terça-feira, 5 de maio de 2026

Coetzee, una oscuridad insondable

En «Un mal salvaje», Coetzee y Siccardi lanzan una tremenda acusación en contra de los procesos de colonización y la expansión amparada en la ideología del progreso 

Escrito por Fernando García Ramírez 

¿Es el racismo algo connatural al ser humano o se trata de una construcción cultural para justificar el abuso? Podemos suponer que los miembros de un grupo humano primitivo distinguían a los suyos de los de otros grupos. Se sabían diferentes a ellos, quizá mejores. Se defendían, si los invadían, acababan con ellos. Los seres humanos salieron de África y se dispersaron por la tierra. Los distintos lugares que los acogieron determinaron sus características físicas. Pelearon entre sí por los recursos escasos. Más tarde lucharon entre sí por sus creencias. Unos grupos invadían a otros para arrebatarles sus posesiones. Cada grupo humano se creía superior a los otros, por sus dioses o por sus armas. Mucho más tarde por el color de su piel.

Los seres humanos siempre han combatido a los diferentes. Forma parte de su naturaleza. Lo que es una construcción cultural es lo contrario: la fraternidad, la cooperación, el amor al prójimo, la solidaridad, la empatía, el cosmopolitismo.

El genocidio (actos cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso) no es un fenómeno nuevo en la historia humana. Los israelitas intentaron exterminar a los cananeos siguiendo órdenes divinas. La gran Atenas conquistó y ejecutó a la población masculina de Melos de acuerdo a la lógica de “el fuerte hace lo que puede y el débil sufre lo que debe”. Roma aniquiló a los cartagineses. Hay teorías que indican que los neandertales fueron perseguidos y eliminados por los homo sapiens. Hasta nuestros días prevalece esa tentación destructiva. Recientemente, el hombre más poderoso de la tierra amenazó con acabar con una civilización entera.

La conciencia del horror que representa el genocidio es reciente. J. M. Coetzee afirma que el clima intelectual cambió cuando los alemanes fueron obligados a visitar los campos de concentración y las escenas recogidas en estos se exhibieron en documentales que detallaban la barbarie nazi. Por vez primera los europeos pudieron ver las consecuencias de un genocidio. En 1945 nació la conciencia de este crimen de lesa humanidad. Dos años después, en 1947, ocurrieron dos hechos trascendentales. El primero, la creación del Estado de Israel, un Estado que nació con el Holocausto (un genocidio) como mito fundacional. El segundo fue el establecimiento, en el marco de la ONU, de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. La idea era clara: no se volvería a tolerar que se persiguiera a un grupo minoritario por motivos étnicos, racionales o religiosos. Lo cual no quiere decir que se hayan acabado los genocidios.

Lo anterior viene a cuento por la aparición de Un mal salvaje, de J.M. Coetzee y F.M. Siccardi, en el cual abordan diferentes acciones genocidas –en la Patagonia, en Sudáfrica, en Namibia y en Australia– como resultado de la expansión colonial y, en el caso de Argentina, del establecimiento de su Estado nacional.

Este cambio de sensibilidad en nuestra época ha arrojado una extensa y densa sombra sobre el pasado de algunas naciones y sus procesos coloniales. Actualmente puede decirse que se ha extendido y es mayoritaria una visión crítica sobre el colonialismo y sus excesos. Vivimos, señala Coetzee, un momento de inversión fundamental de cómo pensábamos nuestro pasado, y de la relación de nuestro pasado con nuestro presente. Se ha vuelto urgente encontrar respuestas adecuadas a preguntas básicas: ¿cómo pudimos hacer eso?, ¿cómo pudimos tolerar que pasara?, ¿qué podemos hacer para enmendarlo? Podemos decir, claro, que no se puede hacer nada, que ya pasó mucho tiempo. Por eso Coetzee recuerda a Faulkner, quien escribió: “El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado”. Siguen ocurriendo en nuestros días genocidios y masacres. No han desaparecido, ni hay señales de que en el futuro desaparezcan, los prejuicios raciales.

Un mal salvaje está compuesto por cuatro ensayos de Coetzee (dos sobre Sudáfrica: Karoo y El Cabo; uno sobre Namibia y otro sobre Australia), dos de Siccardi (sobre la Pampa y la Patagonia), un diálogo entre ambos y un breve texto de colofón escrito al alimón. El libro, como todos los de Coetzee, deja un regusto amargo, pero sin quejas, crítico y autocrítico. Reconoce la dificultad de tratar el tema de la crueldad de los colonizadores sudafricanos porque estos fueron sus antepasados y él de alguna manera fue beneficiario del bienestar producto de la colonización.

A diferencia de lo que expone Siccardi sobre Argentina, los textos de Coetzee están sembrados de dudas. ¿Qué derecho tengo de juzgar estos hechos? ¿Puedo juzgar el pasado con los puntos de vista del presente? ¿No les corresponde a las víctimas buscar justicia y no a mí? A pesar de sus dudas, Coetzee es claro en su condena. Claro y durísimo, como suele ser Coetzee, que gusta de escarbar en las heridas. Respecto a la crueldad de sus ancestros, “me encuentro en una posición moral y psicológicamente conflictiva”. No me identifico con ellos, dice. Se tiende a romantizar a los san y a los khoi, los grupos aborígenes exterminados por los colonizadores sudafricanos. Se les ve como “una rama mejor, más sencilla y más bella de la humanidad”. No vivían en un tiempo histórico sino mítico. Su desaparición, señala Coetzee, “me provoca una tristeza profunda”. Cuando piensa que sus ancestros destruyeron esas culturas, “no siento más que repulsión”. “No puedo comprenderlos”. “No puedo perdonarlos”. “Los veo como personas malvadas. Los veo como agentes del demonio”.

