Judith Butler durante una entrevista reciente con El
Periódico.
Publicado por Nathan J. Robinson (Current Affairs)
Judith Butler es
una de las académicas y filósofas más destacadas del mundo en cuestiones de
género, sexualidad y los fenómenos culturales que los rodean. Es autora del
emblemático libro de 1990 Gender Trouble: Feminism and the Subversion
of Identity y, más recientemente, de la obra que le siguió en
2024, Who’s Afraid of Gender? Butler se reunió con el redactor
jefe de Current Affairs, Nathan J. Robinson, para hablar de cómo
personas de todo el mundo –en su mayoría conservadoras, aunque también algunas
que se consideran de izquierdas– han llegado a sentir miedo y enfado ante lo
que denominan “ideología de género”, por qué están equivocadas y qué se podría
hacer al respecto.
Quiero empezar
con una cita de su último libro, ¿Quién teme al género?, en la que dice:
“Al menos en
Estados Unidos, el género ya no es una casilla trivial que hay que marcar en
los formularios oficiales, y desde luego no es una de esas disciplinas
académicas oscuras sin repercusión en el mundo en general. Al contrario: se ha
convertido en un fantasma con poderes destructivos, una forma de aglutinar y
avivar multitud de pánicos modernos”.
¿Podría
explicar con más detalle a qué se refiere con eso?
En primer lugar,
tengo que decir que no me considero la principal filósofa del género, ni me
considero a mí misma ni a mi obra responsable de lo que el discurso popular
denomina “ideología de género”. Mi impresión es que la ideología de género no
existe. Es una forma de resumir un campo complejo, un conjunto de políticas
sociales y decisiones jurídicas. Es una forma abreviada que no logra explicar
realmente lo que está en juego, pero que además crea algo así como un enemigo
imaginario, o una especie de unidad ficticia que genera mucha ansiedad y miedo
–además de cierta fascinación y confusión–. Y si analizo la forma en que se
hace referencia al género en los medios de comunicación y en el discurso
público, parece abarcar toda una serie de cuestiones, entre ellas los derechos
reproductivos, la igualdad de las personas transgénero o de las mujeres, cómo
abordar el deporte, cuestiones de igualdad, diversidad e inclusión, y las
interpretaciones psicológicas de lo que les ocurre a los niños y a las niñas a
medida que crecen y llegan a comprenderse a sí mismos.
Hay tantos temas
diferentes que se agrupan bajo un mismo término, y supongo que la palabra
“fantasma” sugiere que existe una especie de imagen onírica o una construcción
fantasmática que se ha arraigado en la mente de las personas, y que se denomina
género. Pero, en realidad, el género es muy complejo. La gente lleva mucho
tiempo estudiándolo y existen puntos de vista contradictorios. Y si adoptáramos
un enfoque más sobrio e intelectual –un enfoque académico– respecto a este
tema, encontraríamos allí muchas corrientes diferentes, conflictos y aspectos
interesantes.
Estoy seguro
de que conoce el caso que se produjo recientemente tras la publicación de su
libro, el del profesor [Martin Peterson, de la Universidad Texas
A&M, al que se
le prohibió impartir una parte de El banquete de Platón porque
infringía la norma de Texas que prohíbe enseñar la “ideología de género”. Y
creo que es un ejemplo muy interesante de cómo la derecha parece tener muy
claro lo que significa prohibir la “ideología de género”, pero luego, a la hora
de aplicarlo realmente, no estoy seguro de que muchos de ellos sepan, en
realidad, qué entienden exactamente por “ideología de género”. Cuando escribió
este libro, ¿llegó a comprender mejor qué se entiende por prohibir la
“ideología de género”?
