy debilitadas. Más de una década antes de los ataques del 7 de octubre de
2023, Israel ya estaba en crisis. En diciembre de 2010, un incendio forestal
asoló durante más de tres días el monte Carmelo y causó la muerte de cuarenta y
cuatro personas. La gravedad de la situación era tal que el Gobierno de
Benjamín Netanyahu recurrió a la ayuda extranjera, en particular a la de
Grecia, Italia, Rusia y Turquía (3),
para sofocar el incendio. Esta petición de auxilio provocó el estupor de los
observadores internacionales, que esperaban que un país que ha vivido varias
guerras en su historia reciente dispusiera de material adecuado para combatir
el fuego. Más recientemente, en abril de 2021, la avalancha humana durante la
peregrinación al monte Merón, en el norte del país, que dejó cuarenta y cinco
muertos y cerca de ciento cincuenta heridos, constituye otro ejemplo de la
impericia de las autoridades. Y ello a pesar de que se habían lanzado numerosas
advertencias sobre el peligro que podían entrañar grandes movimientos de
multitudes en un lugar tan estrecho. En marzo de 2024, una comisión de
investigación calificó la tragedia de “desastre que podría haberse evitado” y señaló
directamente la responsabilidad del primer ministro (4).
“¿Dónde está el
Estado?”. Esa es la pregunta que muchas personas se hacen en Israel, incluidos
los ciudadanos árabes, que desde hace varios años afrontan una oleada de
asesinatos vinculados al crimen organizado (5).
Tras los ataques del 7 de octubre de 2023, esta pregunta adquirió una nueva
relevancia debido a las pérdidas humanas, hasta entonces inimaginables,
sufridas por el país. Ni el Gobierno ni los servicios públicos en su conjunto
parecieron capaces de responder a los miles de personas que necesitaban ayuda
durante los enfrentamientos y después de ellos. Decenas de miles de habitantes
de las zonas fronterizas con el Líbano y Gaza tuvieron que ser evacuados, y el
Gobierno no disponía de un plan concreto para su alojamiento, su escolarización
o su empleo a largo plazo. Las autoridades hicieron, además, todo lo posible
para que estos desplazados regresaran a sus hogares cuanto antes. Si bien el
90% lo hizo, el futuro sigue siendo incierto para el 10% restante, en su
mayoría supervivientes de los kibutz casi completamente destruidos durante los
enfrentamientos. Las autoridades siguen mostrándose reacias a continuar
financiando su realojamiento en otras regiones. Algunas de las personas
evacuadas de la región fronteriza con el Líbano descubrieron con estupor hasta
qué punto Israel había desatendido a sus comunidades durante décadas. Una de
ellas lo relataba así en el diario Haaretz: “Nos han abandonado, desatendido,
olvidado. […] Durante años éramos invisibles, nos las arreglábamos con casi
nada y, de repente, descubrimos otro Israel: un Israel donde los servicios
sanitarios son accesibles, donde hay cultura, transporte público” (6).
¿Por qué Israel,
que no deja de recordar a quien quiera escucharlo los peligros que representan
sus vecinos y que solicita regularmente una cuantiosa ayuda militar, estaba tan
poco preparado para los desafíos logísticos que traen consigo las guerras? ¿Por
qué no existía un plan de evacuación de las zonas fronterizas? La explicación
reside en una función pública sometida al sistema político, en la que los
nombramientos premian las muestras de lealtad, bajo la supervisión de ministros
para quienes la retórica prima sobre todo lo demás, en particular sobre la
aplicación concreta de las políticas. Por supuesto, las deficiencias de la
función pública no constituyen necesariamente una grieta en los cimientos del
país: reformas y cambios en la Administración podrían mejorar la situación. Sin
embargo, mientras el Estado de Judea siga en el poder, es muy improbable que
sitúe la infraestructura pública entre sus prioridades, lo que no puede sino
agravar la disgregación social.
(1) Véase Anne Waeles, “‘Dios no existe, pero él nos dio esta tierra’”, Le Monde diplomatique en español, abril de 2024.
(2) Véase Charles Enderlin, “Golpe de Estado identitario en Israel”, Le Monde diplomatique en español, febrero de 2023.
(3) “Israel accepts foreign aid in
tackling deadly forest fire”, France 24, 4 de diciembre de 2010, www.france24.com
(4) “Israël: une enquête pointe la
‘responsabilité’ de Netanyahou dans une bousculade mortelle en 2021”, RFI, 6 de
marzo de 2024, www.rfi.fr
(5) Majd Kayyal, “Israël. Le crime
organisé gangrène la société palestinienne de l’intérieur”, 19 de mayo de 2026, https://orientxxi.info
(6) Shlomit Tsur, “‘We suddenly
discovered another Israel’: Why these war evacuees chose not to return home”, Haaretz, Tel Aviv, 22 de octubre de 2024.
(7) Véase Anne Waeles, “‘Dios no existe, pero él nos dio esta tierra’”, Le Monde diplomatique en español, abril de 2024.
(8) Véase Charles Enderlin, “Golpe de Estado identitario en Israel”, Le Monde diplomatique en español, febrero de 2023.
(9) “Israel accepts foreign aid in
tackling deadly forest fire”, France 24, 4 de diciembre de 2010, www.france24.com
(10) “Israël: une enquête pointe la
‘responsabilité’ de Netanyahou dans une bousculade mortelle en 2021”, RFI, 6 de
marzo de
2024, www.rfi.fr
(11) Majd Kayyal, “Israël. Le crime organisé
gangrène la société palestinienne de l’intérieur”, 19 de mayo de 2026, https://orientxxi.info
(12) Shlomit Tsur, “‘We suddenly
discovered another Israel’: Why these war evacuees chose not to return home”, Haaretz, Tel Aviv, 22 de octubre de 2024.
Ilan Pappé. Profesor de historia en la Universidad
de Exeter. Autor de La Chute d’Israël. Pour la décolonisation et la coexistence
(La Fabrique, París, octubre de 2026) y Breve historia del conflicto entre Israel y
Palestina (Capitán Swing, Madrid, 2025),
entre otros ensayos.
[Reproducido en www.gerardodelval.com]