Los mercados barriales,
los buses de la Metrovía, las unidades de transporte que avanzan a los
sectores apartados del centro urbano de la ciudad, los parques y demás
sitios de concentración masiva se convierten en escenarios citadinos
donde se escucha una significativa cantidad de vocablos que antes fueron
muy usados por mayores y que en la actualidad aparecen como
desconocidos e incluso llaman al festejo en los jóvenes y niños, que por
algún motivo los escuchan de boca de sus padres, allegados y vecinos
que ya cruzaron el medio siglo de vida.
Oír a los abuelos hablar de sus ‘dolamas’, que por lo general no son otra cosa que los llamados achaques de la edad, deja en ascuas a los nietos de corta edad que quisieran saber a qué se refieren. Situación similar ocurre cuando al chico que tiene alguna herida o llaga, su madre le recomienda que no coma la carne de chancho porque es ‘inconosa’, es decir, que le podría producir inflación u otro daño. Lo mismo sucede con el clásico término ‘torozón’, empleado a menudo en las zonas campesinas para resaltar la molestia o sensación de obstáculo que se presenta en la garganta.
Todas estas aparentes curiosidades del lenguaje que no han desaparecido del uso diario, resultan una invitación para recorrer caminos, evocar tradiciones, incursionar en los campos del folclore y resaltar las propias características del idioma que sin olvidar sus raíces es cambiante y marcha a la par con un mundo en constante evolución y donde toma parte la comunicación en diversas formas. Con esta aclaración, aquí va una pequeña muestra de palabras escuchadas por este empedernido usuario que por razones de trabajo siempre utiliza los buses de la Metrovía desde la ciudadela Bellavista hasta la estación sur de la ciudadela 9 de Octubre. Allí entonces: pasosa (enfermedad transmisible), murichento/a (persona enfermiza), angurriento/a (persona de hambre exagerada, aunque también sirve para señalar al ambicioso y tacaño).
Pataleta (convulsión), macuco (fornido/a, robusto/a), modorra (sueño, desgano, somnolencia), quiño (golpe), rangalido (de contextura delgada, flaco), asquiento/a (persona que expresa asco por cualquier cosa), entre otros términos, que se escuchan con persistencia, como testimonio indiscutible de nuestro folclore lingüístico.
Oír a los abuelos hablar de sus ‘dolamas’, que por lo general no son otra cosa que los llamados achaques de la edad, deja en ascuas a los nietos de corta edad que quisieran saber a qué se refieren. Situación similar ocurre cuando al chico que tiene alguna herida o llaga, su madre le recomienda que no coma la carne de chancho porque es ‘inconosa’, es decir, que le podría producir inflación u otro daño. Lo mismo sucede con el clásico término ‘torozón’, empleado a menudo en las zonas campesinas para resaltar la molestia o sensación de obstáculo que se presenta en la garganta.
Todas estas aparentes curiosidades del lenguaje que no han desaparecido del uso diario, resultan una invitación para recorrer caminos, evocar tradiciones, incursionar en los campos del folclore y resaltar las propias características del idioma que sin olvidar sus raíces es cambiante y marcha a la par con un mundo en constante evolución y donde toma parte la comunicación en diversas formas. Con esta aclaración, aquí va una pequeña muestra de palabras escuchadas por este empedernido usuario que por razones de trabajo siempre utiliza los buses de la Metrovía desde la ciudadela Bellavista hasta la estación sur de la ciudadela 9 de Octubre. Allí entonces: pasosa (enfermedad transmisible), murichento/a (persona enfermiza), angurriento/a (persona de hambre exagerada, aunque también sirve para señalar al ambicioso y tacaño).
Pataleta (convulsión), macuco (fornido/a, robusto/a), modorra (sueño, desgano, somnolencia), quiño (golpe), rangalido (de contextura delgada, flaco), asquiento/a (persona que expresa asco por cualquier cosa), entre otros términos, que se escuchan con persistencia, como testimonio indiscutible de nuestro folclore lingüístico.
Por Germán Arteta Vargas
[Fuente: www.eluniverso.com]
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