Por desgracia,
cuando la derecha utiliza el término “ideología”, tiende a pensar en una
postura dogmática impuesta por algunas personas en posiciones de poder, por
profesores o mediante políticas sociales, y atribuye al género una función
ideológica, con lo que se refieren tanto a algo dogmático como a algo
manipulado, falseado. Así pues, frente a lo dogmático, dicen que deberíamos
mantener un debate abierto y libre –que incluya los puntos de vista
conservadores– sobre la familia y el género. Frente a la falsificación, piensan
que deberíamos basar todas nuestras opiniones en hechos biológicos, aunque a
veces afirman que deberíamos basarnos en la doctrina cristiana. Por lo tanto, existe
cierta tensión en este sentido. Y hay diferentes variantes del movimiento
contra la ideología de género en todo el mundo. Así pues, lo que encontramos en
Taiwán no es lo mismo que lo que encontramos en Uganda, por ejemplo. Sin
embargo, en el caso de la censura a Platón, lo que realmente están haciendo es
tomar una decisión doctrinaria. Están imponiendo una doctrina que dice que no
se debe mantener un debate abierto sobre el amor y la homosexualidad, lo cual
es una característica de la relación de Sócrates con algunos de sus
interlocutores, y no una representación explícitamente sexual, pero sin duda es
una representación del amor entre hombres. Ahora bien, en la Grecia clásica,
aceptamos que eso formaba parte de lo que ocurría. No necesitamos negarlo. No
hace falta negarlo. Y si lo negamos o lo rechazamos, somos nosotros, o son
ellos, quienes actuamos de forma dogmática y doctrinaria. Así pues, la ironía
radica en que el género se entiende como una doctrina dogmática, y la forma en
que se prohíbe sugiere sin duda que quienes imponen la prohibición actúan de
manera dogmática y doctrinaria.
Ahora bien,
gran parte de su libro se centra en desentrañar o intentar comprender las
razones por las que el género, o la “ideología de género”, ha llegado a cobrar
tanta importancia para estas personas y el motivo de su miedo. Pero creo que
muchos de ellos, si se les preguntara, empezarían diciendo: “Bueno, antes de
plantear esa pregunta, tienes que demostrar que estamos equivocados y que
nuestros argumentos son falsos”. Y, desde luego, estaba leyendo la reseña muy crítica de Kathleen
Stock sobre su libro, y lo que ella decía era, en esencia: “¿Cómo te atreves a psicoanalizarnos
en lugar de refutarnos?”. Si intentáramos articular cuál sería su postura,
ellos dirían: “Defendemos que existe una visión del género como algo subjetivo
que conduce a todo tipo de perjuicios y a la creencia de que cualquiera puede
cambiar de género a su antojo”. Citó casos de niños a los que se les
administran bloqueadores de la pubertad, de mujeres trans que compiten en
deportes femeninos y de mujeres trans a las que se les permite compartir celdas
con mujeres cisgénero, etc., todo ello como resultado de una visión que, en
esencia, considera el género como algo subjetivo, una visión que es errónea y
una negación de la realidad. Entonces, ¿cómo respondería, en primer lugar, a
esa afirmación?
“El género no es
subjetivo, es un factor que actúa en la distribución de la riqueza o en la
división del trabajo”
En primer lugar,
el género no es subjetivo, por lo que esa afirmación es incorrecta. Ahora bien,
si tuviera que responder a esa pregunta, tendría que dar por cierto que su
afirmación es cierta, pero no puedo hacerlo sin falsear mi postura. Así pues,
en primer lugar, el género es un marco conceptual que se ha desarrollado a
través de las ciencias sociales. Un marco conceptual no es subjetivo. Un marco
es una forma de estructurar el conocimiento y un modo de investigación. En la
medida en que hablamos de las normas de género en el mundo, nos preguntamos
cómo se divide el trabajo según el género: ¿qué producen las mujeres, en
contraposición a lo que producen los hombres? Estamos hablando del género como
una diferencia de poder. Y creo que podemos decir que sí, hay muchos buenos
análisis sociológicos y económicos que sugieren que el género es un factor en
la distribución de la riqueza o en la división del trabajo. Esas no son
dimensiones subjetivas del género. A veces se confunde el
género, que es un concepto mucho más amplio, con la identidad de género, que es
la forma en que se identifican las diferentes personas. Pero también se comete
un error adicional, que es afirmar que identificarse con un género específico
es un acto meramente subjetivo o volitivo, elegido libremente, como: “Oh, creo
que hoy seré de este género; creo que hoy seré de aquel otro”.
La razón por la
que el psicoanálisis sigue resultándonos interesante en 2026 es que a menudo
creemos que estamos eligiendo las cosas deliberadamente, cuando en realidad nos
mueven otros tipos de motivos; creemos que hablamos de forma racional, pero en
realidad quizá estemos presa del pánico o tengamos algunos deseos que queremos
satisfacer. Y Freud fue uno de esos pensadores que nos invitó a reflexionar
sobre el hecho de que gran parte de lo que creemos que hacemos de forma
voluntaria se ve afectado por otro tipo de pasiones, ansiedades o incluso
elementos inconscientes que influyen en la motivación humana.
