terça-feira, 8 de agosto de 2017

Nadie diga que fue loca


Entre la ansiedad de la escritura y la de la vida, Alejandra Pizarnik levantó una de las obras más potentes de la segunda mitad del siglo XX en Latinoamérica. Frágil y exploradora de los abismos, la autora argentina pertenece a la insólita tradición de escritores suicidas que exploraron los abismos por dentro, siendo ellos mismos la causa, la diana y el cobijo de sus demonios.

Alejandra Pizarnik, fotografiada en casa de sus padres en Buenos Aires en 1965. 

Escrito por ANTONIO LUCAS

Así como la ven, con el pelo de chico, la nariz ancha y los párpados un poco tristes, esta mujer nació en un parto del que se abstuvo la alegría. No hubo momento de reposo en el ánimo de Flora Pizarnik Bromiquier, que así estrenó el mundo Alejandra Pizarnik el 29 de abril de 1936, hija de ruso y eslovaca, trabajadores judíos que se dedicaban a la joyería. Desde chica tenía ya un aire romántico empecinado que se mezclaba con esa moción cordial que da la timidez a los niños feos. El origen de su maleficio está en una infancia atareada de complejos y en los rigores de una adolescencia donde el acné, la tartamudez, el asma y el acento español de hija de inmigrantes disparó una fragilidad que la Pizarnik traía de serie y que fue dibujando en ella un cuadro macabro que aún no encontraba alivio en la alquimia de las palabras.
La juventud pasó así, difícil, con olor aún a las cenizas calientes de esa niñez que no tuvo nada de extraordinario y que le generó por dentro una alianza de rarezas y rechazos. En 1954 ya es Alejandra Pizarnik y ya es universitaria. Estudia Filosofía, Periodismo y Literatura, pero no remata finalmente ninguna carrera. Escribe poemas y recibe clases de dibujo. Muy temprano ya se sabe alojada irremediablemente en la literatura. Anda de un lado a otro, probando y tentando. Quiere convertirse en reportera como enviada especial al Festival de Cine del Mar de Plata en 1955. Pero la incertidumbre de no saber en verdad qué quiere ser va regando por dentro a Pizarnik, que ya fuma con el cigarro colgando de la comisura del labio.
La tristeza se le asienta en las mucosas del subconsciente y la familia protege a la hija menor de los ardientes timbales de un desánimo cada vez más hondo. El padre financia el primer libro de versos, 'La última inocencia' (1956), y patrocina al primer psicoanalista de la muchacha en un intento por ordenar su desván emocional. Pero nada parece servir de nada: ni la poesía ni la terapia de la pintura. Alejandra Pizarnik busca alternativas a ese dolor que escucha por dentro como un tiroteo y encuentra en la química un falso acomodo. Las anfetaminas le proporcionan ese grado de euforia que desemboca en unas depresiones gruesas. Momentos de angustia que rebaja a la vez con somníferos y analgésicos, como inquilina de una gran farmacia utópica.
Entretanto, Alejandra escribe. Escribe mucho. Asume el patrón de conducta de la bohemia bonaerense y rechaza la política con una aversión inquebrantable. La vida se resuelve con un pespunte de amargura y un ribete de ansiedad. Encuentra cobijo en la revista 'Poesía Buenos Aires' y allí lanza destellos de un talento que ya está asomando. La poesía es su portavoz noctámbulo. Pero también escribe un diario (que prolongará con intermitencia hasta su muerte) y sigue descubriendo autores que serán parte de su educación sentimental: Rimbaud, Mallarmé y los argentinos Antonio Porchia y Roberto Juarroz. Ella, mientras, va existiendo en una soledad sin fondo. El surrealismo le cala en lo blando del hueso y en esa senda encuentra dos compañeros de viaje, Enrique Molina y Olga Orozco, con la que establece algo que va más allá de la amistad. Alejandra Pizarnik gasta una viva sexualidad sin consenso que está del lado de la pasión, indistintamente del género.
