sexta-feira, 18 de setembro de 2026

El Ministeri distingeix Sebastià Alzamora amb el Premi Nacional de Poesia

L’escriptor Sebastià Alzamora Martín ha estat distingit amb el Premi Nacional de Poesia, atorgat pel Ministeri de Cultura i dotat amb 30.000 euros, per l’obra Sala Augusta seguit de Llengua materna. 

El jurat ha premiat l’obra d’Alzamora per “la seva capacitat per transitar, amb idèntica genialitat, des del llenguatge arravatat de la denúncia històrica fins a la delicades de l’espai domèstic”. A més, destaca que és un poemari de doble evocació de la memòria del poeta mallorquí on “trena amb mestratge la història col·lectiva i la intimitat familiar”. 

El veredicte ressalta que, a Sala Augusta, un únic poema de vers llarg i lliure, Sebastià Alzamora “rescata de l’oblit l’horror de la Guerra Civil des d’un cinema al centre de Palma que va ser presó”, i que el seu llenguatge, “suspès entre la lírica i la cruesa, fa fluir el relat per un trànsit tràgic de morts d’innocents, invocant amb urgència la pietat i la necessitat del record”. 

Sobre la part de Llengua materna, en “contrast absolut” amb Sala Augusta, el jurat assenyala que suposa “l’altra cara d’aquesta moneda memorialística” del conjunt de l’obra. “Des d’una tendra malenconia, el poeta ret homenatge a la figura de la mare i a una infància humil marcada per les dones que sostenien la llar treballant per a la indústria del calçat”, afegeix al respecte. 

El jurat rebla que cada vers de l’obra de Sebastià Alzamora “sosté el pes d’una memòria” que erigeix Sala Augusta seguit de Llengua materna com “un testimoni imprescindible de la condició humana”. 

 

[Foto: Eli Don / ACN - font: www.cultura21.cat]

Patricio Guzmán, custodio de la memoria chilena

El cineasta, cronista del golpe de Estado sufrido en Chile el 11 de septiembre de 1973, fue una de las voces más comprometidas del documental contemporáneo. Falleció el pasado martes 15 de septiembre a los 85 años.

Patricio Guzmán, la voz de Chile. Foto: Biblioteca Nacional de Chile

Escrito por Paula Arantzazu Ruiz 

“Chile, como casi toda América Latina, es un país desmemoriado, donde la historia no existe”, se lamentaba Patricio Guzmán (Santiago de Chile, 1941-París, 2026) en una entrevista para ‘El País’ publicada en noviembre de 2021. Por desgracia, ese pesar acaba de hacerse más profundo con el fallecimiento del cineasta el pasado 15 de septiembre, cuya desaparición deja también huérfano un cine documental que tuvo en su figura a una de sus voces más comprometidas. 

El cine de Guzmán moldeó la conciencia de la derrota y del exilio tras el infame golpe de Estado conducido por Augusto Pinochet el 11 de septiembre de 1973, haciendo del cine la mejor herramienta política contra el olvido. Su trayectoria ha estado ligada indefectiblemente a esa tragedia histórica y a la figura de Salvador Allende, fundador del Partido Socialista Chileno, de quien, como aseguró, jamás había podido desprenderse. 

Más que como un fantasma, sin embargo, el presente y el recuerdo de esos sucesos han protagonizado sus películas como un eco melancólico, obstinado en que todo el dolor de las víctimas y de sus familiares no quede sepultado bajo la amnesia histórica.

Documentando la historia. Foto: Armindo Cardoso

La batalla de Guzmán

La filmografía de Guzmán está pivotada por su opus “La batalla de Chile” (1975-1979), documental de cinco horas estructurado en tres partes –“La insurrección de la burguesía” (1975), “El golpe de Estado” (1977) y “El poder popular (1979)”– que registra el golpe de Estado que liquidó con las armas al gobierno electo de Unidad Popular, liderado por Allende. 

Guzmán, que se había marchado de Chile a mediados de los sesenta, recalando junto a su familia en España e ingresando en la Escuela Oficial de Cinematografía de Madrid –donde se graduó como director de cine en 1970–, vuelve a su país cuando Unidad Popular logró la victoria en el plebiscito de 1971. En su regreso, filma los primeros compases del aquel gobierno en “El primer año” (1972), que acabó siendo determinante para que Chris Marker, conmovido por esa obra, lo ayudara a producir y finalizar “La batalla de Chile”.

Rodaje de “La batalla de Chile”. Foto: Armindo Cardoso

Tras el golpe, Guzmán es detenido durante dos semanas y finalmente logra salir del país en noviembre de 1973. Las latas de “La batalla de Chile” consiguen llegar a Estocolmo y de ahí a Cuba, gracias a la ayuda de la embajada de Suecia. La película, que se convirtió en un hito del documental logrando numerosos premios y el reconocimiento de la crítica, no volvió a pisar Chile hasta 1997, 23 años después de su fuga. 