Y no es para menos. Coetzee detalla el proceso de colonización en Sudáfrica. Los primeros europeos en el Cabo no llegaron a asentarse. Crearon en principio un centro de abastecimiento para los barcos que viajaban a la India. Con el tiempo fue creciendo el asentamiento. Arribaron colonos holandeses. Comenzaron a criar vacas y ovejas. Para el pastoreo de los animales fueron expandiéndose, invadiendo y apropiándose de la tierra de los aborígenes. Comenzaron los conflictos. Crearon escuadrones de la muerte para aniquilar a las tribus. En el siglo XIX llegaron los colonos ingleses. Debido a la Revolución industrial la demanda de lana creció exponencialmente. Los ingleses prohibieron la esclavitud en la colonia, por lo que a los hombres los mataban mientras que a las mujeres las empleaban de sirvientas y a los niños los destinaban como apoyo en las estancias. Coetzee señala que estas dos políticas, el exterminio directo y la separación de mujeres y niños (para integrarlos a “la civilización”), tenían el mismo efecto genocida: la extinción de las poblaciones de aborígenes. A los hombres, a balazos. A las mujeres y niños, mediante la segregación, al mantenerlos lejos de los hombres cancelaban la posible descendencia. El rifle y la cruz fueron instrumentos del genocidio. Amparados en la ideología del progreso, exterminaron a pueblos enteros.

Un proceso semejante al que ocurrió en Sudáfrica en el siglo XVII se vivió en Namibia (a manos de colonos alemanes) y en Australia (a manos de los británicos) en el siglo XIX. Los aborígenes morían por efecto de las balas, por las enfermedades europeas, por el alcohol que los colonizadores inducían, el hambre o la desesperación. En suma, “por la decisión tomada en Inglaterra de plantar la bandera británica y abrir nuevos terrenos a la colonización”.

Presenta muchas similitudes el genocidio en Australia, Namibia y Sudáfrica con el que se llevó a cabo a finales del siglo XIX en la Patagonia, obra del gobierno argentino presidido por Julio A. Roca. Los políticos argentinos suelen decir que “los mexicanos descienden de los aztecas y los argentinos, de los barcos”. Como si a la llegada de los migrantes europeos no hubiera cientos de miles de aborígenes locales. Borges mismo, que por momentos no disimula su racismo, dice que no había mucha población en la pampa. Lo cierto es que sí había. A lo largo del siglo XIX los migrantes europeos que se habían asentado al norte de Buenos Aires llegaron a varios acuerdos de convivencia y comercio con los indígenas que vivían al sur. Juan Manuel Rosas firmó varios tratados con ellos de cooperación, seguridad y convivencia. Pero a finales del siglo XIX todo cambió. Los acuerdos fueron traicionados. El presidente Roca planteó entonces “la solución final al problema de los indios”. Inició propiamente el genocidio de los aborígenes, con el fin de apoderarse de gigantescas extensiones de tierra que prácticamente duplicaron el tamaño del país.

Las conclusiones a las que llega Siccardi son terribles. Para “blanquear” al país, el gobierno argentino cometió genocidio contra los aborígenes patagónicos. A cambio de apoyo financiero para su movimiento político, Roca cedió enormes extensiones de tierras a los terratenientes para que estos pudieran aumentar su capacidad agrícola (Argentina se convirtió en “el granero del mundo”) y ganadera (surtió de carne a Europa durante la Primera Guerra Mundial). A principios del siglo XX, Argentina fue uno de los países más ricos del mundo, lo que no se dice es que esa riqueza estaba cimentada en el genocidio de sus aborígenes. Aún hoy hay quien niega esa herencia indígena, a pesar de que pervive en la genética argentina.

El proceso que refiere Siccardi es atroz. La ocupación argentina de la pampa produjo matanzas, violaciones, saqueos, internamientos en campos de concentración, servidumbre involuntaria de mujeres y niños, invisibilización de la parte indígena “bajo la ficción de una Argentina blanca, sin indios”.

Todo proceso de colonización es violento por naturaleza. A un territorio ocupado por decenas o cientos de miles de indígenas originarios llega un grupo humano de otro continente, se apropia de los territorios, masacra a los hombres y esclaviza a las mujeres y a los niños. Antes de hacerlo, los deshumaniza. A través de la literatura, las artes y la prensa los reduce a una condición de salvajes. “Siempre es más fácil cometer crímenes de lesa humanidad en contra de víctimas que han sido despojadas de su condición humana”, señala Siccardi.

Un mal salvaje contiene una tremenda acusación en contra de los procesos de colonización y en contra de la expansión amparada en la ideología del progreso. Detallan Coetzee y Siccardi crímenes de una oscuridad insondable.

Coetzee, en uno de los mejores momentos de este libro, ensaya una especie de debate imaginario entre él y los perpetradores del genocidio contra los aborígenes sudafricanos. “Los actos que a ustedes en el siglo XXI les parecen terribles a nosotros en el siglo XIX nos parecían distintos”, le dicen. A lo que Coetzee les responde: “La moral no es relativa. Cuando mataron a hombres desarmados, cuando violaron a sus mujeres y esclavizaron a sus hijos, sabían que estaban cometiendo un crimen”. Y le contestan: “Éramos la vanguardia de un movimiento de la civilización occidental, debíamos colonizar el desierto, volverlo productivo, tienes que comprender, ser empático”.

Un mal salvaje es un libro polémico, por momentos muy difícil de leer por las atrocidades que cuenta. Abre muchas interrogantes. Plantea muchas discusiones morales que se podrían tener sobre México, por ejemplo. Coetzee se niega a ser juez. Pero no puede perdonar a los suyos, a sus ancestros.

En Sudáfrica hace décadas un partido de hombres negros ganó democráticamente las elecciones y ahora mismo detenta el poder. Se celebraron juicios y se emitieron condenas. Alemania pidió perdón por las atrocidades que cometió en Namibia. Luego del derrumbe de la dictadura, la Constitución argentina reconoce ahora el derecho de los pueblos originarios. En Australia se reconoció recientemente el genocidio de los aborígenes pero no pasó nada, no hubo ningún tipo de reparación del daño.

