quarta-feira, 5 de julho de 2017

Apasionado por las pasifloras


Escrito por JOSÉ CRESPO ARTEAGA

La parte baja del refrigerador la he rellenado, de suculentos frutos, hasta decir basta, tapando incluso los orificios de la caja de verduras que está prácticamente vacía, salvo unos tomates para mis consuetudinarios espaguetis. Parrillas vacías, excepto por una jarra de líquido elemental. En los compartimentos de la puerta quizá haya una botella de yogur, quizá un pedazo de queso duro, quizá unos limones resecos por falta de uso. Así de frugal está el panorama. Pero hay una esencia que se ha apoderado de todo ese vacío sin viandas, de todo ese aire encerrado sin motivo. Basta abrir la puerta cada cierto tiempo para recibir en la nariz una ráfaga aromática de lo más fresca y agradable. Las culpables, tres o cuatro bolas de maracuyá que dejé en la caja de verduras, justo debajo de la bandeja de tumbos, bien maduros estos, que tranquilamente aguantarán un par de semanas sin perder un ápice de sus sabrosas cualidades. 

Como ando experimentando a cada rato, se me ocurrió mezclar ambas frutas; total, son de la misma familia, me dije. Las licué unos segundos, cuidando de no triturar las semillas y añadiendo un poco de agua para facilitar la tarea. Pasé la mezcla por un colador sobre la jarra con agua y me resultó unos dos litros de exultante bebida. La dosificación justa para cinco maracuyás y otros tantos de tumbo, como queriendo que saliese término medio el preparado. Salió ganando el maracuyá, pues su sabor tremendamente avasallador no tiene rival, pero el modesto tumbo le suavizó ese peculiar dejo ácido, que a muchos no gusta y, para rematar, puso lo suyo con su atractivo color naranja. Al final, salí ganando yo con esa exótica y jugosa experiencia. Ahora mi heladera ya no parece tan desolada.

Promedia el invierno en estas latitudes. No solo los cítricos adornan los mercados y nutren mi frutero. También hay lugar para productos más raros y escasos. Todo es cuestión de trajinarse calles y días de feria. Entre montones de manzanas importadas, piñas agridulces del Chapare y mandarinas japonesas de Santa Cruz, tropiezo a veces con montoncitos de frutas más raras como esas romboides que llaman carambolas, más allá unas bolsas de maracuyá, por ahí brillan unas escasas granadillas clamando que me las lleve a la boca, y abunda por estos días el tumbo común o “criollo” como le llaman las caseritas del mercado. Ya es un milagro que aparezca esa otra variedad de puntas mas afiladas y tonalidades mas anaranjadas, y cuyo sabor más áspero y asilvestrado me recuerda un poco a la guayaba, pero deliciosamente comestible de todas maneras. 

Al ver que aparecieron a la venta, casi al mismo tiempo, los distintos frutos de este género de plantas, clasificadas en la familia Passiflora, porque la forma de sus flores evoca a la pasión de Cristo, afirman los botánicos (y pensar que pulula el cuento de que el maracuyá es la “fruta de la pasión”, por sus supuestos poderes afrodisiacos), se me ocurrió que podría suceder otro milagro, el cual consistía en la búsqueda de un fruto silvestre que no veía desde mis tiempos de escolar. Anoticiado por un ilustre paisano de que sus rastros podían seguirse en el popular mercado de La Pampa, me encaminé para allá el reciente miércoles de feria. 

Adentrarse en tal sitio equivale a perderse en una jungla de pasillos sin números ni denominación alguna, una densa maraña de géneros y productos dispares esperan al visitante: el perfecto caos organizado. Si uno no levanta la vista puede darse de narices con toldos bajos o lenguas de vaca colgando de algún gancho. Si tampoco se tiene cuidado con los pies se podría aplastar fruta o verdura delicada que es ofrecida a ras de piso. El truco es caminar por el centro siempre que se pueda, pero de rato en rato hay que esquivar a vendedores ambulantes que mueven sus carritos de refrescos o de chorizos humeantes. No es raro que en una de esas callejuelas se tenga que dar campo a carretilleros que trasladan tripas y panzas de reses sacrificadas mientras te sonríen, desde el suelo sanguinolento de algún puesto, cabezas decapitadas con sus cornamentas. 