Así que no soy
voluntarista. No creo que la gente se levante por la mañana y decida de qué
género va a ser ese día, pero sí creo que hemos sido ingenuos respecto a lo
arraigadas que están ciertas nociones de género.
“Se comete un
error al creer que la identificación con un género es un acto volitivo, una
elección libre”
Por ejemplo,
cuando un hombre me dice, como ya me han dicho: “Mira, mi género forma parte de
quién soy. Esto es fundamental para mí. No me digas que esto es cambiante. Esto
es, sin lugar a dudas, quien soy”, lo último que voy a decirle a esa persona es
que puede cambiar eso si quiere. No. Respeto lo que me dice. Me está contando
algo que está profundamente arraigado. No conoce todas las razones por las que
es así, pero esa es su visión apasionada y firme de sí mismo. Por tanto, lo
único que le voy a decir es: “Adelante. Está bien. Sabes quién eres y estás
viviendo en el mundo”. Pero también las personas trans dicen: “Esto está
profundamente arraigado. Y no conozco todas las razones que lo explican, pero
esto es lo que soy”. Y yo voy a decir: “Te respeto. Sigue adelante”.
Esto está
relacionado con lo que quizá sea el malentendido más común sobre su propio
trabajo, porque se le ha asociado mucho con el término “performativo”. La gente
a veces interpreta que eso significa que, si el género se crea mediante una
serie de acciones, mañana yo podría realizar acciones diferentes y mi género
cambiaría de inmediato. En el libro habla mucho de J. K. Rowling, y ella
plantea el siguiente argumento: “¿Y si un hombre se hubiera sentido hombre
durante cuarenta años y, de repente, mañana decidiera que en realidad ha sido
mujer todo ese tiempo?”. Esto se basa, en cierto modo, en una interpretación
errónea de su propio trabajo, pero usted afirma que simplemente no funciona
así.
Quizá se pueda en
Hollywood; se puede si eres un artista performativo. Pero lo performativo no es
una libre elección radical. No es como si pudiera ser lo que quisiera en
cualquier momento. Ni mucho menos.
Estoy moldeada
por la cultura, la familia y la religión. Vaya si lo estoy, pero no estoy
totalmente determinada. Sí, provengo de esta familia y de este entorno; esto es
lo que me enseñaron, así es como he vivido, y estoy profundamente moldeada y
formada por las normas sociales, las circunstancias históricas y todo tipo de
material psíquico que no pude elegir. Al mismo tiempo, vivo esta vida, tomo
decisiones sobre ella y decido cómo debería ser mi existencia basándome en mi
comprensión más profunda de quién soy o cómo quiero estar en el mundo. Así que
no creo que seamos totalmente voluntaristas, en el sentido de que pueda ser
cualquier cosa, ni tampoco creo que estemos totalmente determinados. Y la
performatividad es una forma de nombrar ese espacio entre el determinismo
filosófico y el voluntarismo. En otras palabras, la cultura te afecta y, sin
embargo, también la estás rehaciendo. Estás introduciendo algunos cambios en
ella, y es difícil, porque hay corrientes contrarias, y lo que llamamos
“elección” no es radicalmente libre. Es una lucha contra una formación
existente. Y las personas luchan de diferentes maneras para revisar su historia
–no para inventarse una nueva, sino para encontrar nuevas formas de vivir en
medio de lo que ya les ha moldeado. Eso es la performatividad.
¿Detecta en el
movimiento antigénero una especie de frustración ante –o una renuencia a
afrontar– la posibilidad de que la realidad sea complicada y de que las
categorías del sentido común y el lenguaje sencillo no nos proporcionen una descripción
fiel de la realidad? Hay un documental de hace un par de años, realizado por
una de estas personas antigénero, Matt Walsh, titulado ¿Qué es una mujer? Toda su frustración radicaba en que
la gente no acepta la respuesta sencilla a “¿Qué es una mujer?”. Él afirma
tener una respuesta sencilla: “Es una hembra humana adulta”. Va por ahí
planteando esta pregunta y, si no se le da una respuesta sencilla, da a
entender que formas parte de esa terrible y destructiva ideología de género.