Cosmovisión de la memoria 

Guzmán se asentó en Cuba para trasladarse después a España y más tarde a Francia. En este tiempo realiza las películas documentales “En nombre de Dios” (1987), “La cruz del sur” (1992), “Pueblo en vilo” (1995), “Chile, la memoria obstinada” (1997), “Isla de Robinson Crusoe” (1999), “El caso Pinochet” (2001), “Madrid” (2002), “Salvador Allende” (2004) –premio Goya al mejor documental– y “Mon Jules Verne” (2005). 

La última etapa creativa de su trayectoria está marcada por la trilogía ensayística formada por “Nostalgia de la luz” (2010) –premio de la Academia del Cine Europeo al mejor documental–, “El botón de nácar” (2015) –Oso de Plata de la Berlinale a la mejor dirección y premio César al mejor documental– y “La cordillera de los sueños” (2019) –Goya a la mejor película iberoamericana–; un tríptico en el que sus anhelos por el territorio y el recuerdo del golpe militar hilvanan una reflexión entre geológica y cósmica, de un hálito poético especialmente conmovedor.

Durante el rodaje de “Nostalgia de la luz” (2010) 

Su pulso por retratar el ritmo de la política no perdió ni un ápice de fuerza con los años y su último documental, “Mi país imaginario” (2022), registra el estallido social en Santiago de Chile durante 2019, la mayor ola de protestas desde el fin de la dictadura militar. Fueron momentos en los que se alumbraba un cambio en Chile y, entonces como antaño, su cámara tenía que estar allí para registrar el aliento de la esperanza.

 

Eso no está muerto: la memoria chilena en el cine de Patricio Guzmán

“La batalla de Chile”

> 1975-1979

Filmada junto al operador Jorge Müller, el sonidista Bernardo Menz, el ayudante de dirección José Bartolomé, el productor Federico Elton y el montador Pedro Chaskel, “La batalla de Chile” es un testimonio sin paragón del golpe militar. La película se abre con imágenes del bombardeo aéreo del palacio presidencial de Chile, La Moneda, y enseguida retrocede para revisar la llegada al poder de Allende y la efervescencia de los cambios entre las clases populares así como la tensión y malestar de las élites como antecedentes del golpe.

 

“Chile, la memoria obstinada”

> 1997

El año en que La batalla de Chile volvía a pisar su país, Guzmán presentaba también el epílogo de esa obra, “Chile, la memoria obstinada”. De nuevo tomándole el pulso a la población chilena, el documental se interroga por los efectos del olvido impuesto por Pinochet para evidenciar la necesidad de recordar. La película vuelve a encontrarse con algunos rostros de “La batalla de Chile”, que a su vez es mostrada por primera vez a las nuevas generaciones, ignorantes o incrédulas por la barbarie del pasado.

 

“Nostalgia de la luz”

> 2010

Las múltiples dimensiones del pasado se reúnen en el desierto de Atacama al compás de la batuta de Guzmán: astrónomos, arqueólogos, historiadores y familiares de los desaparecidos forzosos de la dictadura meditan sobre el compromiso con la memoria como misión del ser humano. Dos escalas y materias a priori antagónicas –el polvo de los cuerpos celestes y los cuerpos masacrados hasta disolverse en la arena del desierto– que el cineasta sitúa en el mismo plano para interrogarlos con una lucidez y sensibilidad extraordinarias.

 

[Fuente: www.rockdelux.com]

La Shoah, la storia e la scoperta della vergogna - colloquio con Carlo Ginzburg

Il rigore dei fatti e la trappola del ricordo. L'Olocausto e Auschwitz. Lo storico riflette su identità multipla ed eredità di Primo Levi: «Ho capito di essere ebreo quando ho cambiato nome»

di Emanuele Coen

La conversazione con Carlo Ginzburg parte da alcune verità storiche incontrovertibili, ampiamente condivise. E si nutre delle sue citazioni colte e disparate: Proust, Omero, Agostino, Brecht. Ognuna di queste, come porte in un misterioso castello, ne cela altre, indizi di un paradigma magmatico e inesorabile. Il Giorno della Memoria è l’occasione per ragionare insieme con Ginzburg, uno dei più importanti storici contemporanei, saggista, professore di fama internazionale, figlio di Leone e Natalia Ginzburg. 

 

La data del 27 gennaio è stata scelta per commemorare le vittime della Shoah: quel giorno, nel 1945, le truppe dell’Armata Rossa abbatterono i cancelli del campo di concentramento di Auschwitz-Birkenau, rivelando al mondo l’orrore del genocidio nazista. Il nostro colloquio parte dalla Storia con i suoi punti fermi: la persecuzione degli ebrei, l’abisso dei lager, il genocidio, il processo di Norimberga, la necessità dello Stato di Israele.

