sábado, 1 de julho de 2017

Robe en Palacio Euskalduna, Bilbao (2017): el resurgir poderoso del guerrero


Escrito por Sara Ferreiro 
“El público puesto en pie, agitando las banderas, grita una y otra vez…”. Esta no fue la imagen, ni de lejos, de lo que vivió la noche del viernes el palacio Euskalduna de Bilbao en el concierto del vocalista de la mítica banda extremeña, Extremoduro. Lo cierto es que fue un cambio de formato, de sonido y recursos humanos y técnicos. Fue una vuelta de 180º. El auditorio bizkaitarra, con un aforo a media asta, recibió a Robe y a su banda con el público sentado, pero eso si, con mucho entusiasmo y con alma de rock.
“Ponte a cubierto” es la primera parte de la gira “¡Bienvenidos al temporal!” y tras unos conciertos iniciales, Robe ha hecho un comunicado en su página web donde explica la importancia de la Ley de Propiedad Intelectual y advierte que todo aquel que grabe el espectáculo se le llamará la atención e incluso se le podría llegar a invitar a abandonar el concierto hasta que borre el contenido de su móvil. El placentino explica en su web otro porqué de esta medida: “Un concierto es un sitio en donde se va a experimentar una catarsis colectiva y a vivir un momento único, con el móvil apagado, o en silencio como poco, para poder desconectar y poder vivir ese momento. Y no para estar dando por culo a los demás con ruidos, luces o manos en alto. No es realidad aumentada ni virtual. Es el presente, y si lo estás grabando, te lo estás perdiendo”. Despegándome de mis deseos de recordar el rock castizo, típico y tópico del cantante, después de ver y sentir el concierto del viernes, el comunicado de Robe adquiere todo el sentido.
Hablemos de música, hablemos de Robe y hablemos de su banda. El primer solo de violín que abrió el espectáculo, hizo patente que el protagonismo no iba a ser exclusivo del cantante. Un teclado doble y un acordeón brillaban en un extremo del escenario capitaneados por el compositor y creativo musical Álvaro Rodríguez. Siguiendo la línea, el joven Carlitos Pérez hacía sonar el violín con la libertad de un ave que emprende el vuelo. Lorenzo González se encargaba de uno de los bajos y las segundas voces que en ocasiones se mimetizaban tanto con las melodías, que era difícil distinguir ambas partes. Robe tocaba la única guitarra del conjunto y la voz principal. Su estilo sigue fiel a sus costumbres, tímidos giros al final de los estribillos, cortes abruptos para terminar las estrofas y onomatopeyas muy personales. La batería estaba a cargo de Alber Fuentes, un joven placentino autodidacta que demostró la calidad y precisión de su trabajo tema tras tema. Para terminar la alineación, a cargo de otro bajo, un saxo y un clarinete, el cacereño David Lerman. Un portento multinstrumentista que en el concierto del viernes lució la falda roja de cuadros escoceses que luce con una de sus bandas paralelas Los Niños de los Ojos Rojos. Un joven con mucha trayectoria musical que marcó la línea melódica con cada uno de los instrumentos que utilizaba. Un crack.
El recital se dividió en dos partes. La primera fue tranquila y llena de matices. Comenzaron con “El cielo cambió de forma” y por supuesto no faltaron temas como “Nana cruel” o “Guerrero” donde el público rompió a cantar y le dieron un aire muy especial al auditorio. Había personas en el patio de butacas que no conseguían contenerse y se levantaban para sentir al completo todos los temas. Hay que mencionar la labor implacable de los acomodadores del auditorio que llegó un punto en que se hizo pesada. Las personas que se levantaban no molestaban, ni entorpecían el transcurso normal del concierto, ni mucho menos. Hubo varios avisos a gente que intentaba grabar con el móvil.

Robe habló poco entre tema y tema, pero lo hizo, como de costumbre. Un par de canciones antes de llegar al descanso, hizo alusión a la libertad de expresión y a las heridas que se abren actualmente por decir lo que se piensa. “De qué sirve un filósofo que no hiere los sentimientos de nadie”, concluyó.

Después del descanso vino la mejor parte del concierto. Con los focos apagados empieza a sonar una jota extremeña. Gran guiño a Extremoduro. La intro de “Cartas desde Gaia” fue la intro del tema “Extrema y Dura”. El público se volvió loco. En esta segunda parte fue difícil aplacar a la gente para que se sentara. Vamos, que no hubo narices. El grupo ya no estaba sentado como al principio. Carlitos y su violín no paraban de volar entre melodías y acordes y Lerman no daba a bastos con tanto instrumento. Había momentos en que tocaba el saxo con una mano y con la otra, animaba al público. Un espectáculo. La batería era brutalmente precisa y el acordeón y las segundas voces se acoplaban al desgarro de Robe provocando un contraste muy curioso. En conjunto, todos los músicos hicieron una labor de gran calidad. No hubo descompases ni fallos en la melodía. Eso sí, ningún punteo de guitarra. Rober no se marcó ningún solo pero tampoco hizo falta.
El público, según avanzaba el concierto se entregaba más y más y los aplausos y silbidos, con ayuda de la acústica de la sala se volvían agudos y penetrantes. “¡Robe, eres la hostia!” se repetía sin cesar en los palcos del auditorio. Pero inevitablemente llegó el final y por su puesto el bis. El público no era tímido y no había salido el grupo del escenario cuando en el patio de butacas ya estaban coreando al unísono: “¡Beste bat!”. El primero de los temas del bis fue “Si te vas” de Extremoduro, del disco de 2011 “Material defectuoso”. Son ese tipo de guiños los que no desvinculan a Robe con su banda anterior, por algo será. Terminaron definitivamente con “Un suspiro acompasado”. En el saludo final de los músicos, la audiencia sacó el móvil como poseídos por el diablo y una superficie de pantallas de coltán cubría al patio de butacas. Fue una imagen muy divertida.
El análisis final, me sorprende hasta a mí misma. Robe ha cambiado de estilo de rock y puede decirse que ha evolucionado. En cada uno está la responsabilidad de pensar si a mejor o a peor. En la evolución se encuentra el crecimiento y para el placentino, los dos últimos discos “Lo que aletea en nuestras cabezas” y “Destrozares, canciones para el final de los tiempos” han significado un evidente crecimiento musical. Lo que vivimos la noche del viernes en el Palacio Euskalduna de Bilbao es una muestra de que los verdaderos profesionales, y por qué no decirlo: artistas, se reinventan y evolucionan con el transcurrir de sus vivencias. Algo de lo que todos deberíamos aprender.


[Fotos: Carlos García Azpiazu - fuente: www.mondosonoro.com]

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