En esos parajes de demoniacos efluvios me extravié, buscando infructuosamente el sector de las frutas, para variar. Me cansé de peinar la zona, creyendo que pasillo por pasillo hallaría lo que buscaba. Pregunté por dónde vendían granadillas, mientras atravesaba promontorios de plátano y cítricos. ¿Loq’osti?, oí decir varias veces a las vendedoras y por un momento creí estar cerca del vellocino de oro. Me mandaron a otros sectores, todos confusos, como si hubiera un tácito complot para burlarse de los extraños. Un hombre me indicó, que al final del pasillo tal, y ciertamente hallé las dichosas granadillas junto a otras frutas. Caserita, yo busco loq’osti, no granadilla, le aclaré a una cholita. Pero l’oqosti es esto pues, me respondió de manera seca. Loq’osti te voy a dar en tu loq’o (sombrerillo) me dieron ganas de decirle, pero me contuve porque soy un caballero andante, y eso que no tengo sombrero.

Como sea, deduje que nunca hallaría ningún ejemplar de loq’osti, pero me seguía intrigando que usaran tal nombre para la granadilla, tal vez debido a que los campesinos quechuas asociaban ésta a un fruto parecido que antaño crecía en los bosques interandinos. El loq’osti, como bien lo sé yo, por la forma del fruto y sabor se asemeja a la granadilla pero es de menor tamaño, poco mayor que una ciruela; pero su enredadera tiene las mismas hojas trilobuladas y flores rojizas del tumbo. A fin de cuentas, parece un cruce de tumbo y granadilla, o quizás sea el antepasado directo de ambas especies. Que yo sepa, el loq’osti jamás tuvo valor comercial, tal vez por su apariencia insignificante o porque finalmente solo crecía en determinados ecosistemas. Recuerdo que abundaba en los bosquecillos al norte de Independencia, de parajes fríos y neblinosos, hogar de los picaflores de largas y bellísimas colas iridiscentes que a menudo polinizaban sus flores. 

¡Ah!, tanto evocar este perdidoso fruto de la naturaleza me ha despertado los inevitables recuerdos de mis andaduras por el campo, ya sea en excursiones escolares o en grupos de amiguetes donde bien provistos de flechas de goma (hondas, tirachinas) solíamos ir a la caza de conejillos salvajes y ulinchos (palomitas) por pura diversión. Y en esos senderos de monte divisábamos a veces bolas de loq’osti colgando muy alto en las ramas arboladas, que se hacía necesario alistar la puntería para que los bajáramos a punta de flechazos. El que le daba al fino tallo del fruto era considerado un ídolo y el que reventaba la baya era un chambón que merecía todo nuestro desprecio. Así y todo, era bastante frecuente que al ir a recoger las esferas amarillas, encontráramos cáscaras vacías pues los pájaros se nos habían adelantado en el festín. 

Naturalmente, se me ha despertado el apetito de nuevo que, a falta de loq’ostis, bien me zamparé las últimas granadillas que compré, a modo de postre. Fragancia incontestable rezumaba la telilla blanca que las recubre mientras las pelaba para chuparlas de un sorbo. Qué placer más arrebatador después de tanto tiempo sin degustarlas. La deliciosa pestilencia que escapa del refrigerador me sigue embriagando, será nomás que el maracuyá es apasionante. Los tumbos que aguardan que los destine a la licuadora y los bata luego con leche evaporada y canela molida. El mejor helado posible, que ya se me hace agua en la boca, sin haberlo preparado todavía. Fin del cuento y manos a la obra.


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[Fuente: EL PERRO ROJO (blog del autor) - imagen de portada - de izq. a der: tumbo anaranjado, tumbo común, granadilla y maracuyá - imagen 2 - vista interna: maracuyá (arriba), granadilla (abajo), tumbos (costados) - reproducido en: sugieroleer.blogspot.com]

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