Así que, la pregunta “¿qué es una mujer?” debería tener, o necesita tener, una
respuesta sencilla y basada en el sentido común?
“‘¿Qué es una
mujer?’ es una gran pregunta, pero yo la dejaría abierta”
Voy a responder a
la pregunta, pero no puedo evitar señalar primero que las personas que dan
golpes en la mesa diciendo “¡Es un hecho sencillo; deberíamos tener una
respuesta sencilla!” están enfadadas, son insistentes y se sienten frustradas.
Basta con fijarse en cuál es el aura emocional de la afirmación de que
necesitamos una verdad sencilla. ¿Por qué nos enfada tanto eso? ¿Por qué
necesitamos una verdad sencilla? Bueno, la complejidad da miedo. Fíjate en la
endocrinología humana. Fíjate en cómo se distribuye la testosterona entre las
personas a las que se asignó el sexo femenino o masculino al nacer. Si observas
las complejas interacciones –como hace la biología del desarrollo– entre los
factores genéticos y epigenéticos y las diferentes formas de masculinidad y
feminidad que surgen, y luego las diferencias culturales… ¡Ay, Dios mío! Las
personas que son claramente mujeres en una cultura no lo son en absoluto en
otra. ¿Por qué tenemos marcos culturales diferentes para entender eso? O bien,
¿por qué los profesionales médicos también tienen que pensar en cómo denominar
a las personas con atributos sexuales mixtos, las personas intersexuales, que
constituyen un porcentaje pequeño pero significativo de la población?
Nos interesa esa
complejidad porque resulta interesante: damos por sentadas ciertas ideas,
mientras que otras personas dan por sentadas otras totalmente diferentes. ¿Cómo
traducimos entre unos y otros o llegamos a una comprensión más integral? ¿Cómo
abordamos la biología del desarrollo en relación con la antropología cultural y
las humanidades? No lo sé; a mí me parece interesante. A mí no me asusta, pero
hay gente que no quiere ninguna complejidad. Sin embargo, la vida humana es
compleja, y somos una complejidad de factores que se combinan para conformar
quiénes somos.
“Las personas que
son claramente mujeres en una cultura no lo son en absoluto en otra”
Así que, aunque
seamos inequívocamente un hombre o una mujer, la forma en que vivimos ese
género, cómo lo experimentamos, cómo lo mostramos y cómo lo entendemos será
compleja. Por eso a veces no nos entendemos unos a otros o nos creamos
expectativas mutuas. Es como decir: “Pero si eres hombre; pensaba que te
gustaría X”. Y es como: “Bueno, pues no me gusta X”.
Si un
provocador de derechas como Walsh plantea la pregunta: “¿Qué es una mujer?”,
¿cree que la respuesta adecuada es rebatir la pregunta, o hay una respuesta
satisfactoria?
Yo me hice la
misma pregunta: ¿qué es una mujer? Freud se preguntó: “¿Qué quiere una mujer?”.
Pero también se podría decir: “¿Qué es una mujer?”. Mi propia sensibilidad me
dice que es una gran pregunta. Es maravillosa. Dejemos esa pregunta abierta,
porque habrá muchas formas diferentes de responderla, y esas respuestas nos
darán acceso a la complejidad humana. Querremos saber más sobre el mundo y
podremos afirmar lo humano en toda su complejidad, en lugar de encasillarlo en
categorías fijas y clavar esos clavos. Así que, para mí, “¿Qué es una mujer?”
es una gran pregunta, pero yo la dejaría abierta.
“Aunque seamos
inequívocamente un hombre o una mujer, la forma en que vivimos y entendemos
nuestro género siempre será compleja”
Cuando vi el
título del documental, pensé: “Si de verdad quieres investigar esa pregunta,
deberías empezar por Simone de Beauvoir, a quien le fascinaba esta cuestión de
cómo se llega a ser mujer y qué significa ser mujer”. Pero una de las cosas que
señalas aquí es que existe una renuencia muy agresiva a leer entre muchos de
estos críticos, una verdadera hostilidad. De hecho, usted cuenta una anécdota
sobre alguien a quien conoció y se le acercó después de una charla a decirle
que rezaba por usted. Pero al preguntarle si había leído su obra, ella
respondió: “No, nunca leería un libro así”.
