quinta-feira, 3 de maio de 2012

Ni rey ni antipoeta ni poetas

Nicanor Parra consulta un libro en su casa de Las Cruces (Chile) el pasado 23 de abril, mientras su nieto Cristobal Ugarte lo representaba, en Madrid, en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes.

Algunos comentaristas han llamado la atención sobre el hecho de que en la ceremonia de la concesión del Premio Cervantes a Nicanor Parra, celebrada en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares el pasado lunes 23 de abril, no hubiera apenas ningún escritor español. Por mi parte, sólo acerté a detectar la presencia de José María Micó (convocado en su calidad de miembro del jurado que falló en favor de Parra) y, si no me equivoco, de Manuel Rico. La extrañeza o el escándalo que el dato pueda suscitar debe moderarse atendiendo a la circunstancia de que las invitaciones a la ceremonia son muy contadas, y se cursan conforme a criterios muy difíciles de desentrañar. No estaría de más saber a ciencia cierta quién asume la responsabilidad de confeccionar la lista, y qué tipo de compromisos se ve obligado a priorizar. Como fuere, el caso es que, como digo, en el paraninfo de Alcalá apenas había ningún escritor español, ni siquiera en representación de los muchos que forman parte de la Real Academia Española o –lo que sería todavía más esperable– de los que han obtenido previamente el mismo galardón.

Particularmente sangrante era la ausencia de poetas, excepción hecha de los dos nombres ya mencionados. Yo suponía que iba a encontrarme al menos a Luis Alberto de Cuenca, a quien tengo por un promotor activo de la antipoesía de Parra. Pero no, tampoco él estaba. ¿No se les ocurrió invitarlo a los organizadores del evento? ¿No se les ocurrió invitar a una representación más o menos significativa de la poesía española? Cuesta creer que fuera así, pero todo cabe, todo cabe. Como cabe también que la anunciada ausencia del Rey, por un lado, y del propio galardonado, por el otro, desincentivara a muchos de quienes acaso fueron invitados. Ésta es sin duda una explicación razonable a la hora de justificar tanta incomparecencia. Si bien cabe observar que a la convocatoria del tradicional almuerzo previo en la Casa Real, celebrado el viernes anterior, día 20, sí acudieron, además de numerosos representantes del medio cultural, algunos escritores destacados, como Mario Vargas Llosa y Luis Goytisolo, entre otros, y poetas tan eximios como Antonio Gamoneda y Pere Gimferrer.

¿Cómo es que ninguno de ellos acudió al acto de entrega del premio? ¿Acaso se juzga que, teniendo lugar en el paraninfo de una universidad, se trata de un acto eminentemente académico, más propio de profesores, diplomáticos, políticos y autoridades que de escritores? ¿Es éste el criterio que prevalece al cursar las invitaciones? Pues en Alcalá, además de los príncipes, y de Mariano Rajoy, y del ministro de Cultura, estaban José Manuel Blecua, de la RAE, y los embajadores de Chile, y Esperanza Aguirre, y algunos otros que también acudieron al almuerzo del viernes. Pero, insisto, ninguno de los escritores que también estaban presentes.

Es fácil imaginar que resulta mucho más apetecible acudir a un multitudinario almuerzo en la Casa Real, a comer ricamente en compañía de colegas, con oportunidad de asomarse a los escenarios y a los cotilleos de la realeza, que hacerlo a un paraninfo donde está prevista la ceremoniosa lectura de tres discursos sucesivos (el del galardonado con el Premio Cervantes, el del ministro de Cultura y el del Rey, en este caso el Príncipe). Pero, más allá de la impronta cortesana tan característica de la cultura española, uno tiende a pensar que un acto como el de Alcalá reúne una poderosa carga simbólica a la que los escritores, precisamente, al menos algunos de ellos, debieran ser especialmente susceptibles.

El 23 de abril, Día del Libro, coincidiendo con el aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes, se concede a un escritor de habla española el más alto galardón oficial al que puede aspirar en el ámbito de su idioma. Hechas todas las reservas (muchas, acaso demasiadas) acerca de la necia mecánica del premio (que tácitamente ha establecido una delirante alternancia entre España y Latinoamérica, de modo que corresponde un año sí y un año no a un autor latinoamericano o español, con desentendimiento de toda proporcionalidad entre el caudal literario de una y otra orilla del Atlántico), acerca también de su a menudo desorientada trayectoria, la concesión del Cervantes suele ser una ocasión única para rendir homenaje a un escritor generalmente muy apreciable, más allá del gusto y de las debilidades o tirrias particulares de cada uno.

Este año el Cervantes se concedía al más veterano poeta de la lengua, a uno de los que más han contribuido a dilatar los horizontes de la poesía en castellano y que más hondamente ha procurado acercarla al lenguaje común, a la comunidad de los hablantes. Se rendía así un tardío, muy tardío reconocimiento a un poeta excepcional, que lleva más de setenta años renovándose incesantemente. Y digo tardío porque ese reconocimiento le llega a Parra con inexplicable posterioridad al que ha distinguido a un nutrido puñado de escritores y de poetas con menos, a veces muchos menos merecimientos que él.

Que Nicanor Parra, a sus 97 años, no se hallara presente en el acto de entrega del premio puede servir, ciertamente, como excusa para no acudir al mismo. Pero eso no quita para que se sintiera como un desdoro para la poesía española –concebida en su conjunto, como tradición viva– la casi nula presencia de sus representantes.

Por IGNACIO ECHEVARRíA

[Foto: Felipe Trueba (Efe) - fuente: www.cuartopoder.es]

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