La lucha contra el antisemitismo se ha convertido en un terreno de disputa política global. De la mano del gobierno de Javier Milei y de algunos de los empresarios más poderosos de la Argentina, avanza por América Latina una definición de antisemitismo que busca equiparar las críticas al Estado de Israel y al sionismo con expresiones de odio antijudío, con graves consecuencias para la solidaridad con Palestina y la libertad de expresión.
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Marcelo Mindlin asume la presidencia de la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto (IHRA), desde donde el gobierno argentino busca extender por América Latina su definición de antisemitismo.
Escrito por Fenia Chertkoff
Pido a los lectores que se detengan unos minutos
a observar la imagen que se encuentra arriba de este texto. Es muy probable que
ninguno de los rostros de las personas allí presentes les resulte familiar. Se
puede apreciar que el evento tuvo lugar en Argentina por dos datos inequívocos:
la bandera celeste y blanca y el retrato del libertador José de San Martín.
Ahora bien, ¿qué relación existe entre esos objetos y las personas allí
sentadas? Si nos dejamos llevar por las apariencias diríamos que se trata de un
acto institucional rutinario de un país soberano. ¿Pero qué tal si esta imagen
reflejara todo lo contrario? ¿Qué tal si esa bandera y ese libertador fueran el
atrezzo, los elementos de utilería empleados por un poder que ahora mismo actúa
bajo la sombra en todo el continente americano?
Vuelvan a mirar la imagen y ahora permítanme
contar una historia.
La foto proviene de un vídeo que puede verse por
YouTube y capta el encuentro que tuvo lugar durante el mes de marzo en el
Palacio San Martín de la ciudad de Buenos Aires. En el centro de la escena se
observa a un hombre que lee un texto, no sabemos si escrito por él o por
alguien más.
Se trata del empresario argentino Marcelo
Mindlin, que en su discurso agradece su designación como nuevo chair de la
Alianza Internacional por la Memoria del Holocausto (IRHA). Esta entidad
intergubernamental fue fundada en el año 1998 por el expresidente de Suecia
Göran Persson, una figura clave a la hora de acercar a su país al Estado de
Israel.
Según destaca su mismo fundador, esta entidad
nació por la necesidad de llevar a cabo una lucha internacional contra el
antisemitismo y recordarle a las nuevas generaciones los horrores del
holocausto.
Reino Unido y Estados Unidos fueron los socios
más entusiastas de esta iniciativa y durante los últimos años se han sumado 35
países de todo el mundo, la mayoría de Europa occidental. Si bien el único país
latinoamericano en adherir a este proyecto ha sido la República Argentina, la
tarea encomendada a Mindlin, gracias a un acuerdo sellado en Jerusalén, es la
de «construir un puente entre la IRHA y nuestra vasta región latinoamericana»,
bajo el lema «expandiendo las fronteras de la memoria».
Pero basta hurgar un poco en la información
disponible para comprobar que los objetivos son más ambiciosos, puesto que
«esta presidencia busca abrir nuevas conversaciones y escenarios para que la
concientización sobre la memoria por el Holocausto sea la más global posible.
Pretendemos iluminar tanto a nuestra región como a las diferentes naciones del
sur global».
Por qué una de las prioridades de la región
latinoamericana debería ser la lucha contra el antisemitismo es algo que ni el
mismo Mindlin puede explicar en su discurso. Mediante una curiosa voltereta
retórica aclara que las naciones latinoamericanas «no han tenido una relación
directa con la Solución Final» pero aun así tienen el «deber» de «hacer su
contribución a la construcción de memorias locales que incorporen aquella
tragedia en una fuente de enseñanza para mejorar nuestras sociedades».
Quizá esto explique por qué, a pocos días del
evento que tuvo lugar en la ciudad de Buenos Aires, el presidente de Ecuador,
Daniel Noboa, mientras indígenas y campesinos son masacrados y reprimidos por
protestar contra el gobierno, firmaba un acuerdo con la embajadora del Estado
de Israel para incorporar la enseñanza de la memoria del Holocausto en el
sistema educativo ecuatoriano.
Según el singular concepto de la «memoria» que
aplican actualmente los países gobernados por la extrema derecha regional, la
prioridad es mantener vivo el relato admonitorio del holocausto nazi mientras
hacen todo lo posible por borrar el recuerdo de las múltiples violaciones de
derechos humanos, masacres y tropelías cometidas contra los pueblos de nuestras
naciones por parte de esas mismas oligarquías.
Pero volvamos a la imagen. A la derecha de
Mindlin se encuentra el chair saliente, a quien aquel identifica como su
«amigo» Dani Dayan, empresario israelí y uno de los principales promotores de
los asentamientos ilegales en territorio palestino. A la derecha de Dayan, a su
vez, se encuentra el ministro de Relaciones Exteriores de la Argentina, Pablo
Quirno, descrito por Mindlin como viejo conocido de los tiempos en que él
arrancaba como empresario y Quirno se consolidaba como banquero de J.P. Morgan.
