Hay creadores que no se conforman con un lenguaje único. La exposición ‘Infieles’, en Buenos Aires, lo demuestra.
'Teoría y praxis en el bar', de Daniel Santoro (2020), una de las obras de la exposición 'Infieles'
Escrito por Damián Huergo
Hay frases que
cualquier lector de suplementos culturales podría completar de memoria. Una que
se repite tanto en diarios hondureños como en plataformas uruguayas, en
particular por artistas hombres moldeados con la arcilla del siglo XX, es: “La
pintura es mi amante pero la literatura, mi mujer”. La actividad artística
y el sujeto de deseo puede variar según cada caso, pero la fórmula del engaño
continúa y resiste en su vigencia.
No recuerdo haber
escuchado o leído esa frase en boca de alguno de los artistas que exponen en la
muestra Infieles. De escritores que pintan o pintores que escriben,
expuesta en el Museo del Libro y de la Lengua Horacio González, en Buenos
Aires. Sin embargo, el juego a dos bandas que confiesa el enunciado, y la
ampliación del campo de batalla que augura, sin dudas, les podría caber a cada
uno. Y no hablo de la vida personal —al menos, esa dimensión es la que nulo
interés tiene en este espacio—, sino de su trabajo artístico, de sus juegos a
dos o más bandas, de las diferentes materialidades donde asoman u ocultan su
sensibilidad y su forma de estar en el mundo.
Para entrar a la
muestra hay que atravesar una cortina roja y pesada de terciopelo, que toca el
suelo como si fuese una de las lenguas derretidas de Dalí o los telones
lynchescos de Twin Peaks. La iluminación
es tenue, salvo por un corazón de neón rosa atravesado por un rayo: un
relámpago fugaz que reemplaza el flechazo eterno de Cupido. La intención de
crear un ambiente de intimidad —planificada por el equipo de curadores
integrado por Roberto Papateodosio, Pablo Licheri, Inés Girola, Inés Ulanovsky
y Esteban Bitesnik— es intervenida por el sonido de colectivos y autos que
entran por la puerta de la avenida Las Heras, 2.555. Como en un hotel, el oasis
íntimo y privado que buscan recrear está percudido por lo público que lo rodea.
Ese doblez entre el anonimato y la exhibición, entre las puertas semicerradas y
el amor a cielo abierto, parece ser territorio propicio para las infidelidades,
del orden que sean.
'Espejos', de Manuel Mujica Lainez (1966)
Al correr el velo
rojo, la primera obra que aparece es Espejos, un dibujo de un árbol
hecho con marcador sobre un papel. De cada una de sus ramas cuelgan frutos que
parecen ventanas a dimensiones cercanas o desconocidas. Si no hubiera un nombre
de autor a su lado, no sería tan errado decir que —por los colores y la
superposición de materiales— pertenece a un período poco difundido del pintor y
astrólogo Xul
Solar. Pero no. La obra
que recibe al visitante, fechada en 1966, es del escritor argentino Manuel
Mujica Lainez. Como si fuese
una tarjeta de bienvenida, pegada a la obra hay una frase de su novela
biográfica Cecil (1972). Dice: “Lo primero que
advertí, en su penumbra interior, fue la jerarquía esencial que concede a los
objetos. Quizá crea en ellos más que en las personas”.
La frase de
Mujica Lainez parece una premisa. En la muestra no importan los recorridos de
los artistas, sino lo que sus manos crearon. O atraparon del aire, como dice el
poeta, librero, músico y editor Francisco Garamona en una de las entrevistas a
los artistas antologados que transmiten en loop en un rincón
del primer piso. Detrás de unos anteojos de lente negro, Garamona completa: “En
realidad, los artistas lo que hacen es una especie de red para cazar mariposas:
cazan las ideas, el fruto de lo que después producen. Nada pertenece a nadie.
Las ideas y las emociones son energías que rodean el mundo; emergen de la
tierra, el cielo, los minerales, y uno tiene que estar atento para conectar con
aquello que está ahí, anterior a uno y posterior a uno”.
Obras de César Aira (izquierda) y de Francisco Garamona (derecha)
En la red de
Garamona, al parecer, quedó atrapado el germen de la muestra. En la ceremonia
de inauguración, el 16 de junio, el curador Esteban Bitesnik contó que la idea
surgió en La
Internacional Argentina,
uno de esos espacios porteños donde se juntan escritores, músicos y artistas a
pasar el rato y surgen libros, canciones, poemas, por el roce de la complicidad
y la noche. En ese mismo discurso inaugural, Bitesnik vincula a la muestra con
la amistad, con la idea de conversación, donde se trafican ideas y
conspiraciones en distintas usinas de pensamientos, sean geográficas como
generacionales.