 

Negli ultimi anni tutto si è complicato. Dopo il pogrom del 7 ottobre 2023, perpetrato dai terroristi di Hamas con oltre 1.200 morti e 250 ostaggi israeliani, la repressione attuata dai militari dell’Idf è stata brutale. Il massacro della popolazione palestinese di Gaza e le accuse di genocidio al governo guidato da Benjamin Netanyahu hanno lacerato l’opinione pubblica, rimettendo in discussione convinzioni e certezze. Il Tribunale penale internazionale dell’Aja ha emesso un mandato di arresto contro il premier israeliano per crimini di guerra e contro l’umanità. Addirittura l’unicità di Auschwitz viene messa in dubbio e l’espressione “mai più”, imperativo morale dell’elaborazione della Shoah, sembra aver perso in parte la propria forza. Ginzburg non si sottrae all’incalzare dei fatti. Nell’ultimo anno ha firmato appelli contro la pulizia etnica a Gaza, per il riconoscimento dello Stato di Palestina, contro il recente ddl Delrio sulla definizione di antisemitismo. Nel suo nuovo libro, “Il vincolo della vergogna. Letture oblique” (Adelphi, pp. 275; € 32), lo storico sposta l’asticella del ragionamento: sostiene che il Paese al quale apparteniamo non è, come vuole la retorica, quello che si ama, ma quello di cui ci si vergogna, o di cui ci si può vergognare. «La vergogna può essere un legame più forte dell'amore», esordisce il professore con tono cordiale e pacato, accogliendoci via Zoom nel suo studio colmo di libri e fogli di appunti, a Bologna.

 

Professor Ginzburg, può approfondire il concetto cardine del libro?

«Il saggio, già pubblicato diversi anni fa, esce ora per la prima volta in italiano. L’ipotesi centrale è che la vergogna implica un vincolo di appartenenza. Quando insegnavo a Los Angeles fui colpito dal fatto che, di fronte alle torture di Guantanamo, provavo orrore e furore ma non vergogna, mentre per eventi italiani - anche minori - avvertivo questo sentimento. La vergogna indica il Paese in cui ci riconosciamo, quello di cui possiamo vergognarci. Ho verificato questa ipotesi con amici di diversi Paesi: tutti hanno reagito con sorpresa iniziale seguita da pieno consenso. Rileggendo il mio saggio dopo il 7 ottobre, ho aggiunto una coda. La feroce, criminale risposta del governo Netanyahu al pogrom di Hamas ha suscitato vergogna sia in Israele sia nella diaspora ebraica».

 

La nostra conversazione avviene alla vigilia del Giorno della Memoria. Marc Bloch ha affermato che la memoria non si basa necessariamente sulla verità ma la deforma e la arricchisce. Condivide questa prospettiva?

«Per ragionare su questo punto occorre partire da un libro bellissimo di Maurice Halbwachs, “Les cadres sociaux de la mémoire”, uscito nel 1925. Lui distingue fra cornice sociale della memoria e Storia. Ho cercato di sviluppare questo concetto alla luce di vicende successive e sono arrivato alla convinzione che la memoria reagisce a qualcosa che non ha a che fare col vero e col falso. In altre parole, memoria e Storia devono restare separate, anche se la Storia si nutre della memoria e viceversa».

 

Vista così, tuttavia, la riflessione sulla Storia rischia di restare confinata tra gli addetti ai lavori.

«Non necessariamente. Il mio motto, scherzo naturalmente, è “tartufi per tutti”. I tartufi sono buoni, cari, rari, quindi tartufi per tutti. Scrivere di Storia, dunque, non significa abbassare il livello dell’argomentazione per renderla comprensibile a un pubblico più ampio. Al contrario, vuol dire cercare di trascinare il pubblico dei non addetti ai lavori nel mondo della ricerca. È il contrario del paternalismo: il mio modello è Marc Bloch, che l’ha detto molto chiaramente. Altri modelli, nella letteratura novecentesca, sono Marcel Proust con la “Recherche” e Bertolt Brecht, che sottolinea l’importanza di includere l’impalcatura nella costruzione dell’edificio».

 

A ottantuno anni dalla liberazione di Auschwitz cosa significa celebrare il Giorno della Memoria?

«Non ho mai accettato di intervenire in questa giornata per un motivo semplice: non penso di avere niente di rilevante da dire. Una pura ripetizione sarebbe inadatta alla circostanza e forse anche dannosa. Cito un amico che invece interviene con grande ricchezza di argomentazione, Stefano Levi Della Torre. Ammiro quello che Stefano fa, ma non mi sento di seguirlo su questo terreno, molto delicato, perché si può arrivare alla banalizzazione. È quello che mi spaventa».