Creo que tenemos
que reflexionar sobre la prohibición de libros. Tenemos que pensar en la
censura, en las nuevas restricciones que se imponen a las universidades, en la
retirada de fondos o el cambio de denominación de los estudios de género, los
estudios sobre sexualidad, los estudios feministas, los estudios étnicos, los
estudios africanos y afroamericanos… Toda esta censura y la creciente incursión
autoritaria en los sistemas educativos, desde la educación primaria hasta el
bachillerato y la educación superior. Esto forma parte del movimiento contra la
ideología de género. Se trata de un movimiento que busca controlar el
conocimiento, suprimir el conocimiento, impedir que cuestionemos y atacar a
Sócrates, quien nos enseñó la importancia absoluta de la indagación abierta.
Podríamos decir que toda la educación superior está dedicada a Sócrates y a su
forma de plantear preguntas y pedir a las personas que reexaminen sus supuestos
sobre qué es la justicia, qué es la belleza y qué es la verdad –no para
convertirnos en relativistas radicales, sino para permitir una comprensión
compleja y, francamente, un mejor conjunto de juicios basados en el
conocimiento–. Pero el movimiento de la ideología antigénero es un ataque al
conocimiento y un ataque a la indagación abierta.
“El movimiento de
la ideología antigénero es un ataque al conocimiento y a la indagación abierta”
En este libro
se menciona repetidamente que no se pueden separar los ataques al género del
auge del autoritarismo y el fascismo. En su conclusión, cita al comentarista de
derechas Michael Knowles, quien dijo: “El transgénero es falso y, por lo
tanto, debe ser erradicado de la vida pública”. Y usted se centra en ese
lenguaje de la erradicación, en que si no se acepta nuestra definición de
sentido común, ni se habla en nuestro lenguaje sencillo y definido, ni se
aceptan las verdades bíblicas o biológicas tal y como las definimos, entonces
no hay lugar para uno en la vida pública.
El Instituto
Lemkin, dedicado al estudio del genocidio, ha publicado recientemente una
declaración en la
que afirma que el ataque contra las personas transgénero –sus derechos legales,
su propia existencia– apunta a un proyecto potencialmente genocida. No están
diciendo que se esté cometiendo un genocidio contra las personas trans, sino
que, en el momento en que se niega la condición jurídica de una minoría y se
rechaza reconocer su existencia en el discurso jurídico y público, se anula su
existencia jurídica y pública y se les retira el reconocimiento social. Caen en
una especie de irrealidad jurídica, o de inexistencia, que permite que se les
priven de sus derechos, incluido el derecho a la vida. Así que sí creo que hay
quienes eliminarían por completo la categoría de “transgénero”, lo que, por
supuesto, condena a todas las personas transgénero a llevar vidas insoportables
y a no ser reconocidas según el lenguaje y las categorías jurídicas que les
permiten tener derechos en este mundo en relación con su género. Por eso, para
mí, es algo muy aterrador. Privar a las personas de la salud, de los derechos
de tránsito de un país a otro y del reconocimiento legal es privarlas de todos
los derechos que se derivan de ser reconocidas legalmente como la persona que
son.
Ahora me
gustaría preguntar sobre la categoría de críticas a las que a menudo se
denomina “feministas radicales transexcluyentes”. Personas como Germaine Greer, por ejemplo, dirían: “Soy de izquierdas. No soy fascista. Soy alguien que
simpatiza con los movimientos de liberación, y mi argumento contra las personas
trans es que niegan la verdadera naturaleza de la feminidad. Socavan el
movimiento por los derechos de las mujeres al reforzar una noción estereotipada
de lo que significa ser de un determinado género”. Y argumentarían que se trata
de una crítica de buena fe y feminista; no es una crítica al estilo de Viktor Orbán o Vladimir Putin. Usted ha sido, obviamente, muy crítica y
ha sugerido que ese movimiento, esa postura, acaba alineándose con esos
autoritarios más radicales. ¿Cómo responde a sus críticas?