Los nombres que
surgieron en un primer momento, y continuaron danzando junto a otros que se
sumaron cuando el proyecto fue tomando forma durante la pandemia, fueron los de
los escritores César Aira, Sergio Bizzio, Gabriela Cabezón Cámara y Silvina
Ocampo; los de los artistas Eduardo Stupía, Yuyo Noé y Daniel Santoro; los de
músicos como Charly García y Nacho Marciano; e incluso el del ensayista Horacio
González, quien fue
gestor del museo que funciona como anexo de la Biblioteca Nacional. También,
claro, aparecieron los nombres de artistas identificados con la mixtura:
Fernanda Laguna, Dani Umpi, Naty Menstrual, Roberto Jacoby y Fernando Noy,
entre otros.
La muestra
presenta una antología de 35 artistas que abarcan casi un siglo de producción
artística argentina. Un arco temporal que cruza a tres generaciones de
creadores. Cronológicamente, arranca con un dibujo inédito de Silvina Ocampo
(1903-1993), la hermana menor de las Ocampo, acompañado del poema inédito
‘Lecciones de metamorfosis’; y llega hasta la poeta, artista y joyera Micaela
Piñero, nacida en 1990. Escritores y pintores de tres generaciones diferentes
que, como dice el catálogo de la muestra, fueron “desbordándose por fuera de
los márgenes o las paredes, (...) que no se conforman con un lenguaje único ni
una sola manera de mirar o contar. O tienen tanto que contar que un único medio
no les es suficiente. No les alcanza con un solo lenguaje y recurren a otros
para expresar, quizá con más facilidad, lo que una sola herramienta no les
permite decir. Por eso, nos encontramos en muchos casos con escritores que
pintan y con pintores que escriben. Es más, en muchos casos no podemos
distinguir dónde acaba el pintor y dónde empieza el escritor y viceversa”.
Dibujo de Silvina Ocampo
El día de la
inauguración estuvo la directora del museo, María Moreno, quien
afronta un problema de salud que la alejó de las funciones en los últimos
meses. Su presencia, física y aurática en un cuadro de Daniel Santoro (la tiene
en el centro de la escena, mejor dicho, de la mesa) amadrinó los desvíos, los
cruces, los juegos y las fisuras de las teclas de expresión por donde filtraron
otras formas.
Otra de las voces
que cortó la cinta de largada fue la de Juan Sasturain, actual director de la
Biblioteca Nacional Mariano Moreno. De pie, con el catálogo en la mano y
moviendo mechones canosos al hablar, dijo: “La infidelidad no es para
cualquiera. Para serle infiel a la escritura pintando, hay que haberse primero
comprometido, hecho el amor y amado el texto. Y para traicionar el trazo con el
signo literal, hay que haber primero entregado el corazón a la pintura o el
dibujo. No hay traición si no hay nada que romper, algo que forzar. No es lo
mismo trampear o ser veleta, que saltar el cerco con algún desgarro en el camino.
No se excluye en esta idea, que puede sonar un poco trágica, la idea de lo
festivo y del gesto suelto. Lo confirma en lugar de contradecir”.
'Ahora me encantan las palomas', de María Luque (2021)
La estética pop,
festiva, erótica, amistosa e infantil es propia del contenido y las formas de
las obras exhibidas. Como si la infidelidad a un proyecto propio, la apertura a
nuevos materiales, la entrega al amateurismo de una disciplina de la que
escritores y pintores aún no conocen sus secretos, les permitiera jugar sin
finalismos, sin importar los resultados; un misterio donde es más importante
estar que resolver. Infieles. De escritores que pintan o pintores que
escriben saca del closet obras que nacieron para no ser expuestas y
palabras que fueron escritas para no ser leídas. Lo que estaba en las sombras
ahora está a la luz. Como escribió en el catálogo la curadora Magdalena
Testoni: “La infidelidad se presenta; lo que estaba oculto ahora está a la
vista, es el secreto peor guardado. En este caso, hace falta tan solo correr la
túnica de terciopelo, tan pesada como la verdad, para inmiscuirse en la ficción
de otrxs”.
Si andan por
Buenos Aires, tienen tiempo hasta finales de noviembre para ver la muestra.
Solo tienen que correr el telón rojo de terciopelo y, con pasos firmes y
sigilosos, entrar sin mirar hacia atrás.
[Imágenes: MUSEO
DEL LIBRO Y DE LA LENGUA - fuente: www.coolt.com]