“El pasado nunca está muerto”, escribió Faulkner. Un mal salvaje conecta los traumas del pasado con problemas vigentes del presente: la discriminación, la marginación y el racismo. El pasado ni siquiera es pasado.~~


[Fuente: www.letraslibres.com]

«Saudades trago comigo», fado mouraria interpretado por Camané

                                                                              Saudades trago comigo

Do teu corpo e nada mais

Pois a lei por que me sigo

Não tem pecados mortais

 

Talvez tu queiras saber

Porque em vida já estou morto

São apenas podes crer

As saudades do teu corpo

 

E tu que sentes por mim

Desde essa noite perdida

Sentes esse frio em ti

Que eu sinto na minha vida

 

Eu sei que o teu corpo

Há-de sentir a falta do meu

Por isso eu tenho a saudade

Que o meu corpo tem do teu

 

Eu tenho um sonho doirado

Sonho que a minha alma quer

É morrer cantando o fado

Nos braços duma mulher




                                                                

Letra: António Calém

Disco: «Uma Noite de Fados», 1995

 

«Muita gente fala mal da imigração. Acho estranho, porque Portugal é um país de emigrantes»

O jornalista sueco Henrik Brandão Jönsson vive no Rio de Janeiro há 25 anos e escreveu o livro 'Saudade'. Falou com emigrantes açorianos na Califórnia, madeirenses que fizeram vida na Venezuela e cabo-verdianos que emigraram para Nova Inglaterra, nos EUA. Também ele, que nasceu na Suécia e trabalha no Brasil, passa pela “sensação de querer partir e querer ficar ao mesmo tempo”. 

Foi a saudade que Henrik Jönsson sentiu da Suécia na pandemia que o levou a falar com emigrantes da Madeira, Açores e Cabo Verde sobre a saudade deles.

Escrito por Carla Alves Ribeiro

Durante a Guerra Fria, os Estados Unidos terão colocado na Base das Lajes, nos Açores, 32 armas nucleares. A morna mais conhecida de Cabo Verde, Sodade, popularizada pelo mundo inteiro por Cesária Évora, foi escrita em 1954 pelo violonista Armando Soares, um dos músicos de morna mais conhecidos de São Nicolau, e não por Armando Cabral e Luís Morais. A autoria foi-lhe reconhecida por um tribunal em 2006, mas o músico morreria quatro meses depois, aos 77 anos, sem receber dinheiro nenhum de direitos de autor. Em 2017, Nicolás Maduro decidiu oferecer aos venezuelanos pernil de porco para o Natal, mas a empresa portuguesa a quem foi feita a encomenda recusou-se a fornecer a mercadoria se o pagamento não fosse efetuado antecipadamente e saldada uma dívida anterior. Quem sofreu as consequências foram os emigrantes portugueses em Caracas, donos de supermercados.

Estas histórias controversas são abordadas no livro Saudade que o autor, Henrik Brandão Jönsson, acaba de lançar em Portugal (Penguin) e que ele considera que podem interessar ao leitor português. Mas elas são apenas pequenos episódios da história maior, escrita originalmente em sueco pelo jornalista, que é perceber a palavra portuguesa “saudade” relacionada com a emigração.

“Eu sempre tive curiosidade sobre essa palavra, porque é tão bonita e tão única. Não tem outra palavra no mundo que tenha dois sentidos ambíguos. Tristeza e alegria juntos. Sempre tive curiosidade, mas não sabia pessoalmente o que é saudade, até que durante a pandemia estava no Brasil e fiquei com saudades da Suécia. Não podia ir à Suécia. Comecei a fazer comida sueca no Rio, a escutar música sueca, estava com muita saudade. Então pensei, tenho que escrever sobre saudade e divulgar essa palavra bonita aos suecos, para eles entenderem o que é saudade”.

A Penguin volta a editar um livro de Henrik Brandão Jönsson –em 2022 lançou Viagem pelos Sete Pecados da Colonização Portuguesa –, também por Saudade tocar num tema que se discute muito nesta altura em Portugal, explica Henrik Brandão Jönsson. “O livro fala muito de migração. Hoje em dia é um tema aqui em Portugal. Muita gente fala mal da imigração. Na Suécia e aqui. Mas o que eu acho estranho é que Portugal é um país de emigrantes. Agora há pessoas chegando aqui e eu acho que Portugal podia falar melhor da imigração. E são muito criticados, os imigrantes. Então eu espero que o meu livro possa também contribuir para entender o que é a imigração. Não são ladrões que vão de um país para o outro. É para melhorar a vida”.

Ao longo desta investigação em torno da “saudade”, que levou o jornalista a viajar para os Açores, Madeira, Cabo Verde, Venezuela e Estados Unidos, surgiram outras histórias que surpreenderam Henrik Brandão Jönsson – Brandão por via do casamento com uma brasileira –, correspondente na América Latina do principal jornal sueco (Dagens Nyheter) e que vive no Rio de Janeiro, Brasil, há 25 anos (ver entrevista ao lado).

É o caso, por exemplo, da emigração açoriana para Central Valley, na Califórnia, para onde levaram uma atividade que conheciam bem na sua terra natal – as vacarias. Descobriu que quando os açorianos chegaram àquele grande vale separado da costa californiana pelas Cordilheiras Costeiras, os suecos já lá estavam. “Eu não sabia dessa história. Quando eu cheguei lá havia uma cidade ao lado de Turlock que se chama Hilmar. E Hilmar é uma palavra sueca, o nome é sueco. E as pessoas disseram, há uma colónia sueca aqui. O quê? E eles contaram-me toda essa história, que os suecos chegaram antes dos açorianos. Eram suecos que moravam em Minnesota, nesses lugares frios. E foram enganados, compraram terra em Central Valley e não tinham água. Depois chegaram os açorianos e eles não se entenderam bem, porque os suecos eram protestantes e os açorianos são católicos. Eles não casaram entre si.”

Os açorianos levaram para a Califórnia a Festa do Espírito Santo (Holy Ghost Festa) que ainda hoje é uma grande celebração por aquelas terras – como aliás as touradas, embora “sem sangue” (Portuguese Bloodless Bullfights). Henrik Brandão Jönsson falou com muitos dos portugueses daquela região agrícola, mostrando como os emigrantes sentem a saudade, numa espécie de grande reportagem pintada pelas suas próprias angústias. “Retratando, explorando a saudade deles, também para entender a minha saudade. Entrevistei pessoas, migrantes, porque todo o mundo que emigrou tem saudades”, conta ao DN.