 

Qual è la giusta distanza per guardare oggi la Shoah?

«La dimensione emotiva non può essere esclusa, fa parte della verità di questa tragedia immane. L’esempio di sdoppiamento a cui pensiamo subito è Primo Levi. Non a caso Lévi-Strauss, a proposito di “Se questo è un uomo”, affermò che si tratta dell’opera di un antropologo».

 

Claude Lanzmann, regista del monumentale documentario “Shoah” (1985), criticava severamente qualsiasi rappresentazione romanzata dell’Olocausto. Eppure film come “Schindler’s List” e “La vita è bella” hanno contribuito all’esercizio della memoria. Di recente è uscito “Norimberga” di James Vanderbilt. Condivide il rigorismo di Lanzmann?

«Mi sono sempre tenuto lontano da questo genere di film. Ma il punto è di carattere generale e la risposta viene ancora una volta da Bloch. Nel suo libro postumo “Apologia della storia o mestiere dello storico” c’è un capitolo straordinario su quello che lo storico può trarre da narrazioni di finzione. Quando leggiamo memorialisti come Saint-Simon, dice Bloch, al di là di quello che scrive la cosa più importante è quello che leggiamo tra le righe. Su questo aspetto ho scritto un saggio intitolato “Rivelazioni involontarie”, incluso nel volume “La lettera uccide” pubblicato da Adelphi. Leggere tra le righe è decisivo per uno storico».

 

Nell’ultimo anno lei ha firmato appelli contro “la pulizia etnica” a Gaza, per il riconoscimento dello Stato di Palestina e contro il ddl Delrio, che include nella categoria di antisemitismo anche alcune critiche radicali allo Stato ebraico. Li firmerebbe ancora?

«Vorrei rispondere alla sua domanda con un’altra domanda: “Cosa è successo nel frattempo per indurmi a un ripensamento?”».

 

Sul termine “genocidio” dei palestinesi di Gaza lei ha citato Tatiana Bucci, sopravvissuta ad Auschwitz: «È un massacro. Lo vuole chiamare genocidio? Cosa cambia?». Qual è la sua posizione?

«Il termine genocidio ha una dimensione tecnica giuridica, ma viene usato anche al di fuori di questo contesto. Sulla comparazione con la Shoah, Primo Levi aveva una posizione chiara: comparare non significa abolire l’unicità dell’evento. Se il confronto implicasse una diminuzione dell’enormità della Shoah non lo accetterei. La comparazione evidenzia convergenze e divergenze».

 

Durante la guerra lei usò un nome falso per sfuggire alla persecuzione. Come influì questo fatto sulla sua percezione di sé?

«Ne parlo nella postfazione al mio libro “I benandanti” (Adelphi). Ero con mia madre e mia nonna al Saltino, vicino a Vallombrosa, quando la zona era occupata dai tedeschi in attesa delle truppe inglesi. Mia nonna, Lidia Levi Tanzi, l’unica componente non ebrea della famiglia, mi disse: “Se ti chiedono come ti chiami, devi dire Carlo Tanzi”, il nome di suo padre. Avevo cinque anni. Scrisse quel nome sulla prima pagina del libro che mi stavano leggendo, “Il più felice bambino del mondo”. Più tardi ho capito che in quel momento sono diventato ebreo».

 

Come si concilia il sentirsi ebreo con il non credere nell’identità come categoria fissa?

«Nel caso di un ebreo diasporico è la riprova che le identità sono multiple. Come diceva Primo Levi: “italiano ed ebreo”. Non amo la parola identità proprio per la sua etimologia: da “idem”, per cui si rimane uguali. Il mio sentirmi ebreo viene dalla persecuzione, ma proprio per questo rifiuto l’identità come categoria fissa, essenziale. È preferibile considerare l’individuo come il punto di convergenza di più insiemi».

 

E l’identità italiana?

«Il caso italiano è appassionante e unico. È impossibile trovare un Paese in cui il policentrismo sia così accentuato in uno spazio così piccolo. Potrebbe essere un esempio per il mondo, far fare un passo avanti all’umanità».

 

Pochi anni fa avete consegnato l’archivio di suo padre, Leone Ginzburg, alla Fondazione Polo del ’900. È stato costretto a sdoppiarsi: storico, figlio, sopravvissuto. Come è stata tramandata nella sua famiglia la memoria della Shoah?

«È stata una dolorosa, faticosa scoperta».

 

 

[Fonte: www.lespresso.it] 

quarta-feira, 16 de setembro de 2026

«Nexus», de Noah Yuval Harari

Cada nou treball de Yuval Noah Harari arriba envoltat d’expectació. Abans fins i tot d’obrir-lo, molta gent ja hi té una opinió formada. Uns esperen una altra demostració de la seua capacitat per connectar història, política, biologia i tecnologia en un mateix relat.