A estas alturas los lectores podrán preguntarse
por qué un empresario como Marcelo Mindlin asume la dirección de una entidad
intergubernamental como IRHA. Más aún, también podrán preguntarse qué papel
tiene esta institución en el mundo y por qué Argentina asume su liderazgo.
Marcelo Mindlin, además de ser el actual chair de IRHA, está vinculado a oscuras maniobras para obtener cuantiosas ganancias
con la privatización de los Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires (SEGBA)
-actual EDENOR- y con la instalación del cancerígeno PVC en los hogares de
muchos argentinos. Pero, por sobre todas las cosas, Mindlin es la mano derecha
de uno de los dueños de la Argentina: el empresario Eduardo Elsztain.
La relación entre ambos se consolidó después de
una peculiar maniobra financiera que, apoyada en una importante inversión de
capital extranjero, permitió que Elsztain se hiciera con una participación
decisiva en el Banco Hipotecario Nacional (BH), entidad bancaria que ofrecía
créditos para la vivienda y la producción agropecuaria y disponía de
información estratégica sobre la propiedad inmobiliaria del país. Tras esa
audaz operación, Elsztain se convirtió en un exitoso tiburón inmobiliario de la
Capital Federal, dueño de casi un millón de hectáreas en todo el país y
empresario del rubro financiero, tecnológico y agroindustrial a escala global.
En el año 2009, Elsztain fue elegido presidente del governing board del
Congreso Judío Mundial (CJM), una entidad fundada en Suiza, con sede principal
en el estado de Nueva York y sucursales en diferentes lugares del mundo, entre
ellos Buenos Aires.
Entre las prioridades del CJM cabe resaltar su
respaldo al Estado de Israel y su combate a la «amenaza iraní», descrita en
esos términos tras los dos tristemente célebres atentados a la comunidad judía
en Argentina en los años 90, a pesar de que, hasta el día de hoy, no se ha
podido determinar que Irán haya sido el autor intelectual o material de dichos
atentados y a pesar de los esfuerzos de Cristina Fernández de Kirchner por
esclarecer judicialmente estos sucesos, cosa que, como es sabido, le ha costado
un persecución política sin precedentes por parte de ese mismo poder judicial
al que Mindlin agradece sus diligencias en su lucha contra el antisemitismo.
El CJM no solo aglutina a un grupo de
millonarios promotores de los asentamientos del Estado de Israel en
Cisjordania, sino que se presenta como «brazo diplomático del pueblo judío». Su
principal hazaña cultural, además de un llamativo interés por el mundo del arte
contemporáneo, consistió en lograr la suspensión de una resolución de la
Asamblea General de la ONU, donde se sostenía que el sionismo era una forma de
racismo y discriminación racial equiparable al apartheid sudafricano.
Tras desvincular al sionismo de cualquier
identificación con el supremacismo, este Congreso Judío Mundial no ha dejado de
presentarse, junto a IRHA, como una plataforma de lucha contra el antisemitismo
a nivel mundial.
Pero Elsztain no solo hace lobby a escala global
en el CJM sino también a nivel local. A través de su holding IRSA, instaló en
Buenos Aires la red blockchain más grande de toda América Latina acordada con
Ethereum.
Y un dato no menor, también decidió hospedar en
su hotel Libertador, otra de las tantas empresas de su propiedad, a uno de los
mayores estafadores de criptomonedas de la Argentina, Javier Milei, durante su
campaña presidencial en el año 2023. Asimismo, se rumorea que la conversión de
Milei al judaísmo y su acercamiento a la rama ultra-ortodoxa Jabad-Lubavitch
fueron iniciativas del mismo Elsztain.
Repasemos entonces la trama. La Alianza para la
Memoria del Holocausto ha considerado a la Argentina gobernada por Javier Milei
como el país idóneo para impulsar la lucha contra el antisemitismo a nivel
regional y mundial. Y el presidente Milei, por su parte, no ha dudado en poner
a la dupla empresarial Elsztain-Mindlin a la cabeza de esta organización intergubernamental.
Pero lo más grave a resaltar es que, tras la
exacerbación del genocidio en curso contra el pueblo palestino, diferentes
países miembros de IRHA han tomado la decisión de incorporar en sus respectivas
legislaciones la definición de antisemitismo elaborada por la entidad.
En la actualidad, y bajo la excusa de una
aumento acelerado de antisemitismo a escala global, dicha definición está
siendo aplicada en países como Reino Unido o Estados Unidos para desarticular
la capacidad crítica de la academia, despedir profesores, expulsar estudiantes,
arrestar activistas pro-Palestina y perseguir discursos socialistas, feministas
o antirracistas.
Francia e Italia, por su parte, vienen
discutiendo diferentes proyectos de ley para incluir la definición. En marzo de
2026, el senado de Italia aprobó el proyecto contemplando penas de 2 a 6 años
de cárcel por discursos antisemitas, ofreciendo cursos de formación para
docentes y estudiantes en las escuelas. En abril de 2026, Francia ha comenzado
a debatir el proyecto con la finalidad de identificar al antisemitismo con el
terrorismo.