No me cabe
ninguna duda de que Germaine Greer ha sido una gran izquierdista y una gran
feminista. Nunca me oirías objetar eso. Lo que me desconcierta es por qué las
feministas de izquierdas, en parte –no en su totalidad–, han adoptado posturas
que se alían con el autoritarismo de derechas, las mismas formas de
autoritarismo que han negado la libertad reproductiva y las protecciones
legales a las mujeres. Las mujeres trans siempre han formado parte del
movimiento feminista. La mayoría de las mujeres trans que conozco también son
feministas, y la categoría de “mujer” ha sido siempre amplia. Una pregunta que
me surge, especialmente en lo que respecta a las feministas de la segunda ola,
es: ¿no aprendimos que las definiciones de lo que es una mujer han sido
demasiado estrechas y, a veces, biológicamente reduccionistas? Por ejemplo:
“Las mujeres se reproducen”. Bueno, no todas las mujeres se reproducen. No
todas pueden hacerlo. No todas quieren hacerlo. O bien: “Las mujeres tienen
este tipo de valores”. Bueno, no todas las mujeres tienen esos valores. O bien:
“Las mujeres pertenecen a la esfera privada”.
“Me desconcierta
por qué algunas feministas de izquierdas han adoptado posturas que se alían con
el autoritarismo de derechas”
Así que existen
todas estas definiciones restrictivas de lo que es una mujer. Y mi impresión es
que lo más estimulante del feminismo es que fue y sigue siendo un movimiento
por la libertad. Es decir, las mujeres pueden ser de todo tipo, y debemos
permitir que la categoría de “mujer” sea amplia. Ahora bien, eso no significa
que pueda incluirlo todo. No quiero parecer frívola al decir esto, pero las
personas trans –y, en términos más amplios, las personas no binarias– son
objeto de acoso, discriminación y restricción de derechos, lo que las convierte
en aliadas políticas potenciales y reales de las feministas. Y siempre hemos
sido aliadas. Siempre hemos estado a favor de la igualdad, en contra de la
discriminación, intentando averiguar cómo vivir libremente y cómo vivir y
respirar en la calle, en el lugar de trabajo y en el hogar sin miedo a la
violencia. Eso es lo que nos une a todes. ¿Por qué no iba a ser esa la
afiliación y la alianza más convincente? Conocemos demasiadas historias de
personas trans que sufren agresiones en la calle. Conocemos demasiadas
historias de mujeres que sufren agresiones en la calle. Son las mismas personas
las que cometen esas agresiones. Tenemos que unirnos para oponernos al
feminicidio y al asesinato de personas trans, no binarias o que no se ajustan a
las normas de género. Y en toda América Latina, los movimientos feministas
cuentan con esas alianzas. Y me ha sorprendido mucho, especialmente en el
contexto británico, ver que esas alianzas se han roto. No hay ninguna razón
válida para ello.
Hace un par de
años tuvimos a Shon Faye en el programa y hablamos de lo notable que es,
concretamente, la tendencia antitrans en el feminismo británico. En su libro
hay un capítulo dedicado a Gran Bretaña.
Así es. Y estoy
de acuerdo con Shon Faye. De hecho, hemos hablado de esto: que el movimiento
antitrans británico dentro del feminismo es único. No conozco ningún país en el
que sea tan feroz como allí.
Estoy seguro
de que esta es una pregunta cuya respuesta podría llenar un libro entero, pero
me intriga que en su libro hable de su propio trabajo anterior en teoría de
género y diga que ahora lo considera “cuestionable en varios aspectos,
especialmente a la luz de las críticas trans y materialistas”. Me pregunto si
podría contarnos brevemente cómo han evolucionado sus propios puntos de vista a
lo largo de las décadas.
Hace 37 años,
cuando estaba escribiendo Gender Trouble, me sentía profundamente
influenciada por el posestructuralismo francés y la teoría feminista. Estaba un
poco perdida en ese mundo académico. Y sigue siendo un material muy
interesante, lo enseño y escribo sobre él, y todo está bien, pero es un marco
estrecho. Curiosamente, cuando el libro empezó a traducirse a otros idiomas,
empecé a darme cuenta de lo que estaba sucediendo en otras partes del mundo.
Así que la traducción de Gender Trouble me hizo mucho más
cosmopolita y me expuso a diferentes tipos de trabajos académicos, feministas y
también activistas. Eso me permitió comprender cómo había que concebir el
género en términos de economía y de relaciones de poder geopolíticas –por qué
el término a veces funciona en ciertas partes del mundo y otras veces es
imposible que funcione en otras–. Así que creo que ahora tengo una perspectiva
mucho más transnacional. Creo que necesitaba reflexionar con mayor claridad
sobre la biología del desarrollo y las cuestiones relacionadas con el
materialismo. Algunas de esas críticas iniciales sí que me incitaron a
replantearme mi postura. Creo que el tema del drag fue un
momento clave en Gender Trouble. Mucha gente partió de ahí, pero no
es lo mismo que lo trans. Hay que dejarlo claro. Hay muchos trabajos en los
estudios trans que me han resultado sumamente interesantes, también en el
ámbito del derecho y la medicina. Así que sí, he aprendido mucho. Creo que soy
una pensadora más interdisciplinaria y transnacional de lo que era hace 37
años.