Há emigrantes portugueses espalhados por muitas partes do mundo, mas o ângulo do jornalista ficou bem definido à partida: os que vieram de ilhas. Por isso temos a emigração dos açorianos para a Califórnia, a dos madeirenses para Caracas, e a dos cabo-verdianos para Nova Inglaterra, nos Estados Unidos.

“Os que são das ilhas, têm mais saudade. Todo o mundo que muda de um lugar para outro tem saudade. Mas se você vem de uma ilha, sente mais, porque tem saudade do mar. E há essa coisa também de uma ilha ser uma área restrita, você pode ver de um lado para o outro”.

Alguns dos ‘personagens’ desta história são Daniel Martiniano, antigo caçador de baleias açoriano, Elda Medeiros, cujos pais emigraram para Turlock quando o vulcão Capelinhos entrou em erupção no Faial, era ela criança, ou o padre Isaque que aos oito anos, na década de 1980, também chegou a Central Valley. Também conhecemos a história de José Viveiros, que emigrou para Caracas com o padrasto e a mãe aos 13 anos, singrou e vendeu o posto de combustível antes que Chávez se apropriasse dele; ou de Dionísio Pereira, que partiu do Funchal para a Venezuela para fugir ao serviço militar, criou a sua própria empresa, vendeu-a, mas com a hiperinflação, perdeu todo o seu património; ou ainda de Fernando Campos, gerente dos supermercados Gama em Caracas que, na altura da polémica do pernil de porco, viu a Guarda Nacional invadir-lhe o escritório.

A primeira vez que Henrik Brandão Jönsson entrou em contacto com a palavra “saudade” foi numa loja de discos em Lisboa, em 1993, ao ver o álbum de Cesária Verde com a canção Sodade. E para este livro ele viajou até Cabo Verde e falou com Sónia e Irineu Soares, os filhos de Armando Soares, reconhecido pela justiça como o autor da letra e música da mais famosa morna do mundo, e que também foi emigrante.

Os cabo-verdianos são também um povo de emigrantes e neste livro ficamos a conhecer histórias de vida como a de João Cardoso Corrêa, 77 anos, originário da ilha do Fogo, que está há 25 anos em Brockton, Nova Inglaterra, e que não vê a mulher, Josefa, há 24 anos, por lhe ter sido recusado o visto.

Mas este livro é também uma viagem pessoal de um emigrante sueco a viver no Brasil há um quarto de século. Nas conversas que foi tendo com os emigrantes com quem se cruzou, levantou-se a questão: onde morrer e onde ser enterrado? Morrer no país de acolhimento mas ter a morada eterna onde se nasceu? “Todos os imigrantes lutam com essa questão. Eles vão voltar para morrer? Algumas pessoas querem isso. E outras pensam, não, porque tenho aqui os meus filhos, os meus netos. Mas a maioria quer ser enterrado por um padre português.”

Henrik Brandão Jönsson nunca tinha pensado nisso, mas o tema da morte do emigrante atravessou-se nesta narrativa, e ele até pediu conselho a dois padres com quem falou, um na Califórnia e outro na Venezuela. A resposta foi a mesma – o tempo ajudará a decidir – levando-o a questionar-se sobre se é uma pergunta padrão dos sacerdotes... A dúvida de Henrik acompanho-o neste livro, mas no final o escritor revela em que país quer morrer, e em que país quer ser enterrado.

Henrik escreve sobre como ele próprio sente saudades da Suécia quando está no Brasil, e do Brasil quando está na Suécia, e de como os sabores são importantes para “matar saudades”. “A minha saudade não é do nacionalismo, da bandeira sueca, é dos sabores. Agora na Páscoa tive um ataque de saudade. Estava a ver a família no Instagram celebrando e abri a geladeira, achei uma lata de arenque, fiz ovos, arenque, matei a saudade”.

A saudade também não tem o mesmo peso em Portugal e no Brasil. “Especialmente para os cariocas, a saudade é qualquer coisa. Ah, que saudade, esse sorvete! Você encontra uma pessoa ontem e encontra no dia seguinte, e que saudade de ontem! Então, a palavra não é tão pesada. Aqui em Portugal saudade é mais saudade, é mais séria, mais sentimental, mais melancólica”.

Não se teoriza sobre a saudade neste livro, mas explica-se a origem da palavra e de como se enraizou na língua portuguesa. O autor cita Onésimo Teotónio Almeida - açoriano que se doutorou em Filosofia na Universidade de Brown, onde foi professor catedrático no Departamento de Estudos Portugueses e Brasileiros - que diz que a saudade é um sentimento universal, mas que só o português tem uma palavra para o definir. Faz o contraponto com o linguista Marco Neves, que afirma que não é uma palavra intraduzível, embora não numa única palavra.

Uma coisa é certa: com a globalização, há cada vez mais pessoas no mundo a sentir saudade. Henrik Brandão Jönsson considera que a palavra vai espalhar-se por outras línguas. Com os anglicismos a proliferarem, saudade pode bem tornar-se um lusismo em várias línguas por esse mundo fora. “Eu acho que no futuro, dentro de dez, 15 anos, as pessoas vão usar a palavra saudade no inglês, no mandarim... Porque é uma palavra única para o sentimento que está virando a norma. Você nasce num lugar, muda para outro. Todo o mundo, daqui a pouco, vai ter saudade. Acho que essa palavra vai espalhar-se. Na Suécia, por exemplo, nós usamos muitas palavras em inglês. Os suecos já estão a começar, por causa do meu livro, a falar ‘ saudade’, com pronúncia sueca.

Henrik Jönsson vive no Rio de Janeiro e é correspondente do maior jornal sueco na América Latina.

“Se o Flávio ganhar, ele vai abrir o Brasil à exploração americana”

No livro Saudade relata uma conversa com Marcelo Rebelo de Sousa quando ele foi à reabertura do Museu da Língua Portuguesa, em São Paulo, em 2021. Mas ele não gostou das perguntas.