En Argentina, tres diputados de izquierda han
sido acusados de antisemitismo y uno de ellos, Vanina Biasi, acaba de ser
imputada por el juez Daniel Rafecas. Por eso no es de extrañar que Mindlin
resalte en su discurso que el gran acierto ha sido «la adopción de parte del
Estado argentino y de los organismos del poder judicial (…) de la definición de
IRHA. Se trata de una herramienta crucial para combatir el antisemitismo y que
nuestro país puede mostrar con orgullo el éxito de su implementación tanto en
causas judiciales como acciones políticas».
Algún lector desprevenido, o al menos dispuesto
a creer en las buenas intenciones de empresarios vinculados al proyecto
libertario, podría pensar que no habría nada de malo en hacer todo lo posible
para evitar que el antisemitismo vuelva a instalarse en nuestras sociedades.
Pero las cosas se complican cuando prestamos atención a la letra chica de su
definición.
Según IRHA: «El antisemitismo es una cierta
percepción de los judíos que puede expresarse como el odio a los judíos. Las
manifestaciones físicas y retóricas del antisemitismo se dirigen a las personas
judías o no judías y/o a sus bienes, a las instituciones de las comunidades
judías y a sus lugares de culto». No hace falta un agudo ejercicio de
comprensión lectora para darnos cuenta de que la acusación de antisemitismo
empleada por muchos países para perseguir, imputar e incluso encarcelar
personas depende de la «percepción» que cualquier individuo, judío o no, pueda
tener.
Más aún, esta definición de antisemitismo no
solo expresaría una discriminación hacia las personas sino también hacia sus «propiedades»,
«instituciones» y «lugares de culto». Esto abre las puertas a que cualquier
crítica hacia el accionar del Estado de Israel o entidades financieras que lo
secundan pueda ser tildada de antisemita.
Y si a eso le sumamos que son los ricos del mundo,
millonarios fascistas y libertarios de ultra derecha -en complicidad con un
presidente que tiene por costumbre humillar mujeres, discapacitados, jubilados
y sectores populares-, quienes tienen el control de la nueva semántica para
combatir el antisemitismo, qué duda cabe de que esta definición no ha sido
pensada para combatir el odio sino justamente para exacerbarlo y ponerle un
bozal a cualquier persona que se atreva a denunciar los intereses de estos
paladines de la noble causa contra el antisemitismo.
Ahora bien, ¿sobre la base de qué certezas se
nos advierte de un avance descontrolado del antisemitismo en el mundo? ¿No
resulta sospechoso que este supuesto peligro sea denunciado por las mismos
empresarios y políticos que autorizan el genocidio en Gaza y destruyen las
economías en los países del sur global? ¿Desde cuándo la lucha contra la
supuesta aniquilación de un pueblo ha sido liderada por los megarricos del
planeta?
Para nadie es un secreto que las clases
dominantes que un siglo atrás alentaron el auge del fascismo antisemita son las
mismas que hoy dicen combatirlo, escudándose en la retórica de los valores del
mundo libre. Si rascamos en la superficie de estos valores solo encontramos a
un puñado de millonarios aferrados a la rentabilidad de la economía fósil, la
usura financiera y la expansión de la guerra por todo el planeta. Crean a toda
velocidad esta farsa de antisemitismo con la única finalidad de confundir y
atemorizar a la inteligencia popular, esa forma de la sabiduría que sabe llamar
las cosas por su nombre.
Por tanto, si nos atenemos a la definición de
IRHA, según la cual «el antisemitismo es una cierta percepción de los judíos
que puede expresarse como el odio a los judíos», denunciar el genocidio en
Palestina, que se ha cobrado la vida de decenas de miles de seres humanos,
sería un acto antisemita; trazar con rigor y evidenciar los vínculos entre el
Estado de Israel, el narcotráfico y el triunfo de la ultraderecha regional
sería entonces un acto antisemita.
Y si nos atenemos a la definición de IRHA, según
la cual las percepciones «físicas y retóricas del antisemitismo se dirigen a
las personas judías o no judías y/o a sus bienes, a las instituciones de las
comunidades judías y a sus lugares de culto», exigirle al Estado de Israel,
Reino Unido y Estados Unidos que dejen de usar el agua, el petróleo y otros
recursos naturales del continente americano como un botín de guerra sería
también un acto antisemita; y, por último, sostener que han convertido al
Estado de Israel en la punta de lanza del viejo proyecto europeo de dominación
supremacista imperial, ese mismo proyecto que un siglo atrás permitió el
genocidio judío, sería también un acto de antisemitismo.
Esta guerra por los nombres ha convertido a la
Argentina en un laboratorio social de claro signo distópico que deberíamos
tratar de comprender con todos los instrumentos críticos y científicos a
nuestra disposición y, como parte esencial del proyecto, ha designado al país
suramericano la tarea de expandir el sionismo semántico por todo el continente.
Todo indica que las extravagancias de Javier
Milei, que tanto espacio ocupan en los medios, desvían la atención para que no
se discutan las maquinaciones de un poder mucho más opaco, empeñado en
materializar las nuevas y brutales formas del colonialismo del siglo XXI.
[Fuente: www.jacobinlat.com]