Quizá a los
lectores les sorprenda, al abrir este libro, que no se centre única o
principalmente en el Partido Republicano de Estados Unidos. El primer capítulo
se titula “El panorama global”. Habla de Hungría, Taiwán, Uganda y el Vaticano.
Quiero concluir aquí yendo más allá del género, porque usted afirma que uno de
los problemas de este movimiento antigénero es que el excesivo énfasis en el
género por parte de la derecha desvía la atención de las diversas fuerzas
sociales y políticas que están destruyendo el mundo tal y como lo conocemos. Y
en su conclusión aborda la importancia de la lucha anticapitalista y de los
movimientos por la libertad más amplios en todo el mundo. Usted ha participado
en el activismo propalestino, y ya he mencionado su implicación en el
movimiento Occupy con su labor anticapitalista. ¿Podría hablar de cómo ese
enfoque exclusivo en el género nos aleja de algunas de estas otras áreas
cruciales de lucha?
Uno de los
argumentos del movimiento contra la ideología de género ha sido que el género
es una fuerza destructiva y que acabará con la familia, el medio ambiente, la
civilización, el hombre y todo tipo de valores que apreciamos. Y creo que ese
argumento atrae a personas que viven con bastante miedo ante lo que les depara
el futuro, ante la incertidumbre de si podrán seguir adelante con sus vidas.
Son conscientes de cómo sus vidas se ven destrozadas o de cómo su bienestar
económico se ha visto amenazado, si no destruido. Se dice que el “género”, o el
“woke”, o la “DEI” (diversidad, equidad e inclusión) son las cosas que
están destruyendo nuestras vidas. Pero lo que nos está destruyendo es la
devastación del medio ambiente y la catástrofe ecológica que acompaña a la
destrucción climática. Y lo que está destruyendo nuestras vidas es la
destrucción de la democracia, de los bienes públicos básicos que permiten a las
personas sentir que van a tener vivienda, asistencia sanitaria y educación. Sin
esos bienes básicos y sin la sensación de que lo que necesitan en la vida es
asequible, vivirán con mucha ansiedad y miedo.
Ahora bien, se
podría decir: vale, ¿cómo estamos organizando la asistencia sanitaria? ¿Qué
estamos haciendo para salvar el planeta? ¿Qué estamos haciendo para crear más
igualdad social y económica y mayor asequibilidad? Podríamos plantearnos esas
preguntas más amplias –que, en mi opinión, se plantean desde las perspectivas
socialdemócratas y socialistas– e intentar abordar así los temores
fundamentales de la gente. Pero, en lugar de eso, la derecha está practicando
una forma de hipercapitalismo, la mercantilización total y la destrucción de la
democracia. Estamos asistiendo al auge de regímenes autoritarios. Estamos
viendo cómo aumenta el número de personas pobres en el mundo y cómo se
concentra cada vez más la riqueza en manos de los más ricos. Estos son los
temas sobre los que deberíamos reflexionar de manera sistemática para poder
vivir en un mundo en el que las personas sean libres de trabajar y vivir con
cierta sensación de seguridad y esperanza. Sabemos que el antisemitismo
funciona así. El racismo funciona así. Encontramos un chivo expiatorio; creamos
en la mente de la gente ese monstruo que es la fuerza destructiva que hace que
sus vidas se sientan tan inseguras, pero en realidad hay razones estructurales
que hacen que mucha gente sienta que sus vidas son inmanejablemente precarias.
Por eso deberíamos abordar esas razones y, tal vez, reorientarnos y recuperar
nuestra humanidad de alguna manera.
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Esta
entrevista se publicó originalmente en inglés en Current
Affairs.
Nota de la redacción: Judith Butler se identifica como persona de género
no binario y emplea los pronombres elle (they) y ella (she). Únicamente en aras
de simplificar el trabajo de traducción, hemos decidido mantener el tratamiento
en femenino.
[Reproducido en www.ctxt.es]