Não, ele não gostou, eu provoquei-o um pouco. São Paulo é a cidade onde há mais pessoas que falam português. Eu perguntei ao Marcelo o que ele sentia em relação a isso, que o Brasil, que é uma ex-colônia, tem um museu da língua que vem do Portugal. Ele realmente não gostou da pergunta. Porque ele tem orgulho que o português é de Portugal, não é do Brasil, o Brasil é uma ex-colónia. Então os repórteres de Portugal que estavam lá riam, porque eles não tinham, talvez, a coragem de fazer essa pergunta. Mas eu, enquanto sueco, não tenho nada a ver com isso. Então eu podia fazer essa pergunta.

Como correspondente do Dagens Nyheter, acompanha mais a área política?

Mais política, mas é claro que vou trabalhar na Copa do Mundo. Vou cobrir Portugal, Brasil e a Suécia, porque sou o único do jornal que fala português. Então vou ver o Colômbia-Portugal, em Miami. Talvez o último jogo do Cristiano Ronaldo.

E como é que está a situação política no Brasil?

Está muito difícil. Muito difícil, porque as pessoas cansaram-se de Lula. Lula fez muita coisa boa para o Brasil. Ele é uma pessoa maravilhosa, mas ele é um homem de 80 anos. Não tem herdeiro, não tem alguém que pode ganhar as eleições, mas as pessoas estão tão cansadas de ver Lula que eu acho que eles vão votar em qualquer um que não seja Lula.

O que antecipa nos próximos tempos no Brasil, com as eleições?

Quem na pesquisa é mais forte é o Flávio Bolsonaro, o filho de Bolsonaro, e ele pode ganhar. Ele é muito esperto, ele não usa o sobrenome Bolsonaro, ele só fala Flávio, Flávio, Flávio, Flávio. Porque as pessoas não gostam muito de Bolsonaro, mas como ele é Flávio, então não é Bolsonaro. Então há o risco de ele ganhar as eleições. Se o Flávio ganhar, ele já falou para Trump que ele vai vender os minerais raros para os Estados Unidos. Ele vai abrir o Brasil para a exploração americana. Agora tem muita exploração da China no Brasil, mas isso vai acabar, e os Estados Unidos vão entrar e enganar o Brasil pegando petróleo, minerais, pedras, essas coisas. Porque o Flávio já falou isso, vem para o Brasil, pega nossas coisas.

E qual é a situação agora na Venezuela?

Está melhor, mas ainda é uma ditadura, ainda tem presos políticos, a economia não vai para a frente. Mas eu acho que a Delcy Rodríguez é cem vezes melhor que Maduro. Ela está negociando com os Estados Unidos, está abrindo, mas o país está muito afetado pelo chavismo. Então vai demorar até pegar de novo. Mas eu, como jornalista, acho que é mais fácil ir para a Venezuela. Agora você pode fazer as matérias, a repressão não é tão forte como era dantes.

Os emigrantes portugueses na Venezuela podem ter alguma esperança?

Sim, eu acho que sim. Já falei com várias pessoas que saíram da Venezuela em 2016, quando havia fome, essas coisas. Foram para Madeira ou para o continente de Portugal e agora estão voltando para Caracas. Então tem mais esperança que a economia vai funcionar de novo na Venezuela.

 

[Fotos: Gerardo Santos - fonte: www.dn.pt]

Breve historia de la saudade

 


Escrito por Siham El Khoury Caviedes 

Oiga, vecino, sabe el significado
de esta palabra blanca que como un pez se evade?
No… Y me tiembla en la boca su temblor delicado.

Pablo Neruda, “Saudade”

Gran parte de la experiencia humana es aprender a perder. Más específicamente, a transformar la pérdida; a significarla; a voltearla y sacudirla hasta que algo más salga del vacío. Eso, entre otras cosas, es la saudade.

Primero se le llamó soedade, luego suidade; una palabra que suena y se siente como soledad, pero la rebasa. La investigadora Inês Oseki-Dépré rastrea el nacimiento de este concepto hasta el establecimiento de las primeras colonias europeas en África y América, cuando los colonos galaico-portugueses expresaban sus sentimientos hacia la lejana patria desde Madeira, Alcazarquivir, Arcila, Tánger, Cabo Verde, las islas Azores y la bella Ilha de Vera Cruz, que ahora conocemos como Brasil. Los rumores decían que entre los marineros portugueses del siglo XV solía brotar una sensación agridulce que los motivaba a contar historias y entonar canciones, porque trasladarse “más allá del mar” implicaría una vida entera en añoranza por su tierra de origen.

¿Qué sucedió cuando esta afección trascendió los puertos y llegó hasta las nuevas ciudades? Con el tiempo, la suidade tomó el nombre que conocemos hoy en día y adquirió una dimensión espiritual y existencial. El sentimiento de falta por una causa externa claramente identificable (el hogar, la patria) se convirtió para algunos en una inquietud inherente al alma, que podía o no rastrearse a una pérdida concreta. Y eso se sentía muy humano. Más que humano: gallego, lusitano, brasileño. Así, la saudade comenzó a protagonizar coplas y poemas de la lírica trovadoresca, movimientos estéticos e incluso políticos que buscaban consolidar una identidad nacional específica, un posicionamiento frente a la irremediable finitud de la vida y sus placeres. Por eso, hasta la fecha, la saudade es un valor esencial del ser y el imaginario lusobrasileño e impregna diversas expresiones de su cultura y su arte.

Sería pretencioso intentar contener la saudade, que es un concepto arbóreo y complejo, plagado de historia y matices, en uno solo signficado “oficial”. De hecho, tuvieron que pasar siglos para que la saudade se asentara en definiciones aceptadas de los tesauros. Los diccionarios más comunes de la lengua portuguesa, como el Michaelis o el Aurélio, suelen coincidir en que la sensación de falta es el centro y la cuna de la saudade. El Dicionário Houaiss, en particular, se refiere a la saudade como “un sentimiento más o menos melancólico de incompletud, ligado mediante la memoria a situaciones de privación […], de alejamiento de un lugar o de una cosa, o a la ausencia de ciertas experiencias y determinados placeres ya vividos”. En las mismas fuentes encontraremos que el adjetivo “saudoso” puede aplicarse tanto para quien experimenta la saudade, como para quien (o lo que) la provoca. Así que, desde un punto de vista lingüístico, no se diferencia a quien extraña y lo que se extraña; la saudade recorre y colapsa esa distancia.

