segunda-feira, 12 de dezembro de 2016

Los esfuerzos de la familia de Montaigne para que la lengua materna del futuro ensayista fuera el latín




No puede negarse que hablar bien es una cosa bella y buena, pero no es tan buena como se pretende; y me irrita que toda nuestra vida se dedique a esto. Yo querría en primer lugar saber bien mi lengua, y la de aquellos vecinos con los que tengo trato más habitual. El griego y el latín son sin lugar a dudas un adorno hermoso e importante, pero se adquieren a un precio excesivo. Voy a contar aquí una manera de obtenerlos a mejor precio de lo acostumbrado, que se probó en mí mismo. Sírvase de ella quien quiera.

Mi difunto padre, tras hacer todas las indagaciones posibles entre la gente docta y de entendimiento de una forma de educación esmerada, fue advertido de este inconveniente usual; y le decían que el mucho tiempo que empleábamos en aprender las lenguas, que ellos aprendían sin esfuerzo, es el único motivo por el cual no podíamos alcanzar la grandeza de ánimo y de conocimiento de los antiguos griegos y romanos. Yo no creo que este sea el único motivo. En cualquier caso, el expediente que halló mi padre fue que, en plena lactancia y antes de que la lengua se me empezara a soltar, me dejó al cargo de un alemán, que después ha muerto siendo un médico famoso en Francia, del todo ignorante de nuestra lengua y muy bien versado en la latina. Este, al que había hecho venir expresamente y que cobraba un salario muy alto, me tenía continuamente en brazos. Junto a él había también otros dos, inferiores en saber, para vigilarme y para aliviar al primero. No me hablaban en otra lengua que no fuera la latina. En cuanto al resto de la casa, era regla inviolable que ni él mismo, ni mi madre, ni ningún criado ni camarera hablasen en mi compañía más que las frases en latín que todos habían aprendido para chapurrear conmigo. Es asombroso el fruto que sacamos todos. Mi padre y mi madre aprendieron suficiente latín para entenderlo, y adquirieron de sobra para servirse de él en lo necesario, como lo hizo también la otra gente de la casa que estaba más ligada a mi servicio. En suma, nos latinizamos tanto que rebosó hasta los pueblos del derredor, donde existen todavía, y se han arraigado por el uso, muchos nombres latinos de artesanos y herramientas.

En cuanto a mí, tenía más de seis años y no entendía más el francés o el perigordino que el árabe. Y, sin arte, sin libro, sin gramática ni precepto, sin látigo y sin lágrimas, había aprendido un latín tan puro como el que sabía mi maestro; en efecto, no podía haberlo mezclado ni alterado. Si me querían dar un tema como ensayo, como se hace en los colegios, a los demás se les daba en francés; pero a mí había que dármelo en mal latín, para que lo pasara al bueno. Y Nicolás Grouchy, que ha escrito De comitiis romanorum; Guillaume Guérente, que ha comentado a Aristóteles; George Buchanan, el gran poeta escocés; Marc-Antoine Muret, que Francia e Italia reconocen como el mejor orador del momento, mis preceptores domésticos, me han dicho a menudo que tenía esta lengua en mi infancia tan pronta y tan a mano que temían abordarme. Buchanan, a quien vi después en el séquito del difunto mariscal de Brissac, me contó que se proponía escribir sobre la formación de los niños, y que tomaba la mía como modelo.


MICHEL DE MONTAIGNE, Los ensayos, Acantilado, Barcelona, 2007, traducción de Jordi Bayod Brau, vía edición digital en Lectulandia, págs. 165 y 166

[Publicado en  neorrabioso.blogspot.com]

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