sexta-feira, 28 de abril de 2017

El gran seductor

Los escritores celebran a Eduardo Mendoza, el último premio Cervantes 


Cervantino por vocación y por destino, hay tantos mendozas como lectores: el hombre de escena, el seductor, el bienhumorado, el amigo, el novelista, el que ha sabido esquivar las trampas del nacionalismo... Félix de Azúa, Molina Foix, Félix Ovejero, Rosa Regàs, Rafael Reig y Marta Sanz celebran su humor, su pasión por el teatro o su poder de seducción.


El Doctor Mendoza, un extraño caso, por Félix de Azúa


La verdad del caso Savolta y La ciudad de los prodigios transformaron el panorama de la novela española, hasta ese momento lastrada por el compromiso político y el mensaje regenerativo. Savolta aparece en el 75. En ese momento la novela en España estaba muy marcada por la lucha política; coexistían la novela social, la comprometida, la que quería ganar la guerra civil sobre el papel, era una literatura muy moralista, y luego estaban los Benet, Ferlosio, los grandes, recluidos, en un mundo completamente ajeno y de una perfección absoluta. En ese panorama, Mendoza trajo la posibilidad de escribir novelas que fuesen verdaderamente novelas.

Con todo, lo más asombroso de Mendoza es él mismo, un excelente escritor que es también una buena persona de quien no se conoce maldad alguna, ni malevolencia, ni envidia. En eso, también es lo más parecido a Cervantes. Y es un extraño caso en el ambiente hispano porque no tiene enemigos y ha sabido sortear todos los problemas y todos los rencores. Es muy inteligente, educadísimo, pero además es bondadoso: le conozco desde niño y he vivido episodios de una enorme generosidad que confirman que es un extraño caso en estos tiempos.


Pasión desatada por la escena, por Vicente Molina Foix
La labor teatral de Mendoza es importante como autor, como traductor y como adaptador. Recuerdo Restauració, que vi en Barcelona, y que era lo primero y creo que lo único que ha escrito directamente en catalán. Era una obra de teatro muy bonita en la que estaba involucrada Rosa Novell -que era ya pareja suya-, una pieza histórica muy grata sobre la restauración monárquica española en clave de humor, una especie de fantasía política, un poco valleinclaniana, que estaba muy bien. Él mismo la tradujo al castellano, y más tarde, estrenó Greus qüestions (Graves cuestiones) y escribió Gloria.

Por lo que a sus adaptaciones se refiere, es imposible no mencionar El sueño de una noche de verano, de Shakespeare, para Narros; Panorama desde el puente, de Miller, o una obra temprana de Pinter, El Invernadero. También tengo un recuerdo muy grato de la adaptación que hizo para Rosa Novell de La mujer justa, de Marai. Sé bien, porque hemos hablado de ello, que Mendoza es un hombre con una gran vocación teatral, que le viene de un padre muy muy teatrero. Gracias a esa pasión primera, ha desarrollado un oído muy bien inspirado para mantener el ritmo del relato gracias al diálogo, que es la base del teatro.


La mampostería del nacionalismo, por Félix Ovejero
A poco que se estudia la realidad catalana, mejor la barcelonesa, se ve que el nacionalismo es pura mampostería, una horma que se impone a una realidad que no se ajusta al guion nacionalista, nutrido del mundo rural. Los datos son elocuentes: Barcelona se parece más a Madrid que a Gerona, que solo se parece a Gerona. La mampostería aparece en otra literatura, que no cultiva Mendoza. Si hiciera una Familia de Pascual Duarte tal vez. A mis amigos extranjeros que quieren hacerse una composición histórica, siempre les recomiendo La ciudad de los prodigios o La verdad sobre el caso Savolta. En las otras que he podido leer hay guiños, pero se trata de pasajes, más que de ambientes, que juegan con la complicidad de lector que sabe de qué va la cosa.