Muchos investigadores se han basado en este tipo de definiciones para crear una propia. Para Hans Ulrich Gumbrecht, por ejemplo, la saudade se resume en “la añoranza de una situación pasada que se ha perdido irremediablemente”, una tristeza vinculada tanto a la psique como a la tierra, que dispara el recuerdo de algo lejano y profundamente querido. Otros académicos, como Francisco Foot Hardman, entienden la saudade más bien como un concepto en desplazamiento, con expresiones similares en las literaturas de otros pueblos y lenguas, con frecuencia cercanas a la experiencia del abandono y el exilio.

Por supuesto, hay muchos términos afines: el dor rumano, el längtan sueco, el verbo alemán verlangen, el famoso spleen de Baudelaire. Incluso nuestra “melancolía” y “nostalgia” son similares, pero no idénticas a la saudade. ¿Qué diferencia a esta última, entonces?

Podríamos decir que todos estos conceptos comparten el mismo punto de partida: el dolor de la pérdida. Pero la saudade va un paso más allá de ese dolor; le da la vuelta; lo reconfigura; le imprime una dimensión o expresión “afirmativa” (humorística, creativa, lúdica) que, en teoría, no debería tener. Por eso la expresión de Francisco Foot Hardman, ser o estar “en desplazamiento”, es tan importante. Más allá del traslado geográfico de la palabra, hay un movimiento interior, a nivel emocional y psicológico.

En particular, la investigadora en letras brasileñas Ana Lúcia Liberato Tettamanzy ve en la saudade un “sentimiento de inadecuación profunda con el tiempo”, una “errancia mental y física”. La “errancia” de la que habla (otra forma de desplazamiento) está íntimamente ligada a la memoria y la imaginación: la conciencia de lo perdido, o incluso de lo que podría perderse en el futuro, nos obliga a fugarnos del presente. Fantaseamos; tememos; lamentamos. El filósofo portugués Eduardo Lourenço la define como un “dolor inexpresable ante el tiempo que huye” que genera otra suerte de huida, un “viaje a través de la eternidad perdida de nosotros mismos”.

El resultado de todo esto es una doble dimensión temporal: un aquí y ahora que se abre inesperadamente a evocaciones dulces, como lagunas. Pensemos en la saudade como un lugar trascendental, un tiempo más allá del tiempo, un espacio que se abre sólo bajo nuestros propios pies. Entonces comenzamos a ir y venir entre el pasado y el futuro, la satisfacción y la pérdida, la pena y el agradecimiento, con un vaivén similar al del mar o al del péndulo de un reloj. Para Lourenço, esta es una “última puesta en escena”, es decir, una re-presentación, “para aliviar el luto de nuestras esperanzas rotas, de nuestros anhelos perdidos, de nuestros amores difuntos”.

Sin embargo, re-cordar (etimológicamente, traer de vuelta al corazón) no restaura lo que se ha ido. Si acaso, nos lo regresa deformado y corrompido por el paso de los días, con huecos rellenados por la ficción. Todo lo recordado es re-creado, y así mismo nos re-creamos (nos desgarramos y reconstruimos) cuando recordamos, cada rememoración como un hilo nuevo en el entramado de nuestra experiencia del mundo.

Todas estas cosas, que no me pertenecen, me aseguran la meditación sensible con lazos de resonancia y de saudade. En cada una de esas sensaciones soy otro, me renuevo dolorosamente en cada impresión indefinida.

Vivo de impresiones que no me pertenecen, perdulario de renuncias, otro distinto en el modo de ser yo.

Fernando Pessoa, “93”, Libro del desasosiego

Si vemos la vida como un tejido, la saudade es la perforación de una aguja que introduce una nueva puntada, un nuevo patrón. Una sensibilidad enfermiza, una angustia entrañable, capaz de penetrar y transformar repetidamente la imagen sin destruirla. En las palabras de Eduardo Lourenço, “ardemos en el tiempo sin consumirnos en él”.

La saudade suena como se siente, con esa misma reiteración, ese afán de volver. Es la voz que se ovilla y desovilla en el aire, como las plegarias, los mantras y las canciones. Su expresión se parece mucho a la de nuestras celebraciones porque, en efecto, celebra y conmemora lo que ya no se tiene, porque se tuvo. He ahí lo que diferencia a la saudade: interpreta la ausencia, incluso el sufrimiento, como un recordatorio de que se perdió algo digno de amar. Extrañar no es más que la otra cara del disfrute. El vacío es una marca (“algo valioso estuvo aquí”) y merece festejarse, honrarse con risa queda y canto compartido. Como señala Clarice Lispector en “Saudades”:

Encontré una palabra
para usar todas las veces
que siento este vacío en el pecho,
medio nostálgico, medio sabroso,
mas que funciona mejor
que un signo vital
cuando se quiere hablar de vida
y de sentimientos.

¡Ella es la prueba inequívoca
de que somos sensibles!
De que amamos mucho
lo que tuvimos…

Ahí radica la experiencia afirmativa del dolor en la vida y el temor a su finitud. En suma, la saudade es mucho más que melancolía o nostalgia; es un dique de contención, un freno a la invasión del sufrimiento. También es lo que Machado de Assis define como “epitafio” en las Memorias póstumas de Blas Cubas: “Una expresión de aquel piadoso y secreto egoísmo que induce al hombre a arrancarle a la muerte un harapo”. 

Referencias

Foot Hardman, Francisco. “Espectros de la nación: figuras desplazadas entre ‘saudades’ y soledades”. Remate de Males, vol. 22, núm. 2, noviembre de 2012, pp. 76-96. DOI:10.20396/remate.v22i2.8636160.

Gumbrecht, Hans Ulrich. “The Beautiful Form of Sadness: Machado de Assis’ Memorial de Aires”. Portuguese Literary and Cultural Studies, vol. 13/14, 2004-2005, pp. 307-16.

Holanda Ferreira, Aurélio Buarque. “Saudade”. Dicionário Aurélio da Língua Portuguesa, Editora Positivo, p. 1556.