Según va sumando años crece la íntima tensión que tiene con su vida misma. Es una mujer a la contra de todas las convenciones. Autónoma en su daño, incapaz de ablandar la parte más ósea de sus temores. Al contrario: estos crecen a buen ritmo y en su poesía está la clave. Es ultrasensible. La inteligencia y la intemperie establecen una aleación perfecta en ella. Entra y sale de psiquiátricos. El suicidio no es algo que les suceda a los otros. En su escritura están el terror de la infancia, el extravío, la muerte voluntaria. Ella vive en el alero de sí misma, indefensa ante todas las enmiendas de su ánimo inconcreto. El poema es una indagación en la sombra donde ser mujer también se convierte en un motivo de conflicto. "Aunque ser mujer no me impide escribir, creo que vale la pena partir de una lucidez exasperada. De este modo, afirmo que haber nacido mujer es una desgracia, como lo es ser judío, ser pobre, ser negro, ser homosexual, ser poeta, ser argentino... Claro es que lo importante es aquello que hacemos con nuestras desgracias". En 1958 publica 'Las aventuras perdidas' y dos años después marcha a París en un autoexilio que durará cuatro años y en los que establecerá nuevos vínculos y traerá poemas aún mejores.
Allí trabaja en la revista 'Cuadernos', traduce a Artaud, a Michaux, a Césaire, a Bonnefoy. Persiste en su malestar de vivir. Conoce a Julio Cortázar y Julio Cortázar está terminando 'Rayuela'. La amistad es a cada rato más estrecha, más intensa, más necesaria. Él la cuida. Ella lo reclama. Él le escribe. Ella pide ser la Maga. Él le pasa el manuscrito para que lo mecanografíe y gane así unas perras. Ella pasa. Entre estos dos escritores se establece una combustión que no se sabe dónde acaba. Hay un estraperlo de admiración mutua, de conflicto, de afecto, de amor. Pizarnik publica en 1962 'Árbol de Diana', con prólogo de Octavio Paz. Esta poesía arrebatada y casi patológica no contiene una molécula de mentira. Es como si quisiera hacer comer carbón incandescente a quien se acerque. "Cuídate de mí amor mío", dice uno de los primeros poemas. Alejandra no quiere vivir por encima de sus nervios. Conoce el verso de Emily Dickinson: "Excepto tú mismo tal vez nadie pueda ser/ Tu enemigo". La vida se le ensancha por sus abismos y se le estrecha en sus razones.
Regresa a Buenos Aires en 1964. Escribe desesperada a Cortázar: "Julio, fui tan abajo. Pero no hay fondo... En el hospital aprendo a convivir con los últimos desechos. Mi mejor amiga es una sirvienta de 18 años que mató a su hijo". Los intentos de suicidio. Las salidas del psiquiátrico. Todo parece ya irremediable y entonces es cuando da de sí algunos de sus mejores libros: 'Los trabajos y las noches' (1965), 'Extracción de la piedra de la locura' (1968) o 'El infierno musical' (1971). Alejandra Pizarnik es luminosa en lo oscuro. Fieramente. Viaja a Nueva York con una beca Guggenheim y recibe también la Fulbright. Se abandona al azar de sus circunstancias psíquicas y sufre. Sufre mucho. Padece lo indecible desde un sentimiento puro de muerte inmediata. Asume toda clase de riesgos mentales, pero no sabe cerrar las sesiones que abre su espanto. Es una poeta brutal. Es una mujer necesaria. Al vaivén de sus vaivenes en el amor, en la escritura, en el terrible escampar de su lucidez psicoactiva. Y Cortázar le escribe: "¿Te das realmente cuenta de todo lo que me decís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza -y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte... Solo te acepto viva, solo te quiero Alejandra".
Pero Alejandra ya estaba del otro lado de las cosas. Meses antes de morir Silvina Ocampo le escribe una carta en la que despliega su deseo hacia ella. La última visita al psiquiátrico pone a escampar su decisión. Ha publicado algunos libros más entre 1969 y 1971: 'Nombres y figuras' (1969) y la prosa de 'La condesa sangrienta'. "Escribes poemas/ porque necesitas/ un lugar/ en donde sea lo que no es". En la clínica le prohiben escribir como parte del tratamiento. Pero ella, en sus diarios, había aventurado ya sobre ese miedo: "He meditado en la posibilidad de enloquecer. Ello sucederá cuando deje de escribir. Cuando la literatura no me interese más". Nunca sucedió así. No del todo. En un permiso decide no regresar al sanatorio ni avanzar más lejos en el desamparo. Prepara 50 pastillas de Seconal sódico y conspira contra sí misma, contra la insufrible certeza de la locura, contra la fecundación de tanta, tanta tristeza. 36 años. Nadie diga que fue loca.



[Foto: SARA FACIO - fuente: www.elmundo.es]

Nenhum comentário:

Postar um comentário