Por otra parte, no creo que a ni a Mendoza ni a nadie se le puedan reclamar comportamientos superrogatorios (esos que van más allá de la obligación). Si acaso, la discreción, que no es lo mismo que ponerse de perfil. No podemos ir reclamando limpiezas de sangre. En realidad, nadie conoce las creencias íntimas de nadie. Tampoco sus convicciones últimas. Solo las que cuenta, si las quiere contar.


El gran conversador, el consejero, por Rosa Regàs
Conocí a Eduardo Mendoza en Nueva York, hace muchísimos años. Desde entonces hemos tenido largas conversaciones. Siempre lo he buscado para hablar, pues aprecio su grandísimo sentido del humor, muy británico. No se da importancia. Sorprende su conocimiento de la literatura anglosajona, que domina por completo. Tan ricas eran nuestras conversaciones que yo anotaba, al llegar a casa, todo lo que me había dicho, pues me ayudaba mucho. Él nunca sienta cátedra, todo lo contrario: da consejos sin que se note, y se ríe amablemente de todo. Eso, su capacidad para reírse de todo, y también de sí mismo, es lo que más me gusta de él. Creo que no hay nadie a quien, como escritor, se haya tratado mejor en España... se ha colocado siempre más allá de modas e ideologías.

Me entusiasmó La ciudad de los prodigios, aunque no tanto su visión de los anarquistas, a los que yo entonces me sentía muy próxima. Un día me lo encontré en el cine y se lo dije. Se reía. No sé si el jurado del Cervantes quería, con este premio, reconocer a su generación literaria. Creo que sería un error, porque Mendoza es único y los de su generación, curiosamente, no se parecen entre sí en nada. En todo caso es una alegría.


El buen humor, en la estela de Cervantes, por Rafael Reig
La importancia del humor en la obra de Mendoza es capital porque nos ha redescubierto lo que teníamos olvidado por la televisión, que es el humor que hace sonreír y no el humor de carcajada, el humor clásico, ese que necesita cómplices y que se dirige a la inteligencia del lector porque quiere hacerle pensar, no solo divertirle. Mendoza, que recupera el humor que tenía el Lazarillo, el que tenía Cervantes, el que tenía Dickens, nos ha redescubierto nuestra propia tradición de humor y ha inventado y ha reclutado a una generación de lectores sin complejos que desconfían además de la literatura pretenciosa, y que estaba deseando disfrutar, con la idea de que un buen libro es fundamentalmente entretenimiento, y si no entretiene todo lo demás no vale la pena.

Nosotros, los que escribimos, y los que leemos, somos del gremio de entretenernos y de pasarlo bien. Quizá por eso releo cada pocos años El misterio de la cripta embrujada: esa síntesis de novela policiaca y novela picaresca, ese reflejo de la realidad contemporánea en una prosa de honda raíz clásica, constituye un acierto absoluto que ganó muchos lectores, entre ellos yo, para la causa de la literatura y de la buena literatura.


Retrato de un seductor literario, por Marta Sanz
El poder de seducción del Mendoza narrador radica en su capacidad para esa conciliación entre ironía y amenidad con la que Umberto Eco definió la novela posmoderna. Mendoza sintonizó con un momento de la historia española en el que se huía de la trascendencia, se relativizaban los valores y el arte se enfocaba hacia el divertimento del lector. Con la muerte de Franco y la llegada de la democracia se construyó un espejismo de perfecciones que alejó la narrativa de sus orígenes épicos: tal vez por eso se habló insistentemente de la muerte de la novela y tal vez por eso Mendoza escribió un libro como Una comedia ligera.

Yo caí en sus redes con La verdad sobre el caso Savolta, un libro de un virtuosismo narrativo impresionante. Mendoza saca partido como nadie de los elementos más novelescos de la novela para construir un fresco histórico magnífico. Es envidiable el sentido del humor y la destreza para combinar registros y géneros que van del folletín al policial, de modo que se produce una aproximación a la historia con mayúsculas y con minúsculas. Como seductor literario, mantiene su fascinación en los nuevos narradores españoles, ya que es cervantino y creo que la veta cervantina de la literatura española sigue muy viva. 



[Fuente: www.elcultural.com]

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