Houaiss, Antônio, ed. “Saudade”. Dicionário Houaiss da Língua Portuguesa, 2001, p. 2525. Instituto Antônio Houaiss, www.iah.com.br/sp/servicos.php.

Liberato Tettamanzy, Ana Lúcia. “Da melancolia em Padre Antônio Vieira e Machado de Assis”. Via Atlântica, vol. 1, núm. 12, diciembre de 2007, pp. 195-208. Portal de Revistas da USP, DOI: doi.org/10.11606/va.v0i12.50178.

Lispector, Clarice. “Saudades”, versión al español de Daniela Aguilar. Periódico de poesía, UNAM, verseando.com/blog/clarice-lispector-saudades/.

Lourenço, Eduardo. Portugal como destino, seguido de Mitologia da saudade. Editorial Gradiva, 1999. Colección Obras de Eduardo Lourenço.

Machado de Assis, Joaquim Maria. Memorias póstumas de Blas Cubas. Traducción de Antonio Alatorre, introducción de Lucía Miguel Pereira, Fondo de Cultura Económica, Biblioteca Americana, 1951.

Michaelis, Henriette, y Carolina Michaelis (eds.). “Saudade”. Dicionário Michaelis, Editora Melhoramentos, 2015. Dicionário Brasileiro da Língua Portuguesa, michaelis.uol.com.br/moderno-portugues/busca/portugues-brasileiro/saudade.

Neruda, Pablo. “Saudade”. Crepusculario, RBA – Instituto Cervantes, 2005 (publicación original: 1923). Asistentes Virtuales, www.poesi.as/pn23028.htm.

Oseki-Dépré, Inês. “La ‘Saudade’”. Les Chantiers de la Création: Revue Pluridisciplinaire en Lettres, Langues, Arts et Civilisations, vol. 1, 2008, pp. 1-11. Open Edition Journals, 28 de octubre 2014, DOI: doi.org/10.4000/lcc.103.

Pessoa, Fernando. Libro del desasosiego, compuesto por Bernardo Soares, www.cjpb.org.uy/wp-content/uploads/repositorio/serviciosAlAfiliado/librosDigitales/Pessoa-Libro-Desasosiego.pdf.

Sánchez-Moreno, Iván. “Razones del alma contrita: fenomenologías de la saudade: apuntes para una teoría histórico-cultural de la saudade”. Revista de História Comparada, vol. 11, núm. 2, 2017, pp. 108-31.

 

Siham El Khoury Caviedes estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana

[Ilustración: Gonzalo Tassier - fuente: www.nexos.com.mx]

Quand les Israéliens se lèvent contre le terrorisme juif en Cisjordanie

Derrière la prise de conscience salutaire des Israéliens face à la vague de terrorisme juif en Cisjordanie se cachent des intentions moins louables qu’il n’y paraît.


Écrit par Frédérique Schillo

Depuis plusieurs mois, la Cisjordanie est le théâtre de graves violences perpétrées par des colons contre des Palestiniens. Le phénomène s’est aggravé à l’abri des regards, au moment où l’opinion était focalisée par le conflit avec l’Iran et l’opération contre le Hezbollah. Ainsi, pendant les quarante jours de la guerre en Iran, 378 attaques ont été commises, causant la mort de huit civils palestiniens et plus de 200 blessés. Aujourd’hui la situation est devenue tellement hors de contrôle que des voix s’élèvent de tous bords en Israël pour condamner les jeunes colons mais aussi l’inaction, sinon la complicité, des forces de sécurité israéliennes. Une prise de parole salutaire mais non sans arrière-pensées politiques.

La violence des colons de Cisjordanie n’est pas un phénomène nouveau. Elle est documentée depuis des années par des ONG israéliennes : arrachages d’oliviers, vols de bétail, pillages, intimidations qui tournent parfois à l’affrontement… Ceux qu’on appelle les « jeunes des collines » maintiennent une tension permanente aux abords de certaines localités comme Naplouse (au Nord) et Hébron (au Sud). Eux-mêmes sont des marginaux. « On parle de quelques 700 personnes », estime Sara Yael Hirschhorn, historienne à l’université de Haïfa, auteure de City on a Hilltop (Harvard). « Ce sont des jeunes souvent déjà impliqués dans des faits de délinquance, qui appartiennent à des gangs ou à des bandes de hooligan. Ils socialisent via des cercles d’amis et les réseaux sociaux. » nous précise la chercheuse, également associée au Jewish People Policy Institute. Par jeunes, il faut se représenter des adolescents surexcités, parfois même des pré-ados âgés d’à peine douze ans, barbe naissante et longues payess (papillotes), venant chercher querelle aux villageois palestiniens. Ils distillent une violence ordinaire, routinière et finalement banalisée par les autorités israéliennes.

Depuis les massacres du 7-Octobre, les actions sporadiques et éparses ont fait place à des agressions quotidiennes et systématiques contre les Palestiniens qu’il s’agisse de villageois, de bergers bédouins, parfois de groupes d’enfants aux abords de leur école. Quand les attaques dégénèrent en affrontements, ils fournissent aux colons le prétexte à des actions de représailles dans des raids nocturnes où les biens des Palestiniens seront vandalisés. Dans cette spirale infernale, les sites religieux sont particulièrement pris pour cible : plus d’une dizaine de mosquées ont été incendiées depuis un an, certaines couvertes d’inscriptions racistes avec les slogans Nekama (vengeance) ou Tag Mehir (prix à payer), en référence au prix censé être payé par les Palestiniens mais aussi par les autorités israéliennes pour toute action contraire à l’intérêt des colons.

L’anarchie a gagné les Territoires ?

