quinta-feira, 10 de agosto de 2017

Eroica/MADRID-COCHABAMBA


Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La mañana se moja como en orgasmo. Viscosa, neblinosa, nebulosa.

Dylan canta algo suyo que cantaba mejor Bryan Ferry. La noche se inclina al oeste de Aurora. Las gigantescas bolas de la base aérea, lujo y admiración de la guerra fría, semejan pelotas de fútbol tiradas desde la favela hasta la playa. Blancas. Brillan. Dylan canta algo que cantaba mejor Bryan Ferry. “Ya todo se terminó, baby blue”.

El primo Waldo, el único primo que tengo en esta parte de Norteamérica, se festeja hoy. Mi último cumpleaños, dice. Acá, aclaro, porque a fin de año se marcha, dejando mujer e hijas y la memoria de treinta años de exilio. Acontecimiento, sin duda, por eso unto con las manos desnudas un gran pernil de cerdo y le pongo encima todo lo que me sobra en el refrigerador: vino tinto agriado, wasabi en pasta, salsa agridulce china, soya, algo de miel de arce, comino, mejorana, cúrcuma, sal, eneldo y pimienta. Un coctel molotov de futuro incierto. Quien no arriesga en la comida no arriesga en la cama. Lo cubro de estaño y mientras escribo siento los vahos de alcohol que escapan por las rendijas. Llevo eso, un regalo, la familia y una botella de ron. Porque de sus treinta años, al menos veinte pasamos cerca, siempre comentando, hablando, recordando, riendo y llorando por esas calles que nunca existieron y cuya presencia se sostiene porque tuvimos padres y madres; por nada más.

El aire de montaña ha disecado la humedad primaria del día. Ahora presiento sequedad monacal. Ni una gota de agua al aire. Pienso… una guitarra desentona a la vez que leo un poema en el café Fragmentos. Otro primo, primo de cariño, guitarrista afamado y borracho, quiso ponerle cuerdas a mis tristes preámbulos. Veinte años ya, casi una voluminosa novela de Dumas. Observo los rostros inteligentes de los inteligentes, los tontos de los tontos, y leo. En mi oído derecho, rammm, rummmm, rac, rac, ton, tannn, el primo aporrea el instrumento y observo que tiene los ojos cerrados. Le habrá entrado polvo. La puerta está abierta y con el viento baja el añejo polvillo de excrementos de los ebrios de la Simón López. Algún mosquito, quizá, pero los cierra cada vez más, incluso creo que se atolondra y se escapan un par de lágrimas. Caen en cámara lenta y oigo a las mujeres suspirar. Mi poema quedó corto, necio, seco, como amor a cuchilladas. No me enojo, que aquí no me robaron nada.

Padres de rancio abolengo. El abuelo señorón de bigotes modelados con cera bruta. Le decían el Kaiser, por su educación prusiana. La madre alegre y juvenil, con la música escapando de los pies y algo por los oídos. Primó ella, y los dos chicos y la chica les salieron pizpiretos. La niña murió de cáncer, el menor de los hombres se voló la cabeza con fusil de ejército; alternaba, dicen, entre la composición de kaluyos y el tiro al blanco. Juguetón, la mayor gracia que sabía era la de jugarse con revolver de ocho tiros una ruleta. Dos a uno: yo disparo dos, tú uno, con la suerte de no existir nunca tragedia hasta el evento del fusil. Antes de que Michael Cimino filmara The Deer Hunter, los jóvenes de Cochabamba tentaban la muerte sin la pesadumbre de Vietnam.

El sobreviviente se hizo músico, según los recónditos deseos de la madre que era fascinante cocinera. Doblaba los bordes de la salteña y parecía que los iba tejiendo. Hervía piedras para esa notable sopa aymara prehistórica, o mostraba a un asombrado círculo la manera de extraer el huesecillo atoj de la oreja de un cuy carneado y cocido.

Así el hijo mayor comenzó a rasguear la guitarra. Así consiguió mujer bella y colorida, de los remanentes del hippismo nórdico tardío en nuestro valle. Diez años después de Altamont, en Bolivia se sembraban flores que en el resto del mundo estaban marchitas. Siempre vivimos a la zaga. Excepto en el trago, donde somos, fuimos y seremos la vanguardia.

Ha pasado una hora. No olvido que escribo con el dedo índice derecho y que el izquierdo solo lo utilizo para las mayúsculas. Trabajo lento el de escribir. En cambio, cocinar, tarea fácil. En una hora añadida comenzaré a dorar el chancho y veremos si el combinado afrochinomestizo sirvió.

Al primo músico le gustaba el trago. Vanguardista entre los vanguardistas, creyó aquella ilusión óptica de que los aditamentos inspiran, a más duros, mejores. La música y la poesía vienen escondidas, sospechaba, en las vertientes del trago. Los otros festejaban, cómo no, en rubicundo coro de lelos intrascendentes. A la mujer la robó otro poeta que era ducho en el mercadeo de palabras. Usaba alcohol y yerba también como vertientes pero tenía ambición. El cálculo dominaba el exceso y por eso acumuló hasta la mujer del otro. Lo vimos, y callamos. Porque esto del alcoholismo recalcitrante, poético, no pasa de otra minucia de fregonas.

Perdió esposa e hijos. Casa y amigos. Llevaba una guitarra bastante buena en caja decorada. Le sirvió de almohada, de asiento, hasta de féretro cuando lo velaron a la intemperie antes de coserlo en una bolsa de yute. Se diría historia de piratas cuando no pasa de nostalgia de borracho.

Que lo quise, lo quise, como a mi primo de ahora que se festeja por última vez en la maldita tierra gringa; la próxima será en la bendición de la patria. No sabe él que la patria es puta soez.

Hoy, en la parrillada, sonará el rasguido de la guitarra. Vienen los consabidos recuerdos de “allá”, de cuando fuimos “felices”, sin recordar que de jóvenes caminábamos la ciudad de arriba abajo, con aire de poetas y fetidez de chichas masticadas. Mientes al decir que todo pasado fue mejor, primo, y ni tú creíste en el amor entonces.

Leo con cinismo versos a mi amante coja. Y el primo muerto llora con los ojos cerrados. Solloza el primo vivo con los suyos abiertos. A qué tanto heroísmo, que ni vida ni muerte valen el ápice de un carajo. Peor morir borracho, digan lo que digan los pendencieros. Te “lo” tocaré otra piecita, susurra mi compadre. Y, dale, ya qué le vamos a hacer.
06/14

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Publicado en MADRID-COCHABAMBA, Cartografía del desastre (con Pablo Cerezal), La Paz, 2015; Madrid, 2016



[Imagen: Anders Zorn, 1895 - fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

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