Assaig | Traducció de Núria Busquet Molist | Informació i veritat no són sinònims

Noah Yuval Harari 

Escrit per Josep Manel Martí i Gómez

Altres es preparen per trobar-se amb les simplificacions que sovint se li retreuen. Amb Nexus. Una breu història de les xarxes d’informació des de l’Edat de Pedra fins a la IA, l’historiador israelià torna a fer allò que millor sap: agafar un tema immens, estirar-lo al llarg de milers d’anys d’història i intentar explicar per què hem arribat fins ací. 

El subtítol parla d’una història de les xarxes d’informació des de l’edat de pedra fins a la intel·ligència artificial, però el llibre va una mica més enllà. En realitat, Harari intenta respondre una pregunta que travessa bona part de la seua obra: com és possible que milions de persones cooperen entre elles, compartisquen creences i construïsquen societats enormes sense conéixer-se personalment? 

La seua resposta té a veure amb la manera com circula la informació i amb les estructures que fan possible aquesta circulació. Pot semblar quelcom bastant evident, però Harari li dona moltes més voltes. Per a ell, les societats no es mantenen unides només perquè compartim dades o coneixements. També compartim creences, relats, lleis, tradicions, documents, símbols i tota mena d’històries sobre qui som i com funciona el món 

Algunes tenen una base real més sòlida que altres, però això no és sempre el més important. De fet, una de les idees que apareix una vegada i una altra al llarg del llibre és que informació i veritat no són sinònims. 

Noah Yuval Harari, Nexus, Edicions 62 (2024)

El que li interessa és entendre com aquestes idees aconsegueixen coordinar milions de persones que no es coneixen entre elles i fer possible formes de cooperació que, d’una altra manera, serien impensables. La crítica d’Harari a l’argument que més informació genera automàticament més coneixement és probablement una de les parts més estimulants del llibre.

Durant dècades, i especialment amb l’expansió d’internet, es va estendre una certa fe tecnològica segons la qual l’accés massiu a la informació acabaria afavorint societats més lliures, més racionals i millor informades. Nexus qüestiona aquesta premissa. 

La informació pot ajudar a descobrir la veritat, però també pot servir per construir ficcions compartides, reforçar identitats col·lectives o consolidar estructures de poder. Llegit des d’aquesta perspectiva, hi ha moments en què el llibre recorda algunes de les inquietuds que Orwell va explorar a 1984, encara que Harari no parla tant de censura com de la capacitat dels sistemes informatius per modelar la percepció de la realitat. 

Per explicar-ho recorre a exemples molt diferents entre si. Salta de textos religiosos a burocràcies imperials, de persecucions ideològiques a moviments polítics moderns, de la impremta a les plataformes digitals. En qualsevol cas, el passat és només una part de la història que conta Nexus. El seu interés principal està en el present i, sobretot, en allò que ve. La intel·ligència artificial apareix com el punt on desemboquen totes les preguntes anteriors. 

I és ací on el llibre es torna més inquietant: per primera vegada tenim sistemes capaços de produir informació, analitzar-la i actuar-hi sense necessitat d’intervenció humana constant. Pot semblar una diferència tècnica, però per a ell és un canvi de dimensions històriques. 

Qui decideix què és rellevant? Qui controla els fluxos d’informació? Què passa quan una societat deixa de compartir una mateixa base de fets? Són preguntes que apareixen de manera recurrent i que donen unitat a tot el llibre. 

Que la intel·ligència artificial acabarà transformant el món sembla bastant evident. La qüestió és entendre allò que està canviant exactament i fins a quin punt continuem interpretant aquests canvis amb categories que pertanyen a una altra època. 

Perquè, al capdavall, el llibre tracta sobre qui pren decisions, sobre quines històries acabem acceptant com a certes i sobre què passa quan els mecanismes que produeixen i distribueixen informació adquireixen una autonomia que no havien tingut mai, que comencen a participar en processos que fins ara depenien exclusivament d’éssers humans: generar relats, recomanar continguts, filtrar informació, prendre decisions administratives o influir en l’opinió pública.  

La irrupció de sistemes capaços d’analitzar, produir i difondre informació de manera autònoma altera aquesta relació d’una forma difícil de comparar amb transformacions anteriors. És ací on Nexus situa el centre de gravetat del debat. No tant en la tecnologia mateixa com en les conseqüències polítiques, socials i culturals que poden derivar-se del fet que una part creixent de la informació que consumim, compartim i utilitzem per prendre decisions deixe de passar exclusivament per mans humanes. 

 

[Foto: Wikimedia Commons - font: www.diarilaveu.cat]

 

El discreto encanto de John Berger

Crítico de arte, novelista, marxista, amante, exiliado, narrador: John Berger se resistió a toda definición fácil. Su nueva biografía abraza las contradicciones que dejó atrás.