Cette recrudescence des violences s’accompagne d’une radicalisation de leurs auteurs puisqu’aux jeunes des collines se mêlent désormais des réservistes plus âgés, dont l’uniforme et les armes les font se confondre avec des soldats réguliers de Tsahal. La méprise est voulue. Il s’agit de provoquer un effet de stupeur en s’appropriant le monopole de la violence. Est-ce à dire que l’anarchie a gagné les Territoires ? C’est la grande question. Certains observateurs dénoncent à la fois la brutalité des colons et l’apathie du gouvernement israélien qui se borne à condamner les attaques portant à la sûreté de l’Etat contre des casernes ou des véhicules de Tsahal chargés de détruire des avant-postes illégaux. « Une guerre fait rage en Cisjordanie, dont la violence des colons est le symptôme », analyse Sara Yael Yael Hirschhorn. « Depuis le 7-Octobre, la situation est bloquée, il n’y a aucun progrès dans le processus de paix ni aucune alternative. Les colons s’accaparent toujours plus de terres et Netanyahou se tait de crainte de perdre le soutien des membres de sa coalition. La réponse doit être judiciaire. »

Pour d’autres observateurs, le phénomène dépasse largement les éruptions anarchiques par son ampleur et son dessein. Roy Sharon, le spécialiste Défense de la chaîne publique Kan 11, note l’explosion des violences depuis le 7-Octobre et l’impunité quasi-totale dont bénéficient ceux qu’il n’hésite pas à qualifier de « terroristes juifs ». Même constat pour Ron Ben-Ishaï le 16 avril dans le Yedioth Ahraronot, frappé par ses échanges avec de jeunes colons déterminés à chasser les Palestiniens de la terre biblique de Judée-Samarie qui lui répètent en boucle : « Dieu nous a donné cette terre et elle est à nous ». « Ça ressemble à un nettoyage ethnique bleu-blanc » prélude à un grand projet d’annexion, écrit-il. Bezalel Smotrich, ministre délégué au ministère de la Défense, distribue ainsi des véhicules de l’armée aux colons, officiellement pour renforcer leur sécurité, au moment où le gouvernement approuve 34 avant-postes illégaux ; un record. Quand les violences accompagnent un projet politique, la réponse doit être politique.

Une telle critique signée du très respecté doyen des journalistes militaires qu’est Ben-Ishaï, dans les colonnes du journal le plus populaire d’Israël, a ébranlé les consciences. Elle fait suite à nombre d’alertes émanant d’ONG (B’Tselem, La Paix Maintenant…), des pétitions de 600 universitaires israéliens et de 2.000 artistes ou encore de la lettre début avril de 22 anciens responsables sécuritaires mettant en cause « un groupe extrémiste soutenu par des ministres irresponsables et favorisés par le silence d’un Premier ministre. » Fin mars, le président Herzog a répondu à l’appel de plus de 1.000 dirigeants de communautés juives de Diaspora en soulignant combien ces violences étaient « en totale contradiction avec les valeurs fondatrices de l’État d’Israël et la tradition éthique du peuple juif. » Il a promis des sanctions pour stopper ce « phénomène inacceptable ». Mais comment croire en une réponse judiciaire adaptée quand le ministre de la Sécurité nationale, le kahaniste Itamar Ben-Gvir, annexionniste proclamé, sabre le champagne à la Knesset lors du vote légalisant la peine de mort pour les terroristes palestiniens ?

La répression tarde toujours

Les alertes de Tsahal participent aussi de cette prise de conscience collective. Le chef d’état-major Eyal Zamir a mis en garde les membres du cabinet de sécurité sur ces colons violents qui mobilisent inutilement des réservistes et font peser un grave danger sur la défense d’Israël : « Tsahal va s’effondrer ! » Même le Shin Beth parle désormais de violences là où son chef Daniel Zini décrivait encore il y a peu de simples « frictions ». Toutefois la répression tarde toujours, Zini, un proche de Netanyahu réputé pour son messianisme, ayant même ôté des moyens à ses services.

Les responsables des colonies eux-mêmes disent leurs inquiétudes. Des membres du conseil de Yesha représentant les implantations, d’anciens directeurs comme Naftali Bennett qui entend incarner une droite nationaliste raisonnable, ou des colons très établis dans le monde orthodoxe dénoncent une situation devenue incontrôlable. « Le plus marquant reste les jugements des rabbins ‘mainstream’ des villes de Cisjordanie », note Sara Yael Yael Hirschhorn, qui rappelle l’impact qu’avaient pu avoir ces sortes d’appels pour condamner l’assassin de Rabin en 1995 ou les terroristes juifs qui, en 2015, avaient brûlé vif les époux Dawabsheh et leur bébé Ali. Mais elle concède que ces critiques ont des arrière-pensées politiques : « les représentants des colonies fustigent d’autant plus la violence que les actions de quelques radicaux mettent en danger le projet global de colonisation ».

« Les rabbins de Cisjordanie connaissent la situation depuis des années. Certains contribuent d’ailleurs aux violences, on ne peut pas les prendre aux sérieux. Leurs condamnations interviennent uniquement sous la pression internationale, après que le vice-président américain J.D. Vance se soit plaint à Netanyahou », tranche Gabriel Abensour, un militant de Smol Emouni (la « gauche croyante »). Ce mouvement fondé en 2022 à Jérusalem rassemble un millier de jeunes orthodoxes de gauche « engagés pour la justice, l’égalité et la dignité des Juifs et des Palestiniens ». On leur doit d’avoir relancé le groupe Bnei Avraham (« les enfants d’Abraham ») actif à Hébron il y a 20 ans. Ils se rendent dans les Territoires, se portent bénévoles pour aider aux champs ou réparer les clôtures détruites. Surtout ils s’opposent aux tentatives de nettoyage ethnique des jeunes des collines en offrant « une présence protectrice solidaire » aux Palestiniens.

Les groupes se connaissent bien puisque plusieurs membres de Bnei Avraham ont grandi dans les colonies. Parmi eux, Shoulamit Arnon n’est autre que la fille du porte-parole de la communauté juive de Hébron. « Ils sont passés de l’autre côté du miroir », nous explique Gabriel Abensour : « Ils ont ce même rattachement à la terre d’Israël mais veulent mettre en avant une terre commune pour tout le monde. » S’il salue l’article de Ben-Ishaï qui « a obligé le centre en Israël et une partie de la gauche à prendre position contre le terrorisme juif », il lui prédit des effets politiques très limités. Quant à la solution prônée par ce petit groupe de la gauche religieuse, elle oscille entre la vieille recette d’une confédération ou un État binational mortifère pour l’État juif et démocratique. Dans tous les cas, la solution à deux État est pour l’instant la grande perdante.

[Source : www.cclj.be]