John Berger, fotografiado en Milán, Italia, en 2010. 

Escrito por John Livesey

Traducción: Natalia López

Reseña de John Berger From Life, de Tom Overton (Allen Lane, 2026)

A los británicos no les agradan los intelectuales. Pero durante buena parte del siglo pasado y comienzos de este, John Berger demostró ser una excepción notable. Berger alcanzó por primera vez un estatus de culto durante la década de 1970 gracias al éxito de Modos de ver, una serie de la BBC en cuatro partes que exploraba la historia del arte occidental. La serie se emitió por primera vez a las 22 horas de un sábado por la noche, justo después de los resultados futbolísticos del fin de semana. Y, sin embargo, a pesar de este horario de programación desfavorable, el programa de todos modos logró convertirse en una sensación nacional, electrizando a los espectadores con sus esfuerzos por desmontar la teoría del «gran hombre» en el arte y arrojar nueva luz sobre los contextos económicos y políticos en los que fueron producidos los maestros europeos. 

Casi cincuenta años después, resulta llamativo cuánto de Modos de ver siga vigente, un logro que se debe a la presencia arrolladora y televisiva de Berger. Vestido con una camisa estampada de corte extravagante y luciendo una melena de cabellos entrecanos, Berger se parece más a una estrella de rock que a un historiador del arte: explica ideas complejas en un inglés llano y desborda una pasión que roza lo erótico. Es sincero pero no pedante; enérgico pero no dogmático; encantador pero no servil. Cuando ofrece un comentario particularmente reflexivo sobre «La lechera» de Johannes Vermeer, es como si se sacudieran siglos de polvo de la pintura. 

Pero si bien no puede caber duda de que Modos de ver contribuyó a consagrar a Berger como uno de los pocos verdaderos intelectuales públicos de Gran Bretaña, su participación en el programa también tuvo el efecto adverso de eclipsar muchos de sus otros logros. De hecho, el propio Berger expresó a menudo su decepción por ser conocido principalmente como «crítico de arte»; su preferencia era la etiqueta más nebulosa de «narrador». Evitando una hagiografía excesivamente simplista, es esta visión más amplia de Berger la que Tom Overton intenta evocar en su nueva y magistral biografía, John Berger From Life. La elección del título por parte del autor pretende ser un juego de palabras con la técnica de dibujar retratos a partir de un modelo en vivo. Pero este libro, cuidadosamente investigado y bellamente escrito, recuerda a los lectores las dificultades de capturar cualquier vida de manera definitiva, dejando espacio para las numerosas contradicciones y defectos de Berger sin intentar disimularlos. 

Rojo permanente 

Berger nació en Londres en 1926 y fue criado con una comodidad moderada por unos padres judíos de clase media baja. A los once años, consiguió una beca para St Edward’s, un prestigioso internado al norte de Oxford. Berger no disfrutaba del ambiente asfixiante de la institución y adquirió el hábito de discutir con sus compañeros y profesores, adoptando posturas radicales para provocar sus tendencias más reaccionarias. Cuando cumplió dieciséis años, finalmente se escapó, regresando a Londres para estudiar arte, primero en la Central School of Art and Design y luego en el Chelsea College of Arts. 

Después de la universidad, Berger pasó un año luchando para llegar a fin de mes como artista profesional antes de afianzarse en el BBC World Service, donde ofrecía descripciones de grandes obras de arte para quienes escuchaban en las periferias del desmoronado Imperio británico. A través de ese trabajo, con el tiempo logró llamar la atención de T. C. Worsley, el editor literario del New Statesman. Así comenzó una década de trabajo en la revista como crítico de arte controvertido pero muy respetado. Aunque la escritura de Berger de este período es concisa y accesible, permanece llena de su perspicacia característica, empleando un lente explícitamente marxista, atemperado por las influencias de otros pensadores europeos como Georg Lukács, Antonio Gramsci y Walter Benjamin. 

Lo que parece haber fascinado más a Berger fue cómo las fuerzas económicas moldean los tipos de sentido que el arte tiene permitido producir en una sociedad dada. Fue, por ejemplo, inmediatamente escéptico respecto de los expresionistas abstractos y emitió una evaluación particularmente mordaz de Jackson Pollock. Según Berger, el pintor estadounidense permanecía incapaz de «ver o pensar más allá de la decadencia de la cultura a la que pertenece» y, como resultado, su obra seguía siendo inútil, evidencia solo de un talento «desperdiciado». Este fue uno de los momentos de la crítica de Berger en que su resistencia a los desarrollos de la abstracción de posguerra corría el riesgo de socavar su radicalismo autoproclamado. Sin embargo, esta resistencia a lo que era universalmente celebrado, una suerte de conservadurismo invertido, formaba parte del encanto de Berger, siempre caminando en la línea entre el idealismo progresista y el respeto por la tradición. 

No fue sino hasta 1972 que Berger alcanzaría el punto más alto de su fama. Ese fue el año en que se emitió por primera vez Modos de ver, lo que le granjeó a Berger una legión de jóvenes devotos. También fue el año en que ganó el prestigioso Premio Booker por G., una novela picaresca que sigue a un donjuán italiano cuyas hazañas sexuales sin duda estaban basadas en algunas de las propias infidelidades de Berger. Cuando G. recibió el Booker, Berger causó controversia al pronunciar un discurso de aceptación en el que desestimó la tradición de los premios literarios y donó la mitad de sus ganancias al Partido Pantera Negra británico, que dos años antes había ayudado a liderar una campaña de solidaridad con los Mangrove Nine, un grupo de activistas falsamente acusados de incitar a un disturbio en 1970. Según se cuenta, Berger abandonó la ceremonia para ir a un pub en el norte de Londres, donde entregó el dinero y brindó por el éxito de las Panteras. 

De cara al mundo 

Tras la ampliamente difundida controversia del Booker, Berger comenzó a pasar menos tiempo en Inglaterra. Ya se había mudado a Ginebra con su segunda esposa en 1962. Y hacia 1974, se había mudado nuevamente, esta vez al diminuto pueblo alpino de Quincy. El nuevo hogar de Berger era deliberadamente remoto, y sin embargo este aislamiento no diluyó su compromiso con los acontecimientos mundiales. En 1975, colaboró con el fotógrafo Jean Mohr en Un séptimo hombre, una narrativización deslumbrante de la difícil situación de los trabajadores migrantes de Europa. Casi dos décadas después publicó la colección de ensayos Encuentros y despedidas, que incluye una defensa romántica de los mineros huelguistas de Gran Bretaña. Reflexionando sobre los escombros del thatcherismo, escribió: «Están decididos a quebrarte, decididos a quebrar tu herencia, tus habilidades, tus comunidades, tu poesía, tus clubes, tu hogar». 

Uno de los aspectos más frecuentemente desatendidos del pensamiento de Berger fue su compromiso con la causa de la liberación palestina. «No me avergüenzo de ser judío», le escribió al autor Philip O’Connor en 1967, «pero me avergüenzo profundamente de Israel». En 2003, tras medio siglo de espera, Berger finalmente realizó su primer viaje a Palestina, una experiencia transformadora que recuerda en el ensayo «Un momento en Ramallah». Berger abre el texto describiendo las fotografías que cubrían las paredes de la ciudad, conmemorando a quienes murieron en la segunda intifada con el mismo cuidado y atención que reservaba habitualmente para sus reflexiones sobre los retratos de Pablo Picasso o Rembrandt. Uno por uno, observa cada rostro, esforzándose por descifrar las historias que podrían contar. 

Con destreza, Berger pasa entonces de una suerte de crítica de arte a una discusión de las asimetrías de poder de las que estas imágenes dan testimonio. Aquí hay hombres y mujeres que nacieron en campos de refugiados, que tuvieron que trabajar en lugar de ir a la escuela, y cuyas aspiraciones desde entonces han sido aplastadas bajo las ruedas de la ocupación.

Cualquier comparación entre las armas involucradas en estos enfrentamientos nos remite a lo que es la pobreza. Por un lado, helicópteros Apache y Cobra, F-16, tanques, jeeps Humvee, sistemas de vigilancia electrónica, gases lacrimógenos; por el otro, catapultas, hondas, teléfonos móviles, kalashnikovs mal utilizados y, sobre todo, explosivos caseros. La enormidad del contraste revela algo que puedo sentir entre estas paredes desoladas por el duelo pero que no puedo nombrar. 

Por una vez, el crítico se queda sin palabras. Sencillamente, no hay otros «modos de ver» la violencia del genocidio. 

Escribir desde la vida 

Para cuando donó su archivo a la Biblioteca Británica en 2009, la salud mental y física de Berger se había deteriorado considerablemente. Su visión se nublaba mientras esperaba una cirugía para extraerle dos cataratas de los ojos. Fue durante ese mismo período que Berger conoció a Tom Overton, entonces un joven investigador al que se le había encomendado la tarea de ordenar el archivo del escritor. Así comenzó un diálogo de varios años entre los dos hombres, al principio profesional pero más adelante parecido a algo más cercano a una amistad. Sus conversaciones acabarían sentando las bases de la biografía de Overton. 

Se percibe a Overton trabajando en diálogo con su objeto de estudio a lo largo de From Life, que se mueve con frecuencia entre distintos modos de interpelación, alternando entre «él» y «tú» para describir a su sujeto. El Berger de Overton no se compone por una serie de datos prolijamente ordenados, sino que es alguien íntimamente involucrado en la construcción de su propia biografía. Como para probar este punto, Overton a menudo cuestiona y pone en duda a su objeto de estudio, dejando que su tono oscile entre el amor, la frustración, la admiración y la decepción. «¿Te vas a escurrir hacia el pasado cuando haya contado bien tu historia?», le pregunta a Berger hacia el final del libro; «¿Me vas a dejar en paz?», pregunta en otro momento; «¿Quiero yo que lo hagas?», se pregunta a sí mismo. Son preguntas sin respuesta. 

Por supuesto, como parte de esta inquietante comunión, Overton también se permite cuestionar algunas de las decisiones de Berger. La caótica vida personal del escritor —cuatro matrimonios, tres hijos y una serie de amantes descartadas con un desdén aparentemente casual— resultan objeto de un escrutinio particular. El divorcio de Berger de su segunda esposa, la aristócrata Rosemary Guest, parece haber sido especialmente complicado. En su breve tratamiento del tema, Overton se esfuerza por insertar la voz de Rosemary, citando una entrada de diario en la que ella describe los papeles de su divorcio como una «sentencia de muerte», cuya firma precedió a seis «semanas de pesadilla, al borde del suicidio, en Sicilia». Semejantes afirmaciones podrían parecer algo dramáticas, pero Overton también advierte el mismo tono de pánico en los escritos de las otras esposas de Berger —Anya Bostock y Beverly Bancroft—, ambas abandonadas sumariamente por el escritor. 

Estos detalles no solo demuestran la amplitud de la investigación de Overton —que rastrilló múltiples archivos y habló con todos quienes conocieron a Berger—, sino que arrojan una luz desfavorable sobre las maneras en que Berger vivió su propia política. Fue la estimada crítica de cine Laura Mulvey quien alguna vez reconoció a Berger como inspiración de su trabajo pionero sobre la mirada masculina. Pero cualquiera sea la utilidad que la obra de Berger pueda tener para las críticas feministas, sus intervenciones están habitadas por los fantasmas de aquellas mujeres que fueron descartadas a la estela de sus deseos. En From Life, Overton le reconoce a Berger cierto mérito por asumir su incapacidad de sacrificar el placer inmediato en favor de la estabilidad a largo plazo. También se muestra comprensivo con el anhelo de su objeto de estudio de una cultura menos tercamente monógama. Pero no vacila en arrojar sospechas sobre las repetidas infidelidades del crítico y los estragos que estas causaron en las vidas de sus parejas. «¿En qué estás pensando?», pregunta en un momento, aparentemente sin encontrar las palabras. 

El jardín de las delicias 

Cuando John Berger falleció el 2 de enero de 2017, tenía noventa años y estaba aterrado por el mundo que dejaba atrás. Justo antes del cambio de milenio, le habían pedido que eligiera una pintura para describir el sentimiento del momento presente. Tras pensarlo, Berger eligió las representaciones del infierno que aparecen en El jardín de las delicias de El Bosco. Según sostuvo, estas imágenes grotescas ofrecen «una extraña profecía del clima mental que la globalización y el nuevo orden económico imponen al mundo al final de nuestro siglo… no hay pausas, no hay caminos, no hay patrón, no hay pasado y no hay futuro. Solo existe el clamor de un presente disperso y fragmentario». 

Desde entonces, el mundo no ha hecho otra cosa que volverse más «disperso y fragmentario». De haber vivido hasta los cien años, no cabe duda de que Berger se habría horrorizado ante el crecimiento de la IA, del ascenso sostenido de la extrema derecha y, quizás por sobre todo, del silencio del poder occidental frente a un genocidio desplegado ante los ojos del mundo. Pero, por más heroico que haya sido Berger, fue producto de un clima intelectual y político menos hostil a la disidencia que el nuestro. 

En 1972, fue la BBC la que tomó la audaz decisión de emitir un programa sobre arte, escrito y presentado por un marxista autoproclamado que esperaba reescribir la historia del arte occidental. En 2026, tras décadas de ataques por parte del gobierno, esa misma BBC enfrenta amenazas crecientes de privatización y se ha visto obligada a poner coto a su programación para garantizar que se mantenga políticamente neutral, un eufemismo para acomodarse a los argumentos de la derecha. 

Este panorama deprimente vuelve casi imposible imaginar que a pensadores como Berger se les concediera hoy la misma plataforma que tuvieron en la posguerra. Sin embargo, como nos recuerda la vibrante biografía de Overton, es exactamente este tipo de pensador el que necesitamos ahora más que nunca. 

 

John Livesey es candidato a doctor en el University College de Londres, especializado en la obra de James Baldwin. Sus textos han aparecido en medios como Guardian, Little White Lies y Oxford Review of Books. 

 

[Imagen: Leonardo Cendamo / Getty Images - reproducido en www.jacobinlat.com]